La catalana del billar me llevó al baño del pub
El hielo del tercer whisky nadaba en el fondo del vaso, medio disuelto, y me devolvía una versión turbia de mí mismo. Turbia como toda la maldita semana. Turbia como cada noche desde que había perdido la cuenta.
El pub tenía maderas oscuras, olor a barniz y a cuero viejo, y esa iluminación baja que perdona cualquier cara. No estaba lleno para ser un jueves de febrero, pero había el murmullo justo. Yo venía casi todos los días. Quedaba lejos de mi casa, y esa era la única virtud que le pedía a un bar últimamente.
No quería volver. No hasta que Beatriz se durmiera. No podía aguantar otra noche sus silencios, sus miradas de vidrio, sus preguntas sin respuesta. Los dos sabíamos que aquello estaba muerto. Ninguno se atrevía a firmarle el certificado.
—¿Está ocupado?
Me giré despacio. Una mujer de media melena cobriza, pecas repartidas por la nariz y los pómulos, unos ojos ambarinos rasgados como los de una gata. Rondaría los treinta y muchos.
—El taburete —aclaró antes de que respondiera—. Estoy harta de hacer de sujetavelas.
Señaló con la copa hacia el fondo, donde una amiga suya se estaba comiendo la boca de un tipo trajeado con más entusiasmo del prudente. Le hice sitio.
—Núria —se presentó, tendiéndome una mano pequeña con la alianza brillándole en el anular.
—Damián.
Hablamos de tonterías. De su acento catalán, del mío madrileño. De su marido, que la había traído a la ciudad hacía cinco años por un trabajo suyo. Le dije que vendía seguros. Ella arqueó una ceja, escéptica.
—No te veo detrás de un mostrador —dijo—. Te pega más algo con más adrenalina.
—¿Bombero? ¿Domador de leones?
—Algo así.
Cuando Núria se giró para saludar a su amiga, la mesa del fondo ya estaba vacía. El tipo se había llevado a la amiga y a ella la habían dejado tirada como una colilla. Vi cómo la cara se le desencajaba y cómo se recomponía tres segundos después con una idea nueva bailándole en los ojos.
Se quitó la chaqueta de ante y se arremangó la camisa de lino con parsimonia deliberada.
—Yo he salido esta noche a divertirme —dijo—. Y tú vendías seguros, ¿no?
—Eso te he dicho.
—Pues asegúrame que esta noche voy a divertirme.
Levanté la copa. No dije que sí. No hizo falta.
***
Acabamos en el rincón del billar, medio escondidos tras una celosía de vidrio verde. Núria fingía no saber jugar. Se recostaba sobre la mesa, apuntaba con un ojo cerrado, sacaba la punta de la lengua entre los labios y erraba a propósito. Cada vez que se inclinaba, la camisa de lino se le abría un poco más y los pantalones vaqueros se le tensaban en el culo.
—Ayúdame —me pidió, después del quinto tiro fallado—. A meterla. La bola, digo.
Me situé detrás. Puse una mano sobre la suya, en el taco, la otra en su cadera. Nuestras caras quedaron a la misma altura. Olía a sándalo y a algo cítrico. Y a piel calentada.
Ella apretó el culo contra mi entrepierna sin ninguna sutileza.
—Vaya —susurró—. Un profesional del billar.
—Cállate y tira.
—Prefiero que me metas tú la bola.
La corbata que aún llevaba floja fue la primera víctima. Núria tiró de ella hacia abajo, se giró, y me besó con la boca ya abierta, mordiéndome el labio antes de que reaccionara. Sabía a ginebra, a menta y a hambre. Le abarqué el culo con las dos manos y la levanté hasta sentarla sobre el borde del billar. Sus piernas me rodearon las caderas de golpe y sentí, a través del pantalón, cómo me clavaba el pubis contra la polla, que ya empujaba dentro de la tela como si tuviera vida propia.
Le desabroché tres botones de la camisa a manotazos. Salieron sus tetas apretadas dentro de un sujetador de seda blanca, firmes, con los pezones marcándose contra la tela. Bajé la boca al escote y le pasé la lengua por la piel salada de la clavícula. Ella soltó un gemido bajo, gutural, y me tiró del pelo hacia arriba para volver a besarme.
—Aquí no —jadeó, con los labios pegados a los míos—. Sígueme.
Se bajó de la mesa, se abrochó dos botones a lo bruto y me cogió de la mano. El resto del pub seguía en su mundo. La barra murmuraba, el camarero secaba vasos, la música tapaba cualquier respiración descontrolada. Nadie nos miraba. Núria abrió la puerta del baño de mujeres y tiró de mí hacia dentro.
***
Corrí el pestillo. Ella ya estaba frente al espejo, apoyada en el lavabo, mirándome por el reflejo con los ojos vidriosos y la respiración corta. Le vi los pezones erectos marcándose contra la seda, y una mancha de rímel corrido en el rabillo del ojo derecho.
Me pegué a su espalda. Le aparté la melena hacia un lado y le mordí la nuca. Núria echó la cabeza hacia atrás y gimió contra mi hombro. Le metí las manos por dentro de la camisa, le arranqué las copas del sujetador hacia arriba y le agarré las tetas a puñados. Los pezones se me clavaron en las palmas, duros como piedras. Los pellizqué. Ella soltó un jadeo largo y me llevó una de mis manos hacia el botón del pantalón.
Le desabroché el cinturón. Le bajé la cremallera. Metí la mano dentro de las bragas, buscando a ciegas, y me encontré con un coño empapado que se abría solo. No hacía falta preámbulo. La pasé los dedos por los labios, arriba y abajo, un par de veces, y le encontré el clítoris ya erguido bajo la yema. Núria pegó un espasmo y gimió más alto de lo prudente.
—Baja la voz —le susurré al oído—, o nos oye todo el pub.
—Me la suda —contestó—. Fóllame de una vez.
Le metí dos dedos hasta el fondo. Ella gritó contra el dorso de su propia mano. La luz automática del baño se apagó y nos quedamos a oscuras, solo con el resplandor del cartel de emergencia sobre la puerta. Mejor. Le empecé a sacar y meter los dedos con el ritmo que ella misma marcaba, empujando su culo contra mi mano y contra mi polla, que ya me apretaba dentro del pantalón como si fuera a reventarlo.
—Más —jadeó—. Más adentro.
Le metí un tercer dedo. Su coño se abrió, se ajustó, y empezó a apretarme con espasmos cortos. Con la otra mano seguía maltratándole el pezón izquierdo. Núria se sujetaba al lavabo con las dos manos, doblada hacia adelante, y movía las caderas contra mí como si me estuviera cabalgando.
La luz volvió a encenderse. Vi su cara en el espejo, la boca abierta, la frente perlada de sudor, la mirada perdida en el techo. Le presioné con la yema justo el punto blando de la pared alta, y ella se corrió con un grito ronco que se tragó cerrando los labios contra la manga de su camisa. Sentí cómo se contraía alrededor de mis dedos una vez, dos, tres. Los espasmos le duraron casi un minuto.
Cuando abrió los ojos, se giró, me sacó los dedos de dentro y se los llevó a la boca. Los lamió uno a uno, mirándome fijo, y luego se dejó caer de rodillas sobre las baldosas.
Me desabrochó el cinturón sin preguntar. Me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Cuando me sacó la polla, ya la tenía chorreando. Ella se pasó la lengua por los labios como quien se prepara para un plato caliente y me la metió entera de una sola vez, hasta el fondo de la garganta. La sentí ceñirse alrededor de la punta y contraerse, y tuve que apoyar las manos contra el espejo para no caerme.
Me la mamó despacio al principio, con la lengua recorriéndome desde los huevos hasta el glande. Después subió el ritmo, agarrándome el culo con las dos manos para atraerme hacia su boca. Yo empecé a follarle la boca sin darme cuenta, empujando con las caderas contra sus labios. Ella gemía con la polla dentro, y el sonido de la garganta atragantándose se mezcló con el de mi respiración.
—Para —le dije, tirándole del pelo hacia arriba—. Para o me corro.
Se levantó con una sonrisa torcida y se me arrimó, mordiéndome el cuello. Le di la vuelta contra el lavabo. Le bajé los vaqueros y las bragas hasta las rodillas de un solo movimiento. Le vi el culo blanco, redondo, marcado por el elástico de las bragas. Se lo agarré con las dos manos y se lo abrí.
Le entré por detrás, de una embestida limpia, hasta el fondo. Núria gritó y clavó las uñas en el borde del lavabo. Su coño me apretó tanto que casi me corro allí mismo. Me quedé quieto un segundo, apretando los dientes, y luego empecé a follarla despacio, sacándola casi entera antes de volver a metérsela hasta los huevos.
El espejo nos devolvía la escena. Ella con la camisa abierta, las tetas sueltas balanceándose con cada embestida, la boca en una O muda. Yo detrás, con el pelo pegado a la frente, sujetándola de las caderas para poder entrar más profundo. En cada empujón, el borde del lavabo golpeaba contra su pubis y ella soltaba un ruido a medio camino entre el gemido y la queja de placer.
—Más fuerte —me pidió, con la voz rota—. Más fuerte, joder.
Le agarré una teta con una mano y le apreté el pezón entre dos dedos. Con la otra le sujeté la nuca y le apreté la cabeza contra el espejo. Empecé a follarla en serio, con las caderas golpeándole el culo con un ruido de carne contra carne que retumbaba en las baldosas del baño.
Núria empezó a soltar palabrotas en catalán entre gemidos. Yo no entendía la mitad. Solo entendía que le gustaba, que quería más, y que si el pub no oía esto es porque la música estaba a un volumen milagroso.
La saqué de golpe y la giré. La levanté por los muslos y la senté sobre el lavabo, con la espalda contra el espejo. Ella me abrazó las caderas con las piernas y me atrajo hacia dentro de un tirón. Le volví a meter la polla y la besé al mismo tiempo, tragándole los gemidos. Nuestras lenguas se buscaban con la misma urgencia con la que se buscaban nuestros sexos.
Núria me clavó los talones en el culo para que empujara más fuerte. Me agarró la cara con las dos manos y me miró a los ojos mientras la follaba. Los suyos estaban perdidos, con esa expresión atávica que ponen las mujeres cuando el placer les cortocircuita cualquier pensamiento.
—Me voy a correr otra vez —jadeó contra mi boca—. Otra vez.
—Córrete.
Me clavó las uñas en la nuca. Empujé una, dos, tres veces más, y sentí cómo su coño empezaba a apretarme en oleadas, chupándome hacia dentro. Aguanté todo lo que pude, con las venas del cuello a punto de reventar. Cuando la última contracción de Núria me arrastró, me corrí dentro con un gruñido que ella se tragó pegando su boca a la mía. Solté todo. Cada empujón me sacaba otro chorro, y ella los recibía apretándome con las piernas y con el coño para que no me saliera nada.
Nos quedamos así, encajados, jadeando el uno contra el otro, un minuto entero. La luz automática se apagó otra vez. En la oscuridad la oí reírse bajito contra mi hombro.
—Eres muy mal vendedor de seguros —dijo—. Pero muy buen mentiroso.
La ayudé a bajarse del lavabo. Nos recompusimos como pudimos frente al espejo, con la ropa arrugada y las caras enrojecidas. Ella se peinó con los dedos, se limpió el rímel corrido con un poco de agua, se abrochó los pantalones. Yo me subí el pantalón y me abroché el cinturón como si acabara de salir de una batalla.
—¿Vas a casa? —le pregunté.
Se encogió de hombros.
—Le he dicho a mi marido que dormía en casa de Sofía.
Nos miramos en el espejo. Ninguno de los dos dijo nada más. Salimos del baño con dos minutos de diferencia, ella primero. Recogió su chaqueta de ante del taburete, saludó al camarero como si tal cosa, y me esperó fuera, con la mano ya alzada para el primer taxi.
Cuando subí detrás de ella, me dio una dirección que no era la mía ni la suya. Un hotel del centro. Volvió a apretarse contra mi hombro y me susurró al oído, como si fuera un secreto que solo yo pudiera guardarle:
—Todavía no me has asegurado la noche entera.
Y yo, que llevaba semanas sin querer nada, esa noche quise dos cosas: no cumplirle el seguro demasiado rápido, y no acordarme de Beatriz hasta la mañana siguiente.