La profesora que me marcó volvió por una noche
Lo que voy a contar pasó hace pocos meses y todavía me cuesta creer que fuera real. Me llamo Nerea, tengo treinta y cuatro años y vivo sola en un ático con vistas a la sierra. Soy administrativa, me cuido, me gusta el cine viejo y, sobre todo, me gusta el pelo que tengo: rizado, rojizo, imposible de domar. Esa tarde salí de la oficina cansada y entré a un supermercado a hacer la compra de la semana sin imaginar que iba a tropezarme con un fantasma de mi adolescencia.
Estaba eligiendo un gel de baño cuando la vi a unos metros, absorta leyendo las instrucciones de un tinte. Llevaba el pelo en caoba, a media melena, unos vaqueros que le sentaban demasiado bien para su edad y una bolsa negra grande colgada del hombro. Algo en su perfil me golpeó por dentro. La conocía. La había conocido entera, hace mucho.
—Perdona… —me acerqué con el corazón acelerado—. ¿Eres Adriana?
Levantó la vista, sorprendida, y después sonrió con esa misma sonrisa que me había desvelado a los dieciséis años.
—Sí, soy yo. ¿Y tú eres…?
—No creo que te acuerdes. Fue hace veinte años, en el instituto. Eras mi profesora de gimnasia.
Entornó los ojos un segundo y entonces se le iluminó la cara.
—Nerea. Cómo olvidar ese pelo. —Me miró de arriba abajo sin disimular—. Eras una cría revoltosa y mírate ahora, hecha toda una mujer. ¿Casada? ¿Trabajando?
—Trabajando. Casada no, ni en broma. Vivo sola y por ahora me gusta así. ¿Y tú? ¿Qué haces por aquí?
Me contó que había venido de visita a un amigo accidentado, que ya estaba bien, y que al día siguiente volvía a su ciudad en tren. Lo único que le faltaba era dónde dormir esa noche; pensaba buscar un hotel porque no había conseguido billete para esa misma tarde. No la dejé terminar la frase.
—Ni hablar de hotel. Te vienes a mi casa, que tengo sitio de sobra. Así recordamos viejos tiempos.
Protestó por educación, lo justo, y al final cogió su bolsa y me siguió. Mi piso le encantó. Se quedó embobada con las vistas, acarició a mi gato, recorrió los pocos muebles bien repartidos como si midiera mi vida con la mirada. Nos sentamos en el sofá y se nos fueron las horas: su separación de hace años, su decisión de no tener hijos, mi trabajo gris, las trastadas que yo hacía en sus clases. Me hizo recoger los aros y las pelotas mil veces por revoltosa, me recordó riéndose. Cuando quisimos darnos cuenta, era hora de cenar.
—Voy preparando unas ensaladas. ¿Te apetece? —le ofrecí.
—Perfecto. Pero antes me ducho, si no te importa. ¿El baño es ese?
—Ese. Tienes toallas limpias y lo que necesites.
***
Mientras cortaba verduras oí el agua correr. Fui a buscar unas velas a mi habitación y al pasar frente al baño noté la puerta entreabierta y el vaho escapando por la rendija. No quise mirar. Miré igual.
Adriana estaba de espaldas, secándose el pelo con una toalla que le tapaba la cara. Completamente desnuda. Me quedé clavada en el pasillo, conteniendo la respiración. Cada vez que movía el brazo se le adivinaba el contorno del pecho, el pezón endurecido por el aire fresco. La espalda le dibujaba las vértebras desde la nuca hasta una cintura estrecha, y más abajo nacía uno de los traseros más perfectos que había visto nunca. En el espejo empañado alcancé a ver el reflejo de su sexo, depilado y limpio. Cuando se quitó la toalla de la cabeza me aparté de un salto, con la cara ardiendo.
—¿Nerea? —me llegó su voz desde dentro—. ¿Me haces un favor?
—Claro —respondí desde lejos, fingiendo que no había estado a un metro de la puerta.
—¿Me sacas unas braguitas de mi bolsa? Me he olvidado de coger. Elige tú las que más te gusten.
Me pareció raro el detalle, pero estaba demasiado nerviosa para pensar. Cogí unas blancas con un lacito azul minúsculo en el centro y se las pasé por la abertura de la puerta. Ella las recibió con un gracias suave. Terminé de poner la mesa y, a los pocos minutos, salió envuelta en un albornoz, la toalla enredada en la cabeza, la piel sonrosada. Saber que debajo estaba prácticamente desnuda me puso un nudo en el estómago.
Cenamos charlando como si nada. Cuando me levanté a recoger, me frenó con la misma autoridad de antaño.
—Ni hablar. Recojo yo. Tú a la ducha, ahora mismo.
Su tono me devolvió de golpe al gimnasio, a sus órdenes de saltar el potro o correr otra vuelta, y obedecer me dio un placer extraño. Me metí en la ducha. Al salir descubrí que había cometido su mismo error: no tenía ropa interior a mano.
—¡Adriana! —grité riéndome—. No te lo vas a creer, ¡yo también me olvidé de coger braguitas!
Se rió desde el salón. Una mano apareció por la puerta con unas bragas. Las cogí agradecida, pero al ir a ponérmelas reconocí el lacito azul. Eran las mismas que yo le había dado a ella. Y estaban ligeramente húmedas por la entrepierna. Me quedé paralizada, sin saber qué hacer. ¿Se las había puesto y se equivocó? ¿O era a propósito? Al final me las puse, sintiendo esa humedad ajena contra mi propio sexo, y el morbo me recorrió entera. Me anudé el albornoz y salí.
Adriana estaba de lado en el sofá, ya peinada hacia atrás, el pelo aún mojado. Me miró y sonrió.
—¿Ya está? ¿Todo bien?
—Todo bien. —La observaba intentando adivinar si lo sabía.
—Sé lo que estás pensando —dijo de pronto.
—¿Yo? No estaba pensando nada.
Se puso de pie y se acercó despacio.
—Estás pensando si llevo mis bragas del lacito o las llevas tú. ¿Me equivoco?
Empecé a temblar. No esperaba que lo dijera en voz alta.
—Las que me has dado no eran mías —balbuceé—. Te habrás confundido, nada más.
—¿Por qué no lo compruebas tú misma?
Y me ofreció el cinturón de su albornoz. La situación me superaba. Le tenía un respeto inmenso, una admiración vieja de veinte años, y su mirada se había vuelto penetrante, traviesa. El pelo mojado hacia atrás le daba un aire casi varonil.
—Vamos, atrévete. Lo estás deseando, ¿verdad? Antes me has espiado. ¿Te gustó lo que viste? Ábreme el albornoz y mira lo que tengo, solo para una niña curiosa como tú.
El cambio en su voz me desarmó. Sonaba autoritaria y al mismo tiempo cargada de deseo. Sentí miedo, morbo y unas ganas terribles de obedecer. Agarré los extremos del cinturón y deshice el nudo. El albornoz se abrió.
El cuerpo que apareció era impresionante: piel tersa, pechos generosos, pezones erguidos. Pero lo que me cortó la respiración estaba más abajo. Adriana llevaba un arnés ceñido a la cintura, y de su centro salía una verga de látex negro de unos veinte centímetros, sujeta por una cinta que se le perdía entre las piernas.
—Pero… ¿llevabas eso en la bolsa? —tartamudeé—. No entiendo.
—Calla. No hablas hasta que yo te lo diga. Ahora quítate el albornoz.
Estaba bloqueada y temblando, pero la obedecí. Ese sentimiento de autoridad que recordaba de las clases me empujaba a ceder. Dejé caer la tela y me quedé desnuda, solo con sus braguitas puestas.
Por un instante mi mente retrocedió dos décadas. Un día de calor, ella enseñándonos a encestar, la camiseta pegada al sudor, su pecho marcándose en la tela. Yo la miraba con un deseo que no entendía y que no me atrevía a nombrar. Estoy segura de que fui la única chica de la clase que la miró así. Aunque tuviera dieciséis años, en aquellos momentos quería recorrer cada rincón prohibido de su cuerpo, lamer sus pezones, probar su clítoris con la punta de la lengua.
Y ahora la tenía delante, desnuda y armada, con ganas evidentes de hacerme suya. No podía negarlo: la idea de ser su sumisa me ponía a mil. Así que, sin pensarlo más, me sinceré.
—Adriana, no sé si llegaste a notar cuánto te deseé entonces. En mis sueños de adolescente siempre estabas tú.
Sus ojos se llenaron de algo más cálido. Su voz, por un momento, también.
—Siempre lo vi, Nerea. Yo también te deseaba. Pero tú eras menor y yo, tu profesora. No podía ser. —Cambió otra vez el tono, recuperando el filo—. Pero esta noche vas a obedecerme en todo. Yo pongo las reglas. Si fallas, te castigo. ¿Entendido?
De mi boca salió un sí ahogado de deseo. Ya no aguantaba más.
Se agachó, agarró las braguitas y de un tirón seco me las arrancó. Caí sentada al suelo y ella se rió de verme postrada. Se plantó delante y me ordenó lamer. Sujeté el látex y me lo llevé a la boca, lo recorrí con la lengua despacio, como si fuera un helado que no quería que se derritiera.
—Si te portas bien, vamos a disfrutar las dos.
Me hizo levantar, me puso la mano en la nuca y me atrajo con una fuerza que no me esperaba. Su beso fue feroz, su lengua entró en mi boca con tal hambre que sentí el latido entre las piernas.
—Nunca te habían besado así, ¿verdad?
—Nunca, mi amor.
—¿Mi amor? A partir de ahora soy tu profe. Vas a llamarme profe.
—Sí…
—¿Cómo?
—¡Sí, Adriana!
—Mal. Tengo que castigarte, y no sabes cuánto me duele.
La palma me cruzó la mejilla con un chasquido. Dolió como nunca me había dolido nada, y sin embargo me gustó. Me gustó el poder que ejercía sobre mí.
—Ya no aguanto más. A cuatro patas.
Apoyé la cara caliente en el sofá y le ofrecí el trasero. Humedeció el látex con saliva y de una sola embestida se hundió en mí. Solté un gemido entre el dolor y el placer mientras empezaba a embestir con ganas. Se me escaparon dos lágrimas.
—¿Lloras? ¿Te hago daño?
—No, profe. Es la emoción de sentirte dentro.
—¿Me tuteas? ¿No merezco un trato de usted? Otro castigo, cuánto lo siento.
Aceleró agarrándome del pelo, llevándome al borde una y otra vez, y cada vez que estaba a punto de correrme se detenía en seco para verme suplicar. Le divertía dejarme al filo.
—¿Creías que ibas a correrte tú primero? Primero la profe. ¿No crees?
—Sí, profe. Usted antes que yo.
—Así me gusta. Ponte el arnés.
Me ajusté el artilugio con manos torpes. Me ordenó arrodillarme y lamerla. Acerqué la boca a su sexo cuidado, tal como lo había imaginado mil veces, y rocé su clítoris con la punta de la lengua. Subió una pierna al sofá para abrirse del todo. Le estaba gustando, y yo era inmensamente feliz. Cuando estuvo bien mojada me ordenó entrar en ella.
Después me hizo sentarme y se montó encima de un solo golpe, clavándose la verga hasta el fondo. Su antigua profesora cabalgándome a mí: fue uno de los momentos más irreales de mi vida. Sus pechos a la altura de mi boca, sus pezones un manjar. Aceleré el ritmo cuando la sentí temblar y se corrió gritando, agarrada a mis hombros, susurrando un gracias entrecortado contra mi oído.
Cuando recuperó el aliento, me dijo que me había portado bien y que me tocaba a mí. Se quitó el arnés, fue hasta su bolsa y volvió con un consolador doble. Me tumbó en el sofá, se introdujo una punta y me ofreció la otra. Empujamos a la vez hasta que nuestros sexos empapados se rozaron, y ahí ya no pude más: me corrí como una loca, sacudiéndome contra ella.
***
Seguimos hasta que empezó a clarear, yo siendo su alumna sumisa toda la noche. Cuando la luz se coló por la ventana, su voz volvió a ablandarse, la voz de una amiga.
—Ha sido increíble, ¿verdad?
—No quiero que te vayas. Quédate otro día.
—No puedo. Pero volveremos a vernos pronto, te lo prometo. —Señaló la mesa, donde reposaban unas bolas que yo no había visto sacar—. Eso aún no lo hemos usado. Son para ti. Te las pones cada mañana antes de ir al trabajo y las llevas todo el día. Por la noche te las quitas. Lo harás durante una semana. Un día me presentaré sin avisar, y no quiero que me decepciones.
—Sí, profe.
Adriana se marchó y yo cumplí su orden al pie de la letra. Lo pasé mal y delicioso a la vez, mojada a todas horas, conteniéndome en la oficina. Al cuarto día la encontré esperándome en el portal con su bolsa. Me preguntó si las llevaba puestas, le dije que sí y me ordenó quitármelas allí mismo. Lo hice. Me besó en la boca, agradecida, y subimos. Esa vez, por fin, me dejó mandar a mí.
Hoy nos vemos cada dos o tres meses. Con el tiempo descubrí a qué se dedicaba realmente, y entendí por qué su bolsa venía tan bien equipada: trabajaba de dominatrix. Mi vieja profesora de gimnasia siguió enseñándome cosas que ningún instituto pone en el temario.