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Relatos Ardientes

Invité a mi amiga a la piscina y terminó cogiéndome

Llegué a casa pasadas las ocho, con los pies destruidos y la espalda hecha un nudo. El día en el hotel me había dejado frita, y lo primero que hice, apenas cerré la puerta, fue quitarme los tacones y tirarlos contra la pared. Los odiaba, pero eran parte del uniforme, y ni modo.

Fui derecho a la recámara y me arranqué la ropa sin ceremonia: la falda al suelo, la blusa a la cama, el sostén y las bragas encima del escritorio. Prefería andar desnuda por la casa cuando estaba sola, y esa noche lo necesitaba más que nunca. Vivía en las afueras, con una barda alta y ninguna ventana de vecino asomando: ese era mi lujo.

Pasé a la cocina y saqué del refrigerador una botella de vino blanco que llevaba dos días esperándome. Me serví una copa, la olí, le di un trago largo y solté un suspiro. El frío del piso me subía por las plantas de los pies y me endurecía los pezones. No estaba mal para empezar.

Al girar hacia el ventanal, la piscina me devolvió un reflejo temblón. La había mandado hacer hacía un año y apenas la usaba. Esa noche, sin embargo, me pedía a gritos que me metiera. Tomé la botella, dejé la copa en la mesa y salí al patio con el vientre ya calentito por el alcohol.

El agua estaba fresca, casi fría, y me erizó todo cuando bajé por los escalones. Nadar desnuda tenía algo de tramposo, como robarle un secreto a la noche. Di un par de vueltas de crol, floté un rato boca arriba mirando las estrellas y al final me senté en el escalón menos hondo, con el agua por la cintura y la botella al alcance de la mano.

Pero la calma me duró poco. Estar sola en esa piscina, con el cuerpo caliente por dentro del vino y por fuera todavía enrojecido del sol del día, me despertó otras ganas. Alargué el brazo, saqué el celular del banquito de al lado y marqué el número de Lorena. Si alguien iba a hacerme compañía esa noche, era ella. Con nadie más quería. No estaba de humor para una fiesta ni para conocer a nadie: quería exactamente lo que ella y yo sabíamos hacer.

—Hola, putita linda —dije yo primero, apenas descolgó—. ¿Qué estás haciendo?

—Nada, tirada en el sillón, muerta de aburrimiento. ¿Y tú?

—Nadando desnuda, bebiendo vino y aburrida como una ostra. Vente a la casa a acompañarme.

—Mmm, suena peligroso —se rió—. ¿A qué hora?

—Ya. En este momento. El agua está riquísima, y yo también.

La escuché reírse de esa manera ronca que me ponía a mí en un segundo. Le dije que iba a dejar la puerta sin llave, y que la única condición para entrar era que llegara a la piscina como Dios la trajo al mundo. Sin ropa, sin toalla, sin excusas.

—Diez minutos —dijo, y colgó.

Salí del agua chorreando, me sequé lo justo con una toalla y crucé descalza hasta la puerta principal. Quité el pestillo, apagué la lámpara del recibidor para que quien entrara se guiara por la luz azul de la piscina y volví al patio. Con Lorena no había que explicar mucho más.

Diez minutos exactos después escuché la puerta y sus pasos por el pasillo. Cuando salió al patio, casi se me cae la copa. Traía el pelo rojo cortito de siempre, la piel blanquísima brillando bajo el reflejo del agua y absolutamente nada encima. Sus tetas medianas, firmes, con esos pezones oscuros que a mí me volvían loca, botaban un poco con cada paso. Se venía sonriendo, mordiéndose el labio, y yo me quedé sentada en el escalón con las piernas ligeramente abiertas.

—Qué recibimiento —dijo, y se metió al agua sin dudar.

Se acercó, me agarró de la nuca y me plantó un beso hondo, con la lengua adentro desde el primer segundo. Sabía a menta y a algo dulce que no supe identificar. Le respondí igual, mordiéndole el labio inferior mientras le pasaba las manos por la cintura mojada.

—Vine porque me estaba muriendo del aburrimiento —murmuró contra mi boca—, no porque tú me importes.

—Pendeja —le contesté yo, y le apreté una nalga con fuerza.

Nos reímos las dos y seguimos besándonos ahí en el agua, sin prisa. Le conté que había tenido un día largo, ella me contó que le había tocado un cliente insoportable en la galería, un tipo mamón que se creía dueño del lugar. Yo le acariciaba los muslos por debajo del agua mientras hablaba, y noté cómo se le empezaba a ir la voz.

—Menos cháchara —le dije, y le empujé la espalda hacia atrás—. Súbete al escalón.

Lorena se dejó guiar. Se acomodó en el escalón más ancho de la escalera, con las piernas abiertas y los codos apoyados atrás. El agua le llegaba justo por debajo del ombligo y me dejaba el coño a la altura de la cara. Estaba depilada, con los labios enrojecidos y ya hinchados, y ese olor a mujer excitada me recibió antes que nada.

Le pasé la lengua por toda la vulva de abajo hacia arriba, despacio, saboreándola. Ella soltó un gemido que apenas se contuvo. Me metí de lleno: le chupé el clítoris haciéndolo rodar contra mi lengua, luego le abrí los labios con dos dedos y le clavé la boca entera. Sabía a sal y a piscina, y a ella. Se agarró de mi pelo y me apretó la cara contra su coño sin ninguna delicadeza.

—Ay, cabrona, así —jadeó—. No pares.

Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris, y los curvé buscándole el punto por dentro. Los pezones se le habían puesto duros como piedras. La dedeé rápido, entrando y saliendo con ritmo, mientras ella se retorcía contra el borde de la piscina. Su respiración se aceleró; sentí cómo se le empezaba a apretar el coño alrededor de mis dedos.

Antes de que se viniera, saqué los dedos y bajé todavía más la boca. Le levanté las caderas con las manos y le hundí la lengua en el culo, mientras seguía masturbándole el clítoris con el pulgar. Pegó un grito medio ahogado y me presionó la cabeza aún más fuerte.

—¡Ay, hija de puta! —dijo entre dientes—. Me vas a matar.

Le comí el culo con ganas, entrándole con la punta de la lengua, saliendo, chupándole el anillo mientras le seguía frotando el clítoris a dos manos. Sentí el temblor: se le venía. Cuando se corrió, arqueó la espalda, apretó los muslos contra mis orejas y soltó un gemido largo que rebotó contra las paredes del patio. Me quedé pegada a ella hasta que dejó de temblar.

Salí del agua, me acerqué a su cara y le pasé la lengua por los labios para que se probara. Ella me mordió el labio y me clavó las uñas en la espalda.

—Ahora yo —dijo con la voz tomada—. Pero adentro. Ya me dio frío, y quiero cogerte con la verga.

—Uy, sí —le contesté—. Vamos.

Salimos las dos chorreando, agarramos las toallas y una copa cada una, y fuimos apuradas a la recámara sin secarnos casi. Ella dejó las toallas caer al pie de la cama y fue directo al clóset. Sabía exactamente en qué caja tenía los juguetes. Yo me tiré bocarriba en la cama y la miré ajustarse el arnés: era el negro, con el consolador grueso que a mí me encantaba, un poco curvo, del tamaño perfecto para joder sin destrozar.

—Ponte en cuatro —me ordenó ya con la verga puesta, viniendo hacia la cama—. Y sube bien el culo.

Me di la vuelta, apoyé la cara y los antebrazos contra la almohada y alcé el culo lo más que pude. Sentí sus manos abrirme las nalgas y, un segundo después, su lengua ahí, entrando y saliendo, mientras con la otra mano me frotaba el coño mojadísimo. Empezó a jugarme rico, alternando la lengua en el culo con dos dedos en el coño.

—¿Me la quieres, puta? —dijo sin dejar de dedearme—. Pídemela.

—Métemela ya —gemí contra la almohada—. Cógeme por el culo, Lorena, ya no aguanto.

La escuché escupir sobre el consolador, sentí que me embarraba el ano con saliva, y de inmediato la punta empujando. Fue entrando despacio, y yo empujé el culo hacia atrás para ayudarla. Cuando la tuvo dentro hasta la base, se quedó quieta un momento y me dio una nalgada seca.

—Ya está —dijo—. Ahora te aguantas.

Empezó a moverse. Lento primero, sacando casi toda la verga y volviendo a hundirla, y yo me iba acostumbrando al lleno. Metí la mano por debajo y me toqué el clítoris al ritmo de sus embestidas. Ella agarró velocidad. Me cogía con fuerza, agarrándome de las caderas, haciendo sonar sus muslos contra mis nalgas. Cada estocada me sacaba un gemido a la fuerza.

—Así, así, cabroncita, dame por el culo —le decía yo, con la cara aplastada contra la almohada—. Más duro, no te frenes.

—Cállate y aguanta —jadeaba ella, y me daba una nalgada—. Que te la voy a dejar bien adentro.

Me cogió el culo unos minutos largos, hasta que yo estaba a punto. Entonces me la sacó de golpe, me volteó de un tirón, me abrió las piernas y me la metió por el coño, todavía resbalosa. Se acomodó encima de mí, con las tetas pegadas a las mías, y me empezó a coger despacio, mirándome a los ojos.

—Te encanta que te haga esto, ¿verdad? —murmuró contra mi boca.

—Sí —le contesté sin aliento—. No pares, hija de puta, no pares.

Aumentó el ritmo. Me chupó las tetas, me mordisqueó los pezones, me embistió con ganas mientras yo la abrazaba con las piernas por la cintura. Sentía la verga entrando hasta el fondo, y su hueso púbico frotándome el clítoris con cada estocada. Le clavé las uñas en la espalda. Le grité en el oído. Estaba cerca, muy cerca.

—Vente conmigo —le pedí—. Vente conmigo, amor.

Ella se apretó contra mí, empujando el arnés y su pubis contra el mío, moliéndose sobre mi clítoris, y yo estallé. El orgasmo me subió desde los pies, se me juntó en el vientre y me sacudió entera. Grité contra su cuello, la apreté con las piernas, y sentí cómo ella también se contorsionaba mientras la base del arnés le frotaba por dentro lo suyo. Nos quedamos abrazadas, jadeando, sudando, con la verga todavía dentro de mí.

Después de un rato largo, Lorena se dejó caer a mi lado sin quitarse el arnés. Le pasé la mano por el pelo mojado, y ella me buscó la boca para un beso lento.

—Qué buena cogida —dijo, riéndose bajito—. Estaba haciendo falta.

—Mucha —le contesté—. La próxima vez, te aviso con menos de diez minutos.

—Con cinco me alcanza.

Alargué el brazo hacia la mesita, saqué un cigarro y lo prendí. Ella me robó la primera pitada, me devolvió el cigarro y se levantó a buscar agua. Cuando volvió, me trajo un vaso y se metió otra vez en la cama, todavía con la verga puesta.

—No te la quitaste —le dije, señalándola con la barbilla.

—No —me contestó, y sonrió—. Por si acaso.

Me acabé el cigarro sin apuro, sabiendo que la noche apenas empezaba. Pero eso ya se los cuento en otra ocasión.

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Comentarios(6)

Lola_Noche

increible... me dejo sin palabras jaja

Valentina_85

Por favor segui, quede con muchisimas ganas de mas!!

SofiaN_lect

Me encanto la ambientacion, se siente muy real y natural. Muy bien narrado

Gabi_LP

Uff, la tension desde el principio hasta el final... hermoso relato. Sigue asi!

CarmelaSJ

Me recordo a una situacion con una amiga de la facu jajaja. Tremendo, gracias por escribirlo

MarceloQ

Como lector hombre lo disfruté un monton, ojalá haya segunda parte

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