Rescaté a la vietnamita antes de llegar a mi portal
Volvía a casa después de un turno de noche demasiado tranquilo. En el vestuario me había quitado el polo del uniforme y me había puesto una camiseta de tirantes tan ajustada que mis pechos pequeños y firmes botaban libres bajo la tela. Todavía llevaba el pantalón táctico con los emblemas y la mochila colgada al hombro, con la porra asomando por un lateral.
Sí, soy vigilante de seguridad. Con casi un metro ochenta, morena, la melena por encima de los hombros y el cuerpo entrenado en el gimnasio, la mayoría de los borrachos que me cruzo a estas horas prefiere no probar suerte conmigo.
Aparqué el coche a una manzana de mi portal, porque a las cuatro de la mañana ya no queda hueco más cerca. Caminaba tranquila por la calle vacía, disfrutando del calor de la madrugada, cuando vi la escena en el portal de al lado del mío.
Ella era una chica asiática, menuda, con la espalda pegada al metal frío de la puerta. Vestido negro corto, apenas unas tiras sobre los hombros, melena lisa y azabache que le caía hasta la cintura. Él era un tipo bajo, calvo, barrigón, con la camisa desabrochada y la voz arrastrada de puro alcohol.
—Si no vienes conmigo llamo a la policía —le repetía, plantándole el dedo en la cara—. He pagado, joder.
Aceleré el paso y me planté detrás de él. En cuanto giró la cabeza y vio el uniforme, la porra y mi altura, echó a correr tambaleándose calle abajo. Ni siquiera tuve que abrir la boca.
—¿Estás bien? —le pregunté acercándome despacio, para no asustarla más.
Asintió sin decir nada, y de pronto se derrumbó sobre mi hombro. Bueno, por la diferencia de estatura, más bien sobre el nacimiento de mis pechos. Su melena me inundó de un perfume dulce, algo entre jazmín y coco, que me erizó la piel de la nuca. La rodeé con un brazo y le acaricié la espalda casi desnuda del vestido, la piel tibia y suavísima bajo mis dedos.
—Tranquila, cielo. Ya pasó.
—Me he asustado mucho —murmuró con un acento marcado y sensual.
—Estás conmigo. Vivo aquí al lado. ¿Quieres subir un momento? Te preparo algo caliente y te calmas.
Levantó la cara y me miró con unos ojos oscuros enormes, mojados de lágrimas. Sonrió apenas, y sentí un pinchazo en el estómago que no tenía nada que ver con proteger a nadie.
—Sí, por favor.
En el ascensor no se separó ni un centímetro de mí. Sus tetas, mucho más grandes de lo que parecía por su estatura, se me clavaban en el vientre. Su muslo desnudo rozaba el mío por la ranura del vestido, y no sé si lo hacía a propósito o no, pero yo estaba empezando a sudar por razones que no tenían nada que ver con el uniforme.
Abrí la puerta y ella entró mirando alrededor con curiosidad. Se paró frente al desnudo femenino que tengo enmarcado en el salón y sonrió.
—Tienes buen gusto.
—Siéntate, anda. ¿Te preparo una tila?
Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas y el vestido subiéndole peligrosamente por los muslos. Yo me dejé caer en el sillón de enfrente y me agaché para desatarme las botas. Antes de llegar al segundo cordón ya la tenía arrodillada a mis pies.
—Déjame a mí.
—No hace falta, cielo. De verdad, puedo…
No hubo forma. Me sacó las botas, los calcetines sudados, y empezó a masajearme las plantas con unos dedos pequeños y expertos que me hicieron soltar un gemido sin querer. Los pies son mi punto débil, y ella pareció darse cuenta enseguida. Se metió mi dedo gordo en la boca y lo chupó despacio, sin dejar de mirarme.
—Joder —solté.
—Me llamo Linh —susurró—. ¿Y tú?
—Marta.
Linh sonrió y siguió besándome el empeine. Le fui sacando la historia a trozos mientras sus manos subían por mis pantorrillas. Vietnamita, traída con papeles falsos por una red que la tenía puteando en pisos y hoteles. Ese borracho de la calle era un cliente del hotel de la esquina que había querido pagar la mitad. Nadie la vigilaba de cerca mientras cumpliera la cuota semanal.
—¿Y por qué no huyes?
—¿Adónde? No tengo papeles. —Se encogió de hombros—. Además, esta noche no me arrepiento de trabajar.
Me miró desde abajo con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.
—No tienes que hacer nada. No te he ayudado para follarte —le dije, aunque la voz me salió ronca.
—Lo sé. Pero a mí me gustan las mujeres. Solo las mujeres. Y tú —me pasó un dedo por el interior del muslo, por encima del pantalón— me pones muchísimo.
Me levanté de golpe y me solté el cinturón táctico. Ella lo cogió al vuelo y lo dejó sobre la silla, y luego me bajó el pantalón despacio, arrastrándolo por mis muslos. Me quedé en tanga y camiseta delante de una desconocida que se relamía como si me acabaran de servir en bandeja. Me agaché, le sujeté la barbilla con dos dedos y la besé.
Linh besaba como si llevara todo el día pensando en ello. Me atrapaba el labio inferior con los dientes, me metía la lengua hasta el fondo, jugaba con la mía, me la sacaba de la boca y me la chupaba como si fuera un pezón. La saliva se nos escapaba por las comisuras y ninguna de las dos se molestaba en limpiarla. Su mano se coló bajo mi camiseta y me agarró un pecho, y me pasó el pulgar por el pezón hasta ponerlo duro como una piedra.
—Ponte de pie —le pedí—. Quiero verte entera.
Se levantó despacio. Con un solo gesto se desabrochó un corchete oculto sobre el hombro y el vestido le cayó a la cintura. Sus tetas eran mucho más grandes de lo que parecía, firmes, con los pezones oscuros apuntándome directamente. Un movimiento de caderas y el vestido acabó a sus pies. Solo llevaba un tanga de encaje negro casi transparente.
Le pedí que se diera la vuelta y disfruté del culo pequeño y respingón, de la espalda perfecta, de la melena resbalándole hasta el nacimiento de las nalgas.
—Ven aquí.
Se sentó a horcajadas sobre mí en el sofá. Le agarré las nalgas con las dos manos y sentí cómo se restregaba contra mi vientre. Su coño mojado empapaba el tanga y me manchaba la piel. Nos besamos otra vez, más sucio, mientras yo le arrancaba el tanga de un tirón. Un dedo se me fue solo hasta su culo, apenas rozando el ano, y ella gimió contra mi oreja.
—Estoy sucia. Déjame ducharme antes.
—Casi ni me importa —le dije, riéndome—. Pero venga, yo también voy sudada del curro.
***
La empujé al plato de ducha y abrí el agua caliente. Quité la bañera hace años y dejé el suelo entero como plato de ducha, y esa madrugada agradecí infinito esa decisión. La ayudé a lavarse el pelo, con las tetas pegadas a su nuca y mi vientre desnudo contra su culo mojado. Ella se restregaba hacia atrás, buscándome, y cuando terminé de aclararle la melena, se giró con una sonrisa que no había visto antes.
—Túmbate.
—¿Qué?
—Ya verás. Túmbate en el suelo.
Me tumbé sobre las baldosas templadas por el agua caliente. Linh se echó un chorro de gel en el pecho y en el vientre, y se dejó caer sobre mí. Empezó a deslizarse con las manos, adelante y atrás, dejando sus tetas resbalando por las mías, su vientre lubricado sobre mi coño, su melena mojada barriéndome la cara. El piercing de su ombligo me arañaba el pubis cada vez que subía. Era el masaje tailandés de cuerpo entero del que había oído hablar y no había probado nunca, y estaba a punto de hacerme correr sin que me tocara con un solo dedo.
—Esto es… joder…
—Solo es el principio.
Me sujetó una teta y se la metió en la boca. Me lamió la sal del sudor que aún me quedaba, me mordió el pezón hasta hacerme arquear la espalda, se pasó a la otra teta y repitió. Bajó por mi vientre, me pasó la lengua por el ombligo, y siguió bajando. Me abrió las piernas con las manos y me miró desde abajo antes de estampar un beso profundo sobre mi coño.
Su lengua me abrió los labios con una lentitud calculada. Me lamió despacio de abajo arriba, dio dos vueltas alrededor de mi clítoris y volvió a bajar. Me metió dos dedos y los curvó hasta encontrar el punto exacto. En menos de un minuto tenía la primera corrida sacudiéndome contra el suelo, apretándole la cara con los muslos, gritando su nombre y otras cosas peores. Ella no se despegó. Siguió lamiendo mientras yo le tiraba del pelo, alargando el orgasmo hasta que se me nubló la vista.
Me hizo darme la vuelta. Repitió el masaje por mi espalda y mi culo, y esta vez me abrió las nalgas y me lamió el ano de arriba abajo. Nunca me habían hecho eso, y solté un gemido que se debió oír en el piso de abajo. Me metió un dedo en el culo mientras me pasaba la lengua por el perineo, y me arrancó otra corrida contra las baldosas.
***
Nos secamos a medias, riéndonos, y la llevé a mi cama tirando por el camino todo lo que sobraba de las sábanas. Ahora me tocaba a mí.
Empecé por sus pies pequeños de muñeca. Le chupé los dedos uno por uno, le pasé la lengua por la planta, le mordí el talón. Ella se retorcía sobre las sábanas y me acariciaba las tetas con el otro pie, pellizcándome los pezones entre los dedos. La muy cabrona controlaba cada músculo de su cuerpo como si llevara una vida entrenándolo.
Subí por sus pantorrillas, por la cara interna de los muslos, mordisqueándole la piel blanca hasta dejarle marcas. Cuando llegué a su coño ya estaba empapada y con los labios abiertos esperándome. Le pasé la lengua plana de abajo arriba y ella soltó un grito ahogado. Me clavé en el clítoris, chupándolo con los labios, y le metí dos dedos hasta el fondo. Linh separaba los muslos como una gimnasta, imposiblemente abierta, ofreciéndome cada rincón.
Bajé al perineo y de ahí al ano cerradito, y le pasé la lengua sin avisar. Ella se agarró a las sábanas y soltó algo en vietnamita que sonó a todo menos a rechazo. Volví al coño, le metí los dedos más adentro, le chupé el clítoris hasta que se corrió sobre mi cara con un temblor largo que le sacudió las piernas.
Ni siquiera me dejó recuperarme. Se deslizó bajo mi cuerpo, y con su corta estatura se las apañó para colocar la cara justo debajo de mi coño mientras yo seguía con la boca en el suyo. Un sesenta y nueve invertido, ella boca arriba, yo agachada sobre su cara. Me lamió empapándose de mi excitación, me metió dos dedos, y me sacó otra corrida.
Perdí la cuenta de las veces que me corrí y de las veces que la hice correrse a ella. Cambiamos de posiciones, la puse a cuatro patas y le comí el coño por detrás mientras le apretaba las tetas colgando. Ella me montó la cara sentada sobre mí, restregándose hasta soltar un grito ronco. Nos frotamos coño contra coño hasta acabar las dos temblando, agarradas de las manos como si nos fuéramos a caer del colchón.
Se durmió sobre mi pecho, con la melena negra tapándome la cara y el culo apretado contra mi pubis. Yo caí detrás, oliendo su pelo, con la certeza de que esa vietnamita no iba a irse de mi vida así como así.
***
A la mañana siguiente me despertó el olor a café. Linh había ordenado el salón, recogido la ropa, y estaba preparando un desayuno absurdo en la cocina, desnuda con uno de mis delantales.
—Deja de hacer esas cosas —le dije, abrazándola por detrás—. No necesito una sirvienta.
Le manché los pezones de mermelada y me los comí despacio, ahí mismo, apoyándola contra la encimera. Ella se dejó, riendo, con las piernas abiertas mientras yo bajaba a chuparle el coño de pie hasta que se corrió tirándome del pelo.
De eso hace ya casi dos años. La saqué de la red con la ayuda de una amiga guardia civil a la que le encanta jugar con nuestros grilletes y que a veces se queda a dormir con nosotras. Linh tiene papeles, un trabajo de verdad y sigue siendo la amante más lasciva y morbosa que he conocido. Ahora estamos hablando de casarnos. Y el masaje tailandés aquel, sí, se ha repetido muchas, muchas veces.