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Relatos Ardientes

La noche que descubrí lo que era con ella

Toda mi adolescencia fui la oveja negra. Pelo corto, ropa ancha, gafas feas a propósito y un vocabulario de camionera que hacía palidecer al portero del instituto. Todo eso empezó cuando entendí que los chicos me daban un asco físico y raro. Torpes, babosos, pesados. Al principio me convencí de que era porque no había encontrado al correcto. Después de un tiempo empecé a sospechar que el problema no eran ellos, sino yo.

Cambié de estrategia: si no podía hacerlos desaparecer, iba a hacer que se alejaran solos. Me expulsaron dos veces del instituto por peleas y en casa me castigaban con más frecuencia de la que aguantaba. Sacaba las mejores notas del curso porque leer se me daba fácil, y con eso callaba a mi padre, juez de provincia, más pendiente de las apariencias que de sus hijas.

A los veintidós, ya en tercero de Derecho, había empezado a soltarme. Pelo por los hombros, lentillas, algo de maquillaje cuando salía con mis amigas. Bebía agua mientras ellas se emborrachaban y me volvía sola a casa temprano. Seguía sin salir con nadie. Ni con hombres ni con nadie.

Así fue como conocí a Nuria.

Fue un sábado en la barra de un bar del centro. Yo esperando a que la camarera me hiciera caso, ella apoyada al lado con un mojito casi vacío. Me miró de arriba abajo sin disimulo, sonrió, y me dijo mi nombre antes de que yo abriera la boca.

—Coincidimos dos años en el instituto. No creo que te acuerdes de mí.

No me acordaba. Pero me quedé mirándola. Ojos oscuros muy juntos, la boca ancha, una cara que no era guapa de anuncio pero tenía algo. Cuando me sonrió me di cuenta de que llevaba un rato aguantándome la mirada sin apartarla.

—Mañana mis padres se van todo el fin de semana —me dijo con un descaro tranquilo—. ¿Te vienes a cenar a casa?

—Acabo de conocerte.

—No cocino tan mal.

—No es la comida.

—Anímate. Vivo a dos calles de la tuya.

Ese detalle, más que ningún otro, fue el que me decidió. Bebí despacio mi refresco, le dije que sí, y me pasé la noche entera pensando en su boca.

***

Llegué a su casa el domingo a las nueve. Nuria me abrió con un vestido corto negro, descalza, el pelo recogido en un moño flojo. Olía a algo cítrico. Me hizo pasar al comedor y me sirvió una copa de agua con hielo y limón sin preguntar. Se había acordado.

La cena fue mejor que la de cualquier restaurante. Tartar de salmón, cuscús con verduras, una tarta de chocolate que se me hizo agua en la boca. Ella comía despacio, me miraba mientras yo hablaba, y en un momento me acercó su tenedor a los labios para que probara algo de su plato. Se lo permití. Nunca dejo que nadie me dé de comer, pero se lo permití.

Después de la tarta me llevó al sofá.

—Túmbate un rato conmigo.

Nos quedamos allí, hablando de bobadas, con los pies enredados. Yo notaba cada centímetro de su cuerpo contra el mío. Ella se giró en algún momento y me miró de una forma que me apretó el estómago.

—Te voy a decir una tontería. ¿Puedo besarte?

—No he besado a otra mujer en mi vida.

—Yo tampoco.

—Mentira.

—Te lo juro.

Nos reímos las dos y nos besamos. El primero fue tímido, apenas un roce. Nos separamos, nos miramos y nos volvimos a besar. El segundo fue distinto. Su lengua se abrió paso en mi boca y yo sentí una descarga que me bajó de la nuca al coño en un segundo. Se me escapó un gemido pequeño contra sus labios.

—Joder —dijo ella, apartándose lo justo para mirarme—. Nunca me habían besado así.

—Yo tampoco había besado nunca.

—¿Nunca?

—No así.

Volvimos a la boca. Estuvimos veinte minutos comiéndonos a besos como si nos fuéramos a morir mañana, tirándonos del pelo, mordiéndonos el labio, buscándonos la oreja. Su mano me subió del muslo a la cadera y, cuando me metió los dedos por debajo de la camiseta y me tocó la piel, yo ya estaba mojando el tanga.

—Quiero verte —me susurró al oído.

—Nunca me he desnudado delante de nadie.

—Peor para ellos.

Me sacó la camiseta despacio y, cuando quedé en sostén, se separó para mirarme. Yo tengo los pechos grandes y redondos, con los pezones pequeños; siempre me había acomplejado por eso. Nuria me desabrochó el sostén con las dos manos, dejó que cayera al suelo y se quedó un segundo callada.

—Joder, están para comerte a besos.

Se agachó y me chupó un pezón hasta ponerlo duro. Se me clavaron las uñas en el sofá. Me metió el otro en la boca, tirando con los dientes, y yo eché la cabeza hacia atrás con un gemido que me salió del fondo. Nunca nadie me había tocado las tetas así. Nunca me había dado cuenta de lo que podía sentirse cuando alguien las trataba como si valieran algo.

Me desabrochó los vaqueros. Yo levanté las caderas para que me los sacara. Me quedé en tanga, y ella me miró de arriba abajo y silbó bajito.

—Túmbate del todo.

Me tumbé en el sofá con la respiración cortada. Nuria se puso de rodillas en el suelo, me abrió las piernas y me apartó el tanga hacia un lado con dos dedos. Me miró el coño como si fuera lo más bonito que había visto en su vida.

—Estás empapada —me dijo.

—Cállate.

—Lo digo bien. Estás preciosa así.

Empezó despacio, con la yema de un dedo por fuera, subiendo y bajando por los labios mayores con una calma que me estaba volviendo loca. Cuando por fin bajó al clítoris con el pulgar y a la vez me metió un dedo dentro, se me arqueó la espalda entera.

—Joder, Nuria.

—Todavía no he empezado.

Me folló con dos dedos, sin prisa, entrando hasta el fondo y saliendo despacio, mientras me dibujaba círculos en el clítoris con el pulgar. Yo gemía como no había gemido en mi vida, porque nunca me había corrido en serio y esa era la primera vez que mi cuerpo iba en esa dirección. Se agachó y me pasó la lengua entera por el coño, de abajo arriba, muy plana, muy lenta, y yo casi grité.

—Ahí, ahí, no pares.

No paró. Me chupó el clítoris con los labios, sin dejar de meter y sacar los dedos, subiendo el ritmo poco a poco. Yo sentí el orgasmo subir como una ola desde las plantas de los pies. Le agarré la cabeza sin pensarlo, cerré los muslos alrededor de sus hombros y me corrí en su boca con un temblor que me duró casi un minuto entero. Cuando terminé estaba llorando de puro alivio.

—Me voy a morir —dije, riéndome, tapándome la cara con las manos.

—Te toca.

Se tumbó ella y me obligó a arrodillarme entre sus piernas. Yo la desvestí con manos torpes. Tenía los pechos pequeños y los pezones oscuros y una raja depilada al ras que me dejó la boca seca. No lo hice ni la mitad de bien que ella. Me metí como pude, imitando lo que me había hecho: la yema del dedo por fuera primero, después dentro, después la lengua.

—Métete más adentro. Con dos.

Obedecí. Le metí dos dedos y le busqué el clítoris con la lengua. Ella empezó a moverme las caderas ella misma, ayudándome, marcando el ritmo. La chupé como si llevara toda la vida haciéndolo, sacándole gemidos que me ponían más caliente que cualquier cosa que hubiera imaginado. Cuando la sentí cerrarse alrededor de mis dedos, apretándome, y soltar un gemido ronco desde el fondo de la garganta, me llenó la boca con un pequeño chorro caliente y yo me eché a reír porque no me lo esperaba.

—Putón —me dijo con la voz rota, sonriendo con los ojos cerrados—. Qué buena eres, joder, qué buena eres.

Me quedé quieta. Levanté la cabeza.

—No me llames eso.

—Ay, no seas tonta. Se me ha escapado.

—Lo digo en serio. No me llames puta. A mí no.

—Vale, vale. Perdón. Ven, ven aquí.

Me subió a la cama por las axilas y me abrazó desnuda contra ella. Se me pasó por fuera, pero por dentro se me quedó una espina que ya no se soltó del todo.

***

Al día siguiente me invitó a comer a un restaurante caro para pedirme perdón. Traía un colgante de plata en una cajita.

—Cuando me pongo, me pongo. Perdóname.

—Ya.

—¿Vienes luego a mi casa?

Fui. Follamos otra vez, esta vez en la cama y con la luz encendida. Hicimos un sesenta y nueve larguísimo en el que me corrí dos veces con su lengua metida hasta el fondo. Después, cuando yo pensaba que ya estaba, ella sacó del cajón de la mesilla un arnés con un consolador mediano y me lo enseñó como quien enseña un juguete nuevo.

—¿Y eso qué es?

—Para desvirgarte.

—No sé si me apetece tanto.

—Va a ser suave. Confía en mí.

Le dije que sí. Le había dicho que sí a muchas cosas aquella semana, porque me había abierto algo por dentro y no sabía cerrarlo. Me abrió de piernas, se puso el arnés y buscó la entrada con la punta, mojando el silicona con saliva. Me penetró despacio y yo aguanté el pinchazo del principio sin quejarme mucho.

—¿Vas bien?

—Sí. Con calma.

Con calma duró treinta segundos. De repente empujó fuerte, hasta el fondo, sin avisar, y sentí un desgarro que me hizo saltar en la cama.

—Espera, para. Duele.

—Aguanta, que se te pasa.

—No, saca. Sácalo.

—Cállate, joder, que lo vas a disfrutar.

—Que lo saques te digo.

Me dio una bofetada. No fuerte, pero suficiente para que la mano me temblara al levantarla y devolvérsela. Le pegué dos, una en cada mejilla, y la eché de encima de mí con las dos piernas. Me levanté de la cama con las rodillas flojas y el coño ardiendo, cogí el colgante de la mesilla y se lo tiré a la cara.

—No me vuelvas a tocar en tu puta vida.

—Perdona, cuando me caliento pierdo la cabeza.

—Pues háztelo mirar. A mí no me vuelves a ver.

Me vestí sin mirarla y me fui.

Bajé las escaleras con las manos temblando y el corazón dándome patadas. Cuando llegué a la calle me eché a llorar como una tonta, no de miedo sino de rabia. La primera mujer con la que había estado. La primera. Y me había tenido que ir dándole dos bofetadas.

***

En casa me esperaba el otro drama. Mi madre borracha en la cocina llamándome puta boyera nada más entrar, mi hermana Paula llorando en el sofá porque se había quedado embarazada de un hombre al que no recordaba, y mi padre, al que llevábamos años sin ver, respondiendo por teléfono que apoyaba a Paula sin condiciones. Recogí una maleta con lo imprescindible, aguanté a mi madre gritándome desde la puerta que me fuera con las demás putas, y esa misma noche me mudé con Paula a la casa vieja de los abuelos.

—¿Te ha echado por ser lesbiana? —me preguntó nada más entrar, abrazándome.

—Por eso.

—Ya era hora de que lo dijeras en voz alta.

—¿Tú lo sabías?

—Hace años que lo sospechaba. Tenías que llegar tú.

Me pasé la primera noche despierta, mirando el techo, pensando en la boca de Nuria y en la bofetada de Nuria a partes iguales. Aprendí dos cosas en el mismo fin de semana, y ninguna se me ha olvidado. La primera, que me gustaban las mujeres hasta un extremo que ni yo me imaginaba. La segunda, que gustarme algo no me obligaba a aguantar nada de nadie. Ni una palabra, ni una mano levantada, ni una embestida que no hubiera pedido.

Han pasado años desde entonces. He follado con muchas mujeres y me han querido bien varias. Nunca he vuelto a dejar que una boca que acabara de gemir dentro de la mía me llamara puta. Ni una sola vez.

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Comentarios(6)

Clara_Bsas

increible, una de las mejores que lei en mucho tiempo!!!

Rebe_lectora

necesito una segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo

vale_mia

Me recordo tanto a mi primera vez... esa sensacion de descubrir algo que llevabas dentro sin saberlo. Muy bien contado

SusanaXD

Como te animaste a escribirlo? se nota que es algo muy personal. Gracias por compartirlo

Sole_92

buenisimo!! sigue escribiendo por favor

MartaV

Me gusto como lo contaste, sin ser grosero pero sintiendose todo. Se nota que escribis con el corazon

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