Trío en el gimnasio que terminó siendo cuatro
Si ya leíste alguna de mis confesiones, sabes que mi novia y yo llevábamos tiempo explorando juntas todo lo que nos daba morbo. Yo la voy a llamar Lara, y a mí puedes llamarme Nina. Las dos éramos adultas, vivíamos juntas desde hacía un tiempo y teníamos una relación bastante abierta entre nosotras, pero siempre con una regla que no negociábamos: nada de mentiras y nada sin hablarlo antes.
Entrenábamos casi todos los días después de salir de la facultad. A esa hora el gimnasio estaba mucho más tranquilo, y por eso terminamos fijándonos en dos personas que empezaron a aparecer con demasiada frecuencia en nuestro horario. Él era Bruno, uno de los entrenadores. Ella, una mujer madura que se hacía notar sin esfuerzo.
Bruno era de esos tipos que saben perfectamente el efecto que causan. Alto, marcado, de hombros amplios y cintura estrecha, con esa clase de cuerpo trabajado que se nota incluso debajo de la ropa más simple. Cuando entrenaba antes de empezar su turno, usaba prendas ajustadas que dejaban poco a la imaginación, y más de una vez lo sorprendí mirando a Lara como si quisiera desvestirla allí mismo.
La otra era Rebeca. Tendría cerca de cuarenta y tantos, pero se veía increíble. Piernas fuertes, glúteos duros, abdomen plano y unos pechos redondos que no necesitaban ayuda de nada. Tenía el rostro de una mujer segura de sí misma, de las que ya habían vivido suficiente como para no fingir pudor cuando deseaban algo. Y lo deseaba, porque en el vestidor siempre terminaba preguntándonos por Bruno.
Una tarde coincidimos las tres solas en las duchas. Rebeca se desnudó con una naturalidad que me dejó mirándola más de lo que debía. El agua le corría por los hombros y por el pecho, y mientras se enjabonaba soltó una risa baja.
—Llevo semanas intentando que ese entrenador me mire como hombre de verdad y no como clienta —dijo, apretándose una nalga con descaro—. Con el bulto que carga, una espera que tenga más hambre.
Lara soltó una carcajada. Yo también, aunque por dentro me había recorrido un calor incómodo y agradable a la vez. Rebeca nos miró con esa media sonrisa de mujer que tantea el terreno.
—¿Y tú? —le preguntó a Lara—. ¿Traes algo con él o solo se andan coqueteando?
Lara negó con la cabeza.
—No. Ella y yo somos pareja. A veces jugamos, a veces invitamos a alguien, pero con él no ha pasado nada.
Rebeca levantó las cejas y bajó la mirada apenas un segundo, como si esa información le hubiera encendido algo.
—Entonces sí que me interesan más de lo que pensaba.
Nos reímos, pero al volver a casa seguimos hablando del tema. Esa noche estábamos en el sofá, viendo cualquier película, cuando Lara me preguntó si de verdad no me molestaba que Bruno se le acercara tanto. La conocía bien: detrás de la pregunta había curiosidad, no culpa.
—No me molesta —le dije—. Si te atrae, prefiero saberlo. Mientras no me mientas, podemos hablar de todo.
Lara se quedó mirándome con ternura. Se acercó y me besó despacio, como si me agradeciera la honestidad. Yo pensé que ahí quedaría todo, en una fantasía de gimnasio y nada más. Me equivoqué.
***
Con los días, Bruno se volvió más cercano a Lara. Yo lo notaba en la forma en que le corregía una postura con las manos demasiado seguras, en cómo le sonreía de cerca, en cómo ella fingía normalidad mientras luego me lo contaba todo con detalle. Rebeca, en cambio, empezó a acercarse a mí.
Una tarde nos quedamos hablando en la salida del gimnasio y terminamos compartiendo un café en un local de la esquina mientras caía un aguacero imposible. Rebeca tenía esa facilidad para contar cosas íntimas sin sonar dramática. Me habló de amantes, de mujeres, de hombres, de su gusto por probar sin pedir disculpas. No presumía: confesaba. Y cuanto más hablaba, más me daban ganas de besarla.
Cuando quise volver al departamento, la lluvia seguía brutal. Me ofreció llevarme, pero yo me negué. Insistió tanto que al final me prestó una chaqueta ligera.
—Me la devuelves mañana —dijo—. O me invitas a subir y la recupero en tu casa.
Lo dijo sonriendo, pero la insinuación quedó flotando.
Cuando llegué al departamento, me encontré a Bruno saliendo por la puerta. Venía húmedo por la lluvia y con cara de haber estado haciendo algo más que conversar. Nos saludamos rápido. Yo entré y encontré a Lara alterada, hermosa, con los labios hinchados y una expresión que me confirmó lo obvio.
Esperé un poco antes de preguntarle. No quería que sintiera que la interrogaba. Al final ella misma se sentó frente a mí y tragó saliva.
—Tengo que contarte algo.
—Te escucho.
—Bruno subió conmigo por la lluvia. Nos besamos. Me tocó. Yo lo detuve antes de que pasara a más porque no había preservativos.
La vi sonrojarse antes de seguir.
—Pero sí se la chupé.
Esa confesión me pegó directo entre las piernas. Crucé las piernas sin disimulo y ella lo notó.
—¿Te molestó?
—No. Me calentó. Cuéntamelo bien.
Lara se mordió el labio, avergonzada y excitada al mismo tiempo, y empezó a hablar. Me dijo que se la había sacado junto a la puerta, que sí era grande, que lo más impresionante era el peso de sus huevos en la mano, que al principio la movió despacio solo para verlo jadear y que luego él le sujetó el pelo con una torpeza ansiosa. Me contó que lo tomó entero hasta donde pudo, que sintió la punta golpearle la garganta y que eso lo volvió loco. Que se corrió rápido, soltándole la leche caliente en la boca sin casi avisar.
Mientras hablaba, yo ya me estaba tocando por encima del pantalón corto.
—Ven aquí —le dije.
Lara se acercó y la jalé al sofá para besarla. Le metí la lengua con hambre, imaginando el sabor de él todavía en su boca aunque hubieran pasado horas. Le quité la camiseta y le apreté los pechos pequeños, duros, pellizcándole los pezones hasta hacerla gemir. Ella me abrió las piernas y metió la mano entre mis muslos.
—Estás empapada —susurró.
—Por tu culpa. Por tragarte a ese cabrón y venir a contármelo así.
La empujé boca arriba sobre el sofá, le bajé el pantalón y la ropa interior de un tirón y me puse de rodillas entre sus piernas. Su coño brillaba mojado. Abrí sus labios con los dedos y le pasé la lengua de abajo arriba, lento al principio, saboreando cómo temblaba.
—Así te dejó, ¿verdad? —le dije antes de volver a lamerla—. Caliente y necesitada.
Lara respondió con un gemido ronco. Le metí dos dedos de golpe y se arqueó, clavándome una mano en el hombro. Chupé su clítoris mientras abría y cerraba los dedos dentro de ella, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mi mano. No tardó en empezar a moverse sola, follándose mis dedos.
Yo seguía pensando en su boca alrededor de la polla de Bruno, y eso me puso más salvaje. La hice arrodillarse en la alfombra y saqué del cajón el arnés con el consolador que usábamos a veces. Se lo mostré y ella sonrió, entendiendo por dónde iba mi calentura.
—Chúpalo como lo chupaste a él —le ordené.
Le vendé los ojos con su propia blusa y le empujé la punta de goma entre los labios. Lara abrió la boca obediente y empezó a mamármelo como si fuera real. Se la metía y se la sacaba despacio al principio, viendo cómo salivaba, cómo tragaba, cómo forzaba la garganta hasta que le daban arcadas suaves y aun así seguía. Esa imagen me volvió loca.
La levanté y la puse en cuatro sobre la cama. Le separé las nalgas, escupí sobre el dildo y se lo metí de una embestida. Lara gritó, no de dolor, sino de ese impacto brusco que te deja el cuerpo abierto y el cerebro en blanco. Empecé a darle duro, sujetándola de la cintura, oyendo el golpe del arnés contra mi pelvis y sus gemidos cada vez más desordenados.
—Eso querías, ¿no? —le dije, jalándole del pelo hasta arquearle la espalda—. Que te llenaran ese coño y te hicieran gemir como puta.
Le di una nalgada seca. Luego otra. Su culo se me puso rojo y brillante. Ella apretaba las sábanas, se movía hacia atrás para recibir más y más profundo, y cuando le llevé una mano al clítoris se corrió gritando mi nombre y el suyo mezclados con insultos. Cayó temblando sobre el colchón, sudada, abierta, preciosa.
Cuando se recuperó un poco, me tumbó y me comió el coño con una ternura obscena, como si quisiera agradecerme y provocarme al mismo tiempo. Me hizo correrme en su boca mientras me abrazaba los muslos. Después nos quedamos jadeando, riéndonos bajito, sin sospechar hasta dónde iba a llevarnos aquella historia.
***
Dos días después, volví a encontrarme con Rebeca. Le dije que esa tarde podía pasar por su chaqueta al departamento. Asintió sin más, pero en su mirada había decisión. Entrenamos casi en silencio, mirándonos entre series con una electricidad que ya no tenía nada de inocente.
En el vestidor, por alguna razón, decidí ducharme allí. Rebeca hizo lo mismo. El vapor llenó el espacio y nos dejó aisladas. Cuando sentí su cuerpo detrás del mío y el roce firme de sus pechos en mi espalda, supe que no iba a apartarme.
Me besó el hombro, luego el cuello. Metió una mano por delante y me apretó un pecho con firmeza, pellizcándome el pezón mientras la otra bajaba por mi vientre. Yo alcé el brazo para agarrarle el cabello y empujarla más contra mí.
—No sigas aquí —le dije con la voz rota—. Vámonos a mi casa.
Rebeca me mordió apenas debajo de la oreja y soltó una risa impaciente.
—Me estás haciendo esperar demasiado.
Nos vestimos a toda prisa y subimos a su camioneta. Durante el camino se me mezcló el deseo con los nervios. No por ella, sino por esa extraña sensación de estar cruzando una línea nueva. Aun así, cuando abrimos la puerta del departamento, entré delante.
Y me quedé congelada.
Lara estaba de espaldas, subiendo su top con prisa. Bruno terminaba de ponerse la camiseta, visiblemente excitado todavía. Los dos nos miraron con la misma cara de culpables descubiertos. Yo di un paso atrás y choqué con Rebeca, que desde detrás de mí soltó un resoplido casi divertido.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Luego Lara fue la primera en reaccionar.
—No es lo que parece —dijo, y se echó a reír ella sola por lo absurdo de la frase—. Bueno, sí, más o menos sí es lo que parece.
La tensión se rompió con una cerveza. Luego otra. Hablamos. Rebeca, sin pudor, se encargó de decir en voz alta lo que todos estábamos pensando.
—Creo que nosotros dos interrumpimos a ustedes dos —dijo mirando a Bruno y a Lara—, y ustedes dos nos interrumpieron a nosotras. Ya que estamos, podríamos dejar de fingir.
Sentí el calor subirme otra vez al cuerpo. Lara me miró desde la cocina con una botella en la mano y yo le devolví una sonrisa pequeña. El aire se volvió más espeso con cada trago. Ya nadie disimulaba las miradas ni el hambre.
—Solo una cosa —dije antes de que todo se desatara—. Nada sin preservativo y nada que no se diga claro.
Todos asintieron. En ese momento, al menos, parecía suficiente.
***
Fue Lara la que tomó a Bruno de la mano y lo llevó al dormitorio. Yo fui detrás con Rebeca, casi tan excitada por mirar como por participar. Lara empujó a Bruno a la cama y empezó a besarlo con una seguridad que me encendió el pecho. Le quitó la camiseta, le recorrió el torso con las manos y bajó al pantalón deportivo.
Cuando se lo bajó, su polla salió dura, pesada, más gruesa de lo que yo había imaginado. Los huevos le colgaban tensos y llenos. Lara la rodeó con la mano y empezó a pajearlo despacio, disfrutando de la vista, mientras él le metía una mano entre las piernas y le masajeaba el coño por encima de la tanga.
—Quítatela —le dijo él con la voz ya ronca.
Lara obedeció. Se quedó desnuda frente a él, y Bruno se inclinó para chuparle un pezón mientras la otra mano le abría el coño y le metía dos dedos. Ella gimió fuerte. Yo estaba paralizada mirándolos, hasta que Rebeca me giró la cara y me besó con hambre.
Su lengua entró firme, dominante. Nos desnudamos a tirones, sin dejar de besarnos, y en pocos segundos ya la tenía de pie junto a la cama mientras yo me arrodillaba a comerle el coño. Rebeca olía a jabón y a deseo fresco. Le abrí los labios con la lengua y sentí cómo me tomaba del cabello para pegarme más. Arriba de mí, Lara ya mamaba a Bruno con ganas, hundiendo la cabeza una y otra vez mientras él le sujetaba la nuca y respiraba como un animal.
Le puse un preservativo a Bruno con mis propias manos cuando Lara se apartó para tomar aire. Me miró agradecida, todavía con la boca húmeda, y luego se montó sobre él. Se lo fue metiendo poco a poco, con un gemido contenido, hasta sentarse por completo. Empezó a moverse con un ritmo firme, las manos apoyadas en su pecho, el pelo cayéndole por la espalda, y yo no sabía si mirar a su coño tragándose esa polla o seguir enterrando la cara entre las piernas de Rebeca.
Opté por las dos cosas como pude.
Rebeca se tumbó a mi lado y me hizo colocarme encima para quedar en un sesenta y nueve. Su boca cayó sobre mi coño al mismo tiempo que la mía sobre el suyo. Nos lamimos con hambre, metiendo dedos, chupando clítoris, resoplando contra la piel mojada. Yo la sentía abrirse debajo de mi lengua mientras, a un lado, la cama crujía con las embestidas de Bruno desde abajo y el vaivén de caderas de Lara encima.
Una mano me acarició la espalda. Otra me abrió las nalgas. Supe que Bruno y Lara estaban lo bastante cerca como para tocarnos todos. Alguien me metió dos dedos en la boca y, cuando los chupé, esa misma mano fue a mi culo a engrasarme la entrada con saliva y caricias circulares. Rebeca gimió con mi lengua dentro de ella y estiró el brazo para agarrar los huevos de Bruno, masajeándolos mientras miraba cómo Lara lo montaba.
La habitación era un enredo de piernas, bocas y manos. Lara bajó de él para besarme y meterme la lengua mientras yo todavía tenía el sabor de Rebeca en la boca. Bruno aprovechó para ponerse de pie al borde de la cama, empalmado otra vez, y Rebeca se arrodilló sin dudarlo. Empezó a chupársela con un hambre tranquila, experta, metiéndosela hasta la mitad, sacándola para lamerle el tronco, besándole los huevos antes de volver a tragársela.
Yo me quedé mirándola unos segundos, fascinada. Luego Bruno me agarró del pelo con suavidad firme y me llevó hacia él. Entendí al instante. Me arrodillé al otro lado y abrí la boca. Rebeca me dejó sitio y compartimos su polla, una arriba y otra abajo, turnándonos la punta y los huevos, rozándonos los labios entre nosotras mientras él se retorcía de placer.
—Joder... así... no paren —balbuceó.
Lara, arrodillada detrás de nosotras sobre la cama, nos acariciaba los hombros y los pechos mientras miraba. Cuando Bruno empezó a tensarse, me levantó la barbilla con dos dedos.
—Si te corres, avisa —le dije.
Esta vez sí lo hizo. Sacó la polla de la boca de Rebeca y me la puso frente a los labios. Le di unas últimas chupadas lentas y se corrió en mi boca con gemidos roncos, llenándomela de leche espesa y caliente. Tragué una parte y el resto se lo pasé a Rebeca en un beso sucio que la hizo cerrar los ojos de gusto.
Bruno se dejó caer en el sofá del cuarto a recuperar el aliento. Nosotras tres nos quedamos sobre la cama, encendidas todavía y lejos de haber terminado.
Saqué el arnés del cajón y me lo puse sin necesidad de explicaciones. Lara soltó una risa excitada al verlo. Rebeca la besó tumbándola boca arriba y metiéndole la lengua con una pasión que me apretó el pecho de celos y morbo. Se tocaron los pechos, se abrieron las piernas una a otra, se rozaron los coños mientras yo me colocaba entre ellas.
Le metí el dildo a Lara primero. Entró suave, con su coño ya abierto y resbaloso. Empecé a follármela mientras Rebeca le chupaba los pezones y le metía dos dedos. Lara no sabía a quién gemirle. Luego saqué el consolador y lo llevé al coño de Rebeca, que me recibió arqueándose, apretándolo con una intensidad brutal. Alternaba entre una y otra, viendo cómo se besaban, cómo se tocaban, cómo se corrían a medias y pedían más.
—No me dejes fuera —dijo Rebeca, agarrándome de la cintura para clavarme más hondo.
Bruno ya volvía a estar duro cuando se acercó de nuevo. Lo vi por el rabillo del ojo mientras yo seguía penetrando a Rebeca. Esta vez se puso detrás de mí y me acarició la espalda antes de agacharse a lamerme el cuello. Me aparté lo suficiente para mirarlo a la cara.
—Con condón —le recordé.
Lo vi coger uno de la mesita y ponérselo. Solo entonces me incliné hacia delante y le ofrecí mi coño. Me penetró despacio al principio, quizá para demostrar que había entendido. Sentí su grosor abriéndome, el empuje firme de sus caderas contra mis nalgas, y solté un gemido involuntario que hizo reír a Lara.
Seguí moviendo el arnés dentro de Rebeca mientras Bruno me follaba por detrás. El cuarto entero empezó a girar alrededor de ese ritmo doble: yo embistiendo hacia delante y recibiendo embestidas hacia atrás. Rebeca me chupaba un pezón, me apretaba la cintura y jadeaba con el consolador dentro. Lara, a un lado, se corría con los dedos en su clítoris mientras nos miraba a los tres.
Bruno sacó la polla y se volvió hacia Lara. Ella le tendió la mano para detenerlo un segundo.
—Preservativo puesto o nada.
Él asintió y, como ya lo llevaba, se tumbó sobre ella y la penetró en misionero. Lara le rodeó la cintura con las piernas y empezó a recibirlo con gemidos cada vez más agudos. Yo me quité el arnés un momento para arrodillarme junto a su cabeza y besarla mientras la follaban. Le apreté un pecho y ella me mordió el labio sin dejar de mirar a Bruno a los ojos.
Rebeca me hizo girarme hacia ella. Estaba en cuatro, enseñándome el culo con una sonrisa descarada.
—A ver si de verdad sabes usar esos dedos —me dijo.
Cogí lubricante del cajón, le mojé la entrada del culo y empecé a masajearle el ano con un dedo, luego con dos. Rebeca gemía grave, moviéndose hacia atrás para pedirme más. Mientras tanto, Bruno seguía embistiendo a Lara a ritmo duro, el sonido del látex y de la piel mezclándose con nuestros jadeos.
Cuando sentí a Rebeca abierta y relajada, volví a ponerme el arnés y se lo empujé en el culo muy despacio. Ella soltó un grito ahogado, mezclado de dolor rico y gusto bruto, y luego empezó a tomarlo mejor, apretándolo con cada centímetro. Le sujeté las caderas y la follé con cuidado al principio, más fuerte después, viendo cómo se agarraba a las sábanas y me pedía que no parara.
Lara estaba al borde. Lo supe por la forma en que le temblaban los muslos. Bruno también. Ella se corrió primero, apretándolo con todo el cuerpo, y segundos después él salió, se quitó el condón y lo anudó antes de dejarse caer respirando hondo. Ese gesto, simple y necesario, me aflojó una tensión que no sabía que seguía cargando.
Nos quedamos las tres en la cama un rato más. Rebeca aún quería más, así que me tumbó boca arriba, se montó sobre el arnés y se empezó a follar sola con una habilidad obscena, mientras Lara se acostaba a mi lado para besarme y jugar con mis pezones. Ver a aquella mujer madura subir y bajar sobre mí, con el culo tensándose y soltándose, con el coño apretando el juguete y la boca entreabierta de puro placer, fue suficiente para hacerme correrme sin que nadie me tocara abajo.
Lara se encargó de rematarme con la mano, frotándome el clítoris hasta arrancarme otro orgasmo corto y tembloroso. Luego se fue sobre Rebeca, la besó y la hizo correrse también con los dedos, mirándola de cerca, como si quisieran memorizarse.
Cuando por fin paramos, el cuarto olía a sudor, látex, saliva y sexo reciente. Bruno se vistió primero. Ya más tranquilo, incluso un poco avergonzado, se despidió sin hacerse el gracioso. Lara lo acompañó a la puerta y volvió enseguida.
Rebeca y yo nos miramos, luego las tres nos echamos a reír. Acabamos duchándonos juntas, esta vez sin prisas, lavándonos el cuerpo unas a otras y repasando lo que había pasado entre bromas y confesiones. La tensión ya se había ido; quedaba esa intimidad rara que solo aparece después de compartir demasiado.
Antes de irse, Rebeca nos besó a las dos en la boca.
—La próxima vez —dijo, agarrando su chaqueta—, intentemos empezar así desde el principio.
Lara cerró la puerta y vino a abrazarme por detrás, desnuda todavía.
—¿Entonces fue trío o cuarteto? —me preguntó al oído.
Le agarré la mano y la llevé entre mis piernas, donde ya volvía a sentirme húmeda.
—Fue un ensayo —le respondí—. Lo bueno es que ya sabemos que cabemos cuatro.