La amiga del colegio que siempre quise seducir
Habían compartido pupitre durante toda la secundaria, pero de eso ya hacía más de una década. Fueron inseparables en aquellos años, hasta que la universidad, los trabajos y los kilómetros terminaron por separarlas sin que ninguna lo decidiera del todo.
Renata trabajaba de recepcionista en una clínica. Estaba soltera, aunque desde hacía unas semanas salía con Tomás, un muchacho tranquilo de su edad. Nada serio todavía, pero ella sospechaba que con el tiempo podía convertirse en algo más.
Marina, en cambio, se había casado joven. Su marido, Esteban, dirigía una constructora y ella no tenía necesidad de trabajar. No habían tenido hijos y, por ahora, tampoco los buscaban.
Vivían en la misma ciudad sin saberlo, hasta que una tarde se cruzaron de frente en el pasillo de un centro comercial.
—¡No puede ser! ¡Marina, cuánto tiempo! —Renata casi soltó las bolsas.
—Años, Renata. Demasiados años.
Se metieron en la primera cafetería que encontraron para ponerse al día. Marina no podía quedarse mucho rato, pero antes de irse insistió en invitarla a cenar a su casa esa misma semana. Así conocería a Esteban.
La noche de la cena siguieron desempolvando recuerdos: las profesoras imposibles, las compañeras de siempre, las travesuras que entonces les parecían enormes y que ahora resultaban casi tiernas. La pasaron de maravilla. El único que quedó un poco al margen fue Esteban, y al despedirse ya tenían planes para verse de nuevo.
—¿Qué te pareció? —le preguntó Marina a su marido en cuanto se cerró la puerta.
—Es preciosa. Ahora te entiendo perfectamente. ¿Crees que lo lograrás?
—¿Dudas de mis encantos?
Porque Marina llevaba deseando a Renata desde que se hicieron amigas, con quince años recién cumplidos. En aquella época le daba vergüenza reconocer que también le gustaban las mujeres, y nunca se atrevió a dar el paso. Así había cargado con ese deseo intacto todo ese tiempo. Y ahora que la vida se la devolvía, estaba decidida a cumplir su fantasía.
Además, Renata se había convertido en una mujer realmente apetecible. Era de estatura baja, pero con un cuerpo armonioso donde destacaban el pecho y unas caderas anchas que le dibujaban una silueta irresistible. Tenía unos ojos verdes muy luminosos y una melena castaña, larga y ondulada, que de adolescente ya era la envidia de todas y que seguía igual de hermosa.
***
Los encuentros se volvieron costumbre. Recuperaron la vieja amistad y podían pasar horas conversando sin agotar nunca los temas. Marina avanzó despacio, sin precipitarse, midiendo cada gesto. Sabía que Renata tenía un pretendiente y que, en apariencia, era una mujer abiertamente heterosexual. Pero ese detalle no la frenaba; después de tantos años, no pensaba rendirse antes de intentarlo.
Al principio se limitó a roces que parecían inocentes: acomodarle un mechón, quitarle una pestaña imaginaria de la mejilla, demorar la mano un segundo más de lo necesario. Renata no parecía advertir nada raro en esas pequeñas muestras de cariño.
Una noche fueron a bailar. Apenas pisaron la pista, un par de tipos pesados empezaron a rondarlas. Marina aprovechó la ocasión.
—Para que estos se cansen, finjamos que somos pareja —le propuso al oído.
A Renata le divirtió la idea y siguió el juego. Con esa excusa, Marina la abrazó por la cintura, la atrajo hacia su cuerpo. Pero quería más.
—No se rinden. Hagamos algo más claro. Te voy a besar; verás cómo entienden el mensaje.
Feliz con la música y con el juego, Renata aceptó. Y Marina le dio el beso con el que llevaba soñando más de diez años. Su amiga se dejó besar sin resistirse y, cuando Marina lo alargó un poco más de lo necesario, notó que Renata le respondía, tímida pero presente. Fue una señal pequeña, casi imperceptible, pero a Marina le bastó para saber que iba por buen camino.
***
Otro día, en su casa, Marina la invitó a probarse un vestido de fiesta. Era negro, con un escote generoso. Como Renata tenía algo más de curvas que ella, sospechaba que se le ceñiría en todos los lugares correctos, y se moría de ganas de comprobarlo.
Renata se desnudó delante de ella con total naturalidad, quedándose solo con la ropa interior. Marina estuvo a punto de delatarse: era la primera vez que veía ese cuerpo casi entero, y le costó disimular.
El vestido le quedaba ajustado, las dos tiras de tela del escote apenas conteniendo el pecho. Con la excusa de acomodarle la prenda, Marina le acarició el cuello y rozó sus senos como sin querer. De nuevo, Renata no pareció leer la verdadera intención.
—¿Cómo vas con tu amiga? —le preguntaba Esteban de vez en cuando.
—Despacio. No quiero cometer un error que arruine todo. Pero voy bien, lo siento cerca.
Marina probó entonces algo nuevo. Conocía un bar en las afueras frecuentado por mujeres, y se le ocurrió llevarla allí para observar su reacción. Entraron con la excusa de usar el baño, terminaron sentándose a una mesa céntrica y pidieron dos cafés.
—¿Te diste cuenta de que aquí solo hay mujeres? —preguntó Renata al rato.
—Vaya. Tienes razón.
En una mesa cercana, dos chicas se besaban sin esconderse. Marina aprovechó.
—Qué bonito es el amor, ¿no te parece?
—Sí, es cierto.
Apoyó la mano sobre la mesa, rozando la de Renata. Esta no la apartó, ni siquiera cuando empezó a acariciarla con el pulgar.
—Fue divertido lo de la otra noche, fingir que éramos pareja —comentó Marina.
—Sí, se lo tragaron enteros.
—¿Te molestó el beso?
—No —respondió Renata con franqueza.
Se quedaron mirándose y, durante unos segundos, ninguna pudo desviar la vista. Renata estaba nerviosa. En ese instante deseaba que Marina la besara otra vez, pero ya no como un juego. No sabía explicarse ese deseo, ni le importaba; no lograba pensar con claridad. Marina se acercó un poco y ella también. Casi se rozaban. Marina bajó la mirada hasta sus labios, volvió a sus ojos y vio el deseo brillando en ellos. Entonces la besó.
Renata abrió la boca y la recibió. Marina no dudó en buscarle la lengua, y su amiga se estremeció, cerró los ojos y se dejó llevar, rendida a un deseo que se había instalado en ella en silencio, poco a poco, desde el reencuentro. El beso duró un tiempo que pareció eterno. Cuando se separaron, Marina le apretó la mano con fuerza.
Ya no tenía dudas. Renata era suya. La fantasía que había hibernado durante años estaba a punto de cumplirse.
***
En los días siguientes, las muestras de cariño se volvieron habituales y dejaron de disimularse. Las caricias se alargaban, se buscaban la mano al caminar, y despedirse con un beso en los labios pasó a ser lo normal.
Así que Marina se animó a dar el paso definitivo. La invitó a cenar a su casa. Renata supuso que estaría Esteban, pero él tenía instrucciones de desaparecer esa noche; a su amiga le dijo que el marido había salido de urgencia a visitar a un pariente enfermo.
Cenaron, charlaron y Renata casi vació ella sola una botella de vino. Después pasaron a una sala pequeña a tomar el café y se sentaron juntas en el sofá. Marina empezó a acariciarle el pelo y Renata cerró los ojos, dejándose envolver por el calor de esas manos. Pronto sintió la boca de su amiga en el cuello y se estremeció. Adivinaba lo que venía, y se daba cuenta de que lo estaba deseando.
Marina le desabotonó la blusa despacio mientras el corazón de Renata se aceleraba. Al descubrirle el pecho, no se resistió y empezó a besarlo. Renata dejó escapar un gemido bajo y la miró cargada de deseo, pidiéndole sin palabras que la besara. Marina obedeció, y se besaron con frenesí. Cuando le apretó los senos, jugando con ellos, pellizcándolos, Renata ahogó un grito de pura excitación.
La llevó a la habitación y la desnudó con prisa. Por fin tenía a esa mujer en su cama, por fin iba a disfrutar del cuerpo que le había robado tantas horas de sueño. La recostó y la besó de arriba abajo, sin saltarse un solo centímetro. Renata respondía cada vez más desordenada, presa de una excitación que no controlaba. El pecho, el vientre, los muslos y, al final, el sexo fueron cayendo bajo los besos y las caricias de Marina.
Renata se estremecía de placer. Su cuerpo se arqueaba, giraba, subía. Abría las piernas y un segundo después volvía a cerrarlas. El placer la descontrolaba tanto que hasta las súplicas le salían a borbotones.
—Más, por favor. ¡No pares! Ay, sigue, sigue así.
—Lo que me pidas, mi amor.
Renata no aguantó más y estalló en un orgasmo intenso, arrollador, que la hizo contraerse entera, mordiéndose el labio, soltando el aire de golpe. Después quedó tendida de costado, jadeando, satisfecha y agotada. Marina la cubrió con una manta y la dejó dormir todo lo que quiso.
Al día siguiente, cuando Esteban regresó, ella lo recibió triunfal.
—Lo conseguí.
—¿Y?
—Increíble. No sabes cómo se retorcía.
—Otra conquista. ¿Y cuándo me toca a mí?
—Pronto. Ten paciencia.
***
A partir de esa noche, Renata quedó enganchada a su amiga. En el fondo, de adolescente también había fantaseado con algo parecido, aunque jamás tan intenso. Ahora se daba cuenta de que Marina siempre le había gustado: sus ojos color miel, el pelo rubio y revuelto, las piernas larguísimas, su forma de reírse. Estaba convencida de que, si en los tiempos del colegio Marina lo hubiera intentado, habrían terminado igual.
Para Marina, en cambio, aquello había sido apenas el comienzo. Ya había conseguido lo que tanto quiso, pero su deseo pedía más. Quería arrastrarla a un terreno de placer sin límites, hacerla gozar como nunca. Ejercer ese dominio sobre Renata era un afrodisíaco al que no pensaba renunciar.
En las semanas siguientes la convirtió en su amante hasta crearle una dependencia del sexo. Renata prefería no preguntarse qué le estaba pasando; el placer era tan poderoso que siempre quería más. Marina le había revelado un lado oculto, una parte de sí misma reprimida por la educación y las costumbres. Ahora se sentía liberada y plenamente feliz.
***
Un sábado por la noche volvieron al bar, justo cuando estaba a reventar. Se habían vestido provocativas a propósito, seguras de que no les faltarían insinuaciones. Esa era la intención de Marina: ver a su amante con otra.
No tardó en acercarse una chica joven, morena, con un piercing en la nariz.
—¿Te invito algo, preciosa? —le dijo a Renata.
—Estoy con ella.
—Donde caben dos caben tres. Siéntate con nosotras si quieres —intervino Marina.
Y mientras lo decía empezó a acariciarle los muslos a Renata, que se encendió de inmediato al adivinar hacia dónde iba todo. La desconocida ocupó el otro lado y también le acarició las piernas. Marina disfrutaba viendo cómo las dos manos hacían efecto en su amante, que cerraba los ojos y apretaba los puños.
Atrajo la boca de Renata hacia la suya y la besó, notando su respiración irregular, la urgencia de su lengua. Luego le giró la cabeza hacia la joven y dejó que se besaran. Como allí no había intimidad, Marina propuso ir a un hotel cercano. En cinco minutos las tres estaban en una habitación retomando los besos y las caricias.
Renata estaba enloquecida, el doble de manos le doblaba el placer. Antes de que llegara al final, Marina recostó a la chica del piercing en la cama y le abrió las piernas. Después llevó a Renata hasta su sexo. No hizo falta nada más: empezó a lamerla con devoción mientras Marina la estimulaba por detrás con dos dedos certeros que encontraban cada punto exacto, llevándola al límite.
Renata se corrió primero, sin haber terminado con la joven, pero Marina se encargó de eso. Solo quedaba ella, y la desconocida, recuperándose, la montó por detrás hasta que las tres quedaron por fin satisfechas.
Renata seguía asombrada de su propio apetito. Nunca había sentido tanta sed, nunca había disfrutado tanto. Poco después cortó con Tomás; ya no sentía el menor interés por él. Ahora estaba con Marina y no quería nada más.
***
La vez siguiente se vieron en casa de Marina. Cenaron con Esteban y, al terminar, pasaron a la sala a tomar una copa. Marina propuso un juego para animar la velada: responder a una pregunta comprometida o aceptar un reto. Las reglas eran inquebrantables: había que contestar con sinceridad y, si se elegía el reto, no se podía rechazar.
Empezó Renata preguntándole a Esteban con cuántas mujeres se había acostado. Sin rodeos, él respondió que con más de veinte, aunque no podía precisar el número. Luego él le preguntó a Renata en quién pensaba la última vez que se masturbó, y ella, ruborizada, contestó que en Marina. Le tocaba a Marina, que pidió a su amiga que confesara su fantasía sin cumplir. Renata, nerviosa, eligió el reto.
—Tienes que hacerle sexo oral a mi marido —dijo Marina.
Renata enrojeció hasta las orejas, pero no había escapatoria. Esteban sonreía complacido. Se arrodilló frente a él, le bajó la cremallera y lo tomó en la boca todavía flácido. Lo fue chupando despacio, sintiendo cómo reaccionaba y crecía hasta llenarla por completo. Marina se sentó al lado y la besó mientras ella aceleraba el ritmo. Justo antes de que él terminara, la detuvo: el reto estaba cumplido.
Pero no quería acabar así. Recostó a Renata boca abajo en el sofá y la penetró de una sola embestida, duro por la felación, hundiéndose hasta el fondo. Renata gimió y él la siguió con más intensidad, clavándose entero en cada empujón. Marina se acercó a besarla, encantada con lo que veía, y le pidió que se tocara mientras Esteban la embestía. Renata deslizó la mano bajo su cuerpo y no tardó en correrse entre gemidos. Al verla, él aceleró y, antes de terminar, se retiró; Marina lo recibió en su boca.
***
El día de su cumpleaños se reunieron en una cafetería. Marina llevaba un regalo, pero le advirtió que solo podría abrirlo en su casa… o en un hotel. No había dudas de por dónde iba la cosa, así que terminaron en el departamento de Renata. Marina le dio un beso y le entregó el paquete.
—Felicidades.
Era un falo de gran tamaño, con correas para sujetarlo a la cintura.
—¿Quieres ponértelo tú o prefieres que lo haga yo? —preguntó Marina.
—Póntelo tú. Al fin y al cabo, es mi cumpleaños.
Marina la fue desvistiendo despacio, sin dejar de besarla y acariciarla. Renata se excitaba, pero sobre todo por la idea de estrenar el regalo. Cuando terminó de desnudarla, Marina se quitó la ropa y se ajustó el arnés a las caderas. Le pidió que se pusiera a cuatro patas, de espaldas, y, tras humedecerla bien, empezó a penetrarla con aquel aparato descomunal.
Renata sintió cómo se abría paso despacio, llenándola por completo. Jamás había tenido algo tan grande dentro, y la sensación era única. Cuando Marina empezó a moverlo dentro y fuera, el placer la desbordó. Su amiga se tumbó sobre ella, una mano en el pecho y la otra directa al clítoris, estimulándola sin pausa. La combinación era perfecta y Renata movía las caderas en busca de más, gimiendo sin control.
—¿Te gusta? —le susurró Marina al oído.
—Sí, sigue, por favor, hasta el fondo. No pares.
No tardó en correrse, y Marina mantuvo el falo dentro un buen rato más, moviéndolo apenas, prolongando un placer que se había vuelto un cosquilleo dulce, hundiéndola en una felicidad completa.
Le estaba mostrando un universo que ni siquiera sabía que existía. Tiempo atrás, Renata se habría escandalizado con cualquiera de esas ideas; ahora respondía con curiosidad y deseo a cada propuesta. Había perdido toda inhibición, todo reparo. Se sentía atada al placer que su amiga le regalaba y, eso lo tenía clarísimo, jamás iba a renunciar a él.