Lo que mi madrastra descubrió en mi habitación
Cuando mis padres se separaron, me dieron a elegir con cuál de los dos quería vivir. Soy hija única y siempre fui la consentida de mi papá, así que no lo dudé ni un segundo. Me quedé con él.
Siempre fui su confidente. Con los años me contó que mi madre lo había engañado durante mucho tiempo con un compañero de la oficina, y que se había aguantado por mí, para no dejarme un trauma encima. Cuando crecí lo suficiente, decidieron tomar caminos separados sin tanto drama.
Mi padre tardó un par de años en rehacer su vida, hasta que conoció a Adriana. Ella era abogada, y desde el primer día entendí por qué se había fijado en ella. Tenía una elegancia natural, una forma de hablar segura que llenaba la habitación. Su perfume se quedaba flotando en el aire después de que pasaba, y mantenía el cuerpo firme a base de pilates y de salir a correr cada mañana.
Tengo que aclarar algo: nunca me había sentido atraída por otra mujer. Pero una cosa no quita la otra, y reconocer que alguien es una diosa no tiene nada de malo. Adriana lo era.
***
Todo se complicó una tarde de limpieza. Estaba subida a una escalera ordenando los estantes altos del pasillo cuando perdí el equilibrio y caí de la peor manera. Me fracturé el brazo derecho, y los médicos me lo inmovilizaron desde los dedos hasta casi el hombro. Un yeso enorme, pesado e inútil.
Me dejaron en casa, lejos de mi trabajo y de cualquier rutina, durante semanas. Lo peor no era el dolor, sino la frustración. No podía hacer nada de lo que normalmente resolvía sin pensar. Mi mano izquierda era torpe, lenta, y todo me costaba el triple.
Una de esas tardes muertas, harta del techo y del silencio, puse una serie que una compañera me había recomendado mil veces. Decía que la trama era buenísima, que enganchaba desde el primer capítulo.
Y vaya que enganchaba. Mientras más avanzaba, más subía la temperatura. Escenas entre mujeres, parejas que no se contenían, miradas cargadas, cuerpos enredados. Sin darme cuenta, empecé a removerme en la cama, con esa tensión conocida bajándome por el vientre.
Quise tocarme, pero era un desastre. Con la mano buena apenas pude quitarme la blusa y bajarme el short a tirones. Abrí las piernas y, con esos dedos torpes, empecé a palpar por encima de la ropa interior, de arriba abajo, despacio. En la pantalla una chica besaba el pecho de otra, y mi propio cuerpo respondía a cada imagen como si me estuvieran tocando a mí.
Estaba tan metida en eso que no la escuché llegar.
Cuando levanté la vista, Adriana estaba en el marco de la puerta. Traía una bandeja con fruta cortada y un vaso de jugo de naranja, y se había quedado completamente quieta, mirándome.
***
Me tapé como pude, que no fue rápido ni elegante, peleando con la sábana usando un solo brazo. Sentí que la cara me ardía.
Ella no se rió de mí. Apenas curvó los labios y preguntó, con una calma desarmante, si estaba bien, si necesitaba algo.
—No, estoy bien —murmuré, con la cabeza gacha.
Me sentía como una niña a la que sorprenden haciendo algo prohibido. La culpa me pesaba más que el yeso. Pero ella entró sin prisa, dejó la bandeja sobre la mesita de noche y se acercó. Me levantó la barbilla con dos dedos, obligándome a mirarla.
—No pasa nada —dijo en voz baja—. Es lo más normal del mundo. No tienes por qué sentirte mal.
Su voz tenía algo que me serenó de golpe, como si todo el bochorno se hubiera evaporado. Y entonces, con mi torpeza de siempre, recordé que no había detenido la serie. Justo en ese momento sonaba un gemido y, cuando ella giró la cabeza hacia la pantalla, la imagen mostraba a dos chicas enredadas, una lengua recorriendo un pezón en primer plano.
Adriana soltó una risa suave.
—¿Y eso es lo que estabas viendo? —preguntó.
Me apuré a poner pausa, pero ya era tarde. Negué con la cabeza, nerviosa otra vez.
—¿Te llama la atención ese tipo de cosas? —insistió, sin sarcasmo, con genuina curiosidad.
No sabía qué responder. Era evidente lo que estaba viendo, pero me costaba admitir en voz alta ese deseo que llevaba escondiendo quién sabe cuánto. Le dije que no. Su mirada, fija en la mía, me hizo desistir de la mentira.
—Sí me gusta verlo —confesé al fin—. Pero nunca lo he probado. Y ahora ni siquiera puedo darme placer yo sola.
Ella sabía perfectamente que yo no salía con nadie. Era de las que iban del trabajo a casa y de casa al trabajo. Pocas amigas, ninguna aventura, demasiado recatada para mi propio gusto.
Y entonces dijo algo que jamás habría imaginado.
—Si quieres, yo puedo ayudarte a bajar esa calentura. Quizá yo también me relaje un poco después de esto.
***
Si hubiera podido verme la cara, me habría reído de mí misma. De hecho ella sí lo hizo, porque debí abrir los ojos como platos. Sentí su mano apoyarse sobre mi muslo desnudo, tibia, firme, y me miró a fondo, esperando.
No dije nada. Me dejé caer hacia atrás sobre las almohadas y ella fue acercando su rostro al mío. Invadía mi espacio sin pedir permiso, y al mismo tiempo se apoderaba de ese fuego que llevaba toda la tarde encendido.
Quedé recostada del todo, con las piernas todavía abiertas, cuando sentí su lengua rozar mis labios. Me resistí apenas un instante, más por costumbre que por ganas, porque por dentro estaba ardiendo. Después entreabrí la boca y nuestras lenguas se encontraron.
Empecé a moverme desde mi posición, y sus pechos se balanceaban sobre mi cuerpo desnudo. La sentí desabrocharse el pantalón y quitarse la blusa sin separar demasiado su boca de la mía. No podía ver mucho, pero escuchaba nuestra respiración agitada, cada vez más cerca.
Se detuvo un segundo, con esa voz baja que me ponía la piel de gallina.
—Ayúdame con el pantalón.
Levantó las piernas y, con las plantas de mis pies, empujé la tela hacia abajo hasta sacársela del todo. Su ropa interior hacía juego, encaje oscuro contra su piel. Se me escapó un jadeo que ella apagó con otro beso, este mucho más hambriento, con las lenguas fuera, saliva resbalando por mi mentón.
Bajó despacio. Besó mi cuello, recorrió mis pechos, los masajeó con cuidado por el costado del yeso. Atrapó un pezón y luego el otro, lamiéndolos, mordiéndolos suave, dejándolos tan sensibles que cada roce me hacía arquear la espalda.
Sentía que estaba soñando, pero era real, demasiado real.
***
Cuando llegó a mi pelvis, tiró de la sábana y me abrió las piernas con una habilidad que no parecía improvisada. Posó su boca justo donde más la necesitaba, rozando cada centímetro con la lengua plana, sin prisa.
Yo separaba mi sexo con los dedos de la mano buena para facilitarle el camino, y ella entendió la indirecta. Su lengua se hundió en mi entrada y empezó a entrar y salir de una manera tan deliciosa que levanté las piernas por puro instinto, lo más alto que pude.
Escuchar sus suspiros entre mis muslos era un deleite. Me sentía la mujer más afortunada del mundo.
Después me pidió que me girara y desapareció unos segundos de la habitación. Volvió con un arnés negro y un consolador sujeto a él. No tuve idea de dónde lo había sacado ni cuántas veces lo habría usado. Quise preguntar, pero me quedé callada.
Me acomodé en cuatro con muchísimo cuidado, dejando el brazo enyesado apoyado sobre una almohada para no lastimarme. Esperaba, expectante, lista para que ella tomara el control.
—Hazlo —le rogué—. No te detengas.
Ella ajustó las correas con un último tirón y se colocó detrás de mí. Apoyó la punta contra mi entrada y empezó a empujar con paciencia. Al notar lo húmeda que estaba, fue ganando ritmo, más rápido, más profundo.
Yo estaba en trance. Mi experiencia era escasa, casi nula, y nunca me habían tomado de esa manera. Adriana subía y bajaba la intensidad, a veces se retiraba para bajar y estimularme con la lengua, y después volvía a entrar.
El primer orgasmo me sacudió de golpe y me hizo caer de bruces sobre la cama. Nunca había sentido nada parecido.
***
Pero ella no había terminado conmigo. Su mano se coló por debajo, acariciándome el clítoris mientras me dejaba recuperar el aliento apenas un instante. Yo ya creía no poder más, y aun así seguía buscando más.
Apretando los dientes, encogida sobre las rodillas, sentí cómo me arrancaba un segundo orgasmo, esta vez tan fuerte que terminé temblando contra las sábanas. Un montón de espasmos me recorrieron entera, y rodé hasta quedar boca arriba, agotada, con la respiración hecha pedazos.
Entonces noté sus piernas acomodarse a ambos lados de mi cabeza. Se inclinó hasta colocar su sexo justo sobre mi boca.
—Es tu turno —dijo—. Quiero terminar así.
Saqué la lengua y probé por primera vez el sabor de otra mujer. La lamía con torpeza pero con ganas, mientras mi mano buena volvía a buscar mi propio centro. Era evidente que no quería parar, que quería más, mucho más.
Estaba completamente fuera de mí. Quería sentirla venirse, y así fue. Sus gemidos sobre mi cara me excitaban cada vez más, hasta que me avisó, con la voz quebrada, que estaba a punto. Seguí sin detenerme y lo sentí todo: su placer corriendo contra mis labios, su cuerpo estremeciéndose encima del mío.
Quedamos las dos tendidas, una junto a la otra, con la respiración acelerada y la piel ardiendo. Durante unos minutos solo hubo caricias lentas y algún beso perezoso. Después se levantó, se vistió sin prisa y me dio un último beso cargado de deseo antes de salir hacia el trabajo.
Nunca volvimos a hablar de esa tarde. Nunca volvió a pasar. Pero cada vez que la veo cruzar la sala con ese perfume flotando detrás, sé que ninguna de las dos lo ha olvidado.