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Relatos Ardientes

La princesa que iba a casarse sin amor

El humo del cigarrillo subía despacio en la terraza, deshaciéndose sobre el jardín húmedo mientras el amanecer pintaba de gris y oro los techos del palacio. Me apoyé en el pasamanos y cerré los ojos un instante. Había vuelto a casa, sí, pero la palabra casa no me calmaba una mierda.

—¿Y ahora qué haces fumando como si quisieras vaciarte los pulmones? —preguntó Mara desde la puerta corrediza.

Sonreí sin ganas y apagué la colilla. Mi hermana adoptiva llevaba el ceño fruncido de siempre, ese gesto de mujer dura que se le desarmaba cada vez que me veía demasiado rota.

—Necesito hablar contigo antes de que todos despierten —le dije—. Y no, no son buenas noticias.

Mara arrastró una silla y se sentó frente a mí. La mesa todavía conservaba dos tazas vacías del café de la noche anterior y el cenicero estaba lleno. Ella miró el desastre, luego a mí.

—Cuando tú fumas así, o vas a matar a alguien o estás a punto de hacer una estupidez heroica —murmuró—. ¿Cuál de las dos?

—Las dos, probablemente.

Su cara cambió al instante. Dejé de jugar y le conté lo esencial: la traición dentro de la coalición, los consejeros vendidos, el ataque que había sufrido días atrás y la certeza de que el hombre que movía los hilos esperaba el caos para presentarse como salvador. También le conté lo peor: que mi matrimonio con Elina no era una alianza temporal más, sino la pieza central para estabilizarlo todo antes de retar a mi enemigo.

—Te vas a casar, sonreír ante todos y luego salir a buscar una pelea que puede matarte —dijo Mara en voz baja—. Estás loca.

—Es la única salida que veo.

—No —me cortó—. No es la única. Es la única que te permite castigarte mientras finges que eres noble.

Quise responder, pero no pude. Porque en el fondo tenía razón. Llevaba días diciendo que aquello era por el reino, por la paz, por la responsabilidad de la corona. Y sí, lo era. Pero también había algo más sucio, más íntimo: una parte de mí sentía que merecía perderlo todo.

Mara me observó en silencio, como si me estuviera diseccionando.

—No estás así solo por la guerra —dijo al fin—. Estás así por ella.

—No empieces.

—Voy a empezar y voy a seguir. Te vi con Elina. Vi cómo la mirabas. Vi cómo casi la besas en el salón después del atentado.

Solté una risa seca.

—No iba a besarla.

—Claro. Y yo soy una santa.

Desvié la mirada hacia el jardín. La tierra olía a lluvia reciente, pero en mi cabeza todo olía a pólvora, sangre y deseo mal contenido. Elina había llegado a mi vida como una obligación política. Una mujer inteligente, orgullosa, fría al principio. Una futura esposa con la que debía compartir apellido, cama en ceremonias y una mentira útil para mantener la alianza entre casas.

El problema era que, desde la primera noche, no había sido una mentira completa.

—Me recuerda a alguien que no puedo tener —murmuré.

—No me importa a quién te recuerde. Vas a casarte con esa mujer y estás deseándola. Eso sí me importa.

La dureza de su voz me hizo levantar la cabeza. Mara se inclinó hacia delante.

—Dime una cosa y no me mientas: si esa boda no existiera, si el reino no te estuviera mirando, si por una noche nadie esperara nada de ti, ¿la meterías en tu cama?

Sentí el calor subir por el cuello. Quise negarlo. Quise hacerme la reina sensata. Pero no me salía.

—Sí —admití al fin.

Mara soltó el aire despacio, sin sorpresa.

—Eso pensaba.

Nos quedamos calladas. Luego me puse de pie y di por terminada la conversación antes de romperme del todo. Ella me sujetó la muñeca un instante.

—Haz lo que tengas que hacer con el reino —me dijo—. Pero deja de mentirte con esa mujer. El deseo mal tragado siempre encuentra la forma de salir.

***

El resto del día fue una procesión de voces, informes, vestidos ceremoniales y sonrisas falsas. Caminé por los pasillos del ala sur como si el cuerpo me obedeciera por costumbre, porque la cabeza estaba en otra parte. En la biblioteca. En el jardín. En cualquier rincón donde me hubiera cruzado con Elina sin testigos.

La encontré al atardecer en la galería interior, de pie frente a los ventanales altos, con un vestido oscuro que le marcaba la cintura y el pelo recogido a medias. Tenía una forma de ocupar el espacio que me desarmaba: elegante, contenida, pero con una tensión debajo de la piel que se notaba incluso a metros.

—Su alteza —dijo al verme.

—Cuando estamos solas puedes dejar de llamarme así.

—¿Y cómo quieres que te llame?

La pregunta era inocente solo en apariencia. Me acerqué hasta quedar a poca distancia. El vidrio reflejaba nuestras siluetas y la luz del atardecer volvía más tibio su perfil.

—Como te nazca —dije.

Elina sostuvo mi mirada sin bajar los ojos.

—Entonces prefiero llamarte por tu nombre.

Mi nombre en su boca sonó demasiado íntimo. Noté cómo su garganta se movía al tragar y entendí que no era la única jugando a no tocar lo evidente.

—Mañana llegarán los enviados del consejo —le informé, porque decir cualquier otra cosa habría sido peligroso—. Querrán verte serena, segura y feliz con este compromiso.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿También quieres verme feliz?

—Sí.

—¿Aunque no lo sea?

Eso me golpeó más de lo que esperaba. Fruncí el ceño.

—No pienso retenerte por la fuerza.

—No he dicho eso. He dicho que no soy feliz entrando en un matrimonio donde ambas fingimos no sentir nada.

El silencio se volvió espeso. Sentí el pulso en la garganta. Elina dio un paso hacia mí. Solo uno. Fue suficiente para que el aire cambiara.

—La noche del atentado —continuó—, cuando me cubriste con tu cuerpo mientras caían los disparos, no lo hiciste como una reina defendiendo un tratado. Lo hiciste como una mujer aterrada de perder a otra.

—No sabes lo que sentí.

—Entonces dímelo.

No pude. La corte, la guerra, el duelo, la boda; todo se mezclaba con la imagen de su mano agarrando mi ropa ensangrentada mientras me pedía que no cerrara los ojos. Abrí la boca, pero lo único que salió fue una mentira cobarde.

—Ahora no.

Vi la decepción pasarle por la cara como una sombra. Hizo una leve reverencia, demasiado correcta para lo que acababa de decirme, y se apartó.

—Como quieras.

Se fue antes de que yo encontrara el valor para detenerla.

***

Esa noche casi no cené. Escuché a mi madre hablar de invitados, a los consejeros discutir calendarios y a Mara lanzarme miradas asesinas desde el extremo de la mesa. Yo solo podía pensar en Elina alejándose de la galería con esa rigidez orgullosa de quien se niega a suplicar.

Cuando por fin me encerré en mi habitación, ya pasada la medianoche, me quité la chaqueta y me serví un vaso de licor sin encender las luces principales. El cuarto quedó sumido en una penumbra azulada, apenas rota por la lámpara junto a la cama y la claridad de la luna entrando por el balcón.

No había terminado el primer trago cuando escuché tres golpes suaves en la puerta.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.

—Pasa.

Era ella.

Elina entró con una bata clara sobre el camisón y cerró con cuidado. No venía peinada ni adornada para nadie. Venía descalza. Venía con la cara lavada y la tensión escrita en los hombros. Por un segundo pensé que diría algo prudente, algo político, algo que me permitiera seguir escondiéndome.

No lo hizo.

—No puedo dormir —dijo—. Y no pienso seguir fingiendo.

Dejé el vaso en la mesa lateral. El corazón me latía tan fuerte que me molestaba el pecho.

—Elina...

—No. Déjame hablar. Mañana volveremos a comportarnos como si todo fuera protocolo, pero esta noche quiero saber si estoy loca o si tú también lo sientes.

Se acercó despacio. Cada paso suyo tiraba de mí como un gancho. Cuando quedó frente a mí, levantó la barbilla con una valentía rabiosa que me partió por dentro.

—Si me rechazas, me iré. Pero mírame a los ojos y dime que no me deseas.

Le sostuve la mirada. Después bajé a su boca. Luego al escote discreto del camisón, al hueco de su garganta, a la piel que asomaba bajo la bata. Volví a sus ojos.

—No puedo decirlo —admití.

Su respiración tembló. La mía también.

Elina me agarró por la camisa con una mano y me besó.

Fue un beso seco al principio, urgente, como si me estuviera arrancando una respuesta con la boca. Después se abrió más, se profundizó, y yo la sujeté por la cintura con ambas manos, pegándola a mi cuerpo. Su lengua buscó la mía con hambre y perdí el poco control que me quedaba.

La empujé contra la puerta sin brusquedad pero sin pedir permiso con palabras. Ella soltó un gemido ahogado en mi boca y me mordió el labio. Metí una mano bajo la bata, subiéndola por su muslo desnudo. La piel caliente me encendió de inmediato.

—Dime que pare si no quieres esto —murmuré contra su boca.

—Si no quisiera, no habría venido —respondió, jadeando—. Tócame de una vez.

La crudeza de su tono me hizo gruñir casi sin darme cuenta. Volví a besarla mientras le apartaba la bata de los hombros. El camisón era fino, suave, y marqué con los dedos la curva de sus tetas por encima de la tela. Noté cómo sus pezones se endurecían al instante.

—Joder —susurré.

—Eso mismo llevo pensando días.

Le bajé una de las tiras del camisón y le descubrí un pecho. No me entretuve admirándolo como una idiota, aunque era precioso; agaché la cabeza y le chupé el pezón directamente. Elina arqueó la espalda y soltó un gemido más alto, llevándome una mano al pelo.

—Así —dijo entre dientes—. No me trates como porcelana.

Obedecí encantada. Le mordí con cuidado el pezón, lo lamí, lo succioné con fuerza mientras mi otra mano subía por la cara interna de su muslo. Cuando llegué a su coño por encima de la tela húmeda de las bragas, las dos soltamos aire a la vez.

—Estás empapada —le dije.

—Por tu culpa.

La respuesta me dio un golpe de deseo entre las piernas. Metí los dedos por debajo de la tela y encontré su humedad de inmediato, caliente, abundante, resbalándome por los nudillos. Elina cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la madera de la puerta.

—Mírame —le pedí.

Los abrió con dificultad. Empecé a frotarle el clítoris en círculos lentos, midiendo su reacción. Sus labios se separaron, la respiración se le volvió irregular y sus rodillas cedieron apenas.

—¿Así?

—Más fuerte.

Lo hice. Ella soltó un jadeo ronco y me clavó las uñas en los hombros. Seguí besándole el cuello mientras la acariciaba, apretando justo como me pedía, variando el ritmo hasta hacerla retorcerse.

—No sabía que debajo de toda esa disciplina había una boca tan sucia —murmuré.

—Y tú hablas demasiado para alguien que todavía no me ha quitado las bragas.

Sonreí con la boca pegada a su piel y se las bajé de un tirón hasta los muslos. Luego me arrodillé frente a ella. Elina me miró con una mezcla de sorpresa y hambre.

—Si me haces eso ahora, no voy a poder seguir de pie —advirtió.

—Entonces te sostengo.

Le separé bien las piernas y la besé por dentro del muslo antes de meter la lengua en su coño. El sabor me hizo cerrar los ojos un segundo. Estaba mojada de verdad, abierta para mí, y el primer gemido que le arranqué sonó tan necesitado que me apreté contra el suelo para aliviar la presión entre mis propias piernas.

La lamí de abajo arriba, despacio primero, sintiendo cómo se tensaba bajo mis manos. Luego me centré en su clítoris, chupándolo y acariciándolo con la lengua mientras le sujetaba las caderas. Elina perdió enseguida la compostura.

—Joder... sí... no pares —jadeó.

Me encantó escucharla así. Le pasé un brazo por detrás de una pierna y le abrí más el coño para comerla mejor. Cada vez que le daba una pasada firme con la lengua, ella soltaba un gemido distinto: uno corto, otro roto, otro casi un insulto. Metí un dedo despacio, luego dos, y la sentí apretarse alrededor de ellos.

—Estás muy caliente —dije sin apartarme del todo.

—Porque llevo demasiado tiempo imaginando esto.

Empecé a follármela con los dedos de verdad, entrando y saliendo con ritmo mientras seguía lamiéndole el clítoris. Su cuerpo reaccionó entero; me agarró del pelo, me guio contra ella, abrió más las piernas y empujó la cadera buscando más profundidad.

—Así, así... no me sueltes.

Le curvé los dedos dentro, buscando ese punto que la hacía temblar, y cuando lo encontré me regaló un gemido tan agudo que me mojé todavía más. La sensación de tenerla ahí arriba, jadeando, perdiendo el control en mi boca, me puso salvaje.

—¿Te vas a correr para mí? —pregunté.

—Sí... sí... si sigues así me voy a correr ahora mismo.

No aflojé. Chupé más fuerte, la penetré con los dedos sin descanso y sentí cómo sus muslos empezaban a cerrarse alrededor de mi cabeza. Elina se vino temblando contra mi boca, con una sacudida brusca que casi la dobló sobre sí misma.

—Mierda... —soltó entre jadeos—. Mierda, no...

La sujeté firme por la cintura mientras seguía lamiéndola durante su orgasmo. Eso la hizo gemir todavía más alto y empujarme la cabeza como si no supiera si apartarme o hundirme más. Cuando por fin levanté la cara, tenía el pecho subiendo y bajando sin control.

Me puse de pie. Nos miramos un segundo. Tenía la boca húmeda y ella lo notó; se mordió el labio de una forma que me atravesó.

—Ahora tú —dijo con voz ronca.

Me besó con su propio sabor todavía en mi boca y me llevó hacia la cama sin dejar de tocarme. Me abrió la camisa, botón por botón al principio y luego con impaciencia, apartándola de mis hombros. Sus manos recorrieron mi torso, mi cintura, mi espalda, como si necesitara reconocerme entera con las yemas.

—Llevo días queriendo hacer esto —murmuró, besándome la clavícula.

—Yo llevo días evitando que lo hagas.

—Lo sé. Y me cabrea.

La empujé suavemente hasta sentarla al borde de la cama y me quité el resto de la ropa delante de ella. Su mirada cayó a mi cuerpo sin pudor. Ver el deseo tan claro en sus ojos fue casi obsceno.

—Ven aquí —ordené.

Obedeció de inmediato. La monté a horcajadas sobre mí y nos besamos otra vez, más lento pero igual de hambrientas. Su mano bajó entre mis piernas y cuando me tocó por primera vez, por encima de la ropa interior empapada, se le escapó una risa breve y sorprendida.

—No eres la única que está hecha un desastre.

—Quítamela y deja de presumir.

Elina me bajó la prenda despacio, rozándome a propósito. Casi le gruñí. Luego pasó dos dedos entre mis labios y soltó un suspiro al notar lo mojada que estaba.

—Te he tenido así todo este tiempo.

—Sí. Y si no haces algo, te voy a dar la vuelta y me voy a sentar en tu cara otra vez.

Sonrió de una forma descarada, nueva en ella.

—Me gusta oírte hablar así.

Me metió un dedo, después dos, tanteando con cuidado. Cerré los ojos y apoyé la frente en su hombro. Elina aprendía rápido; no tardó nada en encontrar el ritmo que me hacía apretar las piernas. Me besó el cuello mientras me penetraba con la mano, y su pulgar empezó a frotarme el clítoris con una seguridad que me volvió loca.

—Joder, Elina...

—Dime cómo te gusta.

Le agarré la muñeca y la guié un poco más adentro, un poco más arriba. Ella entendió enseguida y repitió el movimiento hasta arrancarme un gemido sin vergüenza. Mi cuerpo empezó a mecerse contra su mano.

—Así, no pares. Más rápido.

Lo hizo. Me corría el calor por el vientre, por los muslos, por la espalda. Yo también quería tocarla, y no poco. La tumbé sobre la cama y me coloqué entre sus piernas, besándole los pechos mientras ella seguía metiéndome los dedos.

—Quiero sentirte otra vez —le dije.

—Hazlo.

Le aparté el camisón hasta la cintura y froté mi coño contra el suyo, húmedos los dos, resbalando en un contacto que nos hizo jadear juntas. Elina abrió más las piernas y me agarró del culo para pegarme a ella. Empecé a moverme despacio, rozando su clítoris con el mío, y la mezcla de humedad, calor y presión casi me hizo perder el aire.

—Mierda... —gimió—. No sabía que esto podía sentirse así.

—Pues acostúmbrate.

Me incorporé apenas para buscar en el cajón de la mesita. Tenía un cinturón con dildo guardado desde hacía meses, comprado en un impulso que nunca había llegado a usar. Elina lo vio y abrió los ojos.

—¿Tienes eso aquí?

—No hagas preguntas que no quieres que conteste.

Se rió, nerviosa y excitada a la vez. Me lo puse bajo su mirada hambrienta, sintiendo cómo me observaba cada gesto. Luego volví a la cama y le separé las piernas con las manos.

—Todavía puedes decir que no.

—Si sigues hablando, te juro que te lo meto yo a ti primero —respondió.

Me reí y la besé. Después alineé la punta en su entrada y empujé despacio. Elina se tensó, no de miedo sino de pura intensidad; me rodeó con los brazos y se agarró a mí con fuerza mientras iba entrando poco a poco.

—Respira —le murmuré.

—Sigue.

Obedecí. Cuando estuve dentro del todo, su coño se contrajo alrededor del juguete y ella soltó un gemido largo, tembloroso. Me quedé quieta un instante para darle tiempo. Le besé la mejilla, la boca, la garganta.

—¿Bien?

—Más que bien —dijo—. Muévete.

Empecé despacio, saliendo y entrando con embestidas cortas. Elina abrió las piernas todavía más y levantó las caderas para recibirme mejor. La visión de su cuerpo arqueado debajo del mío me desarmó. Aumenté el ritmo y su respiración se rompió en jadeos cada vez más rápidos.

—Así, joder... sí...

Me apoyé en un brazo y con la otra mano fui directo a su clítoris. La combinación la hizo gemir tan alto que por un segundo pensé en los guardias del pasillo. Me importó una mierda. Llevaba demasiado tiempo conteniéndome.

La follé con fuerza, sin delicadeza innecesaria, escuchando el golpeteo húmedo entre sus piernas y los sonidos obscenos que se le escapaban. Elina me miraba como si quisiera tragarse cada gesto mío. Yo también debía de estar igual, porque me tomó de la nuca y me besó con violencia.

—No pares —me dijo contra la boca—. Quiero correrme contigo dentro.

Eso me encendió todavía más. La penetré más hondo, manteniendo la presión exacta con los dedos sobre su clítoris. Su vientre empezó a contraerse; lo noté debajo de mi mano. Estaba cerca.

—Vamos —le dije—. Córrete.

Elina se vino con un gemido ronco, echando la cabeza hacia atrás mientras me apretaba entre las piernas. Seguí embistiéndola durante su orgasmo hasta que fue ella quien me empujó del hombro, completamente sobrepasada y riéndose entre jadeos.

—Basta... un segundo... o me matas.

Me quité el arnés y lo dejé caer al suelo. Luego la giré con suavidad y me tumbé sobre la cama. Elina no necesitó instrucciones. Bajó por mi cuerpo a besos, me abrió las piernas y se colocó entre ellas con una concentración que me pareció obscena y tierna a la vez.

—Quiero que te corras en mi boca —dijo.

La frase me golpeó directo al coño.

No hizo esperar más. Me lamió despacio primero, como saboreándome, y yo apreté las sábanas con ambas manos. Después aceleró, alternando la lengua en el clítoris con dos dedos dentro de mí, curvándolos exactamente como yo le había enseñado antes. Aprendía rápido de verdad, la muy cabrona.

—Sí... ahí... no cambies —jadeé.

Elina no solo no cambió, sino que me devoró con más ganas. El ruido húmedo, su lengua firme, la presión de sus dedos, todo se me acumuló en el vientre hasta volverse insoportable. Levanté las caderas buscándola y ella me sujetó con fuerza.

—Eso es —murmuró sin apartarse—. Dámelo.

Me corrí con un gemido que tuve que ahogar mordiéndome el puño. El orgasmo me dejó temblando de muslos a hombros. Ella siguió lamiéndome un poco más, lo justo para volverme loca, y solo se apartó cuando la obligué a subir para besarla.

Nos quedamos abrazadas, respirando fuerte, sudadas, con la cama hecha un desastre y el futuro esperando del otro lado de la puerta como un perro rabioso.

***

Elina apoyó la cabeza en mi pecho mientras recuperábamos el aire. Mis dedos jugaban con su pelo suelto y, por primera vez en días, el silencio no pesaba. Era un silencio lleno, satisfecho.

—Esto complica todo —dijo al cabo de un rato.

—Ya estaba complicado.

—No. Ahora es peor. Ahora sé lo bien que encajas conmigo en una cama y no pienso fingir que me da igual.

Sonreí contra su frente y luego la besé. Quise prometerle algo sencillo, algo bonito, pero no tenía nada sencillo ni bonito para ofrecerle.

—No sé cómo termina esto —admití.

Ella se incorporó un poco para mirarme.

—Pues no me apartes mientras lo averiguas. Si voy a casarme contigo, no quiero una estatua coronada a mi lado. Quiero a la mujer que me comió el coño contra una puerta y me folló hasta hacerme gritar.

No pude evitar reírme, una risa corta, sorprendida, casi feliz.

—Hablas sucio para alguien tan correcta.

—Solo contigo.

La apreté más contra mí. Afuera, el palacio seguía dormido. Dentro de esa habitación, en cambio, ya no había vuelta atrás.

—Entonces escucha bien —le dije—. Pase lo que pase con la boda, con el consejo o con la guerra, no vuelvas a decir que no siento nada por ti. Porque sería mentira.

Elina me sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron largos y suaves a la vez.

—Eso era lo único que necesitaba oír.

Luego me besó otra vez, despacio esta vez, como si quisiera grabarse mi boca en la memoria. Yo la recibí sabiendo que el amanecer siguiente no arreglaría nada. Pero también sabiendo algo que hasta esa noche había intentado negar: ya no iba a enfrentar sola lo que venía.

Y por primera vez desde que había vuelto a casa, eso se parecía bastante a la paz.

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Comentarios(6)

MarcelaT

Que bueno!!! segui publicando así, de verdad que talento

SofiaRdp

Me emocione leyendo, que linda historia. Sigue así!!

CaminoLibre22

Me encanto el giro que le diste a la historia, muy bien escrito. Saludos

Maite_Lectora

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de mas

epsilon22

el final me sorprendio, no me lo esperaba para nada jaja

Laura_BA

Me recordo a algo que vivi hace tiempo. Me emociono leerlo, muy bien contado de verdad

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