La profesora de francés me hizo quedarme después
Los lunes por la tarde me tocaba francés en la universidad, y solía sentarme al fondo del aula a garabatear en el cuaderno y pensar en cualquier cosa menos en la clase. Ya tenía veintiséis años, había vuelto a estudiar tarde y la mayoría del grupo eran chicos y chicas de mi edad o algo mayores. Nadie prestaba mucha atención los lunes, y menos a las cinco de la tarde.
La licenciada Renata entró con su clásico «Bonjour, mesdames et messieurs», y del grupo salió un coro flojo. Subí el volumen de los auriculares y volví a mi cuaderno. Estaba dibujando algo sin forma cuando levanté la vista, y me olvidé del lápiz sobre la mesa.
Renata se veía distinta esa tarde. Distinta como no la había visto en el semestre entero. Llevaba unos tacones cerrados de unos seis centímetros, medias negras opacas, una falda negra bastante más corta de lo que acostumbraba y una blusa blanca de manga larga con dos tirantes negros cruzados sobre los hombros. Siempre había sido de pantalones sueltos y camisas holgadas. Verla así me revolvió algo por dentro.
No fui la única. Miré alrededor y varias miradas se colaban por debajo de esa falda intentando adivinar hasta dónde llegaba. Yo también empecé a imaginarlo.
Siempre me había parecido guapa. Tenía el pelo lacio con reflejos color miel que le caía debajo de los pechos, unos pechos generosos, del tamaño perfecto para llenar dos manos. Una vez había llegado en blusa sin mangas y me las arreglé para colarme al lado de su escritorio mientras me corregía una tarea. Desde arriba pude ver cómo la luz se perdía entre la copa del sostén color crema, y me acuerdo que salí de esa clase con las bragas húmedas. Pero verla en falda ese lunes era otra cosa.
Yo tenía los ojos clavados en sus piernas. Renata era una mujer de caderas anchas y cintura marcada, treinta y ocho años bien llevados, un cuerpo de reloj de arena que ni con pantalones holgados podía esconder del todo. Con esa falda corta y las medias negras, era otra dimensión.
Por Dios, la forma en que cruzaba una pierna delante de la otra mientras nos explicaba los verbos irregulares. La forma en que se inclinaba a escribir en el pizarrón y la tela se le trepaba un centímetro más por los muslos. Me removí en el asiento. Estaba mojada. Y no era la única. A tres asientos del mío, un compañero se había olvidado de disimular la erección que le empujaba los vaqueros. Un par de chicas cuchicheaban al otro lado del aula. No entendí una palabra de la clase entera, aunque no le quité los ojos de encima.
Llegó el descanso y casi todos salieron al patio o al baño. Yo solía quedarme en el aula con una amiga que ese día había faltado, así que no me moví. El compañero de la erección tampoco. Renata se sentó en su escritorio, cruzó las piernas y abrió la laptop. Yo intenté copiar su postura en el cuaderno: las manos sobre el teclado, los lentes ligeramente caídos, un mechón que se pasaba detrás de la oreja. Justo cuando iba a levantar la vista, la atrapé mirándome.
Y no bajó la mirada. Con toda la calma del mundo, deslizó la mano por su propio muslo, desde la rodilla hasta la cadera, y en el camino se levantó la falda un poco. Alcancé a ver, casi con la respiración cortada, la banda de encaje de un liguero mordiéndole la piel.
Bajé la vista al cuaderno para que no notara cómo me había puesto colorada. El corazón me golpeaba en el cuello. Empecé a fantasear sin querer: mi mano subiendo por esa media, encontrando el borde del liguero, la piel caliente entre las tiras. Empujarla contra el escritorio y meterle los dedos hasta que se le doblaran las rodillas.
La decepción me cayó encima cuando Renata se levantó y caminó, no hacia mí, sino hacia el compañero de la erección. Se paró al costado de su banca, le habló de una tarea que yo no había escuchado y él, pobre, no sabía dónde meter la vista. Ella parecía divertirse. Volví a subir el volumen de los auriculares.
Entonces se puso detrás de él, con las piernas ligeramente separadas y los brazos cruzados, la falda un centímetro más arriba. Yo tenía vista completa de la parte de atrás de su cuerpo. Un culo trabajado, redondo, apuntando en mi dirección. Pausé la música. Estaba a un metro de mí. Quería levantarme y meter la mano bajo esa falda, tocarle el calor, la humedad, todo.
Se inclinó sobre el escritorio del chico, casi restregándole las tetas en el hombro, y la falda se le subió por completo. Vi las medias negras terminar justo en la curva del culo, la tira de encaje del liguero cruzando el muslo, y un hilo blanco perdiéndose entre las nalgas. Una tanga blanca, brillante, contra las medias negras. Los labios apenas cubiertos por la tela, depilados, de un tono ligeramente más oscuro que la piel. Tanto el chico como yo estábamos aguantando la respiración.
Renata se pellizcó una nalga con la mano libre, se acomodó la falda cuando escuchó voces en el pasillo y volvió a su escritorio como si nada. El chico se levantó a los dos minutos, agarró sus cosas y salió del aula rojo hasta la nuca. Algunos se rieron, otros la miraron con culpa, ella siguió leyendo en francés como si nada hubiera pasado.
Yo no dejaba de repetir en mi cabeza la imagen de esa mano levantándose la falda. Había tenido muy poco con mujeres —un trío con una pareja y un beso con una amiga en una fiesta—, pero esta vez la señal era clarísima. No estaba imaginando nada.
El resto de la clase pasó rápido. Renata se despidió y todos empezaron a guardar. Yo me quedé rezagada, guardando el cuaderno más lento de lo que un cuaderno se puede guardar, hasta que el aula quedó vacía. Ella terminaba de enrollar el cable del cargador cuando levantó la vista, me vio al fondo y sonrió.
—Camila, ¿verdad? —Tragué saliva.
—Sí, licenciada.
—¿Me ayudas a levantar la basura del fondo, por favor? —Señaló el rincón, junto a la ventana. Asentí y caminé despacio. Pasé al lado de su escritorio y sentí su perfume: vainilla, algo dulce debajo.
Recogí los papeles y volví. Renata estaba semisentada sobre el borde del escritorio, la cartera colgada del hombro, mirándome como si supiera exactamente lo que había estado mirando toda la tarde.
Para tirar la basura tenía que pasar por delante de ella. Respiré hondo y avancé.
—Aquí hay más —me dijo cuando pasé. Se dio la vuelta y se inclinó sobre el escritorio, dándome otra vez la vista completa de su culo, esta vez con la falda cubriéndolo apenas. Rebuscó en el cajón con toda la calma del mundo. No iba a dejar pasar la oportunidad. Me acerqué por detrás y me pegué a ella.
—¿La ayudo, licenciada? —Le rocé el culo con la cadera.
Se enderezó despacio, sin apartarse. Quedamos casi a la misma altura; yo era alta, y con sus tacones nos igualábamos. Tenía la espalda contra mi pecho. Podía sentirle la respiración cambiar.
—Se me cayó una hoja —susurró, dejando caer un papel al suelo—. ¿La recoges?
Sonreí. Me agaché de cuclillas justo frente a ella y, sin dudarlo, ella abrió las piernas.
La tanga blanca ya tenía una mancha oscura de humedad justo en el centro. Le agarré los muslos con las dos manos, hundí la nariz en la tela y respiré profundo. Olía a vainilla y a coño mojado, una mezcla que se me quedó grabada. Le pegué la boca por encima de la tela y mordí suavemente. Renata soltó un gemido corto.
Pasé la lengua por la tela empapada, apreté los dedos en sus muslos. Los labios se le marcaban debajo de la tanga. Aparté la tela hacia un lado y me metí de lleno. Le lamí de abajo hacia arriba, de un labio al otro, chupé el clítoris hinchado, saqué la lengua para atacar la entrada. Le corrían los flujos por dentro de los muslos. Le enterré la lengua, la saqué, le clavé un dedo, dos, tres. Se hundieron sin resistencia, empapados. Ella se agarró del borde del escritorio, jadeando.
—Ay, Cami, así, no pares —me apretó la cabeza contra su coño con la otra mano y yo casi no podía respirar, pero no me iba a mover de ahí por nada del mundo. Chupaba, tragaba, volvía a meter los dedos. Le clavé la lengua hasta lo más hondo y con los dedos le busqué el punto de adentro. Me tiraba del pelo. Le pasé la mano libre por debajo de la blusa, encontré un pecho por encima del sostén y se lo apreté.
—Sí, así —jadeó—. Sigue, no pares.
Quería más. Quería tenerla desnuda encima del escritorio. Me levanté sin sacar los dedos de su coño, la besé en la boca y dejé que se probara. Ella me devolvió el beso con hambre, mordiéndome el labio. Le desabroché la blusa con la mano libre, le bajé los tirantes, le arranqué el sostén y me lo metí en el bolsillo del suéter. Le devoré los pezones, uno y otro, mordiendo apenas, chupando fuerte.
Ella me tironeó del suéter, me lo sacó por la cabeza, me arrancó la camiseta, me desabrochó el sostén con dos dedos. Me apretó las tetas con las dos manos, se agachó a chupármelas. Yo le mordí el cuello mientras le seguía moviendo los dedos adentro.
Me desabroché el pantalón. No hizo falta pedirle nada. Me metió la mano en las bragas, encontró que estaba empapada y me clavó tres dedos de una. Solté un grito ahogado contra su hombro.
—Qué mojada estás, Cami —susurró, con la palma frotándome el clítoris al ritmo de los dedos que entraban y salían—. ¿Toda la clase así?
—Toda la puta clase —le gruñí.
Nos manoseamos así un rato largo, de pie contra el escritorio, mis dedos dentro de ella, los suyos dentro de mí, ella con los pechos al aire y la falda arremangada en la cintura, la tanga blanca ya tirada en algún lado del piso, yo con el pantalón caído hasta los tobillos y las tetas contra las suyas. Cada vez que empujaba los dedos hasta el fondo se le escapaba un sonido en la garganta que me hacía apretar las piernas.
La agarré del pelo y sin mucha ceremonia la bajé del escritorio y la senté en el suelo. Le clavé la mano en la nuca y le pegué el coño a la boca. Ella no necesitó instrucciones.
—Chupa, perra —le dije, apretando las caderas contra su cara.
La lengua le subió, bajó, entró, salió, dio círculos. Yo estaba a punto de correrme. Le clavé los dedos en el pelo. Ella me metió dos dedos en el coño mientras me chupaba el clítoris, y encontró un ritmo que me hizo doblar las rodillas. Sentí el calor subiéndome desde el vientre, un temblor en las piernas, y cuando la oleada me atravesó le exploté encima. Ella siguió chupando todo lo que salía, tragando, lamiendo, hasta que la aparté con las piernas temblando.
La levanté del suelo del pelo, la besé con lengua, me probé en su boca y me dio otro tirón entre las piernas. Ella tomó el control esta vez y me empujó contra el escritorio, me chupó el cuello, mordió.
—Me vas a dejar marca —le protesté.
—Que se vea —murmuró contra la piel—. Que sepan que eres mía.
Se apartó, se acomodó la falda, buscó la blusa. Yo me puse la camiseta temblando, del orgasmo, de los nervios, de las ganas de que volviera a empezar. Levanté el suéter del piso y encontré su tanga blanca debajo. La escondí en la manga.
—¿Viste mi ropa interior? —preguntó cuando terminaba de abotonarse.
Le mostré el sostén crema con una sonrisa.
—¿Me lo puedo quedar?
Renata levantó una ceja.
—Solo si me lo pides en francés.
Me acerqué a su oído.
—Est-ce que je peux le garder?
Se rió. —Bien sûr. Pero mi tanga la quiero de vuelta.
—Esa no la vi —mentí, con la tira asomando apenas del puño del suéter.
Se agachó a buscar debajo del escritorio, dándome otra vez la vista. Miré la puerta, no venía nadie, le pellizqué una nalga.
—¡Oye! —soltó riendo—. Aquí no está. —Se enderezó, me tomó de la mano—. Ven. Terminamos esto en mi casa.
Le sonreí. La besé una última vez antes de agarrar la mochila. Salimos juntas del aula, ella acomodándose el pelo, yo con su tanga en la manga y el sostén en el bolsillo. En su auto encendió el motor y me miró de reojo con una sonrisa que ya no tenía nada de licenciada.
Los lunes por la tarde tenía francés. Y desde ese día, no volví a distraerme. Bueno, no de la profesora.