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Relatos Ardientes

Mi compañera quiso probar conmigo en la costa

Me llamo Vera, y cuando crucé el océano para empezar de cero en el sur de España no buscaba una historia de sexo. Buscaba aire, trabajo y una ciudad donde nadie supiera nada de mí. Había dejado atrás demasiadas cosas, así que alquilé una habitación pequeña cerca del mar y acepté lo primero que salió: ayudante de cocina en un bar de una localidad costera donde siempre olía a sal, fritura y vino blanco.

En el local éramos pocos. Mauro llevaba los fogones, Esteban era el dueño, y Lidia atendía mesas con una sonrisa rápida que le subía apenas un lado de la boca. El ritmo era duro, pero la paga me alcanzaba, y cuando cerrábamos muchas noches nos quedábamos hablando con una cerveza en la mano, como si ese cansancio compartido nos hubiera vuelto cómplices.

Lidia y yo conectamos enseguida. Era unos años menor que yo, morena, de ojos grandes y una forma de mirar que parecía tímida hasta que te sostenía la vista un segundo de más. Vivía con su madre, trabajaba desde hacía tiempo y tenía esa mezcla de responsabilidad y hambre de vida que se nota en ciertas personas apenas las conoces.

Empezamos a salir después del turno. Íbamos por tapas, caminábamos por el paseo marítimo, nos quejábamos de los clientes pesados y terminábamos riéndonos de tonterías. Yo notaba cómo me observaba cuando creía que no la veía, y también notaba mi propia impaciencia cada vez que rozaba mi brazo al pasarme una copa o se inclinaba demasiado cerca para decirme algo al oído en medio del ruido del bar.

Una noche me pasé con las cañas. No estaba borracha, pero sí lo bastante suelta como para dejar de fingir indiferencia. Estábamos sentadas frente al mar, con la humedad pegándose a la piel y las luces del puerto temblando en el agua oscura.

—Te voy a decir algo y luego puedes hacer como si no lo hubieras oído —solté.

Ella giró la cabeza, intrigada.

—Me gustas. Mucho.

Lidia se quedó callada. No apartó la mirada. Se le colorearon las mejillas, y por un segundo pensé que la había cagado. Pero entonces bajó los ojos a mi boca y se humedeció los labios.

—Nunca he estado con una mujer —dijo al final—, pero llevo tiempo pensando en cómo sería.

No añadí nada. Tampoco ella. Seguimos hablando de otras cosas, como si acabáramos de mencionar el tiempo y no una posibilidad que de pronto lo había cambiado todo. Nos despedimos en la esquina de siempre, con dos besos castos y una tensión tan obvia que me fui a dormir con el coño latiéndome de pura frustración.

Al día siguiente ya no éramos las mismas. Sus roces se hicieron más lentos. Mis manos se demoraban de más al pasarle platos o cubiertos. Había sonrisas que antes parecían amistosas y ahora tenían filo. Ninguna dijo nada, pero las dos sabíamos que estábamos jugando a acercarnos al borde.

Ese borde llegó una tarde de descanso. Habíamos salido a tomar aire a la playa, todavía con el cansancio del turno encima. Nos sentamos descalzas en la arena, hablando de nada, empujándonos con los hombros, riéndonos por cualquier estupidez. Ella llevaba una camiseta blanca fina que el viento le pegaba al cuerpo, y yo ya no podía seguir haciéndome la tonta.

Le tomé la cara con una mano y la besé.

No fue un roce de prueba. Le metí la lengua de inmediato, decidido, y sentí cómo se quedaba rígida medio segundo antes de derretirse. Me respondió con hambre torpe, respirando fuerte por la nariz, agarrándose a mi muñeca como si necesitara sostenerse de algo mientras mi boca la abría. Cuando me aparté, tenía los labios brillantes y los ojos más oscuros.

—Joder —susurró.

—Eso mismo pensé yo.

Se rió, nerviosa, y volvió a besarme ella. Esta vez con menos sorpresa y más intención. Ya no era curiosidad; era deseo. Nos quedamos así varios minutos, besándonos en esa playa medio vacía, con el mar delante y una urgencia absurda creciendo entre las piernas.

Después de eso aguantamos unos días más. No sé cómo. Cada turno era peor. Lidia pasaba delante de mí y yo le miraba el culo dentro del pantalón negro del uniforme. Ella se inclinaba a coger algo y notaba mis ojos clavados. Una noche, al cerrar, me preguntó si podía acompañarme a mi habitación a tomar la última copa porque no le apetecía irse todavía.

Supe que ya estaba.

Mi cuarto era pequeño: cama, armario, una mesita y una ventana que daba a un patio interior. Nada especial. Pero cuando cerré la puerta detrás de las dos, el aire cambió. Lidia se quedó de pie junto a la cama, con el bolso todavía colgando del hombro y una respiración demasiado rápida para alguien que venía solo a tomar una copa.

—¿Segura? —le pregunté.

Asintió.

—Estoy nerviosa —admitió—, pero quiero.

Dejé las llaves sobre la mesa y me acerqué despacio. No quise abalanzarme. Le aparté el pelo de la cara, la acaricié detrás de la oreja y la besé suave primero, apenas tanteando. Sentí cómo soltaba el aire por la boca y apoyaba las manos en mi cintura. La volví a besar, más hondo, y esa vez ya respondió sin contenerse, apretándose contra mí.

Le saqué el bolso del hombro y lo dejé en una silla. Mis dedos bajaron por su espalda hasta la curva de su culo y se lo apreté por encima de la ropa. Gritó muy bajito dentro de mi boca. Me gustó ese sonido. Le mordí el labio y ella me agarró de la camiseta con fuerza.

—No sé qué hacer —murmuró.

—No tienes que saber nada. Déjame llevarte.

La fui desvistiendo despacio, más para que respirara que por falta de ganas. Le abrí los botones de la blusa uno a uno y la dejé caer a sus pies. Llevaba un sujetador blanco de encaje sencillo, precioso en su cuerpo moreno. Se cubrió un segundo por pura vergüenza, pero le aparté las manos.

—No te tapes. Quiero verte.

Su pecho subía y bajaba deprisa. Le besé el cuello, la clavícula, el nacimiento de los pechos. Cuando le desabroché el sujetador, se le escapó un gemido apenas audible. Tenía las tetas firmes, de pezones pequeños ya duros por la excitación. Los rodeé con la lengua antes de chupar uno. Su reacción fue inmediata: arqueó la espalda y me clavó los dedos en los hombros.

—Así... joder, así...

Le lamí los dos pezones alternando despacio y fuerte, mordisqueando apenas, sintiendo cómo se iba soltando debajo de mis manos. Mientras tanto le abrí el pantalón y se lo bajé junto con la tanga. También blanca, también de encaje. Me gustó ese detalle absurdo, como si sin saberlo se hubiera vestido para mí.

Cuando quedó en ropa interior, me aparté un paso para mirarla completa. Tenía el coño ya marcado por la humedad en la tela. Ella siguió mi mirada y se mordió el labio, avergonzada y excitada a la vez.

—Ven —le dije.

La senté en el borde de la cama y me arrodillé entre sus piernas. Le besé los muslos por dentro, muy cerca de la tela mojada, solo para hacerla sufrir un poco. Noté cómo intentaba abrirse más sin darse cuenta. Le enganché la tanga con los dedos y se la bajé despacio por las piernas.

Entonces la vi de verdad. Depilada casi por completo, apenas una línea de vello, los labios brillantes, abiertos por la excitación. Acerqué la cara y aspiré su olor antes de tocarla. Lidia soltó un sonido entre vergüenza y necesidad que me puso aún más caliente.

—Mírame —le pedí.

Lo hizo. Y mientras me sostenía la vista, le pasé un dedo por la raja húmeda, desde abajo hasta el clítoris. Tembló entera.

—Estás empapada.

—Es por ti —contestó casi sin voz.

No quise más charla. Le separé los labios con los dedos y le metí la lengua de lleno. El primer gemido le salió roto, sorprendido. La sujeté por los muslos y empecé a lamerla con calma, abriéndola, probándola entera, dejando que se acostumbrara a la sensación. Su sabor era denso, salado y caliente, y cuanto más la chupaba más me mojaba ella la boca.

Al cabo de unos segundos dejó de estar quieta. Empezó a moverse sobre mi cara, buscando presión, soltando gemidos cada vez más claros. Le rodeé el clítoris con la lengua y lo chupé mientras le metía un dedo despacio. Me apretó de inmediato.

—Joder... joder... —repetía, respirando a tirones.

Le metí un segundo dedo y empecé a follármela con la mano al ritmo de mi boca. Su coño estaba caliente, apretado y muy mojado. Cada vez que entraba hasta el fondo, ella abría más las piernas y me empujaba la cabeza con una mezcla de pudor y desesperación. Ya no intentaba contenerse. Gemía alto, sin pensar en los vecinos, sin pensar en nada.

—No pares... no pares, por favor...

Le hice caso. La chupé más fuerte, más directo, clavando la lengua en su clítoris mientras mis dedos entraban y salían empapados. Sentí cómo empezaba a tensarse, cómo le temblaban los muslos, cómo su coño se cerraba por pulsos alrededor de mi mano.

—Vera... voy a... joder...

No llegó a terminar. Se corrió con un grito ahogado, echando la cabeza hacia atrás, apretándome la cara entre las piernas. Le siguieron espasmos cortos, desordenados. Noté cómo me mojaba más los dedos y la boca, cómo se le aflojaba el cuerpo después de la sacudida. No me aparté enseguida. Seguí lamiéndola suave mientras temblaba, disfrutando de sus gemidos débiles y de cómo intentaba alejarse por la sensibilidad.

—Es demasiado —dijo, riéndose y jadeando al mismo tiempo.

Me incorporé con la barbilla húmeda y le besé la boca para que se probara a sí misma. Esta vez no hubo duda por su parte. Me abrió los labios con hambre y me besó con una intensidad nueva, más animal, como si el orgasmo le hubiera arrancado la timidez de golpe.

Entonces fue ella quien me empujó hacia la cama.

—Quiero hacerte lo mismo —dijo.

—Haz lo que te salga.

Empezó torpe, sí, pero no me importó. Me quitó la camiseta con prisa, luego el sujetador, luego forcejeó con el botón de mi pantalón hasta que me reí y la ayudé. Se agachó para besarme el vientre mientras me bajaba la ropa interior. Cuando vio lo mojada que estaba, levantó los ojos hacia mí con una mezcla deliciosa de orgullo y asombro.

—También es por ti —le dije, devolviéndole sus palabras.

Se acomodó entre mis piernas. Primero besó por encima, sin saber bien dónde poner la boca. Le acaricié el pelo y la guié.

—Aquí. Usa la lengua. Sí, así.

La primera lamida fue insegura. La segunda, mejor. A la tercera ya estaba aprendiendo de verdad. Tenía hambre, ganas de hacerlo bien, y eso se notaba. Abrió mis labios con los dedos y empezó a lamerme el clítoris con movimientos torpes pero insistentes. Yo gemí sin poder evitarlo y eso la animó.

—Dime si te gusta.

—Me gusta. Sigue, no pares.

Se entregó de lleno. Chupaba, lamía, volvía a probar, cambiando la presión según mis reacciones. Le tomé una muñeca y guié su mano entre mis piernas hasta que encontró la entrada. Metió un dedo despacio. Después otro. No tenía técnica, pero sí intuición y unas ganas brutales de complacer. Eso calentaba tanto como cualquier experiencia.

—Así, Lidia... joder... mete los dedos... más hondo...

Obedeció de inmediato. Empezó a mover la mano con más decisión mientras no dejaba de comerme el coño. Sentía su lengua cada vez más segura y mis piernas se abrían más por puro reflejo. Cuando levantó un momento la cabeza, tenía la boca brillante y los ojos encendidos.

—Me encanta cómo gemís —dijo.

—Entonces haz que gima más.

Volvió a hundirse entre mis piernas con una avidez que ya no tenía nada de tímida. Me chupó el clítoris con fuerza, alternando con lamidas largas y lentas que me hacían retorcerme sobre las sábanas. Sus dedos me follaban cada vez mejor, encontrando un ritmo sucio, húmedo, real. Yo ya estaba al límite.

—No te detengas... así... así mismo...

Me corrí agarrándole el pelo, apretándola contra mí mientras el orgasmo me subía desde el vientre hasta la garganta. Solté un gemido largo, sin disimulo, y ella siguió lamiéndome durante las contracciones, encantada de notar cómo le empapaba la boca y los dedos. Cuando por fin se apartó, estaba sonriendo, respirando igual de agitada que yo.

—Ahora entiendo por qué querías repetir —dijo.

No contesté. La atraje de nuevo y la besé con ansia. Ya no había delicadeza inicial. Nos manoseamos con hambre, restregando los cuerpos desnudos. Le agarré una nalga y la subí sobre mí para sentir su coño mojado rozando mi muslo. Ella soltó un gemido grave, escondiendo la cara en mi cuello.

—Quiero más.

—Vas a tener más.

La empujé suave hasta dejarla boca arriba y me coloqué entre sus piernas otra vez. Esta vez no fui lenta. Le metí dos dedos de golpe, húmedos, y empecé a follármela con la mano mientras le chupaba el clítoris sin compasión. Lidia gritó mi nombre y se arqueó entera. Le sujeté una pierna sobre mi hombro y seguí, mirando cómo se deshacía debajo de mí.

—Eso, así me gusta. Quiero verte correr otra vez.

Ella ya hablaba sin filtros, rota de deseo.

—Mételos más... más... joder, no pares, por favor, no pares...

Le obedecí. Mis dedos entraban y salían empapados, y mi lengua no dejaba de castigarle el punto exacto que la hacía perder la cabeza. Empezó a moverse sin control, frotándose contra mi cara, buscando más fricción, más presión. Yo la dejé usarme, disfrutando de esa entrega desesperada.

El segundo orgasmo le llegó más brusco que el primero. Su coño se cerró con fuerza sobre mis dedos y me mojó la mano entera. Tuvo espasmos tan intensos que durante un instante pensé que iba a echarme de encima. En lugar de eso, me agarró de la cabeza y se corrió con un gemido ronco, casi animal.

Se quedó un rato sin poder hablar. Solo respiraba a bocanadas, con el pecho subiendo y bajando y las piernas aún temblando. Me tumbé a su lado y la dejé recuperarse, acariciándole el vientre sudado. Pero no tardó en girarse hacia mí con esa mirada nueva, más sucia, más valiente.

—No he terminado —dijo.

Sonreí.

—Yo tampoco.

Nos colocamos de lado, frente a frente, y empezamos a tocarnos a la vez. Era otra clase de juego: menos enseñanza y más hambre compartida. Ella metió la mano entre mis piernas y yo entre las suyas. Nos besábamos mientras nos masturbábamos mutuamente, jadeando en la boca de la otra, repitiendo obscenidades en voz baja cada vez que una encontraba el ritmo correcto.

—Qué mojada estás —me dijo, frotándome el clítoris con los dedos resbalando fácil.

—Mírate tú cómo estás.

Le metí dos dedos y le lamí el labio inferior cuando gimió. Se abrió aún más, ofreciéndose sin pudor. En esa posición podía verla entera: los pezones duros, el coño brillante, la cara descompuesta de placer. Era hermosa y estaba salida, y saber que yo la había puesto así me volvía loca.

—Quiero que te corras conmigo —le susurré.

Asintió, concentrada, con la respiración rota. Empezamos a mover las manos más rápido, acompasadas por instinto. El cuarto se llenó de chasquidos húmedos, jadeos y el roce de la cama contra la pared. Yo la miraba a los ojos mientras le frotaba el clítoris y le bombeaba los dedos dentro.

—Ahora... no me dejes sola ahora...

—No te voy a dejar.

Nos corrimos casi a la vez. Ella primero, apretándome la muñeca con una fuerza brutal, y yo un segundo después, doblándome sobre el orgasmo mientras seguía tocándola. Acabamos abrazadas, sudadas, con las piernas enredadas y el cuarto oliendo a sexo reciente.

***

Después nos quedamos desnudas sobre las sábanas revueltas, compartiendo un vaso de agua tibia como si fuera un lujo. Lidia tenía la cabeza apoyada en mi pecho y dibujaba círculos perezosos sobre mi barriga. Parecía tranquila, pero la sentía despierta por dentro.

—Pensé que me iba a dar vergüenza —dijo—, pero contigo no.

Le besé la frente.

—A mí me gusta que conmigo se te quite la vergüenza.

Se rió. Luego alzó la cabeza y me miró con una mezcla de descaro y ternura que me desarmó.

—La próxima vez quiero empezar yo. Quiero comerte el coño hasta que no puedas hablar.

Sentí otra punzada de calor entre las piernas. Apenas habían pasado unos minutos y ya estábamos hablando de la siguiente vez como si fuera inevitable.

—Entonces más te vale venir con hambre.

—Después de esto, creo que me he vuelto bastante voraz.

La apreté contra mí, notando de nuevo el cuerpo caliente, el olor de su piel, el recuerdo todavía vivo de su lengua. Había llegado a ese pueblo buscando una vida nueva y encontré algo más simple y más peligroso: una compañera de trabajo que me deseaba con la misma intensidad con la que yo la estaba deseando ya otra vez.

Esa noche no hubo promesas grandes ni palabras solemnes. Solo dos mujeres adultas, sudadas y satisfechas, sabiendo que aquello acababa de empezar. Y mientras Lidia volvía a besarme despacio, con la entrepierna todavía húmeda contra mi muslo, entendí que a veces cambiar de país sirve para eso: para dejar atrás una versión de una misma y abrirle la puerta a otra mucho más hambrienta.

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Comentarios(3)

Paty_RJ

Increible relato, me encanto cada detalle. Gracias!!!

LucianaV_23

Por favor seguí con esto, quedé con muchas ganas de saber qué pasó después. Se hizo cortísimo!

CostaLector

el titulo ya me atrapo jaja, lo lei completo de una y no me arrepiento

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