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Relatos Ardientes

La botella se detuvo entre nosotras tres

Llevaba más de dos horas en esa fiesta y ya no aguantaba más. Había ido por compromiso, porque una compañera del trabajo insistió, y me encontré rodeada de gente que no conocía, hablando de cosas que no me interesaban. Miré la hora, apuré el último trago de gin y decidí irme sin despedirme de nadie.

Iba camino a la puerta cuando una mano me tomó del brazo. Me giré con el reflejo de sacudírmela y me quedé quieta al ver esos ojos que conocía. Camila. Una de las primeras amigas que hice en la facultad y con la que, un año y medio atrás, en un cumpleaños que se había estirado hasta las siete de la mañana, había cogido después de demasiado champán. Al día siguiente decidimos culpar al alcohol y no volver a hablar del tema.

—No me digas que te ibas sin saludar —me dijo, sonriendo.

—No sabía que estabas aquí —contesté, y era verdad.

Hablamos un rato de la vida después de que dejé la carrera. Ella seguía cursando los últimos ramos; yo trabajaba en una oficina de diseño desde hacía apenas un mes. Y no estaba sola: a su lado había una chica un poco más baja, de pelo largo y ondulado, con unos lentes que enmarcaban unos ojos delineados con precisión de bisturí.

—Ella es Renata, mi novia —dijo Camila con orgullo—. Rena, te presento a Sofía, una amiga de la facu.

Nos dimos la mano y Renata me sostuvo la mirada un segundo de más. Tenía un humor sarcástico que me hizo reír de verdad por primera vez en toda la noche. Llevaban un par de meses juntas y todavía se reían de sus propios chistes internos. Nos acomodamos en un rincón, alguien traía tragos, la fiesta seguía apagándose alrededor de nosotras y a mí ya no me molestaba estar ahí.

—Esto se muere —dijo Renata al rato—. ¿Se vienen a mi departamento?

Camila me miró y yo asentí antes de pensarlo.

El departamento era chico, luz baja, un sillón grande contra la pared y una mesita con las botellas nuevas que habíamos pedido en la app camino a allá. Me saqué la campera, me descalcé sin pedir permiso y me acurruqué en una esquina del sillón. Camila sirvió tres vasos y Renata se sentó entre las dos.

—Un juego —propuso—. Verdad o reto. Pero uno serio, no tontería adolescente.

Empezamos con boberías: una llamada de broma a un ex, confesar la peor mentira que dije en una entrevista de trabajo. Después subimos el nivel: prendas que caían al piso, un pico en la mejilla, chupetones ridículos en el hombro. La botella giró una vez más y me apuntó a mí.

—¿Verdad o reto? —preguntó Renata.

—Verdad —dije, porque el gin ya me tenía la lengua flácida.

—Cuéntanos un secreto de los fuertes.

Miré a Camila un segundo. Camila me miró a mí. Y yo lo solté.

—Hace un año y medio, en un cumpleaños, Camila me mostró un vibrador que se acababa de comprar y no sabía cómo usar. Le enseñé cómo se usaba y terminamos cogiendo hasta el amanecer en el piso de su living.

Se hizo un silencio de tres segundos. Miré a Camila: coloradísima, con los ojos como platos. Yo ya me estaba arrepintiendo cuando Renata soltó una carcajada limpia, tirada para atrás en el sillón.

—Cami, eres una zorra silenciosa —dijo entre risas—. ¿Y no me lo contaste nunca?

—Fue una vez —murmuró Camila.

—Tranquila. No estoy celosa —Renata se giró hacia mí—. Al contrario. Ahora tengo curiosidad.

Se sirvió otro vaso, hizo girar la botella y esta vez apuntó a Camila.

—Reto —eligió Camila antes de que le preguntaran.

—Bésala. En la boca. En serio.

Camila dudó, miró a su novia buscando algo que Renata le devolvió con una sonrisa. Después se giró hacia mí y se acercó despacio. Me dio un beso corto, en la comisura de los labios, uno que me recordó con violencia a aquel cumpleaños: el mismo olor, la misma manera de respirar antes de tocarme.

—Ahora a mí —dijo Renata.

Camila fue hacia ella y el beso ya no tuvo nada de pico. Las manos de Renata se le fueron al cuello, las de Camila a las caderas, y se besaron con la boca abierta, con lengua, sin prisa. Yo me quedé mirándolas desde mi esquina del sillón y sentí cómo se me endurecían los pezones abajo del sujetador. Camila soltó un gemido bajito cuando Renata le apretó la nuca.

Renata rompió el beso, giró la cara hacia mí sin soltarla y me habló con los labios todavía húmedos de la saliva de su novia.

—¿Te sumas o vas a mirar?

Pensé dos segundos. Pensé en el intercambio con mi ex y otra pareja hacía un par de meses, en lo bien que se había sentido cuando dejé de pedirle permiso a mi cabeza. Me acerqué gateando por el sillón y Renata me tomó de la nuca antes de que llegara. Me besó primero, con la lengua, mordiéndome el labio inferior al final. Me pasó a Camila sin soltarme, como si fuera un juguete que se estaban prestando. Camila me besó distinto, más suave, con la boca de siempre.

Nos enredamos las tres en el sillón. Yo terminé abajo, con Renata sentada sobre mis muslos y Camila detrás de mí, besándome el cuello. Renata me pasó la remera por la cabeza en un solo movimiento y me desabrochó el sujetador de un lado; Camila del otro. Se rieron cuando lo tiraron al piso.

—Qué tetas tan lindas tienes —dijo Renata, y me las agarró con las dos manos.

Camila se sacó su remera también, después el sujetador. Renata la siguió, con la calma de quien juega en su cancha. Yo me quedé mirándolas: Camila con los pechos chicos y los pezones oscuros parados de deseo; Renata más llena, con los pezones rosados y una cicatriz vieja debajo del izquierdo. Las dos me miraron a mí y se rieron con esa complicidad de pareja que hace un rato me había parecido tierna y ahora me daba muchísimo calor.

—Ven —dijo Camila.

Me hicieron acostarme en el sillón. Se ubicaron una de cada lado. Renata me chupó un pezón mientras Camila me lamía el otro. Después cambiaron. Renata me pasaba la lengua alrededor y soplaba; Camila era más rápida, más directa, mordiendo suave. Yo tenía una mano en el pelo de cada una y no podía dejar de gemir. Me habían sacado el pantalón sin que me diera cuenta.

Renata me tocó por encima de la bombacha y se rió.

—Estás empapada, Sofía.

—Sácamela de una vez —le dije, y me sorprendí de mi propia voz.

Me la bajó despacio, hasta los tobillos, y me la sacó tirando de un pie. Después se acomodó entre mis piernas y me abrió los labios con dos dedos. Camila me besaba la boca mientras tanto, tragándose los gemidos que me salían cuando Renata empezó a pasarme la lengua por el clítoris con paciencia de coleccionista.

—Mírala cómo se mueve —le dijo Camila a su novia, contra mi boca.

Renata me metió dos dedos. Los curvó adentro, buscando el punto que yo misma no siempre encontraba, y cuando lo encontró se me arqueó la espalda entera. Camila me chupó un pezón y me lo mordió más fuerte que antes.

—Así, así —decía yo, sin poder parar—. Más fuerte.

Renata me cogió con los dedos con una violencia contenida que me hizo pensar que si no paraba iba a acabar en dos minutos. La agarré del pelo y la levanté.

—Ven aquí. Quiero comerte.

Se rió, se limpió la boca con el dorso de la mano y se acomodó sobre mí, a horcajadas de mi cara. Le agarré el culo con las dos manos y le hundí la lengua entre los labios. Sabía a algo salado y limpio. Camila se puso detrás de ella y le besó la espalda mientras yo la lamía. Renata gemía sin disimular, agarrada del respaldo del sillón, moviendo las caderas contra mi boca.

—Hija de puta, cómo lame —le dijo a Camila.

Camila me tomó una pierna, me la puso sobre su hombro y bajó la cabeza para seguir donde había dejado Renata. Ahora yo comía a una y me comían a mí y no sabía cuál gemido era mío. Renata se corrió sobre mi cara con un temblor que le empezó en los muslos y le subió al vientre; me apretó la cabeza entre las piernas y soltó un chillido corto.

Se bajó de mí riéndose, con las tetas rebotándole. Se tiró de espaldas en el sillón y le pidió a Camila que la dejara respirar un minuto. Yo aproveché para incorporarme y agarrar a Camila del pelo. La besé larga y sucia, dejándole el gusto de su novia en la lengua.

—Ahora tú —le dije.

La puse en cuatro sobre el apoyabrazos, como estaba Renata antes. Le abrí las nalgas con las dos manos, le pasé la lengua entera desde el clítoris hasta el ano y ella soltó un gemido gutural que no le conocía. Renata se despertó de golpe, se giró y se puso al lado de Camila para chuparle una teta desde atrás mientras yo la lamía por debajo. Le metí un dedo. Después dos. Camila apoyaba la frente en el sillón, gimiendo palabras que no eran palabras.

—Métemela más adentro —me pidió.

Se la metí hasta que sentí la lengua rozarle el fondo. Renata me miraba desde arriba de Camila, con una sonrisa torcida.

—Cambio —dijo.

Nos reacomodamos. Renata se sentó frente a mí en el sillón, con las piernas abiertas y cruzando una sobre las mías, hasta que nuestros coños quedaron pegados. Empezamos a movernos, primero despacio, después con hambre. Camila se puso detrás de mí, me agarró las tetas por encima de los hombros y me susurró en la oreja.

—Cógetela bien fuerte.

Renata me agarró una pierna, se la puso al hombro y empujó más fuerte contra mí. Yo sentía cómo mi clítoris se frotaba contra el suyo, cada movimiento un golpe eléctrico. Camila me mordía la nuca. Renata gemía y me miraba fijo, sin pestañar.

—Me voy a venir de nuevo —dijo, y le tembló la voz.

—Yo también —contestó Camila desde atrás mío, tocándose contra mi espalda.

Las dejé un momento para mirarlas. Me corrí al costado del sillón y me toqué mientras Renata se acomodaba encima de Camila y le pasaba una mano por la garganta, no fuerte, apenas apoyada. La hacía suya. Camila abría la boca sin sacar sonido, con los ojos cerrados, y cuando Renata le metió tres dedos, empujando fuerte, todo el sillón crujió. Las dos acabaron una detrás de la otra, con dos gritos entrelazados que me hicieron acabar a mí sola, apenas con la mano.

Nos quedamos las tres tiradas un rato, respirando, mirándonos. Después Renata se acomodó y me miró.

—Falta una.

Camila se rió, todavía sin fuerzas.

—Ven —me dijo Renata.

Me hicieron sentar en el borde del sillón, con las piernas bien abiertas. Se acomodaron una a cada lado, entre mis muslos. Camila me lamía el clítoris con la punta de la lengua, muy suave; Renata me metía dos dedos y los movía adentro con una paciencia obscena. Después intercambiaban. Yo miraba para abajo y veía las dos cabezas moviéndose entre mis piernas y sentía cómo se me formaba el orgasmo en el vientre, subiendo despacio, como un calor que no me dejaba pensar.

—Me vengo, me vengo —dije.

—Ven —contestó Renata, con la boca todavía pegada a mí.

Fue como si se me abriera algo por dentro. Grité, arqueé la espalda, cerré los muslos alrededor de sus caras y sentí cómo me salía todo, mojándoles la boca y las mejillas. Las dos se rieron sin soltarme, siguieron lamiendo más despacio hasta que dejé de temblar.

Me abrazaron las dos, una de cada lado, con la cara todavía brillosa. Nos besamos las tres, mezclando saliva y lo mío, y nos quedamos así un rato largo, sin decir nada, hasta que el frío del departamento nos hizo levantarnos y buscar la cama.

Caímos las tres bajo el mismo edredón. Yo estaba en el medio. Renata me pasó un brazo por la cintura, Camila me apoyó la nuca contra el hombro. Nos dormimos así, sin haber dicho una palabra más.

Me despertó el olor a café. Renata estaba en la cocina, en pijama, tarareando algo. Camila seguía dormida a mi lado, con la boca entreabierta. La sacudí despacio y fuimos las dos a la mesa. Renata nos sirvió y se sentó frente a nosotras.

—Buen juego el de anoche —dijo, guiñando un ojo.

Nos reímos las tres. Acordamos que quedaba entre nosotras. Y que, si en algún momento nos daba la gana, podía repetirse. Salí del departamento a media mañana, con el pelo hecho un desastre y una sonrisa que no me podía sacar de la cara, agradeciéndoles en el fondo por haberme dejado entrar en su cama por una noche.

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Comentarios(4)

Antonella_33

diosss que bueno!!! me tuvo enganchada de principio a fin

NocheDeViernes_

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo. Excelente relato!

MarisolK

Me encanto la tension que se va armando de a poco. Lo contaste muy bien, sin apuro.

Diegopba

jaja tremendo, hacia años que no leia algo tan entretenido 😂

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