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Relatos Ardientes

El juego del espejo con mi madre y mi mejor amiga

Renata y yo somos amigas desde que teníamos meses. Nuestras madres se conocieron en el instituto, se hicieron inseparables, y años después se quedaron embarazadas casi a la vez. Nos llevamos apenas unos meses. Crecimos con la misma marca de biberón, la misma foto en el bautismo, y una complicidad que a los veintiún años ya nadie sabe cómo definir.

Nunca fuimos hermanas, aunque medio mundo lo daba por hecho. En el colegio nos preguntaban por el apellido y respondíamos que sí, por costumbre. Éramos tan iguales en los gestos que a veces me sorprendía imitándola sin darme cuenta.

Me llamo Nora, por cierto. Ese sábado había ido con mi madre a visitar a Renata y a Silvia, su madre. Un plan tranquilo de sobremesa larga, café y cotilleo. Apenas cruzamos el umbral, mi madre subió con Silvia al piso de arriba. Renata y yo nos quedamos en el sofá con una película que ninguna estaba mirando.

—Nora, me aburro —dijo Renata estirándose—. ¿Y si damos una vuelta al parque?

—Vale, pero primero avisamos. La última vez tu madre me miró como si le hubiera robado la vajilla.

—Ya, ya. Vamos.

Apagamos la tele y empezamos a subir las escaleras. En el descansillo lo escuché primero yo. Un gemido, agudo, tragado en seguida por otro. Renata se paró en seco y me miró por encima del hombro. No dijo nada. Yo tampoco. Solo seguimos subiendo, paso a paso, como si el aire pesara de repente el doble.

Cuanto más nos acercábamos al final del pasillo, más claros se escuchaban. La habitación de Silvia estaba entreabierta, dejando salir por la rendija un jadeo grueso, femenino, entrecortado. Renata iba delante de mí. Yo tenía los ojos fijos en la curva de su espalda, en la caída del vaquero sobre sus caderas, y noté que se me estaba humedeciendo la ropa interior sin haber tocado nada.

Nos asomamos. Mi madre estaba en la cama, con el vestido subido hasta el ombligo, las bragas apartadas a un lado y la espalda arqueada. Silvia, en un conjunto de encaje negro que no le había visto nunca, tenía dos dedos metidos hasta el nudillo dentro de ella. Los movía con calma, como quien conoce el camino de memoria. Mi madre le clavaba las uñas en el hombro y gemía con los ojos cerrados.

Me agarré a la cintura de Renata para inclinarme un poco más, y ella dio un pequeño salto por mi contacto. La puerta cedió con el peso y quedamos las dos plantadas en el marco, con la escena entera delante.

—Chicas, ¿qué hacéis aquí? —preguntó Silvia, sin retirar la mano.

—Veníamos a avisar de que salíamos —contestó Renata con una voz que no le reconocí—. La pregunta es qué haces tú con la madre de Nora.

Mi madre se incorporó despacio, sin taparse. Silvia caminó hasta nosotras descalza, con el sujetador colgándole de un tirante, nos tomó de la mano y nos sentó en el borde de la cama. Cada una a un lado, con ellas dos frente a nosotras.

—Es algo normal, cariño —dijo mi madre, apoyando la palma en el muslo de Renata—. Vuestros padres a veces ya no nos apetecen. Nosotras nos ayudamos cuando lo necesitamos.

—Igual que hay parejas que se buscan a un desconocido, nosotras preferimos hacerlo entre amigas —añadió Silvia, mientras me metía un dedo por el escote de la camiseta y me rozaba el pezón por encima del sujetador. Se me escapó un jadeo tonto—. ¿Nunca os habéis dado un beso vosotras dos?

—Nunca —contesté, con la boca seca.

Renata negó despacio, mirándome con algo nuevo en los ojos.

—Siempre hay una primera vez —dijo Silvia—. Y qué mejor que aprender delante de vuestras madres.

Nos empujaron la cabeza la una hacia la otra. Cuando nuestros labios se rozaron, la iniciativa la tomé yo. Sabía a la piña colada del brik y a algo amargo y ácido que no supe identificar. Le puse las manos en la cintura, la atraje, y ella se dejó llevar despacio, abriendo la boca como quien pide permiso. Sentí la lengua de Renata deslizarse sobre la mía, torpe al principio, más ávida después. Silvia me acariciaba el pelo por detrás mientras nos comíamos la boca.

—Muy bien, chicas, muy bien —susurraba mi madre.

Nos separaron para quitarnos las zapatillas. Nos subieron a la cama y nos colocaron frente a frente, sentadas sobre los talones. Silvia se acomodó a mi lado, mi madre al lado de Renata. Iba a preguntar qué venía después cuando vi a mi madre agarrar a Renata por la nuca y devolverle un beso mucho menos delicado que el nuestro. Renata gimió contra su boca.

—¿Te gusta mirar? —me sopló Silvia al oído.

—Mucho —respondí, y me giré para besarla yo primero.

Silvia besaba como si mordiera. Me atrapó el labio inferior entre los dientes y tiró hasta que solté una risa nerviosa. Cuando abrí los ojos, Renata estaba sentada a horcajadas sobre las piernas de mi madre, con la boca hinchada y una teta al aire.

—Vamos a jugar a un juego —anunció mi madre, jugando con el pezón de Renata entre los dedos—. Se llama espejo. Todo lo que Silvia y yo hagamos, vosotras dos lo repetís. Sois nuestro reflejo.

—Me gusta —contestó Renata, respirando por la boca.

Se levantó del regazo de mi madre y se puso enfrente de mí, arrodillada, con el vaquero desabrochado. Yo me arrodillé también. Silvia pasó las manos por las nalgas de mi madre y las apretó. Renata me imitó. Sus dedos se me clavaron en el culo por encima de la falda y tiró de mí hacia ella.

Ellas se besaron el cuello y luego se comieron la boca con hambre. Nosotras hicimos lo mismo, pero no supimos parar. Empecé a bajarle la camiseta, a chuparle la clavícula, a morderle el hueso del hombro. Renata me clavaba las uñas en la espalda por debajo de la ropa y me susurraba tacos al oído.

—Parece que las niñas no saben seguir las reglas —dijo Silvia con la voz ronca.

Nos separaron para reorganizar la escena. Cada madre agarró a su hija, y a la vez nos pusieron boca abajo sobre la cama con el culo levantado. A mi madre le encantaba tenerme así, se le notaba en cómo me acariciaba las nalgas por encima del vaquero antes de bajármelo de un tirón. Yo miré a un lado y Renata estaba en la misma postura. Silvia le bajaba el pantalón despacio.

Nos metieron las bragas entre las nalgas hasta que quedaron como tangas. La primera palmada me pilló desprevenida y grité contra la sábana. La segunda ya la esperaba. Nos dieron unos veinte azotes cada una, alternando ritmo. Renata soltaba unos gemidos guturales que no le había oído en la vida. Yo tenía el coño empapado y el culo ardiendo, y cada palmada me hacía apretar las piernas como una idiota.

Cuando pararon, nuestras madres se desnudaron la una a la otra despacio, delante de nosotras, mordiéndose los cuellos y riéndose entre susurros. Después nos desnudaron a nosotras, prenda por prenda, como si desenvolvieran un regalo. Silvia tenía las tetas grandes, pesadas, con los pezones oscuros. Mi madre las tenía más pequeñas, con las areolas muy rosadas. Yo no podía apartar la vista.

—Ahora os toca a vosotras haceros lo mismo que veáis —dijo mi madre.

Silvia se tumbó y mi madre se le subió encima en un sesenta y nueve invertido. La lengua de mi madre buscó el clítoris de Silvia con la seguridad de quien lo ha hecho cien veces. Silvia le clavó las manos en el culo y tiró de sus caderas hacia abajo, hasta apretarse la cara contra su coño.

Renata me tumbó y se me subió encima con las rodillas a cada lado de mi cabeza. Le abrí los muslos, le vi el coño rosado brillando, y le pasé la lengua entera de abajo arriba. Sabía a sal y a algo dulce. Se estremeció, se apoyó en mis muslos, y bajó la cabeza sobre mi sexo. Sentí su lengua abrirme, tantear, encontrar el clítoris y quedarse ahí, chupando despacio y luego rápido. Yo la comía con ganas, metiéndole la lengua todo lo que podía, buscándole el nudo, mordiéndoselo hasta que gimió con la boca pegada a mi coño y la vibración me recorrió entera.

Nos corrimos casi al mismo tiempo. Ella primero, apretándome el cuello con los muslos y meneando las caderas contra mi cara. Yo dos segundos después, con las piernas temblando y el vientre contraído, gritando contra su carne. Al lado nuestro, Silvia se había corrido en la boca de mi madre con un gemido largo que se hizo eco en toda la habitación.

—Cambio —dijo mi madre, tirándome del tobillo.

Nos hicieron rotar de pareja. Silvia me atrajo hacia ella, me sentó a horcajadas sobre su regazo, y le hundí la cara entre los pechos. Le chupé un pezón, luego el otro, mordisqueándoselos hasta arrancarle un jadeo. Ella me agarró de las caderas y me hizo moverme sobre su muslo. Yo froté el coño contra la piel firme de su pierna, dejando un rastro húmedo, cada vez más rápido. Silvia terminó tumbándose de espaldas y me indicó con un gesto que me sentara sobre su cara.

Obedecí. Bajé despacio, con las manos apoyadas en el cabecero, y sentí su boca hundirse contra mí. Su lengua era ancha, plana, y me lamía desde el perineo hasta el clítoris de un solo movimiento. Me agarré del pelo, jadeé, empujé las caderas hacia abajo. A mi lado escuchaba los gemidos de mi madre, agudos, entrecortados, y supe sin mirar que Renata le estaba haciendo lo mismo. Que era la lengua de Renata la que la estaba llevando al límite.

—Córrete, cariño —le decía Renata a mi madre—. Córrete en mi boca.

Escuchar a mi mejor amiga hablarle así a mi madre fue lo que me remató. Me corrí sobre la cara de Silvia con un temblor largo, agarrada al cabecero, mordiéndome el brazo para no gritar de más.

Cambiamos otra vez. Y otra. En algún momento cada madre acabó con su propia hija, y ninguna dijo nada de eso, como si fuera lo más natural del mundo. Mi madre me abrió las piernas, me miró a los ojos y me metió tres dedos hasta el fondo mientras me lamía el clítoris con una delicadeza que no le había imaginado a nadie. Yo me corrí en su boca dos veces seguidas, sin poder parar, apretando la sábana con los puños. Ella me subió por la cintura, me besó en la boca, y me dejó saborear el gusto de mí misma en su lengua.

No salimos de esa habitación en toda la tarde. Cuando bajamos, el café estaba frío y la película seguía puesta en el mismo menú.

Desde ese día vamos a casa de Renata más a menudo, o vienen ellas a la nuestra. Y desde ese día mi madre y yo también lo hacemos en casa, con la posibilidad casi cotidiana de que mi padre entre por la puerta cualquier tarde y nos pille. A veces creo que ella lo desea. Y a veces, cuando me mira desde el otro lado de la mesa mientras él sirve la cena, sé que yo también.

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Comentarios(4)

MedanocheLectora

me quede sin palabras... que situacion tan inesperada. excelente!!!

Florencia_S

Por favor necesito una segunda parte, no puede quedar asi. Me enganche desde el principio.

TabooWolf

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria.

Vale_Noc

Me recordo a algo que vi de casualidad una vez y que nunca pude olvidar jaja. Muy bueno esto.

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