La amante de mi ex terminó buscándome a mí
No supe que había dejado de quererme. Lo que supe, en cambio, fue que dejó de volver a casa.
Durante meses me sostuvo con mentiras torpes, reuniones que se alargaban, llamadas cortadas, perfume ajeno en la camisa y esa costumbre de ducharse apenas cruzaba la puerta. Después desapareció del todo. Un día recogió unas pocas cosas, dijo que necesitaba espacio y me dejó en el comedor con una taza de café helándose entre las manos y una vergüenza muda que me pesó más que la tristeza.
Me llamo Clara, y durante demasiado tiempo fui la esposa paciente de un imbécil llamado Mauro.
La gente siempre sabe más de lo que una quiere escuchar. Una vecina me contó primero que lo habían visto con otra. Una compañera del trabajo añadió que la mujer era bastante menor que él. Otra, con ese gusto cruel por el detalle, dijo que además corría el rumor de que a ella no le interesaban los hombres, que siempre había estado con mujeres y que nadie entendía qué hacía con él.
Yo quise reírme. No por gracia, sino por rabia.
Mauro siempre había necesitado sentirse especial. Si la historia era cierta, seguro se había convencido de que había conquistado algo extraordinario, algo que podía contarle a sus amigos con pecho inflado y sonrisa de cretino. Era exactamente el tipo de trofeo miserable que le excitaba.
Pasaron semanas. Después meses. Una noche reapareció.
Tocó mi puerta casi a medianoche, con esa cara de cansancio ensayado que usaba cuando quería dar lástima. Llevaba la barba descuidada, la voz baja y las manos en los bolsillos, como si eso pudiera borrar lo que había hecho.
—Estoy arrepentido, Clara —me dijo apenas abrí—. Quiero volver.
Lo miré sin invitarlo a pasar. Aun así entró, como si la casa siguiera siendo suya.
—Ya no estoy con ella —añadió—. Fue un error.
Mentía mal. Siempre había mentido mal. Pero esa noche me encontró débil, cansada, hambrienta de alguna respuesta aunque fuera falsa. Lo dejé quedarse.
No fue reconciliación. Fue costumbre. Fue cuerpo viejo recordando una rutina.
Se metió en mi cama con una facilidad que me revolvió el estómago. Me besó el cuello, me acarició por debajo de la camiseta y murmuró mi nombre como si no me hubiera roto en dos. Cerré los ojos y dejé que pasara, no porque lo deseara, sino porque quería comprobar por última vez si todavía quedaba algo entre nosotros.
No quedaba nada.
Sus manos se movían como un hombre que pide alojamiento, no perdón. Cuando me bajó la ropa interior y me metió los dedos, no sentí deseo, solo una incomodidad agria. Me abrió las piernas, me penetró, jadeó encima de mí y empujó con esa urgencia egoísta que siempre confundió con pasión. Yo miré el techo, soportando el peso, el olor y la certeza brutal de que seguía usándome incluso mientras fingía volver.
Acabó rápido. Se dio vuelta. Durmió como si hubiera cerrado un trato.
A la mañana siguiente se vistió deprisa, me besó la frente y prometió regresar al final del día para hablar en serio, recoger sus cosas, comenzar otra vez. Lo dijo con una convicción tan ridícula que casi me dio risa.
No volvió.
A las once de la mañana ya no tenía dudas. A las doce encontré la dirección del departamento donde vivía la otra. A la una estaba ahí, temblando de furia en la puerta de un edificio de fachada gris, apretando el timbre hasta que me dolió el dedo.
Nadie abría.
Seguí insistiendo. Después golpeé con el puño.
—¡Ya sé que estás ahí, Mauro! —grité—. O me abren o hago un escándalo en todo el edificio.
Escuché pasos. Un silencio. Luego el seguro de la puerta.
Quien me abrió no fue él.
Era ella.
Llevaba una camisa blanca mal abrochada que apenas le cubría los muslos. Debajo no tenía nada. El pelo oscuro lo traía despeinado, húmedo en las puntas, como si acabara de salir de la ducha o de la cama. Su cara era de adulta de verdad, no de chica: una mujer plena, segura, con los ojos sombreados por el mal dormir y la boca todavía inflamada por besos recientes. Y aun en medio de mi rabia, lo primero que pensé fue que estaba insultantemente buena.
Detrás de ella apareció Mauro, descalzo, sin camisa, con un jean a medio cerrar.
—Clara... —balbuceó.
Ni lo dejé terminar. Entré empujándolo del hombro.
—Así que ya no estabas con ella —escupí.
La otra mujer, que después supe que se llamaba Vera, cruzó los brazos sobre el pecho, más molesta que avergonzada. La tela abierta de la camisa dejó ver la curva firme de sus tetas y la marca rojiza de una mordida cerca de la clavícula. Yo no quería mirarla, pero la miré. Le recorrí el cuerpo entero con una rapidez culpable: piernas largas, cintura estrecha, culo redondo insinuado bajo la camisa, pezones duros dibujados en la tela fina.
Con razón el hijo de puta no soltaba esto, pensé. Y enseguida me odié por pensarlo.
—A mí me dijo que estaba separado y libre —dijo ella, seca, sin apartar los ojos de Mauro—. Que contigo ya no había nada.
—A mí me dijo anoche que te había dejado —respondí.
Nos miramos. Bastó ese cruce para entender que la única verdad en ese departamento era el tamaño de la mentira de él.
Mauro intentó explicar, tropezó con sus palabras, juró que todo era confuso, que no quería hacer daño, que nos quería a las dos de maneras distintas. Sonó tan patético que Vera se rió en su cara.
—No me metas en tu teatro —le soltó ella—. Vístete y lárgate.
—Vera... —dijo él.
—Ahora mismo.
Yo esperaba discutir, gritar, quizá romper algo. En cambio vi cómo él recogía la camiseta del suelo, mascullaba una excusa y salía del departamento sintiéndose expulsado de su propio juego. La puerta se cerró detrás de él. De pronto nos quedamos solas.
Solísimas.
Vera se apoyó en la mesa del comedor y soltó el aire por la nariz, todavía con la camisa abierta. Yo seguía furiosa, pero ya no sabía con quién exactamente. Con Mauro, claro. Conmigo. Con ella, un poco. Y, de una forma difícil de confesar, con el calor inesperado que me recorría el vientre desde que la vi aparecer medio desnuda frente a mí.
—No tenía idea de que te había buscado anoche —dijo.
—Se acostó conmigo y esta mañana volvió contigo.
Vera cerró los ojos un segundo, asqueada.
—Qué cerdo.
Asentí. Entonces ella fue al sillón, tomó un pantalón holgado del respaldo y se lo puso sin apuro. La camisa siguió abierta. Podría habérsela abrochado, pero no lo hizo. Yo no sabía si era descuido o algo más. Lo que sí sabía era que cada vez que su pecho se movía al respirar, mis ojos bajaban solos.
—¿Quieres café? —preguntó.
La normalidad de la pregunta me desarmó.
—Sí.
Fuimos a la cocina como dos mujeres que no acababan de descubrir que compartían al mismo hombre, sino como dos conocidas forzadas a una charla extraña. Mientras ella llenaba la cafetera, yo me quedé observando sus manos. Tenía dedos largos, uñas cortas, sin esmalte. Manos de mujer práctica. Pensé, sin querer, en cómo se sentirían sobre mi piel.
—Así que era verdad —dije, más por llenar el silencio que por otra cosa—. Lo de que preferías a las mujeres.
Vera sonrió apenas, sin incomodarse.
—Lo prefiero. Eso no volvió menos imbécil la decisión de meterme con ese hombre.
—¿Por curiosidad?
—Por necedad. Por una mala racha. Por ganas de probar si me equivocaba. —Me miró de frente—. No me equivocaba.
Debería haberme molestado. En cambio, esa franqueza me excitó.
Nos sentamos con el café frente a frente. Hablamos largo. De las mentiras de Mauro, de cómo había jugado con las dos, de sus promesas vacías, de sus ausencias. Y cuanto más hablábamos, menos veía en Vera a la amante y más a una mujer arrastrada por la misma basura que yo.
Pero había algo más. Una corriente por debajo de las palabras. Una tensión física, áspera, eléctrica. Yo la sorprendía mirándome la boca. Ella me sorprendía mirándole las tetas cuando la camisa se abría un poco más al inclinarse. Ninguna fingía demasiado.
—Te imaginé distinta —me dijo en un momento.
—¿Peor?
—No. Más frágil.
—¿Y qué ves?
Su mirada bajó a mis piernas, volvió a subir despacio.
—Una mujer aguantando demasiado.
Sentí un nudo en la garganta. Y debajo de ese nudo, deseo.
—Yo también te imaginé distinta —admití.
—¿Cómo?
Dudé un instante. Después decidí no mentir.
—Más fría. Menos... —Mi vista se desvió hacia su pecho—. Menos difícil de mirar.
Vera soltó una risa baja. No se abrochó la camisa. Al contrario, separó un poco más las solapas con los dedos y dejó ver la piel entera del esternón, el sostén inexistente, el peso natural de sus tetas libres bajo la tela.
—Puedes mirar —dijo.
Se me secó la boca.
—No vine a eso.
—Ya sé. —Apoyó los codos en la mesa—. Pero llevas un rato haciéndolo.
Noté el calor subiéndome a la cara. Iba a disculparme, pero ella me cortó.
—No me molesta.
El aire cambió de densidad. Ya no estábamos resolviendo un engaño. Estábamos al borde de otra cosa, y las dos lo sabíamos.
—Nunca he estado con una mujer —dije, casi sin querer.
Vera sostuvo mi mirada. No sonrió esta vez. Se puso seria, atenta.
—No voy a hacer nada que no quieras.
Esa frase, dicha así, sin presión, me soltó algo adentro.
—¿Y si sí quiero?
Su lengua humedeció apenas el labio inferior.
—Entonces ven y bésame.
Me levanté con las piernas blandas. Di la vuelta a la mesa y me detuve frente a ella. Estaba sentada, pero aun así imponía presencia. Puse una mano en su hombro. La otra, en la cintura. La besé con torpeza al principio, apenas un roce probando terreno. Vera respondió abriendo la boca, agarrándome de la nuca y profundizando el beso hasta dejarme sin pensamiento.
Besaba como una mujer que no pide permiso dos veces. Su lengua se enredó con la mía, lenta primero, luego más firme. Me pegó a su cuerpo y sentí sus tetas apretarse contra mi abdomen, cálidas, pesadas, reales. Un gemido se me escapó en la boca. Me avergoncé un segundo. Ella lo tragó sonriendo contra mis labios.
—Así —murmuró—. No te contengas.
Me abrió la blusa de un tirón de botones y metió las manos dentro. Cuando me agarró las tetas por encima del sostén solté aire como si me hubieran golpeado. Sus dedos eran seguros, sabían exactamente cuánto apretar, cómo rodear, cómo frotar con el pulgar hasta endurecerme los pezones.
—Joder —susurré.
—Eso mismo pensé cuando te vi en la puerta —dijo.
Me reí con incredulidad y deseo. Ella aprovechó mi distracción para besarme el cuello, morderme suave bajo la oreja y llevar una mano hacia mi falda. Metió los dedos por debajo sin ceremonia. Me acarició por encima de la ropa interior y encontró enseguida el calor húmedo que ya tenía entre las piernas.
—Mírate —dijo en voz baja—. Te estás mojando por mí.
La crudeza me atravesó como una descarga. Nadie me lo había dicho nunca así, de frente, sin adorno. Y me gustó demasiado.
—No sabía que iba a pasar esto —confesé.
—Yo sí lo empecé a sospechar cuando dejaste de mirar la puerta y empezaste a mirarme el cuerpo.
Metió dos dedos dentro de mi ropa interior y rozó mi coño por encima, jugando con la humedad antes de tocarme de verdad. Casi me doblé sobre ella.
—¿Puedo?
—Sí —respondí demasiado rápido.
Me bajó la ropa interior hasta medio muslo y me hizo girar para apoyarme contra la encimera. Sentí la frescura del mármol en las palmas. Ella se arrodilló detrás de mí, me levantó la falda y separó mis nalgas con las manos. El aire me dio de lleno en el sexo empapado. Gemí solo de sentirme tan abierta frente a otra mujer.
—Qué rico estás —murmuró, y enseguida corrigió con una sonrisa en la voz—. Qué rica estás.
Su lengua tocó mi coño y me temblaron las piernas. No fue una caricia tímida. Me lamió de abajo arriba, despacio, cargando saliva, deteniéndose en el clítoris solo el tiempo suficiente para hacerme jadear antes de volver a bajar. Yo agarré el borde de la encimera hasta ponerme los nudillos blancos.
—No pares —dije, avergonzada y desesperada a la vez.
—No pensaba hacerlo.
Su boca trabajaba con una precisión obscena. Abría mis labios con la lengua, chupaba, volvía a lamer, alternaba presión y suavidad como si leyera mi cuerpo desde dentro. Cuando me metió un dedo, largo y firme, sentí un chispazo subirme hasta el pecho. Después un segundo. Los movía adentro con un ritmo paciente, doblándolos lo justo para hacerme retorcer.
—Mierda, Vera...
—Dilo otra vez.
—Vera... joder... así...
Ella aceleró. Su lengua se quedó fija en mi clítoris mientras los dedos me follaban por dentro con una cadencia mojada, cada vez más profunda. Yo jadeaba sin dignidad, moviendo las caderas hacia su cara, buscando más. Era humillante y delicioso darme cuenta de lo rápido que me estaba deshaciendo.
—Nunca un hombre te comió así, ¿verdad? —preguntó sin apartarse del todo.
—No.
—Se nota.
Volvió a chuparme con más fuerza y el orgasmo me subió de golpe, feroz, sin aviso elegante. Me corrí temblando contra su boca, con un gemido roto que terminó en un sollozo. Ella no se apartó. Siguió lamiendo mientras yo me sacudía, alargando la descarga hasta volverla casi dolorosa.
Cuando me soltó, tenía la cara brillante y una expresión satisfecha que me encendió de nuevo al instante.
Se puso de pie y me besó. Probé mi propio sabor en su lengua. Le abrí la camisa del todo, necesitando verla. Las tetas cayeron libres, redondas, pesadas, con los pezones oscuros y duros. Las agarré con ambas manos y las apreté como había querido hacer desde que abrió la puerta. Vera cerró los ojos y soltó un gemido grave.
—Eso —dijo—. Tócame así.
La empujé hasta la pared de la cocina y la besé con hambre. Ya no me importaba ser inexperta. Quería aprender sobre su cuerpo usándolo. Le chupé un pezón mientras la otra teta se me llenaba en la mano; la mordí suave, la lamí alrededor, sentí cómo se arqueaba contra mí. Bajé la mano a su pantalón, metí los dedos por dentro y encontré su coño caliente, empapado también.
—Mírate tú —le dije, repitiéndole la crueldad dulce—. Estás chorreando.
Vera se rió entre dientes y me agarró del pelo para hacerme alzar la cabeza.
—Entonces deja de hablar y mételos.
Lo hice. Dos dedos primero, lentos, tanteando su respiración. Ella abrió más las piernas. Su coño me recibió apretado, suave y muy mojado. Moví la mano como había sentido la suya en mí: entrando, saliendo, curvando los dedos. Aprendí rápido por cómo me respondía su cuerpo. Cada vez que acertaba, me apretaba la muñeca o me clavaba las uñas en la espalda.
—Así, Clara. Joder, así.
Le bajé el pantalón hasta los tobillos y se lo saqué con torpeza. Después me arrodillé frente a ella. Vera me miró un segundo, dándome tiempo para echarme atrás. No lo hice. Le besé el monte de Venus por encima del vello corto y bien cuidado, luego abrí con los dedos y pasé la lengua por su humedad.
Su reacción fue inmediata: un espasmo en los muslos y una mano en mi cabeza.
—No seas amable —me pidió—. Cómeme.
Obedecí. Le lamí el coño con hambre, sin delicadeza falsa, copiando parte de lo que ella me había hecho y dejándome llevar por mi propia avidez. Sabía intensa, caliente, adictiva. Su respiración se desordenó enseguida. Alterné lengua plana y punta, chupé su clítoris, la abrí más con los dedos y la oí decir mi nombre entre dientes como si le costara contenerse.
—Eso, mierda... no pares...
Le metí dos dedos mientras la chupaba. Vera me empujó la cara más contra su sexo, descarada, y a mí en lugar de ofenderme me calentó aún más. La estaba oyendo perder el control por mi boca. Por mí. Y eso borró el último resto de duda que me quedaba.
La hice correrse contra mi lengua con las piernas temblando y la espalda golpeando suave la pared. Acabó diciendo una grosería y luego mi nombre, en ese orden. Me encantó.
Nos quedamos unos segundos respirando fuerte, pegadas una a otra. Luego ella me llevó de la mano al dormitorio.
***
La cama seguía revuelta por la noche anterior con Mauro. Vera miró las sábanas un instante y negó con fastidio. Sin soltarme, arrancó el juego completo de la cama y lo dejó tirado en el suelo.
—No quiero ni olerlo —dijo.
Yo tampoco.
Nos tumbamos sobre el colchón desnudo. Allí ya no había rastro de él, solo nosotras y una tensión nueva, más íntima. Vera abrió el cajón de la mesa de noche y sacó un arnés con una verga de silicona oscura, elegante, firme. Me quedé mirándolo sin disimulo.
—¿Te asusta? —preguntó.
—Me excita.
—Mejor.
Se lo ajustó con una naturalidad brutal, como si ponerse eso fuera tan simple como calzarse unos zapatos. La visión me desarmó: aquella mujer que hacía una hora era la amante de mi ex estaba ahora de pie frente a la cama, desnuda del todo salvo por el arnés, con el pelo revuelto, las tetas erguidas y una seguridad que me hizo abrir más las piernas antes de que me lo pidiera.
—Quiero hacer esto bien —dijo, subiéndose sobre mí—. Quiero que lo disfrutes.
Me besó mientras me desnudaba por completo. Bajó una mano entre mis piernas, volvió a frotarme el clítoris hasta dejarme mojada de nuevo y me metió dos dedos. Los movió un rato, preparando el camino, mirándome la cara para leer cada gesto.
—Dime si duele.
—Sí.
La punta del arnés se apoyó en mi entrada. Sentí presión, calor, un estiramiento nuevo. Vera empujó despacio. Yo respiré hondo y me aferré a sus brazos. Cuando entró un poco más, lancé un gemido sorprendido. No era dolor. Era plenitud, invasión, una sensación distinta a la que conocía con un hombre porque no había torpeza ni ego, solo una atención absoluta a cómo me iba abriendo para ella.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí... sí, sigue.
Entró hasta el fondo y se quedó quieta un momento. Nuestros pechos se rozaban. Su nariz tocó la mía.
—Mírame.
Lo hice. Entonces empezó a moverse.
Las primeras embestidas fueron lentas, profundas. Cada salida me dejaba vacía; cada entrada me llenaba de golpe. Vera mantenía una mano entre nuestros cuerpos para frotarme el clítoris al mismo tiempo, y esa combinación me hizo perder la respiración muy rápido. Gemía sin pudor, con las piernas abiertas alrededor de su cintura, sintiéndola entrar y salir con un ritmo cada vez más seguro.
—Así te quería —me dijo al oído—. Abierta para mí, gimiendo por mí y no por ese idiota.
La frase me encendió todavía más de lo que debería.
—Fóllame —le pedí, y me sorprendió oírme decirlo.
Vera sonrió con un brillo feroz en los ojos.
—Eso estaba esperando.
Aumentó el ritmo. El colchón empezó a crujir con cada embestida. Yo me agarré a su espalda, clavándole las uñas, mientras ella me follaba duro, sin perder el control del ángulo, entrando justo donde más me hacía temblar. Cada vez que el arnés me golpeaba por dentro, su pulgar seguía machacando mi clítoris con precisión. Era demasiado. Era perfecto.
—Joder, Vera... no pares... no pares...
—Córrete otra vez.
—Estoy cerca.
—Pues hazlo.
Sus palabras, su tono, la forma en que me sujetaba las caderas y me embestía, todo se juntó. Me corrí con un grito ronco, apretándola entre las piernas, temblando entera mientras ella seguía follándome a través del orgasmo, unas cuantas veces más, hasta dejarme completamente deshecha.
Cuando por fin se apartó, caí de lado intentando recuperar aire. Vera se quitó el arnés sin prisa, lo dejó a un lado y volvió a meterse entre mis piernas, esta vez boca abajo, para lamerme la humedad que seguía escurriendo. Casi lloré de lo sensible que estaba.
—Demasiado —gemí.
—Solo un poco más.
Fue solo un poco, pero bastó para arrancarme otra sacudida breve, más fina, que me dejó viendo manchas blancas detrás de los párpados.
Después se tumbó a mi lado. Le acaricié el vientre, las caderas, el muslo. Bajé más y le metí la mano entre las piernas de nuevo. Seguía mojada. Mucho.
—Ahora te toca a ti —le dije.
La monté sentándome sobre su muslo. Nos besamos mientras me frotaba contra ella unos segundos, todavía excitada, y luego bajé hasta su coño. Quería verla correrse sin ayuda de nada más que mi boca y mis dedos. Le chupé el clítoris con insistencia, la penetré con dos dedos y después con tres, sintiendo cómo se abría para mí, cómo me mojaba la mano entera.
Vera dejó de intentar guardar compostura. Se abrió más, me habló sucio al oído, me pidió más fuerte, más rápido, me ordenó que no parara. Yo obedecí encantada, usando los dedos y la lengua hasta que volvió a correrse, esta vez con una crudeza hermosa, diciendo groserías y agarrando las sábanas desnudas a puñados.
Cuando terminó, me atrajo hacia su cuerpo y quedamos abrazadas, sudadas y saciadas, con las piernas enredadas.
—No esperaba que mi peor mañana terminara así —dije.
—Yo tampoco. —Me besó la frente—. Pero no pienso quejarme.
Me reí por primera vez en mucho tiempo con una ligereza limpia, sin amargura. El departamento seguía siendo el lugar donde mi ex me había humillado. Sin embargo, en esa cama, en ese instante, él ya no importaba.
Vera me acarició la espalda con la yema de los dedos.
—Si vuelves a verlo —dijo—, dile que me hizo un favor sin querer.
Levanté la cabeza para mirarla.
—¿Cuál?
Sonrió y me abrió las piernas con la mano, jugando de nuevo con la humedad que aún me quedaba.
—Traerte hasta mi puerta.
La besé antes de que pudiera seguir hablando. Y cuando sus dedos volvieron a tocarme, ya no quedaba nada de la esposa engañada que había subido furiosa a reclamar. Solo quedaba una mujer adulta, por fin despierta, descubriendo entre jadeos y piernas abiertas que la mejor confesión de mi vida había empezado con una traición y terminado sobre la lengua de otra mujer.