La novia de su padre la entregó a su profesora
El padre de Noa se había separado de su madre hacía un par de años, y desde hacía unos meses salía con otra mujer. Vanesa se había mudado a vivir con él en primavera, y lo cierto es que con Noa no había la menor tensión. Al revés: se entendían demasiado bien, con esa complicidad que a veces incomoda porque no termina de tener un nombre.
Era julio y Noa tenía que pasar por la universidad a resolver unos trámites de matrícula. Vanesa se ofreció a acercarla en su coche, y de paso aprovechaban la mañana. Noa firmó los papeles que tenía que firmar, salió del edificio de su facultad bajo un sol ya pesado y se subió al asiento del copiloto, junto a la mujer de su padre.
Vanesa arrancó. Al acercarse a la salida del campus, una figura conocida cruzaba el aparcamiento. Era Renata, la profesora de Noa ese curso. Lo que Noa no sabía era que las dos mujeres se conocían desde mucho antes.
—Sube, te acercamos —dijo Vanesa por la ventanilla, como si nada.
Renata se acomodó en el asiento trasero y saludó con una sonrisa que Noa no supo interpretar.
—Vaya, Noa. Sé que has sido alumna mía este año, aunque el que viene ya no coincidiremos —comentó—. A Vanesa la conozco desde hace tiempo.
Había algo escondido en esa frase, una información a medio decir. Vanesa sonreía al volante, tranquila, porque era la única de las tres que sabía exactamente cómo terminaría el día. Lo había decidido ella, y lo había decidido hacía semanas.
Cuando llegó el momento de tomar la autopista de vuelta a casa, Vanesa no la cogió. En lugar de eso giró por un desvío que descendía hacia la zona de playas. Noa se incorporó en el asiento.
—¿No volvíamos a comer? —preguntó.
—¿Confías en mí? —respondió Vanesa, sin apartar los ojos de la carretera.
—Sí, confío en ti. Pero no sé adónde vamos. Y hay que llevar a Renata a su casa.
—Pues confía. Sé lo que hago. —Hizo una pausa—. Renata, dale el paquete rojo que tienes detrás. Noa, ábrelo tú.
Noa lo abrió. Dentro había un bikini, y al desplegarlo descubrió que la parte de abajo era un tanga mínimo. Debajo, envuelta aparte, había una pieza que al principio le pareció una joya. Le dio la vuelta. El otro extremo terminaba en un plug. Levantó la vista hacia Vanesa, que conducía como si todo aquello fuese lo más natural del mundo. Renata, a su lado, sonreía en silencio.
—Noa, no hay marcha atrás —dijo Vanesa—. Me has dicho que confías en mí. Sé que has estado con mujeres. Sé lo que has hecho con ellas. Conozco tu vida entera, también la que no le cuentas a nadie. Así que ahora decides tú: damos la vuelta y volvemos a casa, o te pones en mis manos y seguimos con el día.
Noa dudó. Lo que intuía que podía pasar la asustaba y la encendía a partes iguales. Era como asomarse a un vacío. Pero asomarse de la mano de Vanesa, con esa seguridad que la mujer transmitía, lo cambiaba todo. Tragó saliva y asintió.
—Sigue —dijo.
***
Vanesa condujo unos kilómetros más, hasta una bifurcación donde el camino se abría en dos: uno llevaba a una playa familiar, el otro a una cala nudista apartada. Antes del segundo había un pequeño aparcamiento de tierra, lejos de las dos orillas, escondido entre pinos. Vanesa detuvo el coche y apagó el motor.
—Bájate —le ordenó—. Desnúdate aquí fuera. Toda.
Noa miró alrededor. No había nadie. El aire olía a resina y a sal. Obedeció. Se quitó la camiseta, el pantalón corto, la ropa interior, y los dejó doblados sobre el asiento. Las dos mujeres la observaron sin disimulo desde el coche.
Tenía la piel todavía pálida del invierno, el pelo rubio recogido, los ojos color miel entrecerrados por la claridad. Los pechos pequeños, los pezones que se le habían endurecido con la brisa, el vientre liso. Un cuerpo que de pronto sentía expuesto de un modo nuevo, no por la desnudez en sí, sino por la atención con que la miraban.
—Antes de colocarle eso, mejor que no se siente —dijo Renata, bajando del coche—. Inclínate hacia delante. Apóyate en las rodillas.
Noa se dobló sobre el capó tibio. Renata sacó un pequeño bote de lubricante, untó el plug con cuidado y deslizó primero un dedo, despacio, dándole tiempo. Noa contuvo el aire. La profesora trabajó con una paciencia metódica, casi clínica, hasta que el cuerpo de la chica cedió y la pieza entró del todo. La joya quedó alojada entre sus nalgas, brillando al sol.
—Ahora el bikini —dijo Renata, tendiéndoselo.
Noa se puso las dos prendas mínimas y, por encima, un vestido fino de tirantes. Las tres echaron a andar. Noa supuso que iban a la playa familiar, pero el sendero las llevó directas a la cala nudista. Buscaron un rincón apartado, al pie de unas rocas, y extendieron las toallas.
Vanesa fue la primera en desnudarse. Era una mujer alta, de hombros anchos y cuerpo trabajado en el gimnasio, el pelo corto rubio ceniza, los pechos llenos. Se movía con una autoridad que no necesitaba alzar la voz para imponerse. Renata, en cambio, era incluso un poco más baja que Noa, de figura parecida a la suya pero con la melena oscura y unos ojos azules profundos; los pezones, de un marrón intenso, contrastaban con su piel clara.
Vanesa se acercó a Noa por la espalda, le apartó el pelo del cuello y le habló al oído, muy bajo.
—Quítate el bikini. Solo te lo puse para que aprendieras cómo tienes que venir a la playa de ahora en adelante.
Noa se deshizo de las dos prendas. Le ardía la cara, pero no de vergüenza solamente. Vanesa la hizo tumbarse boca abajo sobre la toalla y cogió el bote de crema solar.
—No quiero que te quemes —dijo, casi con dulzura.
Empezó por los hombros, repartiendo la crema con las palmas abiertas, bajando por la espalda en líneas lentas. Renata, entretanto, hacía lo mismo con Vanesa, cubriéndole los hombros y la nuca. Las manos de la madrastra descendieron por la zona lumbar de Noa hasta las nalgas, y allí jugó con el plug, sacándolo y volviéndolo a meter varias veces, despacio, hasta arrancarle un gemido apagado contra la toalla.
—Quieta —murmuró.
Pasó los dedos lubricados por toda la hendidura, sin prisa, y luego volvió a dejar la pieza en su sitio. Terminó de extender la crema por todo el cuerpo de la chica, por delante y por detrás, deteniéndose más de lo necesario en los pechos y en la cara interna de los muslos. Después mandó a Renata a por unas cañas secas que había junto a los arbustos del fondo de la cala.
***
La profesora regresó con varios trozos de caña y unos tallos espinosos que dejó alineados sobre la toalla. Esperó a que Noa se arrodillara. Le colocó los brazos por encima de una caña horizontal, de modo que quedaran extendidos y sostenidos por ella, y luego le abrió las piernas y dispuso dos trozos en diagonal, apoyados contra las ingles. Noa quedó así, abierta y sujeta por una arquitectura frágil que ella misma podía romper con un movimiento, y que precisamente por eso la obligaba a permanecer inmóvil.
Renata retiró el plug y, en su lugar, deslizó un gancho fino que terminaba en una bola de tope. Del otro extremo salía una anilla. Ató a ella un mechón del propio pelo de Noa, tensándolo apenas hasta que la chica tuvo que mantener la cabeza erguida para no sentir el tirón. Estaba completamente a su merced, y lo sabía.
—Abre la boca —dijo la profesora.
Le acercó una botella de agua fresca y la fue volcando poco a poco, a veces gota a gota, a veces en pequeños chorros, mientras Noa tragaba con los ojos cerrados. El sol caía a plomo y el agua le resbalaba por la barbilla, por el pecho, por el vientre. Cuando la botella quedó vacía, Noa tenía el cuerpo encendido y la vejiga llena, presa de una urgencia que se mezclaba con todo lo demás.
Entonces Renata se arrodilló frente a ella y empezó a lamerla, con la lengua plana y luego con la punta, demorándose. Vanesa, detrás, se ajustó un arnés con un consolador y la penetró despacio, midiendo cada embestida, una mano firme en la cadera de la chica y la otra cerrando unas pinzas suaves sobre sus pezones.
Noa empezó a deshacerse. Cada empuje de Vanesa la mecía contra la boca de Renata, y la tensión del pelo tirante, el ardor de las pinzas, la presión interna, todo confluía en un punto que crecía sin que ella pudiera hacer nada por contenerlo. No voy a aguantar, pensó, y no se refería solo al placer.
Renata gimió contra ella sin dejar de lamer. Vanesa marcaba el ritmo desde atrás, dueña de las dos, disfrutando del cuadro que había orquestado. Noa sintió que el orgasmo la atravesaba de golpe, largo, descontrolado, y con él se le escapó todo lo que llevaba reteniendo, en un abandono total que la dejó temblando y sin fuerzas. La risa grave y satisfecha de Vanesa fue lo último que oyó antes de derrumbarse sobre la toalla.
***
La soltaron con cuidado, deshicieron la estructura de cañas y le acariciaron la espalda hasta que recuperó el aliento. Luego las tres caminaron hasta la orilla y se metieron en el agua, que estaba fría y limpia, y se quedaron un rato flotando en silencio, dejando que el mar borrara la sal y el cansancio.
Pasaron el resto del día allí, como tres mujeres cualquiera en una playa de verano: comieron algo, dormitaron al sol, hablaron de tonterías. Solo que ya nada volvería a ser exactamente lo mismo.
A partir de aquella tarde, lo que había empezado en la cala se repitió muchas veces, las tres juntas o de dos en dos, según el humor de Vanesa. Porque era ella quien decidía, siempre, y quien disfrutaba como nadie de tener a sus dos sumisas pendientes de una sola de sus miradas.