Provoqué a mi jefe maduro hasta que perdió el control
Me llamo Renata, tengo treinta y cuatro años y llevo seis casada con un hombre que dejó de mirarme en algún punto que ni siquiera recuerdo. Desde que nació nuestro hijo, su atención se reparte entre el trabajo y el sofá, y yo me convertí en parte del mobiliario. Trabajo de asistente en una empresa de distribución, y aunque nadie lo diría por cómo me visto, sé exactamente lo que tengo: un cuerpo que todavía gira cabezas cuando me lo propongo.
Mis pechos siempre fueron mi mejor carta. Grandes, firmes para su tamaño, con esos pezones que se marcan a la mínima corriente de aire. Los escondo bajo blusas abrochadas hasta el cuello, porque aprendí pronto que enseñarlos demasiado solo trae problemas. Mi marido se queja de que pesan, de que le estorban. Yo, en cambio, conozco su poder mejor que nadie.
Todo empezó una tarde de café con mi amiga Pamela, en el bar de enfrente de la oficina.
—¿Ya viste al nuevo que nos mandaron de jefe? —dijo ella, removiendo el azúcar con cara de fastidio—. Un señor mayor, todo trajeado.
—Lo vi —contesté, fingiendo desinterés—. ¿Mayor? Tendrá unos cincuenta. A mí me pareció interesante.
—Interesante —repitió Pamela, riéndose—. Está casado, Renata. Y dicen que es de hielo. Nadie le ha visto ni media sonrisa.
Le di un sorbo al café sin apartar la vista de la ventana, donde se veía el edificio de cristal.
—A mí los retos siempre me gustaron —dije.
—Estás casada, por si lo olvidaste.
—Mi marido lleva un año sin tocarme. Se lo ha buscado.
Pamela negó con la cabeza, divertida y escandalizada a partes iguales, pero yo ya no la escuchaba. En mi cabeza había empezado a tejerse un plan. Quería un aumento, sí, llevaba meses pidiéndolo sin éxito. Pero por debajo de eso había algo más simple y más urgente: quería volver a sentir que alguien me deseaba.
El hombre se llamaba Marcelo. Cincuenta y tantos, pelo plateado peinado hacia atrás, barba corta y recortada, hombros anchos que el traje no terminaba de disimular. Tenía la costumbre de mirarte a los ojos cuando hablaba, como si te midiera. Serio, sí. Pero la seriedad nunca me asustó. Al contrario.
***
Empecé al día siguiente. En el baño, antes de entrar a su despacho con el reporte semanal, me solté un botón de más. Solo uno. Lo suficiente para que, al inclinarme sobre su escritorio para dejar las hojas, el escote se abriera apenas y dejara ver el borde de encaje del sostén.
Marcelo levantó la vista. Fue un segundo, no más, pero lo noté quedarse quieto, los ojos fijos donde no debían estar.
—Gracias, Renata —dijo, y carraspeó antes de bajar la mirada a los papeles.
—De nada, jefe —contesté, con la voz más inocente que pude fingir.
Salí de allí con un cosquilleo entre las piernas que no sentía desde hacía años.
Los días siguientes fui subiendo la apuesta despacio, midiendo cada gesto. Un café que «se me derramaba» sobre su escritorio, y yo limpiando de espaldas a él, con la falda ajustada marcando todo. Una reunión en la que cruzaba las piernas un poco más lento de lo necesario y dejaba que la tela subiera apenas por el muslo. Marcelo no perdía el hilo de lo que decía, era demasiado profesional para eso, pero sus ojos se desviaban. Y cada vez que lo pillaba, me mojaba un poco más.
La tensión se volvió un juego silencioso entre los dos. Él fingía no mirar; yo fingía no provocar. Empezó a convocarme a «reuniones privadas» para revisar reportes que cualquiera habría revisado por correo. Se acomodaba el saco cuando yo me levantaba para irme. Y yo, en mi escritorio, contaba los minutos para volver a entrar.
Una semana después llevé las cosas más lejos. Entré a su despacho con una caja de archivos pesada, dejé que se me «resbalara» cerca de su escritorio y me agaché despacio a recogerla. La blusa se abrió más de la cuenta, los pechos a punto de escaparse de la tela.
—Renata, ten cuidado —dijo, y su voz salió tensa, ronca.
Me enderecé sin prisa y dejé que mi brazo rozara el suyo al pasar.
—Perdón, jefe —murmuré, casi pegada a su oído.
Lo escuché tragar saliva. Esa noche, en casa, mientras mi marido roncaba a mi lado, me toqué pensando en cómo me había mirado.
***
Llegó el viernes. La oficina se vaciaba temprano los viernes, y para las seis de la tarde no quedaba nadie en la planta. Yo lo sabía. Por eso esperé.
Entré con el reporte final, la blusa abierta más de lo que me había atrevido nunca, el sostén negro asomando entero. Me incliné sobre su escritorio y dejé las hojas frente a él sin decir palabra.
Marcelo se levantó de golpe. La silla rodó hacia atrás y chocó contra la pared. Me tomó del brazo, no con fuerza brutal, pero sí con decisión, y me hizo retroceder hasta que mi espalda dio contra el cristal frío de la ventana.
—Llevas semanas haciendo esto —dijo, la voz baja y cargada—. Crees que no me doy cuenta. Crees que soy tonto.
—No sé de qué habla, jefe —contesté, aunque el corazón me latía en la garganta.
—Sabes perfectamente —apretó la mandíbula—. Una mujer casada, viniendo a mi despacho a regalárseme todos los días. ¿Qué es lo que quieres en realidad?
Lo miré a los ojos y por fin solté la verdad a medias.
—Quiero un aumento.
Marcelo soltó una risa seca, sin gota de humor. Su mano subió y me sostuvo la barbilla, obligándome a mirarlo.
—Vi tu expediente, Renata. Casada, con un hijo. Y aquí estás, con la blusa abierta en mi cara. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Está bien. Te doy el aumento. Pero te lo vas a ganar. Y cuando termine contigo, no vas a poder mirar a tu marido a los ojos.
Algo se me encendió por dentro. Lo había conseguido. Pero no esperaba la fuerza con la que iba a tomarse mi propio juego.
De un tirón terminó de abrirme la blusa. Los botones que quedaban saltaron. Me liberó los pechos del sostén con las manos grandes y se quedó mirándolos un instante, como quien encuentra algo que llevaba tiempo buscando.
—Esto es lo que escondías —dijo, más para sí mismo que para mí.
Me los amasó despacio primero, después con ganas, jugando con los pezones hasta arrancarme un jadeo que no pude contener. Yo, que había planeado cada gesto durante semanas, de pronto era la que perdía el control.
—El aumento —insistí, en un último intento de mantener las riendas—. Con una condición.
—Tú no estás en posición de poner condiciones —contestó, y su sonrisa por fin apareció, torcida y peligrosa—. Pero sí, tendrás tu aumento. Y vas a venir a buscarlo todos los viernes.
***
Me bajó la falda y las bragas de un solo movimiento. Su rodilla me separó las piernas y sus dedos encontraron lo empapada que estaba. Gemí contra su hombro, sin reconocer la voz que salía de mi propia garganta.
—Mírate —murmuró, moviendo la mano con un ritmo que me hacía temblar las rodillas—. Tu marido no te toca así, ¿verdad?
No pude contestar. No quería contestar. Me corrí contra su mano antes de lo que jamás admitiría, mordiéndome el labio para no gritar en una oficina que, aunque vacía, seguía siendo una oficina.
Marcelo no me dio tregua. Me giró y me inclinó sobre el escritorio, sobre los mismos papeles que yo había traído de excusa. Sentí su cuerpo pegarse al mío, su respiración en mi nuca.
—Esto es lo que querías desde el primer día —dijo al oído—. Admítelo.
—Sí —confesé, y la palabra me salió rota.
Lo que vino después borró cualquier plan, cualquier cálculo, cualquier idea de que era yo quien manejaba la situación. Me tomó del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y me hizo suya sobre ese escritorio con una intensidad que no había sentido en años de matrimonio tibio. Cada embestida me arrancaba un sonido que ni sabía que guardaba dentro.
—Vas a venir todos los viernes —repitió, entre dientes—. Y vas a aprender quién manda aquí.
Me corrí dos veces más, una sobre otra, hasta dejar los papeles hechos un desastre y las piernas convertidas en gelatina. Cuando él terminó, lo hizo con un gruñido grave, sosteniéndome contra el escritorio como si temiera que me cayera.
Nos quedamos así unos segundos, los dos sin aire. Luego se apartó, se recompuso el traje con una calma que me dio escalofríos y volvió a ser el hombre de hielo de siempre.
—Arréglate antes de salir —dijo, dándome la espalda—. Y cierra al irte.
***
Llegué a casa con la blusa imposible de abotonar, el maquillaje corrido y las marcas de sus dedos todavía tibias en la piel. Por suerte, mi marido se había llevado al niño a cenar a casa de su madre. No tuve que dar explicaciones, ni inventar nada, ni mirarlo a los ojos como Marcelo había prometido. Me metí en la ducha y dejé que el agua se llevara el resto.
El lunes por la mañana, antes incluso de encender la computadora, me llegó el correo de Recursos Humanos confirmando el aumento. Y debajo, un mensaje interno de Marcelo, escueto, profesional, impecable:
—Buen trabajo, Renata.
Tres palabras. Cualquiera que las leyera por encima de mi hombro habría visto a una jefa felicitando a una empleada eficiente. Solo nosotros dos sabíamos lo que significaban de verdad.
Desde entonces, todos los viernes por la tarde, cuando la oficina se vacía, yo me quedo. Entro a su despacho con cualquier excusa, un reporte, una firma, una duda que no existe, y dejo que el hombre más serio de la empresa pierda su compostura conmigo. Me corro más fuerte de lo que jamás me corrí en mi cama.
Y mi marido sigue creyendo que el aumento llegó por mi buen desempeño. No se equivoca del todo, pienso a veces, conteniendo la sonrisa. Fue por buen desempeño. Solo que no exactamente en lo que él imagina.





