El padre de mi amiga me esperaba en la cocina
Me abroché la camisa a toda prisa, sin detenerme a mirarme en el espejo. Mi novio acababa de dejarme en casa y ya llegaba tarde a la otra cita. Le había soltado la excusa de que al día siguiente tenía un examen importante en la facultad.
No quería verlo. Lo odiaba. Llevaba días hostigándome desde el móvil, las redes y perfiles falsos. Lo bloqueaba mil veces, pero siempre regresaba, patético, como si no entendiera lo que significaba un «déjame en paz». Nunca contestaba, intentando convencerme de que aquello no podía ser real. Pero lo era. Esteban estaba casado, era mucho mayor… y, lo peor de todo, era el padre de mi mejor amiga.
Todo había empezado aquel maldito fin de semana en que Lorena insistió para que me quedara a dormir en su casa.
***
Habíamos celebrado el cumpleaños de Noelia. Como yo vivía en una zona apartada, quedarme en casa de Lorena me pareció lo más sensato. No imaginaba que esa noche acabaría marcando un antes y un después.
Llegamos de madrugada, tambaleándonos un poco. Tuvimos que ponernos serias de golpe al entrar, conteniendo la respiración para que sus padres no se enteraran de la hora que era. En aquella casa las reglas eran tan estrictas que cualquier desliz se castigaba con dureza.
—Me muero de sed… —murmuré entre risas, en la habitación de Lorena, justo cuando mi falda se deslizó por mis muslos.
Ella se dejó caer en la cama, pálida, con el mareo encima de golpe.
—Ve tú sola, pero no hagas ruido —balbuceó—. Como mis padres se enteren de que hemos bebido, no me dejan salir en un año.
Salí casi a tientas al pasillo; conocía aquella casa desde niña. No me molesté en volver a ponerme la falda. Abrí el frigorífico para coger una botella de agua y la luz interior inundó la cocina con un brillo blanquecino.
Entonces lo vi aparecer de frente. Solo llevaba unos calzoncillos blancos, el torso desnudo, la mirada fija. Mi vista se detuvo, casi sin querer, en su pecho cubierto de vello oscuro, con algunas canas que le daban un aire maduro, autoritario… e inquietante.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —preguntó, acercándose despacio, con la calma de un depredador que estudia a su presa.
Sentí su mirada recorrerme, deteniéndose en mis muslos. Instintivamente tiré de la camiseta hacia abajo. Me daba asco la forma en que me observaba: Esteban tenía la misma edad que mi padre.
—Tenía sed… —alcancé a decir, pero la voz me salió débil, como si no fuera mía.
—Tranquila, yo te doy agua —susurró—. Estás temblando.
Se acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo. Me quitó el vaso de las manos, lo llenó y me lo tendió. Al cogerlo con ambas manos tuve que soltar la camiseta, que subió traicionera y dejó al descubierto la curva de mi vientre.
—Bebe —ordenó con voz grave, como si estuviera acostumbrado a que le obedecieran.
La luz blanca del frigorífico me envolvía como un foco. Bebí despacio, sintiendo el peso de sus ojos y que, de algún modo, todo aquello era culpa mía.
—Eres realmente hermosa —murmuró cuando separé el vaso de mis labios—. Más mujer que Lorena. Volverías loco a cualquiera.
Sus palabras me helaron y me encendieron a la vez. No entendía que me comparara con su propia hija. Entonces lo hizo: rozó mis labios con el dedo índice y después presionó con suavidad, buscando entrar no solo en mi boca, sino en mi entrega.
No sé por qué lo permití. ¿Me estaba volviendo loca? El morbo, el peligro, su voz, todo me nubló la conciencia. Sin apartar la vista de la suya, abrí los labios y dejé que su dedo entrara. Lo chupé despacio, con una mezcla de miedo y deseo, mientras él disfrutaba de mi rendición muda.
Miré hacia abajo solo un instante, pero fue suficiente para ver el bulto que tensaba el algodón de sus calzoncillos. Una descarga me recorrió el cuerpo. Me sentí poderosa, capaz de provocar aquello en un hombre como él, un empresario respetado, mientras su mujer y sus hijas dormían a unos metros.
Sus manos apartaron mi melena, despejando el camino hasta mi cuello. Me besó justo debajo de la oreja, succionando la piel con una fuerza contenida, como si quisiera dejar una marca. El deseo se disparó y sustituyó la vergüenza por una necesidad urgente.
Sus labios se apoderaron de los míos. Me incliné hacia delante, buscando la fricción de su erección contra la tela de mis braguitas, y el beso se volvió más hambriento.
—Joder, qué boca tienes —murmuró—. Seguro que ya tienes novio.
No lo preguntó. Lo afirmó. Asentí en silencio. Sí, tenía novio. Hugo. Pero en ese instante su nombre carecía de peso. Llevábamos casi un año juntos y nunca se me había pasado por la cabeza engañarlo… hasta esa noche. Frente a Esteban, todo el universo moral que había construido se resquebrajó.
Sus manos descendieron por encima de mi escasa ropa, tanteando la curva de mis pechos. Luego intentó levantarme la camiseta. Fue entonces cuando reaccioné. Me aferré al borde de la tela, deteniéndolo.
—No, por favor, estate quieto —pedí, forcejeando, buscando un hueco entre él y el frigorífico, aunque cada intento solo hacía que me rozara más.
—Tranquila —dijo con una calma que me heló la sangre—. Solo será un momento. Sé buena conmigo. Mañana, cuando despiertes, todo esto habrá quedado en el olvido. Tú seguirás siendo la novia perfecta, y yo el hombre casado volcado en su familia. Es lo que todos esperan de nosotros, ¿verdad?
Bajé las manos despacio, como si mi cuerpo actuara por cuenta propia. Creí que ceder era la forma más rápida de terminar con aquello. Pero comprendí, con una punzada de horror, que yo lo había permitido. Sus manos levantaron mi camiseta con una parsimonia cruel.
—Qué pechos más ricos tienes —gimió, y se lanzó a por ellos con una ansia que me dejó sin aliento.
Yo me quedé quieta, atrapada entre la culpa y una curiosidad punzante. Mientras me devoraba, miraba al techo, intentando descifrar el momento exacto en que la noche se había roto para convertirse en aquella locura.
Cuando volví a la habitación, Lorena dormía. Ni se imaginaba lo que acababa de pasar con su padre. Me tumbé sin poder cerrar los ojos. Y por más que me odiara, no podía ignorarlo: mis bragas seguían húmedas, la prueba más asquerosa y real de que, al final, la traición me había gustado.
***
Después de aquella noche le había escrito lleno de rabia para que me dejara en paz, que me arrepentía, que se lo contaría todo a mi padre. Al principio pareció reaccionar: se disculpó y prometió no volver a escribirme. Creí que la amenaza había funcionado. Me equivoqué.
El tono de su siguiente mensaje fue más frío. Dijo que, si de verdad quería que me dejara en paz, primero tenía que verlo cara a cara para cerrar el asunto. Luego se atrevió a culparme: que yo lo había provocado, que iba buscándolo por la casa en ropa interior. Mentira. Y aun así acepté. Quedamos en un bar del centro, lleno de gente, y me convencí de que allí no podría hacerme nada.
***
El bar era pequeño, con una iluminación tenue y un aire algo decadente. Lo vi sentado junto a la ventana, esperándome, con esa media sonrisa ladeada que usaba cuando sabía que tenía el control. En su muñeca brillaba el anillo de casado, y yo solo podía pensar en lo irónico que resultaba.
—Supongo que no les habrás dicho a tus padres que has quedado conmigo —dijo—. Yo he tenido que decirle a Pilar que tenía una reunión de trabajo.
—Tranquilo —respondí—, le he dicho a mi madre que iba a casa de una amiga.
Me miró de arriba abajo, sin disimular, como si cada centímetro de mi piel le perteneciera.
—Chica lista… aprendes rápido el arte de disfrazar la verdad.
—Esteban, he venido para dejar las cosas claras —dije, intentando que la voz sonara firme aunque por dentro temblaba—. Lo que pasó en tu casa fue un error.
—No estoy de acuerdo. Llevo tiempo fijándome en ti. No creas que fue algo fortuito: solo esperaba mi oportunidad. ¿Recuerdas el cumpleaños de tu madre? Aquel día llevabas un bikini blanco. Me pasé la tarde mirándote cada vez que salías del agua. Imposible no hacerlo.
—Eres un cerdo —intenté cortarlo.
Soltó una risa gutural, sin inmutarse.
—Y tú estás tan condenadamente buena que es imposible no serlo.
Me parecía increíble. Aquella tarde se la había pasado junto a la piscina con mi padre y mi tío Ramón, los tres con sus vasos de whisky, la fachada perfecta de la respetabilidad. Y yo, ajena por completo a que el padre de mi amiga fuera en realidad un viejo verde.
—Tengo que irme. El último autobús sale en quince minutos —dije, intentando levantarme, pero su mano cayó sobre mi hombro, obligándome a quedarme.
—Tranquila —dijo con calma—. Acábate al menos el refresco. Te acerco a casa. Prometo portarme bien; me conoces desde que eras pequeña.
No levantó la voz, no me sujetó con fuerza, pero la simple presión de su mano bastó para hacerme sentir atrapada.
***
Un rato después estaba con él en su coche. La conversación había tomado un tono inesperadamente normal: me preguntó por las clases, por mi novio, por cómo le iba a Lorena. Yo respondía con frases breves, fingiendo calma, aunque por dentro no dejaba de repetirme que no debía estar allí.
—Pilar y yo seguimos juntos por rutina —confesó—. Mi matrimonio es un disfraz, una pantomima.
Sentí un nudo en el estómago. No era una confesión: era una forma de justificar lo injustificable. Y aun así, había algo en su mirada que me descolocaba.
—¿Y tu novio sabe tratarte bien? —dijo de pronto, con una sonrisa ambigua—. Me refiero a si te conoce de verdad. Si sabe cuándo te callas porque te aburres… o cuándo te callas porque estás a punto de estallar.
Sentí el rubor subirme por el cuello.
—No sé a qué te refieres —mentí.
—Porque yo sí sé por qué te callas ahora mismo —concluyó, sin apartar la mirada, mientras el coche parecía encogerse a nuestro alrededor.
—Eres un imbécil —me atreví a decir.
Se rio con fuerza, y su carcajada me aplastó.
—Pues para ser un imbécil, bien que te has subido al coche conmigo. Estás aquí porque te excito más que tu novio. Porque hay cosas en ti que un chaval no podría despertar ni en sueños.
Su mano se deslizó con calma hasta posarse sobre mis piernas. Mi mente gritaba que la apartara, pero mi cuerpo no obedecía. Bajo la presión de su mano, la humedad entre mis piernas reveló la verdad más humillante: una parte de mí lo estaba deseando.
—¿Ves? —susurró—. Te callas porque lo que sientes es mucho más ruidoso que cualquier queja.
Su mano subió, rebasando el muslo. Sus dedos rozaron el borde de mis bragas. Cerré los ojos.
—¿Quieres que pare? —preguntó, aunque no sonaba a pregunta—. Solo tienes que decirlo una vez y aparto la mano. No volveré a incomodarte jamás. Tú decides.
No pude hablar. No pude moverme. Mi silencio fue la respuesta más rotunda. Al no negarlo, lo estaba pidiendo. Y él lo supo.
—Dilo mirándome —exigió, apartando la tela con los dedos.
Me obligué a mirarlo.
—No… no pares —susurré, con el aliento roto—. Por favor.
No me dio tiempo a arrepentirme. Sus dedos se hundieron con firmeza, y mi gemido fue sordo, ahogado, un sonido de total rendición.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? —gruñó, mientras me penetraba sin ceremonia—. Dime que te fuiste cachonda a la cama aquella noche en mi casa.
—Sí… sí —logré gemir—. Lo quería. Estaba muy mojada.
En ese instante detuvo el coche frente a mi urbanización, desierta y silenciosa. Se inclinó y me besó, un beso lento, de propiedad, que sellaba todo lo que acababa de suceder. Al separarnos, el deseo me había devuelto la voz, pero con una intención distinta.
—No quiero que te marches —susurré, agarrándole la mano.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó, obligándome a verbalizar mi propia vergüenza.
Cerré los ojos.
—Quiero que me folles —respondí, mordiéndome el labio. Jamás imaginé que diría algo tan crudo y tan cierto—. Gira a la derecha. Hay un descampado después de la curva. Nadie pasa por ahí a estas horas. A veces mi novio y yo lo hacemos allí.
Esteban no necesitó más. En dos minutos estábamos en el descampado, rodeado de pinos y silencio. Apagó el motor, pero encendió la luz interior, que hacía nuestra intimidad todavía más prohibida.
—¿Quieres hacerlo aquí? ¿Donde tu novio te trae? —gruñó, con la burla clavada en cada palabra.
Me incliné hacia él y empecé a desabrocharle el cinturón con una urgencia febril.
—No me hables de él —protesté, con la voz temblando—. No me siento orgullosa de esto.
Él soltó una carcajada y me empujó contra el asiento. Su mano rompió el primer botón de mi camisa, un desgarro seco que me hizo jadear. En segundos, mi torso quedó expuesto a la luz cruel del coche.
—No he dejado de pensar en estos pechos toda la semana —gruñó, hundiendo la cara entre ellos—. Quítate las bragas. Ahora.
Mis manos temblaron, pero obedecieron. Tiré de la tela húmeda y las bragas cayeron al suelo. Con la misma prisa ciega, me deshice de la falda.
—Abre las piernas. Quiero verte.
Obedecí, mostrándole ya sin ningún pudor mi desnudez. Él me rozó con los dedos.
—Me gusta así —murmuró—. Pasa detrás.
Gateé sobre la piel fría de los asientos. Aprovechó mi postura para darme un azote que me arrancó un quejido. Después accedió al asiento trasero, se bajó la cremallera y liberó su erección, dura, imponente. A su lado, la de mi novio parecía de juguete.
—Ven aquí —ordenó, subiéndome sobre él, a horcajadas—. Mírame. Quiero ver cómo tu cara se transforma con cada centímetro.
Me agarró de las caderas y me hundió sobre él con una fuerza seca y precisa. El grito que solté lo amortiguó mi propia mano. La penetración fue brutal; tan profunda que pensé, en un instante de pánico y éxtasis, que iba a partirme en dos.
—Eso es. Siente cómo te lleno —gruñó en mi oído, mientras sus labios subían por mi pecho—. Dime quién te folla.
—Tú… Esteban… me estás follando tú —jadeé. El vicio era absoluto, la traición, perfecta. El placer me hacía olvidar que él era el padre de mi mejor amiga.
—Despacio —rogué—. Me duele un poco…
Poco a poco, el dolor cedió y se transformó en una fricción intensa, la sensación de estar completamente colmada de él.
—Muévete así —gruñó, sujetándome las caderas y golpeándome desde abajo.
—¡Qué bien la siento! ¡Más! —jadeé, cabalgándolo con un ritmo animal. Él me mordió los pezones.
La combinación de su dominio y la presión interna me lanzó al abismo. Mis músculos se contrajeron y un gemido agudo se escapó de mi boca mientras me deshacía en un clímax que me hizo temblar de pies a cabeza.
—No puedo… no puedo aguantar más —grité fuera de mí.
Mi cuerpo se arqueó con un espasmo incontrolable. Caí sobre él, sin fuerzas, con la única certeza de que aquel había sido, con mucha diferencia, el orgasmo más intenso de toda mi vida.
—Para… —susurré, con el miedo helándome el pecho—. Tienes que correrte fuera.
—Quiero correrme dentro —me amenazó.
—No… por favor. ¡Me puedes dejar embarazada! —imploré. Con Hugo siempre usábamos protección.
Él sonrió, con un gesto depravado.
—Está bien, seré bueno. Entonces, chúpamela un poco.
Obedecí de inmediato. Me incliné sobre él y empecé a chupársela con una urgencia que no reconocí en mí. La brutalidad con la que me había tratado había encendido una excitación violenta que jamás hubiera imaginado. El castigo era el placer.
—Menuda puta estás hecha —murmuró, sujetándome el pelo—. Voy a correrme… ¡Ah! ¡Me corro!
Sentí el pulso frenético y la oleada caliente. Me lo bebí todo, con un amargor espeso en la garganta; jamás había hecho algo así.
Un minuto después me apartó de su regazo con un gesto brusco, casi indiferente, como quien ya ha cumplido con lo que vino a hacer.
—Vístete —ordenó, volviendo a la calma.
El mandato me golpeó con una ola de vergüenza fría. La imagen de Hugo, con su bondad ingenua, se superpuso al sabor del semen aún en mi garganta. Pero el verdadero puñetazo fue Lorena, mi amiga de toda la vida: pensar que acababa de acostarme con su padre me pareció un crimen sin perdón.
Recogí las bragas húmedas del suelo y me vestí como pude, con la camisa de botones rotos como un estigma. Condujo calle abajo con los faros apagados y se detuvo a cien metros de mi casa.
—Será mejor que te bajes aquí —dijo—. No sea que tus padres nos vean juntos.
Abrí la puerta. El aire frío me golpeó el rostro. Era el padre de Lorena. Un cerdo, un salido… pero acababa de darme el mejor polvo de toda mi vida, y mi cuerpo, estúpidamente, pedía una repetición.
—Ya te llamaré —dijo. Hizo una pausa justo cuando iba a cerrar la puerta—. ¿Mañana a qué hora sales de clase?
—Tengo examen, pero sobre las dos estaré libre —respondí de inmediato, con una obediencia que me avergonzó.
—Bien. ¿Podrás darle esquinazo a Lorena? Invéntate una excusa. Quiero llevarte a un sitio.
Se me secó la garganta.
—Sí —dije, sintiendo el peso de la mentira, pero sin poder evitar una sonrisa pequeña y morbosa—. Claro que podré.
Asentí, sabiendo lo que eso significaba: me había convertido en su amante, y ya no había vuelta atrás.
Vi cómo se alejaba su coche, con las luces traseras devoradas por la oscuridad. Caminé hacia mi casa con un fuerte escozor entre las piernas, sintiendo el peso de la traición. No sabía qué sentiría cuando volviera a mirar a Lorena a los ojos… pero sí sabía que ya no podría alejarme de él.





