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Relatos Ardientes

El señor maduro que me sedujo en tres días de congreso

Como ya saben los que leyeron mi historia anterior, uso el nombre de Selene cuando cuento estas cosas. Esta vez les voy a contar la noche que pasé con un hombre casado durante un congreso de trabajo. Tenía treinta años entonces, y todavía me sorprende lo fácil que fue dejarme llevar.

Trabajo coordinando proyectos en una empresa que vive de presentarlos en ferias y congresos. Aquel año tocaba uno de tres días en Santander. Nadie de mi equipo tenía nada listo para exponer, pero mi jefe, Esteban, quería que alguien fuera a observar, a hacer contactos y a robar ideas que pudiéramos aplicar después. Me mandó sola. La empresa pagaba los vuelos y el hotel, el mismo donde se alojaban todos los asistentes, así que no había escapatoria social posible.

El primer día transcurrió tal como lo había planeado. Llegué sin retrasos, asistí a las charlas, intercambié alguna tarjeta y me presenté a media docena de desconocidos. Uno de ellos no era tan desconocido: Adrián. Dirigía otro grupo del sector, habíamos colaborado en un par de proyectos y nos conocíamos de vista. Era alto, de pelo entrecano y barba cuidada, con unos ojos oscuros que parecían reírse de todo. Tenía cincuenta y un años y, según las compañeras, se conservaba mejor que muchos de cuarenta.

También tenía fama. La clase de fama que las mujeres se cuentan entre risas y miradas cómplices: el hombre que siempre encontraba a alguien con quien desaparecer en los congresos. Más de una de mis colegas había fantaseado con él en voz alta, y yo, para qué negarlo, alguna vez me pregunté cómo sería acostarme con alguien así. Aquel primer día apenas hablamos de trabajo. Me preguntó por qué había venido sola, le expliqué lo de Esteban y nada más. Por la noche estaba tan cansada que ni abrí las apps; una ducha tibia y caí rendida.

***

Al día siguiente me desperté a las seis y veinte. Mi plan era bajar al gimnasio antes del desayuno. Me puse unas mallas verde musgo bien ajustadas, un top a juego y por encima una camiseta blanca holgada para no llamar la atención por si me cruzaba con alguien. Tenía el gimnasio para mí sola y me tocaba pierna y glúteo.

No estuve sola mucho tiempo. A los diez minutos entró Adrián, con un pantalón corto y una camiseta de tirantes que dejaba ver unos brazos marcados, sin exagerar. Me saludó con un gesto de la mano y yo le devolví media sonrisa antes de seguir a lo mío. La máquina de femoral estaba colocada de frente al espejo, y al tumbarme la camiseta se me desplazó dejando las mallas al descubierto. Por el reflejo lo vi sentarse detrás con unas mancuernas.

En una de las series lo pillé. Tenía los ojos clavados en mi trasero, completamente quieto, como si se le hubiera olvidado que estaba allí para entrenar. Y a mí, que siempre me ha gustado que me miren, me encendió algo por dentro. Cuando terminó la serie me quedé inmóvil, observándolo por el espejo. Tardó en darse cuenta. Cuando lo hizo, sacudió la cabeza avergonzado y apartó la vista. Yo le sonreí, burlona, como diciéndole te he visto. Él respondió con una sonrisa tímida y volvió a sus mancuernas.

Dejé los últimos minutos para la cinta de correr. Lo vi acercarse, secándose el sudor de la cara con la camiseta, dejándome a la vista un abdomen que no esperaba. Sentí un cosquilleo entre las piernas que me incomodó por lo temprano que era. Se subió a la cinta de al lado y empezó a hablar.

—No sabía que había gente atlética en el equipo de Esteban —dijo.

—Pues somos unos cuantos —contesté.

—Con todo el trabajo que os da, pensé que no os quedaría energía.

—Me gusta cuidarme. Siempre saco tiempo para esto.

—Se nota.

Lo miré con curiosidad. Quería comprobar si los rumores eran ciertos, si de verdad era tan hábil con las palabras como contaban.

—¿Te ha gustado la vista? —solté.

—Imposible decir que no. No esperaba que el día empezara tan bien.

—Ya lo veo. No podías apartar los ojos.

—Te basta con mirarte al espejo —dije, y solo al terminar la frase me di cuenta de que le había soltado un piropo.

—Soy como tú —respondió—. Me gusta mantenerme en forma. Aunque lo que de verdad disfruto es apreciar un buen cuerpo femenino.

—¿Y el mío te parece un buen cuerpo? —pregunté, y noté cómo la calentura me empujaba a seguir.

—Diría que uno de los mejores que he tenido la suerte de ver. Me atrevería a decir que el mejor de este congreso.

Me ruboricé y él lo notó, claro que lo notó. Apagué la cinta, me despedí y, antes de que me fuera, me lanzó la invitación de la noche: unas cervezas con su grupo. Le dije que había quedado con unas amigas. No insistió.

En el desayuno no podía dejar de pensar en aquella conversación. No era solo el halago. Era que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía yo el control. Él me había hecho sentir pequeña, sin esfuerzo, y descubrí que esa sensación me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

***

El segundo día del congreso lo pasé sintiendo su mirada en la nuca. Cada vez que cruzábamos los ojos, él aguantaba con una seguridad que me desarmaba. En la pausa del café me quedé apoyada en la barra, fingiendo observar a la gente cuando en realidad lo buscaba a él. Justo cuando me reía sola de lo ridículo de la situación, una mano se posó en mi espalda.

—¿Qué tal las charlas de la mañana? —preguntó, dándole un sorbo a su café.

—Interesantes. Algo se podrá aprovechar.

Su mano, en lugar de retirarse, bajó despacio hasta mi cintura y se quedó ahí, apoyando el antebrazo en la barra para disimular. El gesto me tomó por sorpresa y, otra vez, simplemente lo dejé hacer.

—Yo he encontrado algo más interesante que las charlas —murmuró—. Una mujer que se mueve por este salón con una elegancia que hipnotiza. ¿No te has dado cuenta de cuántas miradas te llevas?

Aquel día llevaba un pantalón beige de corte clásico, ajustado en la cintura, y una camisa blanca algo holgada bajo un blazer a juego. Cuando lo había elegido me pareció discreto. Con sus dedos jugando en mi espalda baja, dejó de parecérmelo.

—¿Crees que me robo todas las miradas? —pregunté.

—Estoy seguro. Y yo, por mi parte, no pienso perderme ni una de tus curvas.

Alguien lo llamó desde el otro lado del salón. Retiró la mano para saludar y me frustró que lo hiciera. Se despidió con la promesa de vernos luego y me dejó allí, encendida y desconcertada por lo poco que me costaba rendirme a él.

Esa noche cené con mis amigas. Entre cervezas les conté lo que estaba pasando y se rieron de mí, de cómo me dejaba seducir cuando a mí sexo nunca me faltaba. Una de ellas, ya entrada en risas, soltó la frase que me persiguió el resto del viaje: «Deberías acostarte con él, aunque sea por vivir la experiencia de hacerlo con un hombre casado». Volví al hotel con esa idea clavada en la cabeza.

***

El tercer día era el último, el de la cena oficial. Me crucé con Adrián en el gimnasio, aunque esta vez había más gente y apenas pudimos coquetear. Antes de irme, me agarró del brazo.

—Esta noche, si no quieres estar sola, siéntate con nosotros. Hablo con la organización para que nos guarden una mesa.

—Me parece bien. Odio mendigar sitio para comer.

Pasé la tarde preparándome. Bajo el agua caliente de la ducha cerré los ojos e imaginé que mis manos eran las suyas recorriéndome los pechos, el vientre, bajando más. Me detuve antes de terminar. Me guardo para esta noche.

Elegí lo más provocador que había traído: una minifalda negra de efecto cuero, medias finas, una blusa de satén color crema con un escote que llegaba casi hasta el ombligo y nada debajo. Me delineé los ojos, me pinté los labios de rojo y me miré al espejo. No me veía vulgar; me veía decidida a devorar la noche.

La cena se servía en el salón del hotel, con un bar en el sótano para después. Me senté en la esquina de la mesa de su grupo y dejé una silla libre a mi lado. Adrián llegó el último, saludó a los suyos y a mí me dio dos besos tan cerca de los labios que casi pude sentirlos. Se sentó junto a mí.

Fue una cena de tres platos que transcurrió «con tranquilidad», entre comillas, porque bajo el mantel su mano encontró mi rodilla y fue subiendo en caricias lentas hasta el borde de la falda, donde se detenía y volvía a empezar. Yo no opuse resistencia. En algún momento crucé las piernas para que la falda subiera y le diera más piel que tocar.

Cuando terminó el postre fui al baño, que estaba bajando hacia el bar. Al salir me lo encontré en el pasillo. Con total naturalidad puso la mano en mi cintura y me hizo retroceder hasta dejarme entre la pared y su cuerpo. Me recosté de lado, le sujeté el codo para que no apartara la mano y lo miré a los ojos mordiéndome el labio.

—Lo estoy pasando muy bien en tu compañía —le dije.

—Y yo disfruto cada minuto a tu lado.

Su respiración se agitaba a un palmo de la mía. Cualquiera que pasara habría jurado que estábamos a punto de comernos la boca. Los pasos de alguien bajando la escalera nos separaron de golpe.

***

Después bajamos todos al bar. Bailamos y bebimos cerca de una hora, él torpemente, yo lo justo para resultar atractiva sin llamar la atención. Estaba casado, no podía exhibirse. Cuando le dije que salía al balcón a tomar el aire, me despidió con la mano y se quedó con su grupo.

Apoyada en la barandilla, mirando la avenida, repasé los tres días: el gimnasio, el café, el pasillo, su perfume, su mano en mi cintura. No lo oí llegar.

—¿Te acompaño? —dijo, sacando un cigarrillo. Estaba solo. Estábamos solos.

—Por favor.

—Me entraron ganas de fumar al saber que estabas aquí.

—¿De fumar o de mirarme? —ya no quería rodeos.

—Si lo planteas así, de mirarte.

—¿Y ahora que has tenido la oportunidad, qué piensas hacer? —me fui acercando mientras él dejaba caer el cigarrillo.

—Puedo hacerte todo lo que quieras.

—¿Y cómo sé que no acabará siendo una decepción?

—Para salir de dudas tendrías que probar. Creo que puedo satisfacerte más de lo que imaginas.

Me agarró de la cintura y me pegó a su cuerpo. Yo le rodeé el cuello con los brazos y entonces me besó, con hambre, metiendo la lengua desde el primer instante. Lo dejé hacer. Controlaba cada centímetro, y yo caía rendida con cada movimiento. Cuando se separó, un hilo de saliva mantenía nuestros labios unidos.

—Te espero en mi habitación —susurró—. Piso trece, la mil trescientos tres.

Me besó otra vez, ahora con la mano firme en mi trasero, y se marchó. Esperé unos minutos, me arreglé el carmín corrido frente a un espejo y subí.

***

Abrió enseguida. Ya se había quitado la chaqueta y los zapatos, y llevaba la camisa abierta hasta el pecho. Me tiró del brazo hacia dentro, echó la llave y volvió a besarme, esta vez sin contenerse, las manos recorriéndome la espalda, el trasero, los pechos. Me alzó en vilo, le rodeé la cintura con las piernas y me llevó al sofá, donde quedé sentada a horcajadas sobre él.

Me quitó la blusa y se quedó mirándome los pechos antes de tocarlos. Pasó la lengua por uno y luego por el otro, despacio, jugando con los pezones hasta dejármelos duros. Yo movía las caderas buscando sentirlo a través de la ropa mientras le terminaba de desabrochar la camisa. Le clavé las uñas en el pecho, sin fuerza, solo para que notara el cosquilleo, y bajé la mano hasta el cinturón.

—¿Me dejas empezar a mí? —le pregunté, mordiéndome el labio.

—Toda tuya.

Le di un beso corto, me levanté y dejé caer la falda. Me arrodillé entre sus piernas, le bajé el pantalón y por fin lo tuve delante. Me lo llevé a la boca despacio, jugando con la punta, escuchando cómo se le agitaba la respiración con cada movimiento de mi cabeza. Cuando levanté la vista, tenía los ojos cerrados y las manos hundidas en mi pelo. Iba a coger ritmo cuando me sujetó la cara y me puso de pie.

Me besó de nuevo y de un tirón me rompió una media entera. Me empujó con suavidad hacia la cama y se subió sobre mí, besándome el cuello, los pechos, el vientre, mientras me quitaba la última prenda. Cuando lo logró, se levantó y me arrastró hasta el borde del colchón. Sus dedos comprobaron lo mojada que estaba, sonrió, y empezó a entrar despacio.

—Tú me marcas el ritmo —dijo.

—Hazme tuya —contesté—. Como quieras.

Empezó lento y fue acelerando, hundiéndose más con cada empujón. Yo le rodeé la cintura con las piernas y me dejé llevar, incapaz de callar los gemidos. En un momento salió, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas al borde de la cama. Volvió a entrar de una sola vez y se me escapó un grito contra las sábanas.

Una mano en mi cadera, la otra recorriéndome la espalda hasta la nuca, empujándome despacio hacia abajo. Alternaba el ritmo, lento y rápido, hasta que dejó de importarme todo lo demás. Cuando me dio una palmada en el trasero, algo se desató dentro de mí y me corrí con una fuerza que no recordaba. Siguió unos segundos más antes de salir y terminar sobre mi espalda.

Caí boca abajo, agotada. Él fue al baño a por papel y volvió a tumbarse a mi lado, sudando como si saliera del gimnasio.

—Estás empapado —le dije.

—Me has hecho trabajar más que cualquier máquina de esas.

Me giré para mirarlo. Su mano me acariciaba la cadera y yo le dibujaba círculos en el pecho. Nos quedamos así un rato, en silencio, hasta que rompí el hielo.

—Tienes experiencia. Te mueves mejor que muchos hombres más jóvenes.

—Y tú sabes muy bien lo que quieres.

—¿Con esto te conformas? —pregunté, deslizando la mano hacia abajo—. Dijiste que ibas a satisfacerme.

—¿Y no lo he hecho?

—Empezar, sí. Pero algo me dice que puedes darme más.

No tardó en estar listo otra vez. Aquella noche descubrí por qué tenía la fama que tenía: la segunda vez fui yo quien tomó el control, encima de él, marcando el ritmo a mi antojo mientras él me dejaba hacer; la tercera me devolvió el favor con la boca hasta dejarme sin piernas. Perdí la cuenta de las veces que me dijo que mi cuerpo era una escultura y perdí también la vergüenza de creérmelo.

***

Acabamos rendidos. Me prestó su camisa para dormir y me quedé sobre su pecho, con su mano apoyada en mi cadera. Me despertaron los ruidos de la habitación. Lo vi vestido, recogiendo sus cosas.

—¿Ya te vas?

—Tengo el vuelo muy temprano.

—¿Y te vas sin despedirte?

Se acercó, me besó en la frente y señaló la camisa que llevaba puesta.

—Quédatela. Para que recuerdes con quién pasaste estos congresos.

Le lancé un beso y se fue. Me quedé mirando el techo, con la frase de mi amiga resonando otra vez: «hazlo por vivir la experiencia». Y vaya experiencia.

Nos volvimos a cruzar en otros congresos, y volvimos a terminar en la misma cama más de una vez. Sé que soy una más de sus historias, igual que él es uno de mis caprichos seguros. Pero mientras los dos sigamos disfrutándolo, no pienso ponerle freno.

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Comentarios(4)

ValentinaQuilmes

Que relato tan bien escrito... me quede con ganas de saber como termino todo! Por favor seguí contando.

Marcos_LR

Me atrapó desde el principio. Eso de que uno sabe lo que va a pasar pero igual no puede evitarlo... muy real y muy bien narrado.

CristinaBaires

La tensión de los tres dias esta perfecta, se siente la espera. Relato genial!!

DaniBaires22

esto me recordó a un viaje de trabajo que tuve el año pasado jajaja. Mi historia no llegó tan lejos pero la sensación es identica. Muy bueno!

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