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Relatos Ardientes

La empleada madura que me despertó en mi cuarto

Me llamo Darío, y cuando pasó esto ya era un adulto hecho y derecho, aunque todavía vivía con mi madre mientras terminaba mis estudios en la universidad. Aquella mañana no tenía clases temprano y me había quedado dormido, confiado, sin pensar en que era justo el día en que iba a venir Lorena a hacer la limpieza de la casa.

Lorena llevaba unos meses trabajando para mi madre. Era una mujer madura, de esas que no necesitan presumir de nada para llamar la atención. Tenía el cuerpo amplio, tetas grandes, caderas generosas y una manera de moverse tranquila, segura, como si ya hubiera visto de todo y nada pudiera sorprenderla.

Yo seguía medio dormido cuando oí la puerta del cuarto abrirse. Ella entró sin hacer ruido, con una bata larga y el pelo recogido, y empezó a juntar la ropa que había dejado tirada la noche anterior. No era una escena especialmente provocadora hasta que se agachó al lado de la cama y la tela se le marcó en el culo.

Ahí me desperté de verdad.

Me quedé mirándola unos segundos, notando cómo se me endurecía la polla dentro del bóxer. Fue un impulso instantáneo, animal, de esos que no pasan por la cabeza sino por el cuerpo. Ella seguía recogiendo mi ropa sin darse cuenta de que yo ya tenía los ojos abiertos.

—Buenos días, Lorena —dije con la voz aún ronca.

Ella giró la cabeza y sonrió, un poco sorprendida.

—Buenos días. Perdón, pensé que ya te habías levantado.

—No pasa nada. Ya debería estar despierto.

Se acercó un poco más con un montón de camisetas en los brazos. Yo me estiré como quien acaba de despertarse de verdad, pero en ese movimiento dejé la mano sobre su pecho. No fue un roce accidental. Le agarré una teta por encima de la bata y la apreté con cuidado, esperando que me apartara o me soltara una bronca.

En vez de eso, soltó una risa baja.

—Vaya —dijo—. Y yo que venía solo a recoger calcetines.

No quité la mano. La teta llenaba mi palma y estaba más firme de lo que esperaba.

—No me culpes —le dije—. Te pones demasiado cerca.

Ella me miró a los ojos, luego bajó la vista hacia el bulto que ya se notaba bajo la sábana.

—Eso parece.

La tensión cambió de golpe. Ya no era la mujer de la limpieza y el hijo de su jefa. Éramos dos adultos encerrados en un cuarto, midiendo hasta dónde queríamos llegar. Lorena dejó la ropa sobre una silla y se sentó en el borde de la cama, tan cerca que pude oler su perfume suave mezclado con jabón.

—Si tú tocas —murmuró—, supongo que yo también puedo tocar.

Me echó la sábana a un lado de un tirón y me dejó solo con el bóxer. Después puso la mano encima, directamente sobre la polla, y la acarició con una lentitud que me hizo apretar la mandíbula. No tenía nada de tímida. Al contrario: lo hacía como alguien que sabía exactamente lo que estaba provocando.

—Mira nada más —dijo—. Te tenía por más tranquilo.

—Contigo no puedo estar tranquilo.

Le sonrió eso. Lo noté en la forma en que se le ablandó la mirada.

—¿Ah, sí?

—Sí. Y no es justo que yo esté casi desnudo y tú sigas tan tapada.

Sin apartar la mano de mi polla, abrió los botones de la bata despacio. Debajo llevaba un conjunto negro sencillo, sujetador y bragas, nada exagerado, pero puesto en su cuerpo parecía hecho para volver loco a cualquiera. Las tetas le rebosaban un poco por arriba, y el vientre blando, lejos de restarle morbo, la hacía más real, más follable, más mujer.

Me bajó el bóxer sin pedir permiso. Mi polla saltó libre y ella silbó entre dientes.

—Joder, pues sí que escondías material.

Me la rodeó con la mano, probando el grosor, subiendo y bajando con los dedos. Yo eché la cabeza hacia atrás. Solo con esa caricia ya me tenía respirando fuerte.

—No me mires así o no duro nada —le advertí.

—Entonces habrá que aprovechar antes de que te corras —respondió.

Se inclinó sobre mí y me dio un beso en la punta, apenas un toque húmedo que me recorrió entero. Luego sacó la lengua y empezó a lamerme de abajo arriba, despacio, como si quisiera saborearme antes de metérmela en la boca. Sentir su lengua en el frenillo me arrancó un gemido seco.

Lorena alzó la vista mientras seguía lamiéndome.

—Qué rica la tienes.

Después se la metió entre los labios y empezó a chuparme de verdad. No con torpeza, no con prisas. Con experiencia. Cerraba la boca lo justo, giraba la muñeca cuando no podía tragar más, volvía a subir con la lengua apretando la parte sensible, y cada vez que me oía jadear sonreía alrededor de mi polla como si disfrutara de mi debilidad.

Le agarré el pelo sin pensar. Ella no se quejó. Al contrario, hundió más la boca y me obligó a soltar un gruñido.

—Joder, Lorena...

Me estaba llevando al límite en muy poco tiempo. Notaba los huevos tensos y ese calor en la base que anuncia la corrida. Tuve que tocarle el hombro.

—Para un segundo. Si sigues así, me corro ya.

Se apartó con la polla brillante de saliva y una expresión satisfecha.

—¿Y eso sería tan grave?

—Quiero tocarte primero.

La hice sentarse a mi lado. Me acerqué a sus tetas y aparté el sujetador. Eran grandes, pesadas, con los pezones oscuros y duros. Las besé, las lamí, me metí un pezón en la boca mientras con la mano amasaba la otra. Ella respiró hondo y abrió las piernas por puro reflejo.

—Hace mucho que nadie me hace eso —dijo con un hilo de voz.

—Pues alguien tenía que recordártelo.

Bajé la mano hasta sus bragas. Estaban húmedas de verdad. No era pose, no era juego. La tela estaba empapada entre sus piernas. Le metí dos dedos por dentro de la braga y encontré el coño caliente, hinchado, esperando.

Ella soltó un gemido ronco y echó la cabeza atrás.

—No sabes la falta que me hacía una mano de hombre.

—No solo una mano.

Le aparté la tela a un lado y metí los dedos mejor, abriéndola, sintiendo cómo resbalaban por dentro. Tenía el coño muy mojado y muy sensible. En cuanto empecé a mover los dedos, se puso a temblar. Le froté el clítoris con el pulgar mientras le metía dos dedos hasta el fondo, y sus caderas empezaron a buscarme solas.

—Así... así, no pares.

Me gustaba verla perder el control tan rápido. Una mujer madura, supuestamente serena, retorciéndose en mi cama mientras yo le abría las piernas y le metía la mano como si me perteneciera. Me arrodillé frente a ella, le quité las bragas por completo y me encontré con el coño abierto, brillante, pidiendo boca.

No me lo pensé. Hundí la cara entre sus muslos y empecé a comerle el coño con ganas.

Le pasé la lengua larga de abajo arriba, insistí en el clítoris, chupé, lamí, volví a meter dos dedos. Ella me agarró de la cabeza con fuerza. No gemía bonito. Gemía crudo, con necesidad, como una mujer hambrienta que por fin estaba recibiendo lo que le faltaba.

—Joder... sí... así... cómeme...

Su sabor me puso todavía más duro. Cada vez que le rozaba el clítoris con la punta de la lengua, ella pegaba un respingo. Aceleré el ritmo hasta sentirle los muslos tensos alrededor de mi cara.

—Me voy a correr —me avisó—. No pares, por favor.

No paré. Le sujeté las caderas y seguí lamiendo justo donde más le temblaba el cuerpo. El orgasmo le llegó de golpe. Se arqueó, me apretó la cabeza entre los muslos y se corrió gimiendo mi nombre contra el techo, mojándome los dedos y la boca con una sacudida intensa y larga.

Cuando aflojó, la miré desde entre sus piernas. Estaba despeinada, colorada y con la respiración rota.

—Ahora sí —dijo—. Fóllame.

Me incorporé, me quité del todo el bóxer y me tumbé en la cama. Ella se acomodó encima de mí, me agarró la polla con la mano y se la frotó un momento por la entrada del coño, empapándomela más. Solo ese roce me hizo soltar aire entre los dientes.

—Mírame —me pidió.

La miré cuando se dejó caer sobre mi polla. Entró despacio al principio, abriéndose poco a poco alrededor de mí, con la boca entreabierta y las cejas tensas por la sensación de llenarse de golpe. Cuando la tuvo dentro entera, soltó una carcajada corta, incrédula.

—Joder. Esto sí es una polla.

Empezó a cabalgarme con hambre. Subía y bajaba sin delicadeza, con una necesidad feroz que se notaba en cada movimiento. Sus tetas botaban delante de mí y yo las agarraba mientras ella se empalaba sola, llevándome hasta el fondo una y otra vez.

—Así te gusta, ¿eh? —me dijo entre jadeos—. Que una madura te folle.

—Me encanta. Sígueme montando así.

Su coño me apretaba cada vez más. Se notaba que llevaba tiempo sin follar, no por falta de ganas sino por exceso de hambre. Cada embestida de sus caderas era como si quisiera exprimirme. Yo le ayudaba levantando la pelvis, clavándome más dentro, sintiendo la carne húmeda abrirse y cerrarse alrededor de mi polla.

Ella se llevó una mano al clítoris y empezó a tocarse sin dejar de moverse.

—No sabes lo que llevaba sin sentirme así.

—Pues acostúmbrate.

Aceleró todavía más. El sonido húmedo del choque entre nuestros cuerpos llenó el cuarto. Su respiración se volvió irregular, sus movimientos más bruscos, y de pronto se quedó unos segundos abajo, con mi polla enterrada hasta el fondo, temblando sobre mí.

—Me estoy corriendo... me estoy corriendo...

Lo dijo casi con rabia. Después empezó a sacudirse entera encima de mí, apretándome el coño a pulsos mientras se venía. Yo la sujeté por la cintura, completamente fascinado con cómo me ordeñaba el orgasmo desde dentro.

Cuando intenté avisarle de que yo también estaba por correrme, me tapó la boca con los dedos y negó.

—Dentro —ordenó—. Quiero sentirla dentro.

Eso bastó. Le clavé las manos en las caderas y me corrí metido hasta el fondo, soltando la corrida dentro de su coño caliente. Ella cerró los ojos y se quedó inmóvil unos segundos, como si estuviera disfrutando el peso de cada espasmo.

Luego se dejó caer a mi lado. Sentí parte de mi semen resbalando entre sus muslos, pero ni a ella ni a mí nos importó lo más mínimo.

—No sabía cuánto necesitaba esto —murmuró.

Le acaricié el vientre, la cadera, la entrepierna todavía húmeda. Mi polla seguía sensible, pero no del todo vencida. Ella se dio cuenta enseguida, porque bajó la mano y volvió a rodeármela con una sonrisa ladina.

—No me digas que todavía quieres más.

—Te dije que no quería correrme tan pronto.

Se rió y se levantó un poco. Esta vez se colocó de espaldas sobre mí, apoyando las manos en mis muslos. Verle el culo así, abierto delante de mi polla, fue suficiente para ponerme duro otra vez. Ella tomó mi verga, la alineó con su coño y volvió a ensartarse, lenta al principio, dejando que la punta abriera paso.

Después empezó a moverse.

Desde esa postura yo veía cómo mi polla entraba y salía entre sus nalgas, desapareciendo en su coño brillante. Era una vista obscena y perfecta. Le agarré el culo con ambas manos, separándole un poco las nalgas mientras ella me follaba de espaldas.

—Así sí que estás disfrutando, ¿verdad? —preguntó girando apenas la cara.

—No tienes idea de lo buena que te ves.

Ella echó la cabeza atrás y siguió montándome con un ritmo más profundo, más sostenido. Ya no era la urgencia del primer polvo, sino un placer saboreado. Yo podía sentir cómo su coño seguía muy excitado, cómo se cerraba fuerte alrededor de mí cada vez que inclinaba la pelvis en el ángulo exacto.

Metí una mano entre sus piernas y le froté el clítoris mientras seguía cabalgándome. Eso la desarmó.

—Joder... no hagas eso o...

Se interrumpió con un gemido. Le seguí frotando sin piedad. Su espalda se arqueó y el ritmo se volvió desordenado, roto por los espasmos de placer. Se corrió otra vez ahí mismo, sentada sobre mi polla, con las piernas temblando y el coño apretándome tanto que casi me arranca la segunda corrida en ese instante.

Apreté los dientes y aguanté. Quería más.

La hice bajar de mí y tumbarse boca arriba, con las piernas abiertas. Me puse entre sus muslos y le entré despacio, disfrutando la expresión de su cara al sentirme otra vez. Desde arriba podía verla entera: las tetas agitándose, la boca abierta, el coño tragándome una y otra vez.

Empecé a follarla con un ritmo firme, golpeando hondo. No bruto, pero sí decidido. Cada embestida hacía crujir la cama y le sacaba gemidos nuevos.

—Así me gusta —decía ella—. Que me folles de verdad.

Me incliné para chuparle un pezón sin dejar de moverme. Luego le agarré una pierna y se la empujé hacia el hombro para abrirla más. Entré todavía más profundo. Lorena soltó un grito corto.

—Ahí. Ahí me das donde me vuelves loca.

Le metí la mano bajo una pierna y seguí embistiendo mientras con la otra mano le masajeaba el clítoris. Su cuerpo no paraba de reaccionar. Todo en ella estaba despierto: el coño, la piel, la boca, los pezones duros, la necesidad atrasada de años enteros de mal sexo.

—No pares —repetía—. No pares, no pares.

No paré. La follé hasta que volvió a correrse, esta vez con un orgasmo más deshecho, más largo, humedeciéndome toda la base de la polla. Verla tener uno detrás de otro me puso tan caliente que ya no pude contenerme mucho más.

—Me voy a correr otra vez.

—Hazlo dentro —dijo, casi suplicando—. Quiero sentirte otra vez.

Se la di. Me corrí dentro de nuevo, clavado entre sus piernas, descargando mientras ella me abrazaba con los muslos y me besaba el cuello. Cuando terminé, me dejé caer sobre ella unos segundos, respirando fuerte los dos.

***

Podríamos habernos quedado así y ya habría sido una mañana inolvidable. Pero cuando ella se levantó para buscar la bata y vi su culo desnudo alejarse por el cuarto, la polla me respondió otra vez. No tan dura como al principio, pero sí con esa obstinación que aparece cuando el deseo todavía no ha terminado de vaciarse.

—No te pongas eso todavía —le dije.

Se giró con la bata en la mano.

—¿Todavía no te cansas?

Me acerqué por detrás y le pasé la palma por una nalga. Era grande, suave, con esa firmeza blanda que invita a apretar. Le separé apenas las nalgas con los dedos y miré el agujero cerrado, intacto.

—Quiero follarte por el culo.

Lorena se mordió el labio, sorprendida. No ofendida. Solo sorprendida.

—Por ahí no lo he hecho nunca.

—Si no quieres, no.

Se quedó callada un momento. Luego dejó caer la bata otra vez.

—Quiero probar contigo. Pero despacio.

Esa respuesta me encendió por completo. La llevé a la cama y la puse a cuatro patas. La imagen era brutal: el coño aún húmedo, el culo ofrecido, la espalda curvada. Me arrodillé detrás de ella y primero pasé la mano entre sus piernas, buscando más lubricación. Le metí dos dedos en el coño, recogí sus jugos y los llevé al ano, masajeándolo con paciencia.

Ella se estremeció.

—Qué raro se siente.

—Relájate. Si te duele demasiado, me lo dices.

Seguí acariciándole el agujero con saliva y con sus propios fluidos hasta sentirlo menos tenso. Mientras lo hacía, con la otra mano le frotaba el clítoris para que el placer le aflojara el miedo. Ella empezó a gemir otra vez, confundiendo la incomodidad con la excitación.

Cuando la noté lista, apoyé la punta de la polla en su ano.

—Voy entrando.

Empujé muy despacio. El primer centímetro le arrancó un quejido y tensó toda la espalda.

—Espera... joder...

Me detuve, dejándola acostumbrarse. Le seguí acariciando el coño por delante. Besé una de sus nalgas y volví a empujar un poco más. El anillo fue cediendo alrededor de la punta, estrecho, caliente, resistiéndose apenas lo justo para volverlo una locura.

—¿Sigo?

—Sí. Sigue. Lo quiero entero.

Obedecí. Fui entrando poco a poco, abriéndola con paciencia hasta meterme por completo. Cuando al fin tuve toda la polla dentro de su culo, se quedó inmóvil, respirando hondo, asimilando la sensación.

—Joder —dijo en voz baja—. Qué lleno se siente.

Esperé unos segundos y empecé a moverme muy corto, saliendo apenas y volviendo a entrar. Su cuerpo seguía tenso, pero ya no por dolor puro. Le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo que la penetraba por el culo y eso la hizo soltar un gemido mucho más claro, más húmedo.

—Ah... así sí... así sí...

Fui aumentando el ritmo sin brusquedad. Cada embestida entraba mejor que la anterior. Su culo se fue acostumbrando, abriéndose y cerrándose alrededor de mí con una presión distinta a la del coño, más apretada, más salvaje. Yo estaba fuera de mí.

Le agarré la cadera con una mano y con la otra seguí jugueteándole el clítoris. Ella empezó a empujar hacia atrás para recibir más, y eso me confirmó que el placer ya le había ganado al miedo.

—No sabía que se podía sentir así —jadeó—. No pares, por favor.

Ya no iba despacio. La estaba follando de verdad por el culo, entrando y saliendo con un ritmo firme que hacía temblar sus nalgas. El sonido cambió, más seco, más brutal. Verla a cuatro patas recibiéndome así era una imagen que todavía hoy se me queda grabada.

—Dime si quieres que pare.

—Ni se te ocurra. Fóllame.

Eso hice. Le di más fuerte, sin perder el control, y al mismo tiempo le metí dos dedos más profundo en el coño. Ella soltó un grito, empezó a temblar y de pronto se corrió con violencia, chorreando entre mis dedos mientras yo seguía enterrándome en su culo.

—Me corro... me corro... joder...

Sentirla correrse así mientras la follaba por detrás me disparó. Aguanté unas cuantas embestidas más, cada vez más hondas, hasta que ya no pude.

—Voy a correrme.

—Hazlo —dijo con la voz rota—. Hazlo donde estás.

Me corrí dentro de su culo, empujando hasta el fondo, descargando con espasmos duros que me dejaron sin aire. Ella se quedó apoyada en la cama, temblando entera, y yo tardé unos segundos en salir de ella.

Cuando lo hice, le acaricié la espalda despacio. Había pasado de la sorpresa al abandono más absoluto.

Se dejó caer de lado en el colchón y sonrió como una mujer agotada y satisfecha.

—Ahora sí que no voy a poder mirar una escoba de la misma manera.

Me reí y me tumbé junto a ella. Nos besamos con calma, saboreando todavía el sudor y el sexo que llenaba el cuarto.

—No sé cómo voy a concentrarme luego en la universidad —le dije.

—Ese ya es tu problema.

Se incorporó despacio y empezó a vestirse otra vez. Yo la miraba sin pudor, repasando su cuerpo con los ojos mientras se colocaba la ropa interior y cerraba la bata. Ya vestida parecía otra vez la mujer serena que había entrado a limpiar. Solo que ahora yo sabía cómo gemía, cómo apretaba el coño y cómo se abría de piernas cuando estaba caliente.

Antes de irse a seguir con sus tareas, volvió a acercarse a la cama. Me acarició la mejilla y luego la polla, ya blanda, con una ternura inesperada.

—Esto no estaba en mis obligaciones de hoy —dijo—, pero no me arrepiento de nada.

—Yo tampoco. Y no quiero que sea la última vez.

Ella me sostuvo la mirada unos segundos. Luego sonrió con descaro.

—Si sigues tratándome así, no creo que puedas librarte de mí tan fácil.

Me dejó un papel con su número en la mesita. Después me dio un beso lento, de esos que prometen continuidad, y salió del cuarto como si nada. Yo me quedé tumbado, con el cuerpo rendido y la cabeza llena de imágenes suyas, oyendo cómo en el pasillo volvía a sonar el cubo, la escoba y los pasos tranquilos de la misma mujer que, un rato antes, me había dejado vacío a base de boca, coño y culo.

Aquel día no estudié una mierda. Pero aprendí bastante.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts en Palermo, con fotos reales.

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Comentarios(6)

MatiasR87

Buenisimo!!! Justo el tipo de relato que me gusta leer. Sigue asi

Sebas_Cordoba

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas!!

LoboSuelto44

Me recordo a algo que me paso hace unos años con una situacion muy parecida jaja. Esos momentos inesperados son los mejores

FernandoOk

¿Eso paso una sola vez o se repitio? Muy buen relato de todas formas

PabloZeta

Muy bien escrito, creible y sin exagerar. Me gusto bastante, gracias por compartirlo

curiosoRL

La intro te agarra de entrada y ya no suelta jajaja tremendo

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