Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La madura del viaje me pidió castigo en Perú

Si alguien me hubiera preguntado antes de subir a ese avión qué esperaba de aquel tramo del viaje, habría dicho que descanso. Ellos iban a pasar varios días revisando archivos, entrevistando gente y metidos en asuntos que no eran los míos. Yo, en cambio, conocía bien el país y pensaba aprovechar las horas libres. No imaginaba que terminaría observando cómo un matrimonio se deshacía por dentro delante de mí, no por falta de amor, sino por exceso de deseo mal entendido.

Él se llamaba Julián en esta historia. Ella, Vera. Los dos rondaban la cuarentena y llevaban años juntos. Él hablaba mucho de cansancio, de limitaciones, de rutinas, pero cada vez que su mujer se alejaba unos pasos, la miraba como si la quisiera ofrecer al mundo y al mismo tiempo esconderla. Ella aparentaba control, firmeza, esa clase de seguridad que intimida; sin embargo, debajo había otra cosa, una tensión sexual espesa que se notaba hasta en la forma de cruzar las piernas.

Durante el vuelo, Vera se aisló con antifaz y auriculares. Julián aprovechó para hablar conmigo en voz baja, como si llevara días deseándolo.

—¿Tú ya sabes qué harás cuando lleguemos?

—Lo primero, ir a una playa al sur. Es nudista y vale la pena.

Se rio por lo bajo y me miró de lado.

—Nunca he hecho nudismo. No sé si me atrevería. Aunque tan lejos de casa... quién sabe.

—Quitarse la ropa es lo más fácil del mundo —le dije—. Lo difícil es aguantar la mirada de los demás.

Él bajó la voz todavía más.

—A Vera le gustan los retos. Si la pinchas un poco, es capaz de hacer cualquier cosa con tal de no parecer cobarde.

No respondió de inmediato cuando le dije lo que pensaba de su mujer. Que era dominante, orgullosa, muy contenida, y que cuando explotara lo haría de verdad. Tampoco discutió cuando añadí que a él no lo veía roto, sino excitado con la idea de cederle terreno a otro. Se le puso la cara tensa y roja, justo la expresión de quien se siente descubierto.

—Te estás pasando —murmuró.

—Puede ser. O puede que tú te estés mintiendo.

No seguimos. Vera se quitó el antifaz, nos preguntó de qué hablábamos y él soltó una mentira rápida. Pero el gesto incómodo le duró un rato, y a mí me bastó para entender que no iba mal encaminado.

***

Nos instalaron en un hotel pequeño donde las habitaciones estaban pegadas y se oía hasta el agua al caer en el lavabo. Eso me permitió observar mucho más de lo que cualquiera habría querido. Por las tardes nos encontrábamos para cenar o tomar algo, y Vera llegaba con esa energía suya, brillante, intensa, acelerada. Podía hablar durante una hora seguida sin repetir una idea. Cuando yo le discutía un punto o le hacía preguntas, lejos de molestarse, se encendía más.

Era una mujer hecha y derecha, con carácter, con experiencia, con un cuerpo que no necesitaba adornos para imponerse. No era una belleza delicada, sino una de esas mujeres maduras que llenan el sitio donde entran. Tenía el tipo de presencia que hace que uno piense en sus manos antes que en su sonrisa.

Una noche comenté casualmente lo de la playa nudista y Julián hizo el resto al día siguiente. Insistió, se burló un poco de su resistencia y acabó arrastrándonos a los tres en un coche alquilado hacia la costa. Vera fue callada casi todo el camino. A medida que el paisaje se volvía más árido y aparecían los carteles avisando de la zona nudista, la vi ponerse rígida.

—Yo no he dicho que vaya a desnudarme —soltó apenas bajamos del coche.

—Nadie te obliga —respondí—. Pero si has venido para estar pendiente de los demás, te amargarás sola.

Me lanzó una mirada seca, de esas que parecen una bofetada. Me gustó.

Al principio solo se quitó el vestido y se quedó en bikini. Fue suficiente para que se me tensara la entrepierna. Tenía unas tetas pesadas, bien puestas, con pezones marcados incluso bajo la tela, cintura estrecha y un culo duro, redondo, de esos que parecen pedir una mano encima. Se recogió el pelo en un moño con la calma de quien sabe que la están mirando y no quiere dar el gusto de parecer cohibida.

Julián fue el primero en quedarse desnudo, haciendo el payaso para romper la tensión. Yo me quité el bañador después, sin teatro. Vera se giró al sentir el movimiento. Su vista me recorrió entera durante un segundo largo. Luego apartó la cara, pero ya era tarde. El rubor le subió desde el cuello hasta las mejillas.

Cuando por fin se desató el bikini y dejó los pechos al aire, entendí por qué Julián seguía deseándola con esa mezcla de orgullo y derrota. Los pezones eran grandes y firmes, y en cada uno brillaba un piercing. Me fui al agua con él, aunque mi cabeza se había quedado atrás, clavada en la arena donde ella empezaba a ceder.

Al volver, Vera estaba tumbada boca abajo, completamente desnuda. La visión de su espalda morena, la curva de la cintura y las nalgas abiertas apenas por la postura bastó para que me latiera la polla con fuerza. Julián la miró, luego me miró a mí, y no vi celos en su cara. Vi expectación.

—Ponle protector, ¿quieres? —dijo ella sin levantar la cabeza, creyendo hablarle a su marido.

Julián me lanzó el frasco sin decir nada.

Yo lo atrapé al vuelo y me acerqué. Vera giró el rostro al escuchar mis pasos. Cuando me vio de pie junto a ella, frunció la boca con disgusto, pero no protestó. Le dejé caer un chorro frío de crema por la columna y empecé a extenderlo despacio, con las palmas abiertas. Bajé desde los hombros hasta la base de la espalda, demorándome donde la piel se hundía justo antes de nacer el culo.

Se quedó inmóvil. No relajada: inmóvil. Como una cuerda a punto de romperse.

Eché más crema y esta vez la dejé resbalar entre las nalgas. Mis manos siguieron el rastro sin fingir inocencia. Apreté primero con suavidad, amasando cada nalga, notando su carne firme ceder bajo los dedos. Luego abrí un poco más la presión, metiendo la yema entre ellas. Vera soltó un carraspeo ahogado. Sus piernas se separaron apenas unos centímetros.

No dije nada. Le acaricié los muslos por dentro, volví a subir y con dos dedos rocé directamente sus labios. Estaba mojada. No húmeda por casualidad ni por el agua del mar: mojada de deseo, caliente, abierta. Cuando busqué el clítoris me topé también con otro piercing, y eso me hizo sonreír. La muy cabrona llevaba medio cuerpo pidiendo guerra bajo la apariencia de mujer correcta.

Le di círculos lentos, precisos. Muy lentos. Lo bastante para sentir cómo empezaba a temblarle el culo. Lo bastante para notar que, si seguía un poco más, la haría correrse allí mismo, con el marido al lado y más gente a pocos metros. Entonces retiré la mano.

—Ya está —dije, cerrando el bote.

Vera apretó la arena con los dedos. No me miró, pero pude imaginar perfectamente la rabia mezclada con frustración. Julián estaba tumbado boca abajo también, aunque no hacía falta verle la cara para saber cómo se había puesto. Tenía una erección tan evidente que ella se giró, la vio y explotó.

—Eres un guarro. Túmbate bien y deja de hacer el ridículo.

Su enfado sonó auténtico, pero yo ya había notado su respiración, el calor de su coño en mis dedos y la forma en que había abierto las piernas. No era enfado puro. Era vergüenza por haberse encendido delante de nosotros.

El camino de vuelta fue silencioso. Desde el retrovisor, ella no dejó de mirarme ni una sola vez. No con dulzura, ni con simpatía. Me miraba como si quisiera abofetearme o chuparme la polla. Esa mezcla me volvió loco.

***

Días después volamos al interior del país, a un pueblo donde íbamos a pasar un par de noches. El alojamiento era peor que el anterior: una habitación grande con cuatro camas individuales, tres en una pared y una sola frente a ellas. Vera eligió una esquina. Julián, contra todo pronóstico, se fue a la cama apartada. Yo ocupé el otro extremo para no tensar más el ambiente. Entre Vera y yo quedó una cama vacía que parecía una provocación puesta por alguien con sentido del humor.

A esas alturas ya sabía algo importante de Julián: por las noches se tomaba una pastilla para dormir y caía rendido, con unos ronquidos que atravesaban paredes. También sabía que mezclaba esa medicación con alcohol aunque no debía. Aquella combinación lo dejaba fuera del mundo.

Después de cenar, Vera quiso quedarse leyendo con la lámpara encendida. Yo estaba de lado, mirándola sin disimulo. Ella se apoyó en el cabecero con unas gafas finas que le daban un aire todavía más serio, más adulto, más sexy. En un momento levantó la vista, me pilló observándola y sonrió apenas. No fue una sonrisa amable; fue nerviosa, tensa, cómplice pese a ella misma.

Julián ya roncaba cuando apagó la luz principal. Quedó solo una claridad tenue entrando por abajo de la puerta y la pequeña luz del zócalo. Esperé un rato. Mi polla estaba dura hasta doler. El silencio, interrumpido por esos ronquidos bestiales, hacía todo más obsceno.

Me levanté y fui hasta su cama.

—¿Qué haces? —susurró al verme sentarme en el borde.

Le acaricié la mejilla. Ella me apartó la mano.

—Vete. No va a pasar nada. Y menos aquí.

Le puse un dedo en los labios para callarla. En lugar de morderme o apartarlo, abrió la boca y lo chupó. Lo hizo un segundo, dos, tres, con la lengua lenta alrededor de la yema, hasta que le rozó el paladar. Ahí supe que ya no había vuelta atrás.

Le abrí la chaqueta del pijama y fui directo a uno de sus pezones. Lo pinché entre los dedos, jugué con el aro metálico y ella arqueó la espalda con un gemido ahogado. Volví a hacerlo más fuerte, retorciendo apenas el piercing, y me respondió separando los muslos bajo la sábana.

Me bajé los pantalones y dejé la polla fuera, tiesa, gruesa, apuntando hacia su vientre. Vera respiró hondo, se humedeció los labios y se dio la vuelta como si quisiera ofrecerme el culo y negarme la cara al mismo tiempo. Se bajó el pantalón del pijama hasta medio muslo. Las nalgas le brillaron bajo la luz mínima.

Podría haberla tomado así, pero quise otra cosa. Me tendí boca arriba en su cama y tiré de ella para sentarla encima de mí. Negó con la cabeza, aunque sin fuerza. Le agarré los pezones a través de la tela, firme, sin suavidad. Sus protestas se deshicieron en una exhalación temblorosa.

—No hagas esto —susurró.

—Ya lo estás haciendo.

Ella misma me sostuvo la polla con la mano y la llevó hacia atrás, entre sus piernas, buscando la entrada de su culo. Lo hizo despacio al principio, rozando la punta contra el ano húmedo de saliva y deseo. Cuando notó la presión soltó una queja ronca, mezcla de nervios y hambre.

—Se te tenía que caer la cara de vergüenza —murmuró—. Aquí, delante de mi marido.

—Y aun así te la estás metiendo tú sola.

Me dejé hacer los primeros centímetros. Sentí ese anillo apretado ceder poco a poco, tragándome. Luego tiré otra vez de sus pezones y ella bajó de golpe casi toda la polla, ahogando un grito contra mi hombro. Se quedó quieta un segundo, temblando, con el culo clavado sobre mi pelvis.

—Me harás arrepentirme mañana —dijo, jadeando—. Me vuelves una puta.

—No. Te vuelvo sincera.

Empecé a moverla sobre mí con las manos en su cintura. Arriba y abajo primero, corto, controlado. Después más hondo. Mi polla entraba y salía de su culo con un sonido húmedo, espeso, mientras ella intentaba no gemir demasiado por culpa del hombre dormido a pocos pasos. Le metí dos dedos por delante, entre los labios. Estaba empapada. Busqué su clítoris y lo encontré hinchado, sensible, vibrando bajo el contacto.

—Mírate —le dije al oído—. Dices que no quieres y estás chorreando.

—Cállate... por favor...

Pero no quería que me callara. Cada vez que la insultaba un poco, cada vez que nombraba lo que estábamos haciendo con palabras sucias, se contraía más alrededor de mi polla. Le pellizqué los pezones, le hundí un dedo más en el coño, toqué el piercing del clítoris y se derrumbó. Me clavó las uñas en el pecho, echó la cabeza hacia atrás y se corrió en silencio, a sacudidas brutales, apretándome el culo como si fuera a partirme dentro.

Seguí follándola durante ese orgasmo. No rápido. Hondo. Muy hondo. Quería sentir cómo le pasaba la polla por el culo mientras se vaciaba encima de mi mano. Cuando pudo volver a respirar me mordió la boca, fuerte, sin cariño, con desesperación. Yo respondí empujando desde abajo hasta que la sentí otra vez a punto. Entonces me corrí dentro de su culo, caliente, abundante, notando cómo me ordeñaba con ese cierre salvaje del esfínter.

Nos quedamos quietos unos segundos, pegados, oyendo solo los ronquidos de Julián y nuestra respiración rota.

Le aparté el pelo del cuello y se lo dije muy bajo.

—A ti te falta mano. Te hace falta que te den lo que llevas años pidiendo sin decirlo. Un día te voy a azotar ese culo y me lo vas a pedir tú.

Vera volvió la cara para mirarme. No me contestó. Pero en esa mirada había miedo, morbo y un brillo claro de deseo.

***

A la mañana siguiente se comportó como si nada hubiera pasado. Más correcta conmigo incluso que antes, como si necesitara levantar una pared apresurada. Julián, en cambio, estaba de un humor extrañamente bueno y me habló durante el desayuno de dejarnos algún rato a solas más adelante. No lo miré siquiera mientras lo decía. El muy cabrón quería algo, pero no se atrevía a nombrarlo.

Ese día, mientras ellos trabajaban, entré en una tienda de artesanía y compré varios recuerdos. Entre ellos vi una cuerda gruesa, trenzada, de colores intensos, flexible pero pesada. La cogí, la hice restallar contra mi palma y sonreí. No era un látigo, pero servía de sobra para marcar una piel sensible. Me la llevé.

Cuando la saqué por la tarde sobre una de las camas, Julián comentó lo bonita que era. Yo la balanceé y la dejé caer dos veces sobre el colchón con un golpe seco.

—Un buen amansa fieras —dije, mirándola a ella.

Vera sostuvo mi mirada apenas un segundo, pero le bastó para delatarse. Se le dilataron las pupilas. Esa noche y la siguiente juntó su cama con la de Julián, como si poner al marido al lado pudiera ahuyentar la tentación. Lo único que consiguió fue excitarme más.

***

La última noche antes de volver a salir del país cenamos largo y bebimos demasiado. Julián se quedó dormido vestido, medio tumbado sobre la cama, vencido por el alcohol y la pastilla. Yo salí un momento al pequeño balcón a atender unas llamadas. Desde allí vi a Vera intentar acomodarlo, quitarle los zapatos, subirle las piernas al colchón. No podía con él.

Entré para ayudarla. Lo levanté por los hombros y lo dejé bien acostado. Ella me dio las gracias en voz baja. Cuando se incorporó para apartarse, le di una palmada fuerte en una nalga por encima del pantalón corto del pijama. Sonó seco. Vera abrió mucho los ojos, ofendida, y al mismo tiempo sus pezones se marcaron bajo la camiseta como si los hubiera tocado con hielo.

—No vuelvas a hacer eso —dijo entre dientes.

—Mientes mal.

Fui al baño y salí desnudo a propósito. Quería que me viera sin barreras. Ella estaba recostada en la cama con las gafas puestas, leyendo. Al alzar la vista y encontrarse conmigo desnudo, dejó de fingir durante un segundo. La punta de la lengua asomó entre sus labios antes de que pudiera corregirse. Luego se recolocó el pelo, incómoda, y apagó la luz principal. Quedó otra vez la claridad tenue del zócalo.

No me hizo falta pedir permiso. Se puso boca abajo y levantó un poco el culo.

Fui hasta su cama, le bajé el pantalón y le abrí las nalgas con ambas manos. Le escupí en el ano, dejando que la saliva resbalara. Después pasé la punta de la polla una y otra vez por la entrada, endurecida, sensible por el recuerdo de la noche anterior. Vera aguantó la respiración.

—No seas bruto —susurró.

—Tú quieres justo eso.

Le apoyé solo la punta. Ella, traicionándose otra vez, echó el culo hacia atrás para recibirme mejor. Entonces empujé de una vez, sin juegos, atravesando esa resistencia caliente de golpe. El gemido que soltó fue mitad queja, mitad placer puro.

Me tumbé sobre su espalda, le mordí la oreja y empecé a entrar y salir con embestidas cortas al principio, dejándola adaptarse. Le agarré una teta por debajo del camisón, pellizcando el pezón, y con la otra mano le sujeté la cadera para abrirle más el ángulo.

—Me pone cachondo lo puta que eres —le dije al oído.

—Mañana no podré mirar a mi marido —jadeó—. Eres un pervertido.

—Y tú una mujer madura que llevaba tiempo deseando que alguien la follara como se debe.

Metí la mano entre sus piernas. El coño le latía mojado, pegajoso. Le rocé el clítoris y se estremeció entera. Empecé a darle más duro por el culo, marcando el ritmo con la pelvis, sintiendo cómo las nalgas me golpeaban el vientre. Cada embestida arrancaba un sonido húmedo y otro ahogado de su garganta. Le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo que la follaba por detrás y casi se descompone.

—Dilo —le exigí—. Dime qué te gusta.

—No...

Le di otra palmada, esta vez directamente sobre la piel. El culo se le encendió al instante.

—Dilo.

—Que me folles —murmuró—. Así. Más fuerte.

La puse a cuatro patas tirándole de la cadera. Quedó arqueada, con el culo completamente ofrecido. Le separé bien las nalgas y entré hasta el fondo de una sola embestida. Tuvo que morder la almohada para no gritar. Seguí dándole duro, sin pausa, saliéndome casi entero para volver a hundirme. El colchón golpeaba la pared al mismo ritmo y yo solo pensaba en que el marido roncaba a pocos metros mientras su mujer se abría para mí como si me perteneciera.

—Eso es —le decía—. Trágatela toda. Aprieta. Así.

Ella obedecía con el cuerpo aunque negara con la cabeza. Le tiré del pelo para levantarle la cara y le di otra serie de palmadas, una detrás de otra, secas, haciendo que la piel se pusiera roja. Cada golpe la excitaba más. Lo noté en cómo se chorreaba sobre mis dedos, en cómo me pedía sin pedirme, echando el culo hacia atrás para recibirme más adentro.

—No me gusta que me peguen —mintió entre jadeos.

Le marqué un azote más fuerte. Gimió como una descarada.

—Mientes hasta cuando te corres.

Le pasé la cuerda trenzada por la espalda, lenta, dejándole sentir el roce y la amenaza. No la usé todavía. Solo la apoyé sobre sus nalgas calientes mientras seguía follándola por el culo.

—Esto será para la próxima —le dije—, cuando me lo pidas bien.

La idea la remató. Se corrió de nuevo, esta vez con un orgasmo largo, violento, que le hizo apretar el culo alrededor de mi polla una y otra vez. Apenas le duró unos segundos la recuperación antes de volver a empujar atrás, necesitando más. Se había acabado la mujer ofendida. Ahí solo quedaba una hembra adulta, desesperada por placer, usando el cuerpo como la verdad que la boca negaba.

Yo ya estaba al límite. La agarré de las caderas y le di varias embestidas brutales, seguidas, hasta el fondo. Cuando me corrí, lo hice enterrado en su culo, descargando con una sacudida que me vació entero. Ella me apretó para no perder una gota, con ese gesto involuntario que solo tienen quienes disfrutan de verdad ese tipo de follada.

Caímos los dos jadeando. Le besé la espalda sudada, la nuca, la marca roja de mis manos en sus nalgas. Se giró apenas, con la cara deshecha y los ojos brillantes.

—Yo no quería —susurró.

Le acomodé el pelo detrás de la oreja y me reí muy bajo.

—La próxima vez serás tú quien me lo pida. Y no solo que te folle. También el castigo.

No lo negó. Tampoco lo aceptó. Pero al apartarme para ir al baño, noté cómo seguía mirándome con esa mezcla exacta de intriga y hambre que ya reconocía. Y supe que, si el viaje continuaba, Vera acabaría pidiendo en voz alta todo lo que hasta entonces solo había sabido ofrecer con el cuerpo.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts en Belgrano.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(6)

Marcos_76

Buenísimo!!! las maduras tienen algo especial que ningun relato logra capturar del todo, pero este estuvo muy cerca

JuandeNoche

Por favor una segunda parte, siento que esto apenas empezo

PatoBaires

Me recordo a un viaje que hize a Perú hace unos años, esas coincidencias que uno no espera... jaja muy bueno

DiegoFan22

Bien narrado, se siente real sin caer en lo burdo. Sigue asi!

Clara_Lectora

Me guardo este para leerlo con calma esta noche, el excerpt ya me engancho demasiado

Noctambulo77

tremendo, uno de los mejores de esta categoría que lei ultimamente

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.