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Relatos Ardientes

La milf de mi amigo me atrapó en la piscina

Siempre he pensado que una mujer decidida no deja nada al azar. Si quiere gustarte, te desarma. Si quiere que la mires, consigue que no puedas mirar a otra parte. Y si quiere follarte, tarde o temprano encuentra el momento exacto para dejarte sin salida.

Esto me pasó con Mara, la madre de mi mejor amigo.

Mara rondaba los cincuenta, era viuda desde hacía muchos años y tenía esa seguridad de las mujeres que ya no piden permiso para desear. Morena, de ojos claros, culo grande, tetas generosas y un cuerpo cuidado a fuerza de constancia, no intentaba parecer joven. No le hacía falta. Lo suyo iba por otro lado: sabía moverse, sabía mirar y sabía usar cada silencio para calentarte más que una frase sucia.

Yo acababa de salir de una relación larga que me había dejado con la cabeza hecha mierda. Nico, mi amigo, insistió tanto en que me fuera con él unos días a la casa familiar que al final acepté. Era una finca grande en un pueblo castellano, con patio, piscina y ese aire de verano lento que parece hecho para beber de más y hacer tonterías.

—Te vendrá bien despejarte —me dijo durante el viaje—. Mi madre ya está allí y se pondrá contenta cuando te vea.

Yo conocía a Mara desde hacía años. Siempre había sido amable conmigo, muy cercana, incluso cariñosa, pero jamás la había mirado como aquella noche en que llegamos. Quizá porque ya no estaba con nadie. Quizá porque el vino, el calor y la tristeza me habían aflojado defensas. O quizá porque ella decidió que era el momento.

Nos recibió en la cocina con un vestido ligero que se le pegaba al cuerpo justo lo suficiente. Me dio dos besos, me abrazó un segundo más de la cuenta y, al separarse, me miró con una sonrisa lenta.

—Nada de tratarme de usted —me dijo—. En esta casa vienes a estar cómodo.

La cena fue en el jardín, junto a la piscina. Embutidos, queso, pan, vino frío y una conversación fácil que se fue soltando a medida que vaciábamos botellas. Mara se sentó a mi lado. Cada vez que quería servirme algo, rozaba mi brazo. Cada vez que se reía, apoyaba la mano en mi muslo. Cuando se inclinó para recoger una servilleta, le vi media teta asomando por el escote y sentí la polla endurecerse de golpe bajo la mesa.

Nico no parecía darse cuenta de nada. O yo quise creer eso. Sacó una botella de whisky, puso música y nos levantó a bailar. Mara bailó primero con él, luego conmigo. Su culo rozó mi pubis una vez, luego otra, luego ya no hubo dudas. Se estaba frotando contra mí con toda la intención del mundo.

Me pasé el resto de la noche empalmado y tratando de disimular.

Nos retiramos tarde. Mi habitación daba a la parte de atrás, a una terraza compartida con el dormitorio de Mara. Abrí para que entrara aire, me quedé en bóxer tirado en la cama y cerré los ojos. La imagen de ella me volvió entera: el escote, el culo bajo el vestido, la risa baja, el roce de sus tetas en el brazo cuando fingía apartarse de mí.

No aguanté mucho. Me saqué la polla y empecé a masturbarme con una urgencia casi rabiosa. La tenía dura de verdad, pesada, caliente. Cerré los dedos alrededor del tronco y empecé a subir y bajar la mano mientras imaginaba a Mara de rodillas entre mis piernas, mamándomela despacio, mirándome con esos ojos claros.

Me corrí fuerte, con un jadeo ahogado, manchándome el abdomen y la mano. Cuando abrí los ojos, me pareció ver un movimiento en la terraza. Me levanté, me asomé y no vi a nadie. Solo la puerta del cuarto de Mara entrecerrada y el aire caliente de la noche.

Me fui a dormir pensando que había sido una sombra.

***

A la mañana siguiente bajé a la cocina todavía con esa vergüenza difusa que te deja una fantasía demasiado concreta. Mara ya estaba despierta, con café recién hecho, unos shorts vaqueros y una camiseta fina que marcaba sus pezones más de la cuenta.

—Buenos días —dijo sin volverse del todo—. ¿Dormiste bien?

—Sí, bastante bien.

Se giró, apoyó la cadera en la encimera y sonrió de medio lado.

—Me alegro. A veces venir aquí ayuda a... soltar tensión.

Lo dijo así, mirándome directo. Sentí el calor subir por el cuello. Ella lo notó. También notó la erección que empezaba a empujar dentro del pantalón corto.

Desayunamos casi solos porque Nico seguía muerto arriba. Mara se inclinaba demasiado al meter platos en el lavavajillas, dejaba que mi mirada le recorriera el culo y luego se giraba como si no hubiera pasado nada. Yo ya no sabía si estaba imaginando cosas o si la mujer me estaba llevando, poco a poco, adonde quería.

—Tu amigo no se levantará antes del mediodía —dijo—. Si quieres, aprovecha la piscina.

Subí por el bañador, pero me di cuenta de que no había traído toalla. Fui a pedirle una. Estaba en su cuarto, rebuscando en un armario. Cuando me la dio, me rozó los dedos despacio, sin ninguna necesidad. Demasiado despacio.

—Gracias.

—De nada —contestó—. Disfruta del agua. Luego quizá te acompañe.

Claro que me acompañó.

Yo llevaba un rato metido, usando el agua fría para bajarme la calentura, cuando apareció con un pareo blanco sobre un bikini claro que apenas le contenía el cuerpo. Se tumbó primero a leer, o a fingir que leía, porque de vez en cuando levantaba los ojos y me encontraba mirándola. No se molestaba en apartar la vista. Al contrario: sonreía.

Al final se levantó, se quitó el pareo sin prisa y bajó a la piscina por la escalera. Vi sus tetas rebotar apenas, la curva ancha de las caderas, la tela metida entre los labios del coño. Se me puso dura otra vez con una violencia casi dolorosa.

—Está buenísima —dijo ya dentro del agua.

—Sí, se está de lujo.

—Ya lo veo —contestó, bajando la mirada a mi bañador inflado—. Llevas rato muy a gusto.

No supe qué responder. Ella se acercó nadando y me rozó al pasar, primero con el brazo, luego con el pecho. Después empezó ese juego cobarde y clarísimo de cruzarse en mi camino, tocarme sin parecer que me tocaba, reírse cuando yo me apartaba tarde.

Hasta que la acorralé sin pensarlo contra el borde.

No fue brusco, pero sí directo. Puse las manos a ambos lados de la piedra y quedamos muy cerca. Mara me sostuvo la mirada un segundo y luego apoyó la palma en mi paquete bajo el agua. No un roce casual. La mano entera.

—Vaya —murmuró—. Así que esto era lo que querías esconder.

Se me cortó la respiración. Yo le agarré el culo con las dos manos. Firme, lleno, redondo. Ella soltó un gemido bajo y me apretó la polla a través del bañador, masajeándola con descaro.

—Mara...

—No digas nada —susurró—. Solo disfruta.

La cosa habría seguido allí mismo si Nico no hubiera aparecido en el patio, despeinado y muerto de sueño. Nos separamos con una rapidez ridícula, pero no tanto como para que mi erección desapareciera.

Fue entonces cuando él recibió una llamada del trabajo. Un cliente importante, una urgencia, vuelta inmediata a la ciudad. Yo quise irme con él por pura supervivencia, pero Mara se negó antes incluso de que terminara la frase.

—Ni hablar. Tú te quedas.

Nico también insistió. Que disfrutara la semana, que no fuera tonto, que su madre estaría encantada. La manera en que ella me miró mientras él hablaba me dejó claro que sí, que estaba encantada, pero no exactamente por tener compañía para comer.

Cuando lo vimos marcharse en coche, el silencio que quedó entre nosotros cambió de textura. La casa era la misma, pero ya no parecía la casa de mi amigo. Parecía otra cosa. Un lugar cerrado sobre nosotros dos.

***

Por la tarde yo estaba en el salón fingiendo leer cuando Mara apareció con mallas ajustadas y un top corto para hacer yoga. Se colocó a pocos metros de mí, extendió la esterilla y empezó a estirarse como si ignorara por completo el efecto que me provocaba. Pero lo sabía. Joder si lo sabía.

En cada postura me mostraba el culo, la raja apretada entre las piernas, el perfil de las tetas. No llevaba sujetador; se notaba. Tampoco parecía llevar nada bajo las mallas; eso se notaba aún más. Yo tenía la polla tiesa otra vez, dura hasta doler.

Ella lanzaba miradas rápidas para comprobarlo. Yo ya ni disimulaba.

Al terminar, se quedó de pie frente a mí, respirando un poco agitada. Los pezones marcados, la entrepierna húmeda apenas insinuada en la tela.

—Voy a darme una ducha —dijo—. Tú deberías hacer lo mismo. Hace mucho calor.

Subí como un animal obediente. En cuanto estuve bajo el agua, me pajeé otra vez pensando en ella. En su coño apretándome, en su boca tragándome la polla, en esas manos de mujer madura sobándome sin prisa. Me corrí al cabo de unos minutos, maldiciéndome y deseándola más.

Cuando bajé, ya vestida para salir, parecía aún más guapa. Pantalón claro, blusa ligera anudada a la cintura y un perfume suave que se me metió directo en la cabeza.

—Ponte guapo —dijo—. Vamos a tomar algo.

Fuimos al centro del pueblo, cenamos tapas, bebimos cerveza y luego entramos en un bar con música. Allí todo se soltó de golpe. La gente bailaba apretada, el ruido obligaba a hablar al oído y Mara se pegó a mí desde la primera canción. Primero de espaldas, frotando el culo contra mi polla. Después de frente, con las manos en mi cintura y la boca rozándome el cuello.

Yo ya no tenía margen. Le agarré las caderas y la seguí. Ella subía y bajaba sobre mi erección, notando perfectamente lo dura que la tenía. Cada vez que giraba la cabeza, su aliento me daba en la boca.

—Si seguimos aquí —me dijo al oído— voy a hacer una locura.

—Vámonos.

No esperó una segunda vez.

Salimos casi arrastrándonos. En el camino de vuelta nos besamos en cada sombra. Besos sucios, abiertos, con lengua y dientes, con una urgencia que ya no era de juego. Yo le metía la mano en el culo por encima del pantalón, ella me apretaba la polla por fuera y gemía bajito contra mi boca.

Al entrar en la casa, cerró la puerta de un golpe y me arrancó la camiseta.

—Tenía ganas de hacer esto desde anoche —dijo antes de besarme el pecho.

Yo la giré, la pegué contra mí y metí la mano por delante de su pantalón. No llevaba bragas. Ni una mierda. Solo calor y coño mojado esperándome. En cuanto metí dos dedos, los encontré empapados.

—Joder, Mara...

—Sí —jadeó—. Todo eso es para ti. Pero no aquí. Ven.

Se apartó riéndose, empezó a quitarse la ropa mientras cruzaba el patio y dejó un rastro claro hasta la piscina: blusa, pantalón, sandalias. Cuando llegó al borde ya estaba desnuda. La luz tenue del jardín le dibujaba el cuerpo entero, las tetas pesadas, el vientre suave, el coño oscuro entre las piernas. Se metió al agua y me hizo una seña.

Yo me desnudé sin apartar los ojos de ella. Antes de seguirla, levanté del suelo el pantalón que había dejado tirado. El olor de su coño estaba pegado a la tela. Me lo llevé a la cara un segundo y eso terminó de volverme loco.

Entré en la piscina con la polla tiesa como una piedra.

Ella me esperaba contra la pared, con el agua a la cintura. Me acerqué y nos besamos con hambre. Le agarré las tetas, se las amasé con fuerza, notando el peso real, la piel caliente pese al agua. Mara bajó la mano entre nosotros y cerró los dedos alrededor de mi polla.

—Qué pedazo de polla tienes —murmuró—. Llevo desde anoche imaginándola dentro.

La guió hasta su coño y frotó el glande entre sus labios. Estaba tan mojada que resbalé de inmediato. Me pasó la punta varias veces por la entrada, torturándose y torturándome, hasta que ya no pude más.

—Métela de una vez —me ordenó con voz ronca.

La agarré por los muslos y empujé. Le entré de golpe hasta más de la mitad. Los dos gemimos. Su coño estaba caliente, apretado, más estrecho de lo que yo había imaginado. Ella me clavó las uñas en los hombros y levantó las piernas para rodearme la cintura. Así pude hundírsela entera.

—Joder... sí... así... —gimió.

Empecé a follármela contra la pared de la piscina, sacando y metiendo la polla con embestidas cortas al principio, buscando el ritmo, sintiendo cómo su coño me chupaba cada vez que salía. Mara me besaba la boca, el cuello, me mordía el labio y luego apartaba la cabeza para gemir más alto.

—Fóllame, no me trates con cuidado —me dijo—. Llevo demasiado tiempo queriendo esto.

No necesité que lo repitiera. Le agarré el culo con las dos manos y empecé a embestir con más fuerza. El agua chapoteaba alrededor, mi pubis golpeaba su cuerpo, su coño se abría y me tragaba una y otra vez. Notaba sus jugos mezclándose con el agua tibia de la piscina y con el preseminal que me resbalaba por el tronco.

Ella estaba fuera de sí. Me apretaba con las piernas, me arañaba la espalda, me decía guarradas al oído.

—Sí, cabrón, así... métemela toda... que se note esa polla joven...

Le chupé un pezón mientras seguía dándole. Tenía las tetas pesadas, duras en la punta, perfectas para agarrarlas mientras la follaba. Le pellizqué el otro pezón entre los dedos y ella soltó un grito que rebotó en el patio.

—Más fuerte.

Metí una mano entre nuestros cuerpos y le busqué el clítoris. En cuanto lo encontré, empezó a temblar. Le froté con dos dedos mientras la penetraba rápido, profundo, sin dejarle un segundo para recomponerse. Su respiración se volvió entrecortada, abrió la boca y apoyó la frente en mi hombro.

—Me corro... no pares... no pares...

Se corrió apretándome de golpe con todo el coño. Un orgasmo fuerte, de verdad, con espasmos en las piernas y un gemido largo, animal. La sentí contraerse varias veces alrededor de mi polla y eso me empujó al borde. Seguí dándole unas cuantas embestidas más, ciego de excitación, hasta que me vacié dentro de ella con un gruñido.

Me corrí hondo, a pulsos, clavado hasta el fondo. Mara cerró los ojos y se mordió el labio cuando notó la corrida llenándola.

Nos quedamos pegados unos segundos, jadeando, con el agua moviéndose a nuestro alrededor y el semen mezclándose dentro de su coño.

—No he terminado contigo —dijo al fin, recuperando el aire.

***

Salimos de la piscina desnudos y chorreando. En vez de buscar toallas, Mara me llevó de la mano escaleras arriba hasta su cuarto. La cama era amplia y olía a ella, a perfume y a mujer caliente. Me empujó para que me sentara en el borde y se arrodilló entre mis piernas.

—Ahora quiero probarte bien.

Me tenía la polla medio blanda por la corrida en la piscina, pero verla de rodillas hizo que volviera a endurecerse al instante. Empezó besándomela por la base, después lamió despacio hasta el glande y me lo rodeó con la lengua. Yo ya estaba temblando.

Mara mamaba de puta madre. Sin prisas al principio, saboreando, chupando la punta, tragándose media polla y sacándola con un ruido húmedo que me puso a mil. Luego bajó a los huevos, me los chupó uno por uno, y volvió arriba con la mano apretando el tronco mientras la boca trabajaba el glande.

—Cómo me gusta tu polla —dijo antes de metérsela otra vez—. Y anoche vi perfectamente cómo te la pajeabas.

Me quedé helado de morbo.

—¿Me estabas mirando?

Levantó los ojos sin sacársela de la boca y asintió. Después siguió mamando con más ganas, como si la confesión la excitara todavía más. Yo le agarré el pelo y empecé a marcarle el ritmo con cuidado. Ella lo aceptó encantada. Metía y sacaba la cabeza, dejando que le rozara la garganta, babeándome la polla entera.

—Joder, Mara... así... sí...

Me llevó al borde rapidísimo, pero se apartó justo antes de que me corriera. Se puso de pie, subió a la cama y se colocó encima de mí, guiándome la polla hacia su coño con una mano.

—Quiero correrme otra vez montándote.

Se dejó caer despacio, tragándome entera con un gemido ronco. Luego empezó a cabalgarme. Arriba y abajo primero, después en círculos, restregando el clítoris contra mi pubis mientras mi polla le llenaba el coño hasta el fondo. Ver sus tetas rebotar encima de mí era para volverse loco.

Yo se las agarré con las dos manos y empecé a apretarlas, a sobarlas fuerte, a pellizcar pezones. Ella gemía cada vez más sucio.

—Sí... tócame así... trátame como a la puta que te quiere follar...

Le di una nalgada. Luego otra. Su culo se puso rojo al momento y eso la encendió más. Apoyó las manos en mi pecho y empezó a cabalgar más rápido, encajándose con violencia. Su coño estaba empapado, resbaladizo, caliente. Cada vez que bajaba, sentía el golpe de sus caderas contra las mías y la polla entrando hasta la raíz.

Me incorporé un poco para chuparle un pezón mientras seguía subiendo y bajando. Ella se llevó una mano al clítoris y empezó a frotárselo delante de mí, sin dejar de montarme.

—Mírame —me pidió—. Quiero que me veas correrme con tu polla dentro.

La miré. Y la vi. Se tensó de golpe, arqueó la espalda y empezó a correrse otra vez mientras seguía cabalgando en espasmos cortos, expriméndome con el coño. Le temblaban los muslos. Se le escapaban gemidos secos, entrecortados. La mano seguía en el clítoris, apretando más y más.

Yo estaba duro como una bestia, pero quería más. Cuando terminó de convulsionar, la agarré por la cintura, la di vuelta sobre la cama y la puse a cuatro patas.

—Ahora te voy a follar como llevo todo el día imaginando.

—Hazlo.

Le abrí el culo con las manos, admirando un segundo el coño hinchado y mojado, brillante de mis corridas y de las suyas. Le escupí en la entrada por puro vicio y le metí dos dedos, abriéndola otra vez. Estaba sensible, temblorosa, y aun así empujaba atrás pidiéndome polla.

Entré de una sola embestida. Ella soltó un grito y clavó las manos en las sábanas.

Empecé a darle desde atrás con un ritmo firme, seco, cada vez más duro. Su culo rebotaba contra mi pelvis. Las nalgas se abrían con cada golpe. El sonido húmedo de la follada llenó el cuarto en seguida. Yo la agarraba de las caderas y tiraba de ella hacia mí para enterrarme más.

—Así, joder... así... —repetía ella—. No pares, no pares...

Le di varias nalgadas más, dejando marcados los dedos. Mara gemía más fuerte cada vez. Una mano se le fue otra vez al coño; se estaba tocando mientras la follaba. Metí la mía por debajo, aparté la suya y le froté yo el clítoris al compás de las embestidas. Eso la desarmó por completo.

Su espalda se arqueó más. El coño empezó a apretarme con contracciones claras.

—Me corro otra vez... hostia... sí... sí...

Se vino temblando, con el culo empujando hacia atrás y las piernas a punto de fallarle. Yo seguí dándole durante todo su orgasmo, cada vez más ciego, sintiendo que los huevos se me subían. Cuando ya no pude aguantar, le agarré el pelo, tiré apenas de su cabeza hacia atrás y me corrí dentro de ella de nuevo, descargando a pulsos profundos mientras mis caderas seguían golpeando su culo.

Le llené el coño otra vez y tardé varios segundos en salir. Cuando lo hice, parte de la corrida resbaló entre sus piernas. Mara miró por encima del hombro, sudada, despeinada y con una sonrisa indecente.

—Eso sí que era lo que quería.

Caímos en la cama jadeando. Pensé que ahora sí se había acabado, pero al cabo de un rato seguimos tocándonos, besándonos, mamándonos sin prisa, buscando pequeños orgasmos y nuevas erecciones en mitad de la madrugada. No dormimos demasiado. Cada vez que me apartaba un poco, ella volvía a buscarme con la mano o con la boca.

Y yo, claro, volvía a follármela.

Lo que había empezado como una semana para curarme de una ex se convirtió en otra cosa. En una casa callada de pueblo, con la puerta cerrada y la piscina todavía oliendo a cloro y sexo, descubrí que una mujer madura puede llevarte exactamente adonde quiere. Y que cuando decide abrirte las piernas y tragarte entero, lo único que te queda es rendirte.

Para quienes leen desde Córdoba: escorts VIP en Villa María, con fotos reales.

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Comentarios(6)

nocturno_44

tremendo relato!!! me quede pegado leyendo y no pude parar

Gonzalo_cba

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como sigue esto. Seria una pena que termine ahi

JulioVR

excelente!!!

MarianoCba

Me recordo a unas vacaciones de hace años jajaja... no voy a dar detalles pero digamos que entiendo perfectamente al protagonista. Muy buen relato

Andres_pba

Muy bien escrito, se nota que quien lo escribio sabe como armar tension antes de llegar al momento clave. Me gusto mucho como fue desenvolviendo la historia sin apurarse. Sigue publicando!

RocioMdQ

jajaja el titulo ya lo dice todo pero igual sorprendio. Me rei con lo de la piscina

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