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Relatos Ardientes

La milf de la fiesta volvió a buscarme

Mi divorcio llevaba ya suficiente tiempo como para que el silencio de la casa hubiera dejado de doler, pero no el suficiente como para que yo hubiera aprendido a disfrutarlo. Me quedé viviendo sola en una urbanización tranquila a las afueras, con jardín, piscina y demasiados recuerdos metidos en cada esquina. Mi ex se había llevado otras cosas; yo me había quedado con la costumbre de fingir que estaba entera.

Por eso acepté sin discutir cuando mi hija Mara me pidió celebrar allí su cumpleaños antes de irse unos días con su padre. Quería una fiesta grande, con música, catering, copas y amigos. Todos adultos, todos con esa energía insolente de los treinta recién estrenados que creen que el verano les pertenece.

—Solo te falta recoger la tarta —me dijo aquella mañana—. Y prométeme que no te encerrarás en tu cuarto como una señora ofendida por el ruido.

—No soy una señora ofendida —le contesté.

—Entonces compórtate como lo que eres —se rió—. Una mujer guapa y libre.

Su manera de decirlo me hizo gracia, aunque también me tocó donde no quería. Libre. Hacía años que nadie me describía así. Me seguían viendo como la madre organizada, la esposa correcta aunque ya no fuera esposa, la mujer madura que mantiene la casa en pie. No como una mujer con ganas de que la miraran.

Me arreglé más de la cuenta para una fiesta ajena. Elegí un vestido crema, ligero, de hombros descubiertos, y unas sandalias altas que alargaban las piernas sin volverme ridícula. Me dejé el pelo suelto. Cuando me miré al espejo, vi a una mujer cuidada, atractiva, todavía deseable. Me sorprendió que esa idea me gustara tanto.

La fiesta empezó al caer la tarde. La música llenó el jardín, la piscina reflejaba las luces y el aire olía a césped mojado, perfume caro y alcohol frío. Yo me instalé en una butaca de la terraza con una copa de vino y la intención de no mezclarme demasiado. Los jóvenes reían, bailaban y se movían por mi casa como si el mundo aún no les hubiera dado ningún golpe serio.

Fue entonces cuando se acercó Darío.

Él no era uno más del grupo. Tenía esa seguridad descarada de los hombres que saben que llaman la atención y además disfrutan comprobándolo. Moreno, sonrisa torcida, barba corta, camisa blanca remangada y la insolencia justa en la mirada. Debía rondar la treintena, aunque al lado de mí seguía pareciendo peligrosamente joven.

—No me habían avisado de que venía la mujer más guapa de la fiesta —dijo, plantándose delante de mí.

Solté una risa automática, de esas que una usa para no mostrar que el comentario sí ha hecho efecto.

—Eso se lo dices a todas.

—No. A casi todas les miento peor.

Lo miré de arriba abajo. Llevaba un cigarrillo de liar entre los dedos y una sonrisa que pedía guerra. Supe enseguida que era amigo de mi hija porque ningún hombre de mi edad se me acercaba así. Los de mi edad preguntan primero si molestan, luego hablan del trabajo y al final, si se atreven, lanzan un halago tímido. Darío no pidió permiso.

—Soy Vera, la madre de Mara.

—Peor me lo pones —respondió—. Ahora además de guapa eres un problema.

Debí apartarlo, poner distancia, recordarle dónde estaba. En vez de eso, seguí hablando. El vino ayudó, pero no fue solo el vino. Fue que me miraba como si yo no estuviera fuera de lugar entre ellos. Como si mi edad no me restara nada, sino que me sumara algo que él quería tocar.

Me ofreció una calada del porro que llevaba. Nunca había fumado nada parecido. Dudé. Después pensé en todo lo que había hecho bien, en todo lo que había cumplido, en lo poco que me había servido obedecer siempre. Así que acepté.

La primera calada me hizo toser. La segunda me soltó algo dentro. El cuerpo se me aflojó, la música me entró mejor por la piel y el borde de la noche adquirió un brillo raro, amable. Me quité las sandalias y caminé descalza hacia la piscina. El césped bajo los pies, el aire tibio en los hombros y la risa fácil me hicieron sentir más joven de lo que había sido en años.

Darío se sentó a mi lado, junto al agua. Hablamos de tonterías. Yo me reía demasiado y él me miraba demasiado. En un momento apareció Mara, nos vio juntos y arqueó una ceja.

—¿Mamá, estás bien?

—Estoy de maravilla —contesté, aún con una sonrisa tonta.

Ella miró a Darío y, para mi sorpresa, no montó ninguna escena.

—Cuídala un poco, ¿sí?

—Con mi vida —dijo él.

Cuando se fue, me quedé observándolo. Había una complicidad extraña en aquella situación, una que no debía existir. Yo era la madre de su amiga. Él era demasiado joven. Yo estaba colocada, sensible, vulnerable, excitada por el simple hecho de sentirme observada. Y aun así, cuando me tendió la mano para bailar, se la di.

Bailamos en medio del jardín, entre desconocidos y luces de guirnaldas. Él me guiaba por la cintura con naturalidad y yo me dejaba hacer. Al principio me sentí torpe, luego empecé a moverme mejor. Su mano bajó un poco más de lo necesario un par de veces. Yo no la aparté.

Su boca se acercó a mi oído para decirme cualquier tontería y yo sentí un escalofrío real, no del porro, sino del deseo. Olía a colonia limpia y a noche caliente. Varias veces nuestras caderas se rozaron con la excusa del baile. Varias veces noté que ese roce no era casual.

Cuando por fin nos sentamos, me ofreció agua y se quedó frente a mí, mirándome en silencio. No era una mirada inocente. Era la mirada de un hombre decidiendo si se atreve o no. Y la mía, aunque más confusa, debía de estar diciendo que sí.

Darío se inclinó despacio. Yo todavía podía haberme apartado. No lo hice. Nuestros labios se rozaron primero con cuidado, después con más hambre. Su boca era joven, cálida, insistente. El beso me sacudió de arriba abajo, como si me hubieran enchufado a una corriente que llevaba años apagada.

Me separé de golpe.

—No —murmuré—. Esto no puede pasar.

Y me fui antes de darme tiempo a arrepentirme de haber puesto ese límite.

***

A la mañana siguiente me desperté con la cabeza espesa y el cuerpo extrañamente despierto. Me tumbé junto a la piscina con gafas de sol, café en mano y un sentimiento doble: vergüenza por lo ocurrido y una punzada casi adolescente al recordarlo.

Mara apareció con una camiseta enorme y se dejó caer en la hamaca de al lado.

—No pienso juzgarte —soltó de entrada.

Me giré hacia ella.

—Preferiría que tampoco investigaras.

—Solo voy a decirte una cosa —continuó—: hacía mucho que no te veía tan viva.

No supe qué responder. Esperaba reproches, no comprensión. Ella me estudió con una media sonrisa.

—Si te gusta alguien, no actúes como si ya estuvieras muerta, mamá.

—Es un amigo tuyo.

—Y tú eres una mujer adulta, no una monja.

Dicho eso se levantó y me dejó sola con el calor, el café y un temblor raro bajo el estómago. Quise convencerme de que aquello había sido un desliz. Un beso. Una tontería de fiesta. Nada más.

No lo era.

A media tarde, cuando el sol ya estaba cayendo y yo nadaba sola en la piscina, escuché la grava crujir en la entrada. Levanté la vista y allí estaba Darío, con unas gafas de sol colgando del cuello de la camiseta y esa sonrisa de hijo de puta que sabe perfectamente el efecto que produce.

—Vengo a por mis gafas —dijo—. Mara me dijo que quizá las había dejado aquí.

Salí del agua despacio, empapada, con una toalla alrededor del cuerpo y el pulso acelerado. Él entró, recogió lo que había venido a buscar y, en vez de irse, regresó a la terraza. Yo debí despedirlo en ese instante. En lugar de eso, le ofrecí un café frío.

Nos sentamos frente a frente. Yo seguía envuelta en la toalla, sin sujetador, con el bañador húmedo marcándome el cuerpo debajo de la tela. Él hablaba de cualquier cosa, pero sus ojos volvían una y otra vez a mi escote, a mis piernas, a mis labios. No intentaba disimularlo.

—Me gustó besarte —dijo al fin.

—A mí no debió gustarme.

—No he preguntado eso.

Le sostuve la mirada. Tenía el descaro de quien va de frente porque confía en ganar. Yo estaba nerviosa, pero también cansada de fingir que no entendía lo que pasaba.

—No es buena idea, Darío.

—Quizá. Pero sigo pensando en tu boca desde anoche.

La frase me golpeó más abajo del vientre. Noté calor entre las piernas, una humedad suave, molesta por lo evidente. Hacía demasiado tiempo que nadie me hablaba así. Demasiado tiempo que nadie me deseaba sin cautela.

Saqué una botella de vino blanco para tener las manos ocupadas. Él abrió la botella, sirvió dos copas y se movió por la cocina con una naturalidad casi íntima. Yo fui un momento a mi cuarto, me sequé mejor, me puse una camiseta ligera y unos shorts. Cuando volví, él estaba apoyado en la encimera, esperándome.

—Ahora sí pareces a punto de cometer una locura —dijo.

—Y tú pareces acostumbrado a provocarlas.

No sé si fue el vino, la tarde, la soledad de la casa o el hambre acumulada de mi cuerpo. Solo sé que nos acercamos al mismo tiempo. Él me sujetó por la cintura con firmeza y yo no retrocedí. Su beso llegó sin juego previo esta vez: boca abierta, lengua caliente, manos impacientes.

Gemí contra sus labios al sentir su palma subir por debajo de mi camiseta y apretar un pecho desnudo. No llevaba sujetador. Su mano me encontró blanda, sensible, y empezó a acariciarme el pezón con el pulgar hasta endurecerlo. Yo me agarré a sus hombros y le devolví el beso con la misma hambre.

—Joder, Vera —murmuró—. Tenía razón al imaginarte así.

Su otra mano bajó a mi culo y me lo apretó con descaro. Noté su polla dura empujándome a través del pantalón. Sentirla me aceleró todavía más. Él lo notó, claro. Todos los hombres notan cuándo una mujer se derrite.

—Dime que me vaya y me voy —susurró.

No lo dije.

Al contrario: fui yo la que tiró de su camiseta, la que volvió a besarlo, la que separó un poco las piernas cuando su rodilla se metió entre mis muslos. Él soltó una risa baja, satisfecha. Después me levantó en brazos y me llevó hasta la cama balinesa de la terraza, protegida por las cortinas claras del porche.

Allí me tumbó con decisión y se arrodilló entre mis piernas. Me miró de arriba abajo como si quisiera memorizarme. Luego me quitó la camiseta despacio y dejó mis pechos al aire. El aire templado me rozó los pezones antes de que lo hiciera su boca.

Chupó uno y luego el otro, sin prisa al principio, jugando con la lengua alrededor de la areola, mordiéndome apenas el pezón hasta arrancarme un gemido más alto. Yo le hundí los dedos en el pelo y abrí más las piernas por pura necesidad.

—Así, sí —me salió decir—. No pares.

Su mano se coló por dentro de mis shorts. Primero rozó la tela de la braga, empapada ya, y soltó un bufido incrédulo.

—Mierda, estás mojada de verdad.

—Y tú hablas demasiado.

Se rió y apartó la braga de un tirón. Sus dedos encontraron mi coño caliente y resbaladizo. Me acarició despacio entre los labios, abriéndome, jugando con el clítoris justo lo necesario para hacerme retorcer. Luego metió un dedo. Después dos. Entraron fácil por lo húmeda que estaba.

Arqueé la espalda y abrí la boca en un jadeo que me avergonzaría recordar después. Sus dedos entraban y salían con ritmo, mientras el pulgar seguía castigándome el clítoris. El placer subió rápido, demasiado rápido.

—Joder... —gemí—. Sigue, sigue así.

Él obedeció, pero no con dulzura. Empezó a follarme con la mano de verdad, hundiendo los dedos hasta el fondo, sacándolos cubiertos de mí, volviendo a meterlos con un chapoteo obsceno que me excitó aún más. Yo llevaba meses sin que nadie me tocara, y mi cuerpo lo estaba recibiendo todo como una hambrienta.

—Mira cómo mojas mis dedos —dijo, enseñándomelos un instante antes de llevárselos a la boca y chuparlos.

Esa imagen me terminó de desarmar.

Quise bajarle el pantalón. Él me dejó. Saqué primero la cinturilla, luego el bóxer, y su polla saltó dura, gruesa, con la punta brillante. La miré un segundo, sorprendida por lo mucho que me gustó verla. Después la agarré.

—Eso sí te lo sabes hacer bien —dijo entre dientes.

Lo acaricié arriba y abajo, sintiendo la piel caliente y tensa bajo mi mano. Me incliné y le lamí la punta. Sabía a sal y deseo. Él soltó un gemido ronco y me sujetó el pelo mientras yo lo iba metiendo en la boca poco a poco, hasta donde pude. Hacía tiempo que no chupaba una polla, pero el cuerpo recuerda.

La lengua, la saliva, el peso de él sobre mi lengua, todo me encendió aún más. Mientras lo chupaba, él volvió a meterme dos dedos y a moverlos dentro de mí. La combinación fue demasiado. Noté la tensión agarrándome el vientre.

Me aparté jadeando.

—Fóllame ya.

No hizo falta repetirlo. Se bajó del todo el pantalón, se colocó entre mis piernas y me frotó la polla entre los labios del coño, embarrándola con mi propia humedad. La punta chocó contra mi clítoris y me hizo gemir otra vez. Luego la alineó y empezó a entrar.

Era más grande de lo que había imaginado. Noté el estirón, la presión, el cuerpo abriéndose para recibirlo. Me aferré a sus brazos mientras él me la metía despacio al principio, centímetro a centímetro, mirándome a la cara para ver si podía seguir. Yo levanté las caderas.

—Métela toda.

Él me obedeció con una embestida profunda que me arrancó un grito. Se quedó un segundo dentro, hasta el fondo, respirando fuerte. Yo lo sentía completo, duro, caliente, clavado en mí como si mi coño hubiera estado meses esperándolo a él en concreto.

Entonces empezó a follarme.

No hubo romanticismo ni delicadeza de película. Hubo un ritmo sucio, cada vez más rápido, sus caderas golpeando las mías, mis pechos botando a cada embestida, la tela de la balinesa crujiendo bajo nosotros. Él me agarraba de la cintura para enterrarse mejor. Yo abría las piernas todo lo que podía y lo recibía con hambre.

—Así te quería —murmuró—. Abierta para mí.

La frase me excitó más de lo que quería admitir. Lo sentía entrar y salir mojado, con un sonido húmedo, obsceno, delicioso. Cada vez que se hundía del todo me rozaba un punto que me hacía perder el aire. Yo gemía sin vergüenza, diciendo cualquier cosa, pidiéndole más, insultándolo, animándolo.

—Más fuerte, cabrón. Más.

Me agarró una pierna y la subió sobre su hombro para abrirme mejor. Con ese ángulo empezó a entrar todavía más profundo. La punta me golpeaba por dentro con una precisión brutal. Noté el orgasmo acercándose como un tirón en todo el cuerpo.

Él bajó una mano a mi clítoris y empezó a frotarlo mientras seguía penetrándome. Ahí sí me rompí. Me corrí gimiendo su nombre, con el coño apretándole la polla a sacudidas, las piernas temblando y la visión borrosa. Él no frenó. Al contrario. Siguió dándome embestidas largas y duras, aprovechando mis contracciones para calentarse más.

—Joder, cómo aprietas cuando te corres —gruñó.

Yo seguía temblando, todavía sensible, todavía abierta, y aun así quería más. Se salió solo para darme la vuelta. Me puso a cuatro patas sobre el colchón, me separó las nalgas y pasó la punta de la polla por mi coño empapado, de abajo arriba, rozándome el culo, buscándome, haciéndome jadear.

—Por ahí no —avisé enseguida.

—Tranquila. Quiero este coño.

Me la metió desde atrás de una sola vez. Esa postura hizo que lo sintiera todavía más grande. Me sujetó por la cadera con una mano y con la otra me agarró el pelo, tirando apenas hacia atrás para hacerme arquear la espalda. Empezó a follarme con la fuerza de un hombre más joven y la puntería de uno que sabe exactamente lo que está haciendo.

Los golpes me empujaban contra el colchón. Yo me sostenía como podía, jadeando, con la boca abierta, notando cómo mis pechos se balanceaban debajo de mí. Él me daba duro, sin pausa, y cada embestida sonaba húmeda, cruda, deliciosa.

—Mira cómo te gusta —dijo—. Mira cómo me pides más con el cuerpo.

Era verdad. Yo estaba moviendo el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Cada vez que él se retiraba, lo iba a buscar. Ya no me importaba nada salvo esa polla entrando y saliendo de mí. Me sentía vulgar, hambrienta, viva.

Una de sus manos bajó entre mis piernas y me encontró el clítoris otra vez. Apenas lo rozó y mi cuerpo respondió enseguida. El segundo orgasmo llegó menos explosivo, pero más largo. Me corrí casi sin fuerzas, apoyando la frente en el colchón mientras mi coño lo ordeñaba.

Él soltó una maldición, salió de mí y me hizo girar. Me arrodillé casi por reflejo. Su polla seguía dura, brillante de mi flujo. La tomé en la mano y la metí en mi boca antes de que me lo pidiera.

Lo chupé con ganas, profunda, tragando saliva y ruido. Él me sujetó la barbilla y me miró mientras yo subía y bajaba, apretando los labios en el glande, acariciando la base con la mano. Noté cómo se tensaba. Su respiración cambió.

—Me corro —avisó.

Le hice una última mamada lenta y luego rápida, sin soltarlo. Se corrió en mi boca con un gemido ronco, caliente, abundante. Tragué lo que pude y dejé que el resto me manchara los labios antes de limpiarme con la lengua. Él me miró como si acabara de descubrir un vicio nuevo.

—No jodas, Vera...

Yo me dejé caer a su lado, sudada, saciada y todavía con cosquilleo entre las piernas. Durante un rato no dijimos nada. Solo escuchamos el agua de la piscina y nuestras respiraciones bajando despacio.

***

Lo lógico habría sido que se fuera. Lo lógico se había terminado hacía rato. Preparé algo rápido de cenar y comimos en la terraza, riéndonos como si no acabara de ocurrir algo capaz de cambiarme el verano entero. Él tenía la calma satisfecha de quien ha conseguido lo que quería. Yo tenía el coño sensible y una excitación que no se había apagado del todo.

Después de recoger dos platos y dejar lo demás para más tarde, fui directa al dormitorio. No pensaba disimular.

—Ven —le dije desde la puerta—. Todavía no he terminado contigo.

Entró sonriendo. Cerró la puerta detrás de sí y me miró como si le encantara que yo hubiera dejado de fingir. Me acerqué, me quité la camiseta y los shorts delante de él, despacio. Luego me tumbé en la cama completamente desnuda y abrí las piernas.

—Quiero volver a sentirte dentro.

Su polla respondió antes que su voz. Se desnudó de prisa y se subió a la cama. Esta vez bajó a besarme los muslos, el vientre, el pubis. Separó mis labios con los dedos y empezó a lamerme. No con timidez, sino metiendo la lengua de verdad, larga, firme, subiendo al clítoris, bajando otra vez, chupando, mordiendo apenas.

Me agarré a las sábanas. Tenía la boca muy buena y lo sabía. Mi coño seguía sensible de la primera vez, así que cada lamida me hacía retorcerme más.

—Qué rico sabes —murmuró sin apartarse.

—No me hables y sigue.

Lo hizo. Añadió dos dedos mientras me comía el coño y yo acabé gimiendo de forma obscena, sin ninguna dignidad. Cuando sentí que iba a correrme, lo aparté del pelo.

—No ahí. Quiero corrérmelo con tu polla dentro.

Él sonrió, se colocó encima y me penetró de nuevo. Entró fácil esta vez, porque yo estaba abierta y chorreando. Se apoyó sobre los antebrazos y empezó con un vaivén más lento, más hondo. Cada empujón parecía diseñado para quedarse dentro un segundo extra y hacerme notar todo su grosor.

Le rodeé la cintura con las piernas y empecé a moverme contra él. Quería participar, marcar el ritmo, sentir que no me estaban cogiendo sino que yo también me lo estaba follando. Él lo entendió enseguida. Subió el ritmo. Los dos empezamos a embestirnos al mismo tiempo.

—Me encanta cómo me recibes —dijo—. Tu coño me exprime como si no quisiera soltarme.

—Porque no quiero.

Le mordí el hombro al decirlo y él respondió clavándome más fuerte. Cambió el ángulo, me agarró de debajo de las rodillas y me abrió casi hasta el pecho. Así me folló más profundo todavía, entrando hasta hacerme gemir con cada golpe. Yo apenas podía pensar. Solo sentía esa polla golpeando dentro y el calor subiendo otra vez.

Alargó una mano y empezó a jugar con mi clítoris al ritmo de sus embestidas. Fue demasiado. El orgasmo me agarró otra vez con más violencia que el anterior. Me corrí gritando, apretándolo entre las piernas, con el vientre en tensión y los muslos temblando. Mi coño se cerró sobre él en espasmos húmedos.

—Hostia... —gimió él—. Así no aguanto.

Intentó resistir, siguió empujando unas cuantas veces más, pero lo noté al borde. Yo alargué la mano y le apreté los huevos con suavidad, masajeándolos. Ese contacto terminó de romperle el control. Me besó con hambre mientras se corría dentro de mí, enterrado hasta el fondo, soltando un gruñido bajo que me hizo estremecer otra vez.

Se quedó encima unos segundos, respirando sobre mi cuello. Luego se apartó y yo aún lo quería más. No sé si era el tiempo perdido o la excitación de estar haciendo algo prohibido, pero esa tarde me había convertido en una mujer insaciable.

—No pongas esa cara —dijo él, todavía jadeando—. Parece que quieres otra.

—No parece. Quiero otra.

Se rió. Yo me levanté, lo empujé contra el borde de la cama y volví a arrodillarme. Quería llevarlo otra vez a la boca. Quería sentir esa polla endurecerse de nuevo por mí. La chupé despacio al principio, jugando con la lengua por la punta, notando cómo recuperaba fuerza entre mis labios. Él me acariciaba el pelo y me observaba con una mezcla de sorpresa y puro morbo.

Cuando la tuvo dura otra vez, me levantó y me colocó de espaldas, inclinada sobre el colchón. Esta vez no hubo ceremonia. Me apartó una nalga, guio la punta hasta mi entrada y volvió a hundirse en mi coño con una embestida seca que me hizo gemir de inmediato.

Me folló de pie, agarrándome de la cintura, con un ritmo duro y continuo. Yo apoyé las manos en la cama y eché el culo atrás para recibirlo. El sonido de los golpes, mis jadeos y sus respiraciones llenó la habitación. De vez en cuando me daba una palmada rápida en una nalga, no para hacer daño, sino para marcar su dominio. Me excitó de una forma absurda.

—Eso —dijo—. Muévete así para mí.

Lo obedecí sin pensar. Ya estaba tan mojada que él entraba y salía con facilidad, resbalando dentro de mí una y otra vez, cada vez más rápido. Mi cuerpo pidió tregua y más al mismo tiempo. Acabé corríendome de nuevo, más cansada, más rendida, con la cara hundida en las sábanas y un gemido roto que apenas reconocí como mío.

Él aguantó unos segundos más y salió justo a tiempo para correrse sobre mi culo y la parte baja de la espalda. Noté el chorro caliente, su mano extendiéndolo un poco mientras soltaba una risa sin aliento.

Caímos los dos sobre la cama, agotados y pegajosos. Me dio la vuelta y me besó sin prisa, esta vez con una ternura inesperada que contrastaba con todo lo anterior. Fue casi más peligroso ese beso que la crudeza de los polvos.

Cuando se vistió para irse, ya de noche cerrada, se sentó a mi lado un momento.

—Tengo que salir un par de días por trabajo —me dijo—. No hagas nada interesante sin mí.

—Eso dependerá de cuánto tardes.

—¿Me vas a esperar?

Lo miré y sonreí. Aún tenía el cuerpo flojo, el coño satisfecho y la cabeza dando vueltas por todo lo que había hecho en menos de veinticuatro horas.

—Si vuelves así de puntual como hoy, sí.

Él me besó una última vez y se fue. Me quedé sola en el cuarto, desnuda sobre las sábanas revueltas, oliendo a sexo, a vino y a verano recién inaugurado. Por primera vez desde mi separación, la casa no me pareció demasiado grande. Me pareció llena de posibilidades.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts en Microcentro, con fotos reales.

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Comentarios(5)

NachoCorrientes

Tremendo relato, me enganche desde el titulo jaja

JorguitoMdq

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de mas!!!

Ramiro_pba

Me recordo a algo que me paso en una fiesta hace un tiempo... la vida a veces supera la ficcion. Muy bueno el relato.

Blas

excelente!!!

Seba_Cor

Muy bien escrito, se nota que le ponen ganas. Saludos desde Cordoba!

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