La socia de Nuria vino desde Bilbao esa noche
Pasaron los meses. El otoño en Valencia llegó con lentitud, como llegan las cosas cuando ya nadie las está esperando. Nuria y yo habíamos aprendido a movernos con esa cadencia larga que no exige nada: sin llaves cruzadas, sin planes, sin promesas. Nos buscábamos cuando la piel lo pedía. Nada más.
Un viernes de octubre me escribió a media tarde. Yo estaba terminando un artículo en el balcón, con las hojas amarillas cayendo en el patio interior de Ruzafa y un té enfriándose al lado del portátil.
«Esta noche viene Elena, mi socia de Bilbao. Un par de días por trabajo. Cena en casa, informal. ¿Te apetece pasarte después? Creo que te gustaría conocerla.»
Cuando Nuria usaba esa frase, no era casualidad. Guardé el móvil sin responder de inmediato. Bajé a comprar una botella de Ribera y una tarrina de anchoas del Cantábrico. Contesté una hora más tarde: «Sobre las once y media.»
Llegué al portal con el vino en la mano. La puerta del piso estaba entornada. Voces de mujer riendo bajito, bossa nova en el fondo, olor a queso curado y a leña seca de la chimenea que Nuria encendía en cuanto el termómetro bajaba de veinte.
Ella salió a recibirme descalza. Llevaba un vestido de punto color vino, manga larga, corto por delante y largo por detrás. Se me colgó del cuello con las dos manos y me besó en la boca sin prisa. Un beso hondo, con lengua, con hambre disimulada.
—Ven —susurró—. Elena está en el salón.
Elena estaba en el sofá grande, copa en la mano, piernas cruzadas. Cuarenta y siete años, pelo rubio ceniza cortado a lo garzón, ojos azules muy claros, boca ancha. Camisa de hombre blanca por fuera, pantalón negro de pinza, un anillo grueso de plata en el pulgar. Socia de Nuria en el bufete de Bilbao pero especializada en derecho mercantil: la que negocia despidos millonarios y adquisiciones hostiles con una sonrisa amable. Practicaba jiu-jitsu brasileño desde los treinta y se le notaba en la postura, en cómo apoyaba los pies planos en el suelo.
—Así que tú eres el hombre del que Nuria no me habla nunca —dijo tendiéndome la mano—. Lo cual, viniendo de ella, es la mayor confesión posible.
Le apreté la mano. Firme, seca, sin joyería en los dedos.
—Y tú debes de ser la única persona capaz de sacarla del despacho antes de que amanezca.
—Alguien tiene que hacerlo —contestó con media sonrisa—. Si no, acaba dictando escritos hasta en sueños.
Nuria se sentó entre los dos con la botella nueva ya abierta. Llenó las tres copas. Hablamos de todo lo que se habla cuando no hay prisa: de un caso imposible que Elena había cerrado en Bilbao la semana anterior, de la lentitud enloquecedora de la Audiencia Provincial, de por qué el norte y el Mediterráneo parecen dos países aunque compartan pasaporte. Elena tenía un humor bilbaíno seco, sin adornos. Nuria se soltó como no la había visto soltarse casi nunca: los hombros bajos, la risa alta, la mano suelta en el aire.
A eso de las dos de la madrugada, Nuria se levantó a por la última botella. Cuando volvió, se sentó otra vez entre los dos, muy cerca, un muslo pegado a cada uno. El aire cambió de temperatura sin que nadie hiciera nada. Fue un cambio de presión, como cuando el barómetro empieza a caer antes de la tormenta.
—Elena sabe lo nuestro —dijo Nuria mirándome a los ojos—. Se lo conté hace tres semanas en Bilbao. Todo.
No me sorprendió. Nuria no era mujer de guardar nada con las suyas.
Elena dio un sorbo largo a la copa y me sostuvo la mirada por encima del cristal.
—Me contó… —hizo una pausa como buscando una palabra que la traicionara menos— la calma. Lo despacio que va todo contigo. Que con cincuenta y tantos años alguien la haga sentir como si volviera a tener veintiocho. Y me picó la curiosidad.
No era una propuesta. Era una puerta abierta a la espera de que alguien decidiera cruzarla o cerrarla.
—¿Y qué has visto hasta ahora? —pregunté, con la voz más baja de lo que pretendía.
Elena sonrió despacio, la boca ancha ocupándole media cara.
—A un tío que la mira como si fuera lo único que hay en el salón. Que no le habla por encima. Que sabe esperar. Eso ya me interesa.
Nuria puso una mano sobre mi muslo y otra sobre el de Elena. Sin dramatismo. Sin declaración. Como si el gesto estuviera decidido desde antes de que llegáramos ninguno.
—No quiero un trío de folletín —dijo mirando primero a Elena y luego a mí—. Nada de posturitas ni de guiones aprendidos. Solo esto. Como lo nuestro. Y si en cualquier momento alguien dice basta, se para. Sin explicaciones.
—Aceptado —contestó Elena—. Con la misma regla. Cuerpos que se buscan. Punto.
Nos quedamos callados unos segundos. La bossa nova sonaba tan bajito que se oía la lluvia empezando en la ventana del patio.
Nuria se movió primero. Se giró hacia mí y me besó despacio, lengua adentro, mano en la nuca. Luego rotó el cuerpo y besó a Elena con la misma calma exacta, el mismo tiempo. Vi cómo las lenguas se rozaban sin prisa, cómo la mano de Elena subía por la cintura de Nuria por debajo del punto del vestido.
Cuando se separaron, las dos me miraron.
—Vamos —dijo Nuria.
Nos levantamos sin encender más luces. El dormitorio, la cama grande sin dosel, sábanas blancas, una lamparita de mesita apenas ámbar.
Nuria se quitó el vestido por la cabeza sin ceremonia. Debajo, ropa interior negra sencilla, tetas pesadas cayendo sueltas cuando se desabrochó el sujetador, vientre suave, esas estrías finas en las caderas que ya me sabía de memoria, coño con vello oscuro recortado. Elena se soltó los botones de la camisa uno a uno, mirándome. Debajo, un sujetador deportivo gris, tetas medianas y firmes, abdomen marcado por años de tatami, un tatuaje pequeño de una brújula en el costado izquierdo. Se bajó el pantalón y las bragas de un tirón. Coño depilado al ras, labios menores asomando ligeramente, clítoris ya hinchado antes de que la tocaran.
Me desnudé sin apuro. La polla ya medio dura, larga, gruesa, con las venas marcadas.
Los tres nos miramos un instante largo. Nadie corría.
Nuria se acercó primero a Elena. La besó de pie, con las manos en la cintura, subiendo por los pechos, bajando otra vez por las caderas. Se arrodilló despacio. Le besó el vientre, bajó más, le abrió los muslos con las dos manos. Le lamió el coño con la lengua plana, de abajo arriba, separando los labios, chupando el clítoris con la boca completa. Elena echó la cabeza atrás y soltó un gemido ronco. Le agarró la nuca a Nuria y meció las caderas contra su cara.
Yo me acerqué por detrás de Nuria. Le acaricié la espalda, le apreté las nalgas, le metí dos dedos en el coño empapado. Estaba tan mojada que la mano se me llenó de flujo hasta la muñeca. Empecé a masturbarla despacio mientras ella seguía comiéndose a Elena.
Elena abrió los ojos y me miró.
—Ven aquí, joder.
Me acerqué. Me besó de pie con la boca todavía sabiendo a vino. Luego se arrodilló al lado de Nuria. Las dos se pusieron a chuparme al mismo tiempo. Una tomaba la punta, la otra bajaba con la lengua por el tronco hasta los huevos. Cambiaban sin hablar. Las lenguas se cruzaban en mi polla, la saliva colgaba en hilos, los ojos me miraban desde abajo con esa mezcla de calma y hambre que no admite negociación.
—Joder… —dije—. Parad un momento, que me corro.
Nuria sonrió y se levantó. Se tumbó boca arriba en la cama y se abrió de piernas. Elena se subió a horcajadas sobre su cara, mirándome. Nuria le agarró las nalgas con las dos manos y empezó a comérsela desde abajo con hambre auténtica, la lengua metida hasta donde llegaba, chupando el clítoris sin parar. Elena se arqueó hacia atrás y me tendió la mano.
Me coloqué entre las piernas de Nuria. Le puse el glande en la entrada y se la metí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abría alrededor. Cuando llegué al fondo, ella gimió contra el coño de Elena. Empecé a moverme lento, hondo, constante. Las tetas de Nuria se sacudían con cada embestida. Elena se agarraba al cabecero, echaba la cabeza atrás, gemía grave y sostenido.
Cuando Elena se corrió por primera vez, fue en la boca de Nuria. Un gemido largo, cuerpo temblando entero, los muslos apretándole la cara. Nuria bebió todo sin apartar la lengua un segundo.
Elena se bajó, respirando fuerte, y me besó con la boca todavía manchada del sabor de Nuria. Me la sacó de dentro despacio.
—Cambio —dijo.
Se puso a cuatro patas al borde de la cama. Nuria se metió debajo, boca arriba, lengua fuera hacia el clítoris de Elena. Yo me coloqué detrás. Le acaricié las nalgas con las dos manos, le pasé el glande por la raja empapada varias veces y se la metí de una embestida. El coño de Elena era distinto al de Nuria: más estrecho, más caliente, más apretado en la entrada. Ella empujó hacia atrás y soltó un «así, joder, así, más fuerte» que me quitó cualquier freno que me quedara. Empecé a follármela seco, sin miramientos, agarrándole las caderas con las dos manos. Nuria lamía el clítoris de Elena y me lamía a mí el tronco cada vez que salía casi entero. Notaba la lengua caliente en los huevos, en el perineo, en el glande a medio salir.
Elena se corrió otra vez. Esta vez con un chorro caliente que le cayó a Nuria en la cara y en el pecho. Ella lo recibió sin apartarse, riéndose entre gemidos, la lengua fuera.
Nos tumbamos los tres. Nuria y Elena se besaron largo rato, saboreándose la boca. Yo las acariciaba a las dos: manos en tetas, en vientres, entre los muslos. Nuria me buscó la mirada.
—Te toca.
Se colocaron las dos a mi lado. Una me masturbaba con la mano llena de saliva, la otra me la chupaba entera hasta la garganta. Iban cambiando. La cabeza de Nuria subiendo, la de Elena bajando. Cuando sentí la corrida subiéndome desde el fondo, les avisé.
—Abrid la boca. Quiero correrme entre las dos.
Se arrodillaron delante de mí con la boca abierta y la lengua fuera. Me corrí con la garganta apretada. Chorros gruesos que cayeron en las lenguas, en las barbillas, en el labio inferior de Elena. Ellas se miraron con la boca todavía llena, se acercaron y se besaron largo, con lengua, compartiéndose la corrida, gimiendo bajito la una en la boca de la otra.
Nos quedamos abrazados los tres en la cama grande, sudorosos, respirando en el mismo ritmo. La lluvia había arreciado en el patio. Elena habló primero, con la voz ronca de tanto gemir.
—Nuria tenía razón. Eres un puto lujo.
Nuria se rio contra mi pecho, bajito.
—No es un lujo. Es un tío que sabe esperar. No es lo mismo.
Elena me miró en la penumbra ámbar. Los ojos azules muy claros.
—¿Te quedas hasta mañana? Tengo el vuelo a las siete de la tarde. Me gustaría… repetir. Con más calma.
Miré a Nuria. Ella asintió, satisfecha.
—Quédate —dijo—. Los tres.
Y me quedé.
***
A la mañana siguiente, después del café y de una ducha en la que las dos me enjabonaron y se enjabonaron entre ellas, volvimos a la cama. La luz era distinta: sábado gris de otoño valenciano, con la persiana medio bajada y la habitación en penumbra. Todo fue más lento. Nos exploramos con calma, sin la urgencia de la noche anterior.
Elena me pidió, en un momento, con la voz baja pegada a mi oído, algo que hacía años que no hacía con nadie. Se puso a cuatro patas otra vez. Nuria fue la que preparó el terreno: dedos empapados de lubricante, lengua en el clítoris, boca en el ano, todo el tiempo del mundo. Yo entré despacio, casi sin moverme al principio, dejando que ella marcara el ritmo. Elena empujó hacia atrás y me metió entera de un tirón. Cuando arranqué el ritmo, tenía a Nuria besándome la espalda y bajándome la mano al clítoris de Elena para acompañar.
Nuria se corrió también poco después: yo salía del culo de Elena, ella se colocaba de espaldas contra mi pecho, se la metí en el coño mientras Elena, todavía temblando, le abría los muslos con las dos manos y le comía el clítoris desde abajo, con la lengua rápida y la mano en el vientre. Nos corrimos casi al mismo tiempo, un enredo de piernas, de bocas, de sudor.
Cuando Elena se fue al aeropuerto, nos besó a los dos en la puerta. A Nuria en la boca, largo, con las dos manos en la cara. A mí en la comisura de los labios y una sonrisa que no llegó a explicar del todo.
—Vuelvo en diciembre —dijo mientras esperaba el ascensor—. Espero que la habitación siga libre.
Nuria cerró la puerta y se apoyó de espaldas contra ella, mirándome.
—¿Estás bien? —preguntó.
La abracé por la cintura. Olía todavía a las dos.
—Mejor que bien. ¿Y tú?
Ella sonrió, esa sonrisa cansada y despierta a la vez que me tenía trastornado desde la primera cena que compartimos hace un año.
—Nunca mejor.
Y seguimos así. A veces los dos. A veces los tres. Elena vino en diciembre. Vino también en marzo. Siempre con la misma regla: cuando alguien dice basta, se para. Sin explicaciones.
Porque a los cincuenta y tantos ya no importa cuántas veces te corres. Importa cuánto tiempo te tomas para llegar hasta ahí.
Para quienes leen desde zona sur: escorts en Lomas de Zamora, con fotos reales.