La película que mi tía nunca terminó de ver
Hola, soy Marisol. Tengo veintitrés años y vivo en Guadalajara. Hace poco entendí por fin cómo funciona mi propio deseo, y quiero contarles cómo empezó todo. Antes que nada, déjenme que les diga cómo soy. Mido un metro sesenta, tengo la piel morena clara y el cabello negro, que a veces llevo suelto y a veces recogido. Soy delgada, de cintura marcada, piernas firmes y un cuerpo del que, sin presumir, me siento orgullosa.
Crecí en una familia muy tradicional, de esas en las que el sexo es un tema sucio del que nadie habla. Durante años cargué con esa idea encima como una losa. Tuve un novio en la prepa y una tarde, entre besos y caricias, dejé que me tocara por debajo de la ropa. Yo estaba lista, pero él fue tan brusco y tan torpe que lo detuve. Se ofendió, y poco después terminamos. Anduvo diciendo por ahí que yo era una calientahuevos, y eso me dolió tanto que llegué a pensar que mi familia tenía razón.
Todo eso cambió el día en que mi tía nos presentó a su nuevo novio.
***
Era un fin de semana de mayo. Mi tía llamó a mi madre para preguntarle si nos dejaba ir a su departamento; quería preparar una comida y, de paso, presentarnos al hombre con el que andaba. Mi madre aceptó, así que mi hermano Iván y yo nos fuimos a pasar el sábado y el domingo con ella.
Mi tía pasó por nosotros y de ahí salimos a recoger a su novio cerca de una estación del centro. Iván se sentó atrás; yo iba adelante, junto a ella. Cuando llegamos al cruce donde habíamos quedado, mi tía encendió las intermitentes y él ya estaba esperando en la esquina.
Era un hombre de unos cuarenta y ocho años, alto, casi de un metro ochenta, moreno claro, con una cara atractiva y apenas un poco de panza, nada que lo hiciera ver mal. En cuanto reconoció el auto, caminó hacia nosotros con una sonrisa enorme. Mi tía me hizo señas para que me pasara atrás. Abrí la puerta y él me ofreció la mano para ayudarme a bajar.
—Tú debes de ser Marisol —me dijo, sin soltarme—. Hola, mucho gusto.
Se acercó y me dio un beso en la mejilla. Luego me abrió la puerta de atrás para que subiera, y yo no pude hacer más que obedecer.
Ese día yo llevaba un short corto, mis tenis y un top. Me gusta vestir así, aunque a mi madre y a mi hermano no les parezca del todo. Cuando me senté y metí las piernas dentro del coche, me pareció notar que él se quedaba mirándolas un segundo de más. Me sonrojé. Él entró rápido, le dio un beso en los labios a mi tía y arrancamos.
El sábado transcurrió sin sobresaltos. Comimos en un restaurante, porque mi tía no cocina ni para salvarse la vida, y de ahí volvimos a su departamento.
***
Al llegar, él —Gerardo, así se llamaba— abrió la reja del estacionamiento y de nuevo me dio la mano para bajar. Juraría que sentí su mirada otra vez sobre mis piernas, pero preferí no pensarlo. Después fue a abrirle la puerta a mi tía y, al ayudarla, le acarició las nalgas con disimulo. Se rieron como cómplices y entramos.
En las visitas, Iván y yo siempre nos acostábamos en la cama de mi tía a ver una película, y esta vez no fue distinto. Nos echamos los dos, y ella se acomodó a un lado. Gerardo trajo una silla del comedor y se sentó junto a la cama, porque ya no cabíamos. Mi tía le insistió en que se acostara con nosotros, pero de verdad no había espacio.
Pusimos una película y, al rato, Iván se aburrió. Se levantó, dijo que se iba a la otra recámara a jugar con el teléfono y nos dejó solos. Mi tía se quedó dormida casi de inmediato; hasta empezó a roncar. Solo Gerardo y yo seguíamos despiertos. Lo volteé a ver.
—Oye, ¿por qué no te acuestas donde estaba mi hermano? ¿No estás incómodo ahí en la silla?
—Muchas gracias, Marisol, pero ¿cómo crees? Es justo a tu lado, y si tu tía despierta no quiero que vaya a pensar mal. Mejor la despierto y le digo que se recorra.
—Ni de locos —contesté en voz baja—. Si la despiertas cuando se queda bien dormida, se pone furiosa. Te juro que no se despierta, y además no tiene por qué pensar nada malo.
Después de unos segundos, se puso de pie, se estiró y rodeó la cama para recostarse junto a mí. Me puse nerviosa. Cuando estiró los brazos no pude evitar mirarle la entrepierna, y se le marcaba un bulto que dejaba claro que mi tía se divertía bastante con él.
Se acostó boca arriba, a mi lado, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, y siguió mirando la pantalla.
***
Me acomodé de manera que mi cabeza quedara a la altura de su pecho, en la misma postura que él, pero me aseguré de que el top se me marcara bien. La adrenalina de saber que mi tía podía despertar en cualquier momento, o que Iván podía entrar sin avisar como solía hacer, me estaba poniendo a mil. No sabía si Gerardo veía lo que yo quería que viera, pero no podía hacer otra cosa que imaginar que sí.
Volteaba de reojo cada tanto para vigilar a mi tía. El cuarto estaba oscuro, pero la luz de la pantalla iluminaba lo suficiente. Ella roncaba y, en algún momento, se giró dándonos la espalda. Miré hacia el otro lado y descubrí que Gerardo tenía una semierección. Estaba segura de que llevaba un buen rato mirándome el pecho sin prestar atención a la película.
Me levanté con la excusa de ir a ver si mi hermano ya dormía, que tenía hambre otra vez. Era mentira; solo quería confirmar que Iván no entrara de improviso. Gerardo se hizo a un lado para dejarme pasar, y yo me aseguré de darle una vista clara de mis nalgas, dejando que el short se me alzara con el movimiento.
Salí de la recámara, emparejé la puerta y me asomé por la rendija. Vi cómo Gerardo se acomodaba el miembro para dejarlo aún más visible. Eso me calentó como nunca. Yo no le era indiferente, y él se había dado cuenta de que tampoco lo era para mí.
Me siento como una cualquiera, coqueteando con el novio de mi tía.
El pensamiento me cruzó la cabeza, pero no fue suficiente para detenerme. Había algo en ese hombre a lo que no me podía resistir.
Fui al otro cuarto y abrí la puerta despacio. Iván dormía profundo. El corazón se me aceleró y volví. Antes de entrar, me asomé de nuevo por la rendija: Gerardo se masajeaba el bulto entre las piernas. Se le marcaba un miembro bastante interesante. Abrí de golpe y, como un rayo, se tapó con una almohada.
—Ay, Marisol, me asustas —dijo en voz baja—. Casi me da un infarto.
—Casi se te para… el corazón —reí, coqueta.
—Muy chistosa. Anda, ven, acuéstate y terminemos la película.
—Vale. ¿Te puedo decir Gerardo o prefieres otra cosa?
—Gerardo está perfecto. Ven.
***
Me acosté a su lado, nerviosa, sin saber qué hacer. Así que hice lo más lógico: fingí quedarme dormida. Creo que él pensó lo mismo, porque cuando me giré hacia su lado tenía los ojos cerrados.
Entonces se me ocurrió una idea. Busqué el control remoto, que estaba cerca de los pies de mi tía, y apagué el televisor. El cuarto quedó completamente a oscuras.
Esperé unos minutos por si pasaba algo. Al ver que no, me giré de nuevo hacia Gerardo. Él bajó el brazo, ofreciéndomelo como almohada, y lo tomé de inmediato.
Subí la pierna sobre su cadera y sentí su miembro muy duro, firme contra mi muslo. Me puse muy nerviosa, muy mojada. Empecé a respirar más profundo y, sin esperarlo, sentí un roce en el borde de mis pechos. Era su dedo, intentando tocarme. Lo abracé y me pegué a él todavía más.
Su mano cálida se cerró sobre mi pecho derecho y empezó a acariciarlo despacio. Con la misma discreción, fui acercando mi mano hacia su sexo. Cuando lo alcancé, le rocé la punta y empecé a recorrerlo lento, al mismo ritmo con que él me masajeaba.
En eso, mi tía se movió. Los dos quitamos las manos de golpe.
—¿Y la película? —preguntó, adormilada.
—Se acabó —contestó Gerardo, con una calma que me sorprendió.
—¿Y los niños?
—Marisol está aquí dormida y el otro se fue a la recámara.
—¿Qué hora es?
—No sé. Deja voy al baño.
Gerardo se levantó y se metió al baño. Estoy segura de que fue a esperar a que se le bajara, porque lo había sentido durísimo. Yo me giré hacia mi tía y me hice la soñolienta, con el corazón golpeándome el pecho y un cosquilleo entre las piernas que no se iba.
Nos paramos y fuimos a la cocina a ver qué cenábamos, como si nada hubiera pasado. Pero algo había pasado, y los dos lo sabíamos. En la siguiente visita, y en la otra, y en la otra, aprendí con él muchísimo más de lo que cualquier novio de mi edad me hubiera enseñado.
Esa, sin embargo, es otra historia que les contaré pronto.





