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Relatos Ardientes

Lo que descubrí del ingeniero maduro una noche

Entré a trabajar de secretaria en una constructora grande gracias a un contacto de mi madre. Era mi primer empleo formal y, como era la última en llegar al equipo, también era la que menos podía protestar. Me tocaba ordenar el archivo, cerrar las planillas del día y dejar todo listo para la mañana siguiente. Por eso casi siempre me quedaba hasta tarde, mucho después de que el resto se hubiera ido a sus casas.

El otro que nunca se iba temprano era Esteban, el ingeniero a cargo de toda la sede. Rondaba los cincuenta, tenía el pelo entrecano y unas manos grandes que se movían con una calma que me ponía nerviosa sin saber por qué. Se quedaba a revisar los reportes que yo después debía archivar, y poco a poco esas horas muertas se volvieron nuestras.

Hablábamos de todo. Me contaba de su matrimonio cansado, de la rutina en su casa, de las cosas que ya no se decía con su mujer. Yo lo escuchaba apoyada en el borde de su escritorio, y él me preguntaba por mí con una atención que ningún chico de mi edad me había dado nunca.

—¿No te aburre quedarte acá conmigo, Renata? —me dijo una de esas noches.

—Para nada —respondí, y era verdad.

Empezamos a salir a tomar café cuando cerrábamos. Después fue un sándwich rápido en el bar de la esquina, ya casi de madrugada. Nunca pasó nada que pudiéramos contar, pero había algo en la forma en que me sostenía la mirada un segundo de más que me dejaba pensando en él todo el camino a casa.

No debería estar pensando en mi jefe así.

Me lo repetía, y al día siguiente igual elegía la falda más ajustada y la bombacha más chica, la que sabía que se me marcaba bajo la tela. Me tocaba de noche pensando en él, con dos dedos hundidos en el coño mojado, imaginándome que eran los suyos.

***

Una noche creí que ya se había ido. Las luces del fondo estaban apagadas y su puerta entreabierta. Caminé hasta su oficina para dejar una carpeta sobre el escritorio y empujé la puerta sin pensarlo.

Esteban estaba ahí, recostado en su sillón, con los pantalones abiertos y la polla afuera, gruesa y dura, agarrada con la mano derecha. Se la meneaba despacio, apretándola desde la base hasta el glande, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. No me había escuchado. Me quedé clavada en el umbral, sin animarme a entrar ni a salir, conteniendo la respiración.

Lo miré más tiempo del que debería. La luz del flexo le caía sobre el pecho y dejaba el resto en penumbra, pero la verga se la veía perfecto, brillante en la punta, más grande de lo que jamás me había imaginado en las noches solitarias en mi cama. Yo apreté la carpeta contra las tetas y sentí cómo se me humedecía la bombacha, cómo se me endurecían los pezones bajo la blusa. Me mordí el labio para no jadear. No hice ningún ruido. Cuando lo vi tensarse y correrse en su propia mano, con un gemido apenas contenido, retrocedí en silencio y me fui antes de que abriera los ojos.

Esa imagen no se me borró en toda la semana. La repetía en mi cabeza de noche, en el colectivo, en la ducha, con la mano metida entre las piernas. Me imaginaba qué habría pasado si en vez de irme hubiera dado un paso adelante y me lo hubiera puesto en la boca ahí mismo.

***

Así que decidí provocarlo. No con palabras, todavía no me animaba a eso. Empecé a usar los pantalones más entallados, a inclinarme un poco más de lo necesario cuando le dejaba los papeles para que me viera el escote hasta el corpiño, a buscar excusas para rozarle el hombro cuando le explicaba algo en la pantalla. Y veía cómo él tragaba saliva, cómo dejaba de leer a mitad de una frase, cómo se removía en la silla y se acomodaba la entrepierna con disimulo.

—Estás distinta últimamente —me dijo una tarde, sin mirarme del todo.

—¿Distinta cómo? —pregunté, haciéndome la inocente.

Durante esos días aprendí a leerlo. Sabía en qué momento dejaba de fingir que revisaba un plano para seguirme el culo con la mirada cuando cruzaba la oficina. Sabía que carraspeaba antes de hablarme cuando estaba nervioso, que apretaba el lápiz entre los dedos cuando me inclinaba sobre su escritorio y le mostraba las tetas sin querer queriendo. Cada gesto suyo era una confirmación, y yo coleccionaba esas confirmaciones como quien junta pruebas de algo que todavía no se anima a nombrar.

Me gustaba esa tensión más de lo que estaba dispuesta a admitir. La forma lenta en que se construía, día tras día, una mirada por vez. No era la urgencia torpe de los chicos que había conocido antes. Era algo paciente, contenido, como una cuerda que se tensa de a poco hasta que sabés que en cualquier momento va a soltarse.

No me contestó. Pero esa noche, cuando volví a pasar por su oficina, lo encontré de nuevo igual que la primera vez, con la verga en la mano y los ojos cerrados.

Esta vez no me fui.

Entré despacio. Él abrió los ojos de golpe y se quedó duro, mortificado, intentando taparse con torpeza, rojo hasta las orejas. Empezó a balbucear una disculpa.

—No digas nada —murmuré.

Cerré la puerta con llave y me arrodillé frente a él antes de que pudiera reaccionar. Le aparté la mano y le agarré la polla yo, sintiendo por primera vez el peso y el calor de él en mi puño. Se la lamí primero desde la base hasta la punta, con la lengua plana, y él dejó escapar el aire de golpe, como si hubiera estado aguantándolo durante meses. Después me la metí entera en la boca, todo lo que pude, hasta que la sentí golpearme la garganta.

—Por dios… —dijo en voz baja, agarrándose del apoyabrazos—. Hace años que no me hacían esto.

Esas palabras me encendieron el triple. Saber que era yo la que le daba algo que en su casa ya no tenía me dio una seguridad que no me conocía. Me la chupé despacio, atenta a cada sonido que se le escapaba, subiendo y bajando con la boca bien apretada, la lengua trabajándole el glande, la mano acompañando lo que no me entraba. Le mamé los huevos también, uno por vez, mientras se la seguía meneando, y él soltó un gemido ronco que me hizo apretar los muslos.

—Renata… esperá… así no voy a aguantar —jadeó, con la polla brillante de mi saliva.

Me apartó con suavidad, casi con miedo de romper el momento. Se puso de pie, me levantó del piso y me besó por primera vez. Fue un beso largo, hambriento, con la lengua metida hasta el fondo, de alguien que llevaba demasiado tiempo conteniéndose. Me sacó la blusa con dedos impacientes y me arrancó el corpiño de un tirón. Se agachó y me chupó las tetas una por vez, mordiéndome los pezones hasta hacerme gemir, mientras yo le aflojaba la corbata y le desabrochaba la camisa sin dejar de mirarlo.

***

Me sentó en el borde de la mesa de reuniones, esa misma donde cada mañana firmábamos planillas como si nada. Me bajó el pantalón y la bombacha de un solo tirón, me separó las piernas y se arrodilló él esta vez, con una entrega que ninguno de los chicos torpes de mi edad había tenido jamás. Me miró el coño primero, empapado y abierto para él, y respiró hondo antes de hundir la cara ahí.

Me lamió entera, de abajo hacia arriba, con la lengua ancha y lenta, y después se concentró en el clítoris, chupándomelo como si fuera un caramelo, mordiéndolo apenas. Me metió dos dedos gruesos al mismo tiempo y los curvó adentro, buscando ese punto que ni yo misma sabía encontrarme. Sabía exactamente dónde y cómo, y yo tuve que morderme la mano para no gritar en una oficina vacía.

—No pares —le pedí en un susurro—. Por favor, no pares. Seguí chupándome ahí, no pares.

No paró. Me sostenía las caderas con esas manos grandes que tanto me habían distraído, con la lengua trabajándome sin descanso y los dedos entrando y saliendo, leyendo cada reacción mía. Sentí cómo se me iba el control, cómo todo el cuerpo se me tensaba, cómo las piernas se me cerraban solas sobre su cabeza, hasta que no aguanté más y me corrí en su boca con un temblor largo, mojándole toda la barba, con una mano enredada en su pelo entrecano y la otra apretándome una teta.

—Eso quería —dijo él, levantándose, con la voz ronca y los labios brillantes de mí—. Hace semanas que quería verte así.

***

Me dio vuelta sobre la mesa con una firmeza que no le conocía en el trabajo. Ahí, donde el hombre era todo modales y palabras medidas, ahora había otra cosa, algo callado y decidido. Me apoyó las tetas contra la madera fría, me abrió las piernas de una patada suave y me agarró de la cintura. Sentí la punta de la polla apoyada en la entrada del coño y contuve el aire.

Entró despacio, empujando de a poco, abriéndome de a centímetros, dándome tiempo, atento a mi respiración antes de moverse de verdad. Era gruesa, la sentí llenarme entera, y cuando me la tuvo adentro hasta el fondo se quedó quieto un segundo, respirando contra mi nuca.

—¿Estás bien? —me preguntó al oído.

—Sí —contesté—. Cogeme. No te detengas ahora.

No lo hizo. Empezó a moverse, sacándola casi entera y volviendo a hundirla hasta los huevos, con una paciencia que me volvía loca, sin apuro, como alguien que sabe que tiene toda la noche y que no necesita demostrar nada. La oficina estaba en silencio salvo por nuestras respiraciones, el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño empapado, y el golpe seco de sus caderas contra mi culo. Yo me agarraba del borde de la mesa y echaba la cabeza hacia atrás, sintiéndolo en cada terminación nerviosa.

—No sabés lo que me hacés —murmuró contra mi nuca, mientras me apretaba una teta con una mano y me clavaba los dedos de la otra en la cadera—. Todo el día pensando en cogerte así.

—Yo también —confesé—. Toda la semana pensando en tu verga.

Aceleró un poco, y yo empecé a gemir sin poder callarme. Me tiraba del pelo con suavidad, me obligaba a arquear la espalda, me daba una nalgada que me dejó la marca de la mano en el culo y me hizo apretarlo entera adentro. Me la sacó de golpe, me dio vuelta otra vez, me alzó en brazos y me llevó hasta el ventanal donde se veían las luces de la ciudad. Me apoyó contra el vidrio frío, me abrió las piernas alrededor de su cintura y me la metió otra vez de una sola estocada, ahí, colgada de él.

La diferencia de temperatura, su cuerpo caliente adelante y el cristal helado en la espalda y las tetas me hicieron temblar de un modo nuevo. Me cogió así, de pie, embistiéndome contra el vidrio, mientras afuera la ciudad seguía despierta, ajena a nosotros. Esa sensación de estar haciendo algo que nadie debía ver lo volvía todo más intenso.

—Mirá bien —me dijo, sin dejar de embestirme—. Ahí abajo hay gente cruzando la calle y nadie sabe que te estoy cogiendo.

Y tenía razón. Esa idea, la de que éramos un secreto suspendido en un piso vacío sobre toda la ciudad, mientras él me partía en dos contra un ventanal, me llevó al borde una vez más. Me corrí gritándole al oído, clavándole las uñas en la espalda, apretándole la polla adentro con todo el coño.

***

Volvimos a la mesa. Esta vez fue más lento, casi tierno, como si los dos quisiéramos que durara. Me acostó boca arriba, me abrió las piernas bien y se me metió despacio otra vez, mirándome a los ojos todo el tiempo. Yo le agarraba la cara, se la besaba, le lamía la boca todavía con gusto a mí. Se movía adentro con embestidas largas y profundas, sin dejar de mirarme, y eso, esa atención completa, era más fuerte que cualquier otra cosa. No era un chico apurado por terminar. Era un hombre que sabía cogerme mirándome a los ojos.

—Decime que esto no termina hoy —pidió, con una vulnerabilidad que me desarmó, sin dejar de hundirse en mí.

—No termina —prometí, aunque ninguno de los dos sabía si era verdad—. Corrámonos juntos ahora.

Cuando sentí que estaba por llegar, le apreté las piernas alrededor de la cintura y le pedí que me llenara. Él aceleró, hundió la cara en mi cuello y dejó escapar un sonido grave que me erizó la piel entera. Sentí la polla latirle adentro, la corrida caliente inundándome el coño en chorros largos, y yo me fui con él, aferrada a su espalda, con el corazón golpeándome como si se me fuera a salir y el semen escurriéndoseme por los muslos sobre la mesa.

Nos quedamos quietos un rato largo, recuperando el aire, todavía abrazados sobre esa mesa de reuniones, con él todavía adentro mío. La ciudad seguía brillando del otro lado del vidrio.

***

Nos vestimos en silencio, sin saber muy bien qué decir. Él me acomodó un mechón detrás de la oreja con una ternura que no encajaba con lo que acabábamos de hacer. Yo sentía todavía el semen entre las piernas, mojándome la bombacha limpia.

—Mañana tenemos reunión a las nueve en esta mesa —dijo, y sonrió por primera vez en toda la noche.

—Lo sé —respondí—. Va a ser difícil concentrarme.

Bajé en el ascensor sola, mirándome en el espejo, con la respiración todavía agitada y el pelo revuelto. Sabía que algo había cambiado para siempre, que ya no iba a poder verlo firmar una planilla sin recordar el gusto de su polla en mi boca ni sus manos apretándome el culo contra el vidrio. Y sabía, sobre todo, que iba a buscar la forma de quedarme tarde otra vez.

Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios(4)

RosaMariel

Buenisimo!!! de los mejores que lei en esta categoria en mucho tiempo

ElGabriel_77

Hay segunda parte? quedé con ganas de saber como siguió todo despues de ese momento jaja

NadiaSM_76

Me recordó a una situacion similar que tuve en el trabajo hace años. Esas noches donde pasan cosas que no te esperás para nada... muy bien contado

LucasSur_lect

La tension que fuiste armando desde el principio es lo mejor del relato. Se siente real, nada forzado. Felicitaciones

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