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Relatos Ardientes

El maestro de obra no sabía que yo lo escuchaba

Hace poco más de un año terminé la carrera y me recibí de arquitecta. Mi plan era dedicarme al diseño de interiores, a las casas bonitas y a los catálogos de revistas. Pero el trabajo soñado no apareció por ningún lado, y terminé donde caen muchos: en una empresa constructora, supervisando obras. Es un oficio técnico, ruidoso, lleno de polvo y de hombres que doblan en edad. No es lo que imaginaba a los veinticuatro años. Pero es lo que hay, y aprendí a quererlo a mi manera.

Antes de esto había hecho una pasantía larga en la restauración de un edificio antiguo, rodeada de maestros viejos que me enseñaron más que cualquier profesor. De ahí me quedó un gusto raro, casi culposo, por los hombres mayores. Por su seguridad, por su calma, por esas manos llenas de marcas y de historia. Ese gusto se vino conmigo a la obra sin que yo lo invitara.

Los que mandan en una construcción suelen pasar los cincuenta. A veces, cuando uno me explica algo señalando un plano con el dedo grueso, me quedo mirando esas manos más de lo debido. Recuerdo otras manos. Me ruborizo y giro la cara hacia el andamio. Es un pulso secreto que apago al instante, antes de que me delate. Aquí soy la profesional, la que firma, la que decide. O eso creía yo.

En la obra todos almuerzan al mediodía, cada cuadrilla en su rincón. Yo suelo comer apartada, con mi vianda y mi teléfono. El capataz de albañilería, un hombre de unos cincuenta y ocho años al que todos llamaban Honorio, comía siempre con los suyos, lejos.

Una tarde necesitaba confirmar un detalle con él en la casa que estábamos cerrando. Los trabajos estaban en pausa por una entrega de material. Pensé que el lugar estaría vacío.

Lo escuché antes de verlo. Su voz grave salía de una de las habitaciones del fondo.

—…la arquitecta nueva, sí, esa misma.

Me quedé clavada contra la pared del pasillo, con el plano apretado contra el pecho.

—¿Mucho la mirás, Honorio? —preguntó otro—. ¿Te gusta?

Hubo un silencio corto. Después, su voz, sin vueltas.

—Claro que me gusta. Y a mí me gusta de más. Me dan unas ganas de… bueno, ya sabés.

—Pero es una piba, Honorio. Y encima es la jefa —dijo el otro.

—Lo sé. Por eso no abro la boca. Pero las ganas esas no se sacan con nada.

Di un paso atrás y mi zapato raspó el cemento. Las voces se cortaron de golpe. Me alejé rápido, casi en puntas de pie, con el corazón golpeándome la garganta.

A la mayoría de las mujeres, oír a un hombre así, mayor, hablar de ellas de esa manera, les daría asco. A mí no. Me puse caliente. Al instante, sin escala. No fue por Honorio en sí, sino por lo que escuché. Por la crudeza desnuda de sus palabras. Eso me encendió de un tirón, como si alguien hubiera abierto una llave.

Mirándolo con distancia, nunca lo vi como un hombre atractivo, ni como una posibilidad real. Pero saber que yo podía despertar eso en alguien como él, un deseo tan básico, tan sin maquillaje, me hervía la sangre. Era puro ego mezclado con morbo. Una combinación peligrosa.

Esa noche pasó lo que tenía que pasar. En la ducha, con el agua cayéndome por la espalda, cerré los ojos y repetí en mi cabeza cada una de sus frases. Fue eso, el recuerdo de su voz ronca, lo que me llevó al borde en pocos minutos. Fue rápido, intenso y sucio. Y supe, mientras recuperaba el aliento apoyada en los azulejos, que iba a querer más.

***

Pasaron unos días. Pero yo necesitaba volver a oírlo. Empecé a buscarlos sin admitírmelo del todo. A cada oportunidad, cuando la cuadrilla almorzaba, yo encontraba una razón para estar cerca: revisar una junta, medir un vano, controlar una instalación justo del otro lado de la pared donde ellos comían.

Muchas veces no decían nada interesante. Hablaban de fútbol, de la familia, del calor. Pero cuando hablaban de mí, era como acercar un fósforo a la nafta.

—¿Viste hoy a la arquitecta? Con esos pantalones claros…

—Se le marca todo. Cuando se agacha a medir, dejame de joder.

Yo, escondida del otro lado, me ponía colorada y me mojaba al mismo tiempo. Aguantaba la respiración esperando que cayera la otra voz, la que de verdad me importaba.

A veces Honorio los frenaba.

—No miren tanto, muchachos. Es una falta de respeto.

Pero otras veces, después de un silencio largo, era él mismo quien soltaba el comentario que me dejaba sin aire.

—Esos pantalones sí que le hacen justicia. Tiene un cuerpo que no es de andar en una obra. Se le ve todo cuando camina, hasta cómo respira.

Yo lo escuchaba y sentía la piel arder. Era como si me estuvieran desnudando ahí, a plena luz del día, sin tocarme un dedo. Y en vez de darme rabia, me daban más ganas. Más ganas de escuchar, de robar una frase más.

No sé si eso me convertía en voyerista, o en algo que ni tiene nombre. Pero me fascinaba. Agazapada detrás de un tabique sin revocar, con el pulso disparado, pendiente de cada palabra gruesa. Cada comentario sobre cómo se me marcaba la ropa era una descarga directa, certera, en el centro de mi cuerpo.

Y de noche, en mi cama, ese era el combustible perfecto. Cerrar los ojos y revivir los fragmentos. Con solo recordar «se le ve todo cuando camina», mi mano bajaba sola entre mis piernas y encontraba la humedad ya lista, la excitación instantánea. Era un círculo del que no quería salir. Me estaba volviendo adicta, y lo sabía.

***

Los días seguían sin que pasara nada concreto entre nosotros. Hasta ese viernes, a la hora de la salida. La obra parecía vacía, los autos del personal ya no estaban. Volví a entrar a una de las casas a buscar mi nivel láser, que me había olvidado en una repisa.

Pero no estaba sola. Abajo se oían voces. Dos. Reconocí enseguida la grave de Honorio y otra más joven, la de un ayudante.

Me detuve en el descanso de la escalera, oculta por la sombra del muro a medio terminar. Iba a anunciarme, a toser para que supieran que estaba ahí. Pero entonces escuché mi nombre.

—…la Daniela, la arquitecta, jefe.

—¿Qué pasa con ella? —respondió Honorio, tranquilo.

—Usted sabe. Todos lo vemos. La mira más de la cuenta, jefe.

Hubo un silencio cargado, denso. Después, Honorio habló, y esta vez no hubo ningún freno.

—Miro lo que hay que mirar. Una mujer así, en medio de este desastre de cemento y hierro, es un milagro. Tiene un cuerpo fino, que la ropa le dibuja entera. Esos pantalones le pintan una cola que pide a gritos que la agarren con fuerza.

Sentí que las piernas me flaqueaban. Me sostuve de la baranda fría, sin atreverme ni a respirar.

—¿Y qué haría, jefe, si se le diera la oportunidad?

La respuesta llegó sin un segundo de duda, como si la tuviera ensayada hacía meses.

—La agarraría de esa cintura y la pondría contra la pared. Le bajaría esos pantalones de una sola vez, sin preguntar. Y me la cogería contra el muro frío hasta que los dos quedáramos sin voz. Y cuando ya no diera más, me vendría adentro, profundo, para que se llevara mi marca puesta el resto del día.

El silencio que siguió fue absoluto. Yo no podía tragar saliva. Un espasmo de deseo tan brutal me recorrió de arriba abajo que tuve que apretar los muslos con todas mis fuerzas para no soltar un sonido.

—Un sueño, nomás —concluyó Honorio, con un suspiro—. Vamos, que ya es tarde y hay que cerrar.

Oí sus pasos cruzar el piso y salir. Me quedé en las escaleras, temblando, con el eco de sus palabras quemándome por dentro. «Me vendría adentro. Profundo.»

***

No aguanté. Ahí mismo, en la obra vacía y a oscuras. Me senté en uno de los escalones de hormigón helado y me bajé los pantalones hasta media pierna. La humedad ya había traspasado la ropa interior. Con los dedos temblorosos me la corrí a un lado.

No pensé. Solo actué. Me metí dos dedos de una vez. Fue brusco, casi violento, pero era exactamente lo que necesitaba.

Cerré los ojos y él estaba ahí, en mi cabeza, con esas manos ásperas en mi cintura. Jadeaba imaginando el ritmo duro que él habría usado, sin pedir permiso, sin ternura, justo como lo había descrito.

Y en medio de esa fantasía, un pensamiento me cruzó como un relámpago: me hubiera gustado que él entrara y me viera. Que me encontrara así, con los pantalones bajos, los dedos hundidos en mí, perdida en un placer que él mismo había provocado sin saberlo.

Esa idea, prohibida y eléctrica, lo aceleró todo. Mis movimientos se volvieron frenéticos. Un gemido ahogado se me escapó entre los dientes y el orgasmo me golpeó, enorme y solitario, en aquel rincón de cemento.

Quedé jadeando, con la frente contra la baranda. La vergüenza llegó después, pero venía mezclada con una fantasía nueva, todavía más peligrosa: la de haber sido vista. En ese instante supe que escuchar a escondidas ya no me iba a alcanzar. Una parte de mí, ahora, quería que él mirara.

***

La semana siguiente, el lunes, noté su ausencia apenas crucé el portón. Para el martes ya era seguro: Honorio no volvía. Lo habían pasado a otra obra del otro lado de la ciudad. Otro capataz ocupó su lugar, más joven, más callado.

Al principio seguí escuchando a los demás, esperando el mismo golpe en el pecho. Pero no era igual. Las voces eran distintas, los comentarios planos, sin esa autoridad ronca que a mí me prendía fuego. Faltaba la tensión. Dejé de esconderme detrás de los tabiques.

Sin esa adrenalina, algo dentro de mí salió a buscar otra forma de sentir lo mismo. Casi sin darme cuenta, empecé a probar el otro lado. Cosas pequeñas, al principio: un escote un poco más marcado, agacharme de cierta manera justo donde sabía que algún hombre podía verme, dejar que una mirada se me quedara encima un segundo de más. Sentir esos ojos sobre mi cuerpo se volvió el sustituto perfecto.

El trabajo siguió, los días se hicieron parecidos entre sí. Poco a poco, la ausencia de Honorio dejó de ser un hueco y se volvió solo algo que pasó, una temporada rara de mi vida. Pero el morbo que él despertó en mí ya no se fue. Cambió de forma, nada más. Y cada vez que entro a una obra vacía, todavía aguzo el oído, por las dudas, esperando una voz grave que ya no va a llegar.

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Comentarios(4)

RosarioPink

me tuvo pegada a la pantalla de principio a fin!! esa tension es adictiva

Nico_escritos

Cuando sale la segunda parte? quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

MarisolBA_77

me recordó una situación parecida, ese morbo de escuchar sin que te vean... lo describis de una forma que se siente real. muy bueno

CuriosaCba

esa mezcla de culpa y deseo esta perfectamente capturada. se nota que sabés lo que escribís

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