La sala que mi marido reservó para los ocho
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
Ella se sentó en el banco y me extendió los pies sin decir una palabra. Solo sus ojos hablaban, y lo que decían no dejaba opción alguna.
Llevábamos semanas intercambiando correos con Valeria. Ella pedía fuerza y presión. Cuando nos vio bajar de las motos, supo que no se iba a decepcionar.
Pusimos el anuncio por curiosidad. Dos semanas después, un chico joven estaba en nuestro salón, temblando, a punto de ponerse un vestido de encaje negro.
Cada vez que necesitaba las llaves, él lo sabía. Y yo también sabía lo que venía después, aunque nunca me acostumbré del todo.
No me enseñó por amor. Me enseñó porque nadie más iba a hacerlo, y porque, en el fondo, era lo que los dos necesitábamos.
Llevaba dos días en la capital cuando descubrí que desde mi ventana podía ver una terraza donde tres personas practicaban algo que nadie debía presenciar.
No hace falta nadie más. Solo la oscuridad, el peso entre mis piernas y mis manos libres para imaginar todo lo que nunca me atrevo a pedir en voz alta.
Cuando rocé su muñeca con el dedo índice, ella se mordió el labio y dejó escapar un gemido brevísimo antes de fingir que solo me agradecía el chupito.
Sabía que meternos juntas al probador no iba a terminar en una simple prueba de ropa. Con Lara nunca terminaba así.
Intentó escabullirse hacia la puerta, pero la chica bajita se interpuso con los brazos cruzados. Ya no había salida posible para él.
Llegó con la mochila al hombro y un chupete rojo entre los labios. Acababa de cumplir veintidós y se reía como si supiera todo lo que iba a pasar después.
Llevaban semanas follando sin etiquetas. Pero ese sábado, Valentina le pidió algo que Marcus nunca había imaginado: un trío con doble penetración.
Volví a casa sin ducharme, con la ropa del día anterior y el olor de otro hombre en la piel. Marcos lo supo antes de que yo dijera nada.
Llevábamos doce años hablando por chat cuando accedió a vernos. Llegó al parking con vestido rojo de pvc y un bolso del que sacó la jaula más bonita que había visto nunca.
Sabía que llegaría tarde y celoso. Me quedé en la cocina con mi encaje negro. Cuando la puerta se abrió, supe que la noche recién empezaba.
Pedí el taxi al salir de la última reunión. El conductor me miró por el espejo con esos ojos oscuros y supe que la noche aún no había terminado.
Cuando le confesé mi fantasía a las tres de la mañana, pensé que era solo charla de cama. Dos semanas más tarde, me estacionó frente a un motel sin avisar y todo cambió.
Llevaba tres semanas con la jaula cuando Valeria anunció ante sus amigas que yo haría cualquier cosa que ella pidiera. No tenía idea de lo que vendría.