La mascota del sótano: un día fuera de la jaula
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
Cuando el Amo le dijo que saldrían ese día, algo en el pecho de Luna se apretó. No de miedo, sino de esa anticipación que solo ella conocía.
El cartel prometía resultados garantizados. No decía que incluirían ataduras, descargas y un año encerrada sin poder salir. Firmé de todos modos.
Me puse la peluca, los tacones y las curvas postizas. No calculé que antes de que amaneciera iba a estar ladrando en un jardín con las rodillas en la tierra.
La sala privada estaba impecable, y yo arrodillada en el centro, esperando. Ocho hombres entraron en silencio. Entonces entendí lo que significaba rendirse de verdad.
Cuando la doctora cerró la puerta con llave, entendí que esa consulta no iba a ser como ninguna otra. Nunca lo fue.
Mi marido tenía un plan: llevarme a una tienda y dejar que el vendedor me pusiera las manos encima. Solo había una regla: él fingiría no ver nada.
Nos dijeron que el precio era nuestro cuerpo. Cinco hermanos, un contrabandista y la única salida posible.
Cuando llegué a su apartamento hablamos apenas cinco minutos. Después sus manos en mi cuello me dijeron todo lo que necesitaba saber de esa noche.
Me ataron en el parque a plena luz del día y nadie pasó a ayudarme. Lo habían planeado bien, mucho mejor que yo.
No le daban agua en un vaso. Se la vertían sobre el pie, y él tenía que lamerla de las tiras de cuero si quería sobrevivir.
Cuando Camila apagó la película y me dijo «a veces miro porno gay cuando estoy sola», supe que esa frase iba a partir mi vida en dos.
Cada jueves tenía la casa para mí solo. Hasta que una noche los pasos en el pasillo lo cambiaron todo: no era la empleada, era mi mujer.
Llevaban dieciocho años hablándose solo por pantalla. La primera vez que se vieron en persona, ella sacó del bolso algo que no cabía en ningún manual de citas.
Antes de viajar le escribí un mensaje: esta noche mis pies son tuyos. Caminé diez kilómetros asegurándome de que lo estuvieran cuando entrara al hotel.
Iban a celebrar un cumpleaños, dijeron. Lo que no dijeron fue que el regalo era yo, subida a ese autobús apagado, rodeada de hombres que me doblaban la edad.
El mensaje decía siete minutos para decidir. Sesenta y tres días para obedecer. Firmé sin releer y la persiana metálica cayó detrás de mí.
Cuando Damián le susurró al oído que podía tenerme, algo en la mirada de Mateo cambió. La timidez desapareció y yo dejé de ser quien llevaba el juego.
Cuando su sumisa me tapó la boca y la nariz, mi cuerpo gritó por aire. Pero algo más oscuro y prohibido despertó entre mis piernas, y ya no quise que parara.
Crucé el parque con el pulso desbocado, sabiendo que esa noche el matón no se conformaría con mis bragas ni con el dinero que ya no me quedaba.
Ella se inclinó a corregirle la postura en el press de piernas y él no pudo disimular lo que le pasaba bajo los shorts. A las siete y cuarto de un lunes.