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Relatos Ardientes

La noche que contratamos a dos transexuales

Voy a contar esto una sola vez y después no quiero volver a hablar de aquella noche. Me llamo Lorena, tengo cincuenta y tres años, y aunque nunca escribí nada en mi vida, necesito sacarme de adentro lo que pasó hace cinco años, la noche más extraña y excitante que tuvimos mi marido y yo. Una noche que empezó como un juego y terminó en algo que ninguno de los dos vio venir.

Damián y yo llevábamos casi treinta años casados. Siempre fuimos buenos amantes, curiosos, sin vergüenza el uno con el otro. Con el tiempo empezamos a experimentar: primero un trío, después intercambios con otras parejas, hasta que nos convertimos en swingers de verdad. No era un secreto entre nosotros, era una manera de vivir el deseo sin culpa. Lo disfrutábamos los dos por igual, o eso creía yo hasta esa noche.

Todo arrancó en una cena en casa. Habíamos tomado vino y conversábamos sobre todo lo que ya habíamos hecho y lo poco que nos faltaba por probar. Por jugar, anotamos cada fantasía pendiente en un papelito y los metimos en un frasco de vidrio. Nos pareció divertido dejarlo al azar y pactamos una sola regla: lo que saliera, se cumplía. Sin objeciones.

—Tenemos casi treinta papeles ahí dentro —dijo Damián riéndose, agitando el frasco como si fuera un bombo de lotería.

Algunas propuestas eran relativamente suaves. Otras eran fuertes de verdad. Él se entusiasmaba escribiendo cosas para que yo fuera, según sus palabras, la mujer más atrevida de la tierra. Yo no me quedaba atrás y le devolvía la jugada con ideas que lo incomodaban un poco, ideas en las que él tendría que salir de su zona cómoda.

Metimos la mano y sacamos uno de mis papelitos. Lo desdobló, lo leyó y se le borró la sonrisa.

—No es justo —protestó—. Acá dice «sexo con dos transexuales». Yo soy heterosexual, Lorena.

—La regla la pusiste vos —le recordé—. Lo que salga, se cumple.

Discutimos un rato, sin gritos pero con tensión. Al final llegamos a un acuerdo. Contrataríamos a dos chicas trans, yo me dejaría hacer de todo, y él tendría apenas un contacto superficial, lo justo para no romper el pacto. Eso sí, le exigí que al menos las penetrara a ellas. A duras penas aceptó, mascullando que lo hacía solo por mí.

***

Al día siguiente nos pusimos a buscar en las páginas de acompañantes. Los dos coincidíamos en que las queríamos muy femeninas, sin rasgos demasiado masculinos, bonitas de cara. Él insistía, medio en broma medio en serio, en que tuvieran buen tamaño para que yo lo pasara bien. Yo prefería que fueran delicadas, con la idea secreta de que así él se animaría a algo más que mirar.

Encontramos a las dos. Las llamamos por separado, les explicamos exactamente lo que buscábamos y que estarían las dos juntas. Ambas aceptaron sin problema. Eran de las más cotizadas del sitio y pedían un mínimo de dos horas. Damián, en uno de sus arranques de entusiasmo que no terminaba de admitir, dijo que tomáramos tres horas «porque son tres para vos, y de paso yo me ocupo de ellas». Les pidió exámenes médicos al día, que por supuesto pagó él, y cerramos el encuentro para el sábado por la noche.

Apenas era martes. Les juro que no volvimos a tocar el tema hasta el mismo sábado, como si nombrarlo fuera a romper el hechizo. Esa noche nos arreglamos, salimos a cenar y de ahí fuimos directo a un hotel discreto en las afueras, de esos donde uno estaciona el auto y la habitación es solo tuya por las horas que pagaste.

Comimos liviano y bebimos bastante. Llegamos a la habitación ansiosos, casi sin hablar, esperando a las chicas.

***

La primera en llegar fue Renata. Una morena de piel canela, impresionante de rostro, con unos lentes de contacto verdes que parecían irreales. Delgada, bien torneada, piernas largas, una figura cuidada. No podía creer lo hermosa que era, y por la cara de Damián supe que él pensaba lo mismo. Era conversadora, simpática, y mientras esperábamos a la otra le contamos entre risas todo el cuento del frasco y los papelitos.

Pasaron veinte minutos y la segunda no aparecía. Como seguíamos bebiendo, decidimos empezar sin ella. Damián se sentó al borde del jacuzzi, todavía vestido, mientras Renata y yo nos íbamos acercando hasta besarnos. Nos fuimos quitando la ropa de a poco. Juro que en ningún momento sentí que estaba con un hombre: la sentía como una mujer divina. Me besó el cuello, bajó hasta mis pechos y los chupó con una delicadeza que me erizó entera.

Terminé acostada con las piernas abiertas mientras ella me lamía sin apuro, casi con ternura. Le hizo una seña a Damián y él se acercó, aún con la camisa puesta. Lo tomó de la mano y lo guió hacia mí, como rompiendo el hielo entre los dos. Yo estaba relajada, más excitada que nunca. Mientras él seguía abajo, mis manos buscaron a Renata y la encontré: la tenía larga, igual que en las fotos. Me la llevé a la boca despacio.

En eso golpearon la puerta. Nos detuvimos todos. Me levanté a abrir y ahí estaba Valeria.

Yo soy bajita, pero ella era enorme. Mediría más de un metro ochenta, el cuerpo firme y definido, la piel muy blanca, el cabello espectacular. Elegante, perfumada, arreglada como para una fiesta. Me saludó diciéndome que estaba divina, me tomó de la mano y me hizo girar para mirarme desnuda de arriba abajo. Después me atrajo de un tirón firme y me besó con una autoridad que me dejó sin reacción. Sin siquiera desvestirse, bajó la mano y me tocó ahí mismo, contra la puerta. Entre su beso y sus dedos, tuve el primer orgasmo de la noche en dos minutos.

Cuando recuperé el aire la presenté con Damián y con Renata. Las dos chicas se saludaron con confianza y empezaron su propio espectáculo: se besaron, se acariciaron, se provocaron mientras nosotros mirábamos. Tomé el pene de mi marido y noté que ya estaba duro. No estaba tan cerrado a la situación como decía.

—¿Cuál te gusta más? —le pregunté al oído mientras lo acariciaba.

—Las dos son espectaculares —respondió—. Pero yo solo voy a ser activo, para complacerte a vos.

Me arrodillé frente a las dos. Se turnaron en mi boca un buen rato. La de Valeria me costaba muchísimo, era demasiado, pero hice el esfuerzo y lo disfruté. Damián, sin saber bien cómo sumarse, se acostó en el piso boca arriba y puso su cara entre mis piernas. Quedé sentada sobre él mientras seguía atendiendo a las chicas. Lo tenía atrapado, y eso me encendía todavía más.

***

Renata insistió con él hasta que lo soltó un poco y empezaron a besarse. Me gustaba verlos, pero no pude concentrarme porque Valeria me acostó en la cama, se puso un preservativo y me abrió las piernas. Era grandísima, entró fácil pero me molestaba. Me movía con un ritmo firme, sin perderlo nunca, mientras los otros dos se conocían a su lado.

En algún momento se armó una cadena: Damián detrás de Renata, Renata detrás de Valeria, y Valeria sobre mí aguantando todo el peso. Llegó un punto en que me dolía el cuerpo y pedí parar. Nos reacomodamos al borde de la cama, Valeria y yo en cuatro patas, una frente a la otra. Nos besábamos mientras Renata me embestía y Damián se ocupaba de Valeria.

Hubo muchos besos, mucho jadeo, manos en todos lados, hasta que mi marido no aguantó y terminó. Las chicas se rieron de él con cariño, burlándose de que «el heterosexual» había sido el primero en rendirse. Él lo negaba, pero estaba feliz y relajado. Paramos a descansar, tomamos algo, hablamos como si fuéramos viejos amigos.

Entonces Valeria me miró con una sonrisa distinta.

—Yo todavía quiero terminar —dijo—. Y lo quiero hacer en serio. Algún culo me tengo que comer esta noche.

Yo le dije que el mío no, que era demasiado para mí. Entre risas, todas miramos a Damián.

—Ni loco —saltó él—. Es más, no tomo nada más.

Valeria se acercó a mí y me habló bajito.

—Si nos dejás, vas a ver algo que jamás pensaste ver.

—No creo que lo consigan —contesté.

—Tranquila, es un juego —dijo Renata—. Sin lastimar a nadie. Solo un poco de insistencia.

Miré a mi marido medio doblado por el alcohol, sonriente, suelto. Algo en mí, también achispada, quiso ver hasta dónde llegaba aquello.

—Háganlo —dije.

***

Me senté en la mesita con otra copa mientras ellas se acercaban a él. Le llevaron un trago, empezaron los besos, y todo se fue volviendo más intenso y, al mismo tiempo, más borroso. El alcohol me estaba pegando fuerte. Veía la escena por partes, como si me perdiera pedazos de tiempo.

Vi cómo lo trabajaban entre las dos, una de un lado y otra del otro. Damián miraba el techo, entregado, dejándose hacer. Yo le decía cosas desde la silla, incitándolo, sin terminar de creer lo que tenía delante. En algún momento me masturbaba y se me iban los minutos: una escena, un corte, otra escena. Lo escuchaba reírse y quejarse a la vez, contorsionándose entre ellas, dominado por dos mujeres hermosas que tenían más fuerza de la que aparentaban.

Cuando volví en mí, Valeria estaba sentada a mi lado, acariciándome, dándome más de beber, mientras yo trataba de ubicar a mi marido. Me ayudó a levantarme y me llevó casi en vilo hasta el otro ambiente de la habitación, el del sauna seco. Y ahí lo vi: a mi querido Damián, borracho y entregado, en una posición que jamás imaginé, completamente dominado por Renata.

Me acerqué gateando, todavía mareada. Llegué hasta él y, sin pensarlo, intenté reanimarlo con la boca, pero su cuerpo y su cabeza estaban en otra cosa, en una sensación nueva que lo tenía absorto. Valeria aprovechó el momento, me acomodó en cuatro patas y me penetró mientras yo seguía abajo, en una imagen que todavía me cuesta describir: mi esposo entregado por un lado y yo gozando por el otro.

Era raro y excitante a la vez. Pero de pronto Valeria me cambió de lugar sin aviso y el dolor me hizo gritar. Tardé un buen rato en acostumbrarme. Cuando paró, se acercó a ellos e insinuó algo más fuerte todavía, las dos a la vez sobre él. Me asusté, intenté frenarlas porque me pareció demasiado, y ahí me di cuenta de que ya nadie usaba protección. Estaba aterrada. Pero Damián no se oponía a nada. Era otra persona esa noche.

***

Lo que siguió fue intenso hasta el límite. Mi marido, el que había llegado jurando que solo iba a mirar, terminó gimiendo entre las dos, suplicando sin palabras, humillado delante de mí de una manera que ni yo me había atrevido a explorar con él en treinta años. Lo movían, lo daban vuelta, lo usaban entre risas, y él, lejos de resistirse, parecía disfrutarlo en su borrachera.

Cuando terminaron con él, quedó tirado boca abajo, agotado, balbuceando. Me hicieron acercarme, limpiarlo, besarlo. Lo habían deshecho. Yo no sabía si reírme, llorar o seguir excitada. Las tres cosas al mismo tiempo, supongo.

Pensé que ahí terminaba todo, pero no. Me siguieron dando de beber y volví a sentirme parte del juego, contenta, suelta otra vez. Jugamos con él un rato más, despierto a medias, riéndose, diciendo cosas sin sentido, sin fuerzas para negarse a nada. Eso, no sé por qué, nos excitaba todavía más.

El segundo turno fue para mí. Entre la borrachera y las ganas, accedí sabiendo lo que venía. Me tomaron la boca, se turnaron, me dieron duro hasta que me dolía la mandíbula. Los sabores se mezclaban, todo confundido, sabroso y demasiado a la vez, hasta que ya no distinguía nada.

Damián, recuperado apenas, se acercó y soltó una frase que me dio rabia y morbo en partes iguales.

—Denle fuerte —dijo riéndose—, que se lo ganó por dejar que me hicieran a mí.

Para cerrar, nos acostaron a los dos boca abajo, uno al lado del otro, y nos tomaron al mismo tiempo, profundo y sin pausa, hasta que ellas también terminaron. Después, sin más, recogieron sus cosas y se fueron.

***

Amanecimos así, los dos destruidos, agotados, doloridos, con la habitación dando vueltas. Fue una noche llena de morbo, extraña y cansadora, sucia y excitante en partes iguales. Damián quedó tan apenado que ese día no dijimos una sola palabra del asunto.

Al día siguiente yo le conté lo que había vivido y él me contó lo poco que recordaba. Después de eso, nunca más volvimos a hablar de aquella noche. Seguimos juntos, seguimos queriéndonos, pero hay un silencio que pusimos sobre lo que pasó en ese hotel y que ninguno de los dos se anima a romper.

Él jura que no recuerda buena parte de lo que le hicieron. Pero yo lo vi todo, y no lo voy a olvidar nunca.

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Comentarios(7)

Fede_noche

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo en esta pagina

MiguelAR77

La idea de los papelitos me parecio brillante jajaja, muy original la intro. Seguí publicando

TangoYNoche

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo

Pasion_Sur

Me encanto como lo narraste, se siente que fue real sin ser burdo. Tremendo relato

RaquelMza

Me hizo acordar a una noche en que mi pareja y yo hicimos algo parecido, anotando cosas en papelitos... cuando el azar elige siempre es mas intenso que cuando uno planea todo. Muy bueno

CarlosMdz

Buenisimo. Que valientes jajaja, chapeau

Lautaro_BA

Y despues hubo segunda vez? me quede con la duda honestly

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