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Relatos Ardientes

El lunes que mi esposa decidió mi destino

No pegué un ojo en toda la noche. A mi lado, Helena dormía plácidamente, con esa respiración ancha de quien no le teme a nada porque todo le pertenece. Yo, en cambio, miraba el techo y sentía el corazón golpeándome las costillas.

Me aterraba el día que empezaba. Me aterraban los exámenes, las pruebas, el lugar al que me llevaría esa mañana. Pero, sobre todo, me aterraba una idea que ella había dejado caer la noche anterior, como quien suelta una piedra en un pozo: si fallaba, terminaría en uno de esos sitios. Las granjas. Los parideros públicos. No quería ni nombrarlos en mi cabeza.

Todo lo que yo había creído del mundo —y todo a lo que me había resignado— se había roto en pedazos el viernes anterior, en su despacho.

Empezó a clarear. La luz entró tibia por la ventana y los pájaros rompieron el silencio. Yo seguía inmóvil al borde de la cama, rezando para que el despertador no sonara nunca, para que las seis y media no llegaran jamás.

Toda la noche había tenido el olor de sus puros impregnado en el pelo, y sus palabras dándome vueltas, una y otra vez, sin descanso. Y algo más: el olor de su coño impregnado en mi lengua, el sabor salado y espeso que se me había quedado pegado al paladar después de horas de mamársela de rodillas, obediente, mientras ella me tironeaba del pelo y me llamaba puta suya.

Todavía podía verla: recostada en el sofá de cuero, cruzando las piernas con esa calma que solo tienen las mujeres acostumbradas a mandar. El humo formaba una nube quieta sobre el escritorio. Yo, de pie frente a ella, con las manos unidas sobre la falda, esperando.

—Querido —dijo al fin—, ya es hora de que entiendas por qué te he cuidado tanto todos estos años. No fue solo por amor. Lo que eres, lo que representas, tiene un valor que hasta hace poco era imposible de imaginar.

Se levantó despacio y caminó hacia mí sin soltarme la mirada.

—Durante siglos, los hombres creyeron que solo podían sembrar la vida, nunca concebirla. Ese mito se vino abajo hace décadas. Nuestras científicas descubrieron un vestigio biológico olvidado en la madurez masculina, y aprendieron a despertarlo. Por eso hoy son ustedes quienes engendran y llevan dentro a nuestras hijas hasta el parto.

Me observaba con una ternura que daba más miedo que cualquier amenaza.

—No te asustes. No es una transformación brutal ni antinatural. Es una madurez. Una evolución. Algunas mujeres como yo hemos financiado las investigaciones que alargan la vida de los hombres tras el parto y vuelven el proceso menos invasivo. Tú serás de los primeros en disfrutarlo. Tu cuerpo lleva años preparándose: nutrición estricta, tratamientos, estimulación celular controlada. Cada una de tus células fue guiada con precisión para hacer posible lo que antes era impensable.

—¿Voy a morir? —pregunté, y me oí temblar.

—No, querido. Ya no hay riesgo. Vas a gestar a nuestras hijas como lo hemos hecho nosotras durante milenios. Y vas a sentirte orgulloso de ello.

Me tomó el mentón con dos dedos, como si me revelara un secreto sagrado. Después me bajó la mano por el cuello, me la metió por el escote y me apretó una teta con toda la palma, calibrándome como se calibra a una yegua de cría.

—No lo pienses como una carga, sino como un privilegio. La forma más alta de poder que un hombre puede alcanzar en este mundo nuevo es la entrega.

Bajé la cabeza. Sentí que me temblaban las piernas, y sentí también el bulto húmedo entre ellas, esa humedad idiota que mi cuerpo entrenado ya soltaba solo con oírla hablar. Ella lo notó. Siempre lo notaba.

—Arrodíllate —me ordenó bajito—. Antes de que te vayas mañana, quiero que te acuerdes de a quién le perteneces.

Caí de rodillas sobre la alfombra sin pensarlo. Le desabroché la falda con dedos torpes, se la bajé hasta los muslos y hundí la cara entre sus piernas como me había enseñado a hacerlo desde el primer día. No llevaba bragas: nunca las llevaba en su despacho. Su coño olía a puro, a perfume caro y a hembra caliente. Le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, despacio, apretando los labios contra sus labios mojados, y ella se dejó caer más en el sofá y me clavó los tacones en la espalda.

—Chúpame despacio, puta —susurró—. Que te dure. Que te lleves el sabor a la clínica.

Le mamé el clítoris con la punta de la lengua, en círculos apretados, y le metí dos dedos hasta el fondo. Estaba empapada. Le sentía el coño latirme alrededor de los dedos como un corazón chico y furioso. Se los cogí a un ritmo lento, entrando y saliendo, mientras le lamía la carne hinchada de arriba y me tragaba el flujo espeso que le corría hasta el ojete. Cuando le pasé la lengua por ahí, por el culo apretado y salado, gimió más fuerte y me agarró del pelo con las dos manos.

—Ahí, ahí, sigue ahí —jadeó—. Métemela ahí adentro, cerdita.

Le enterré la lengua en el culo, con los dedos todavía cogiéndole el coño, y ella empezó a montarme la cara como si yo fuera un consolador de carne. Su cuerpo entero temblaba. Me apretó la cabeza contra su entrepierna hasta que casi no pude respirar, y me acabó en la boca y en la barbilla con una corrida larga, densa, que me chorreó por el cuello hasta el escote. La lamí toda, mansa, obediente, tragándome cada gota como si fuera mi última cena.

—Bien —dijo cuando pudo hablar—. Ese sabor es el que te llevas. No lo olvides.

Yo no lo olvidé. Pasé la noche entera con ese sabor en la lengua y ese mandato en la cabeza.

***

El despertador sonó y me arrancó del recuerdo. Di un salto, manoteé el aparato para apagarlo antes de que ella despertara y lo tiré al suelo con un estruendo.

—¡Por la Diosa! ¿Qué demonios haces? ¿Esta es forma de despertarme? —rugió Helena, incorporándose de golpe.

—Perdón, perdón, mi amor —balbuceé—. Solo quería apagarlo y dejarte dormir un rato más.

Diosa, si alguna vez necesité tu ayuda, es ahora.

Si mi intención hubiera sido empezar el día de la peor manera posible, no lo habría logrado mejor. Me levanté, busqué las pantuflas y salí disparado hacia el baño, conteniendo las lágrimas. Sabía que sería un día larguísimo, y no solo por la hora.

Mientras me duchaba, ella entró sin pudor, hizo sus cosas, no me dirigió la palabra y se fue. Bueno, casi. Antes de irse abrió la mampara, me miró el cuerpo mojado de arriba abajo y me metió la mano entre las piernas con esa frialdad quirúrgica con la que revisaba todo lo suyo. Me abrió los labios del coño con dos dedos, hurgó adentro, comprobó que seguía todo lubricado y sensible, y sacó la mano llena de baba mía. Se la chupó despacio, mirándome a los ojos.

—Sigues rica —dijo, sin sonreír—. Espero que la doctora piense lo mismo.

Y se fue.

Terminé, me sequé, me puse la bata y bajé a prepararle el desayuno, intentando enmendar mi error. La encontré ojeando el diario. Cuando me acerqué a besarla, giró la cara. No comí nada: debía presentarme en ayuno.

Subí a hacer la maleta. Al principio metí lo mínimo: tres vestidos sencillos, ropa interior, medias, dos pares de zapatos sobrios y el neceser con lo justo. Pero entonces entró el pánico. Mi futuro entero se decidiría en esos días, ¿y yo iba a ir con cuatro cosas? Mi carácter frágil le ganó la pulseada a lo que me quedaba de orgullo, y terminé cargando dos maletas repletas. Si quieren que sea yo, que carguen con todo lo que necesito para serlo.

Me maquillé destacando la mirada y me recogí el pelo en un chignon que dejaba el cuello al descubierto, luciendo un collar de perlas. Elegí una blusa de seda color perla, falda y chaqueta azules con botones nacarados, medias semiopacas, guantes blancos y zapatos de salón de siete centímetros. Encima, un abrigo de paño rosa pálido con detalles de piel. Debajo de todo eso, unas bragas de encaje blanco tan finas que se me marcaba cada pliegue del coño depilado, y un sostén sin relleno que apenas contenía mis pezones ya duros, siempre duros, siempre delatándome.

Helena volvió de ducharse y sonrió al verme listo.

—Qué sorpresa. Así me gustas. Veo que todo lo que te dije este fin de semana hizo efecto en esa cabecita. Te felicito, querido. Deja tus cosas, que luego las bajo yo. Ve ordenando la casa, que estarás varios días fuera.

Se me acercó, me subió la falda hasta la cintura y me metió la mano en las bragas. Un dedo, después dos. Me abrió y me cerró como quien revisa una carpeta.

—Mojado. Bien. Que te encuentren así.

Sacó los dedos, me los pasó por los labios pintados y me obligó a chupármelos. Después me arregló la falda, me acomodó el chignon con cuidado y me dio una palmada en el culo.

—Vamos.

Al rato bajó con mis maletas y el neceser, sin maldecir, sin reproches. Salimos. Yo me senté en el auto mientras ella cargaba el maletero, y emprendimos camino hacia lo desconocido.

***

En medio de un atasco me pidió un cigarrillo y me dejó fumar a mí también. En la radio entrevistaban a una ministra de salud que anunciaba un evento próximo en el predio ferial: Fertilidad, Embarazo y Alumbramiento Masculino, con la comunidad médica internacional, casos reales de hombres de todo el mundo y avances en obstetricia masculina.

Helena me tomó la mano para contener los nervios. Y de la mano me la llevó al muslo, y del muslo la subió sola hasta debajo de la falda.

—¿Ahora entiendes por qué eres tan importante, querido? ¿Y quién es tu esposa? —dijo, acariciándome el muslo y colándome los dedos por el borde de la braga.

Asentí, apagando el cigarrillo. Ella me hundió dos dedos en el coño ahí mismo, en el semáforo, con los autos parados al lado. Empezó a cogerme despacio, sin mirar, la vista clavada al frente. Yo apreté los muslos alrededor de su mano y me mordí el labio para no gemir.

—Contesta. ¿Quién es tu esposa?

—Tú —susurré—. Solo tú.

—Bien. —Metió un tercer dedo. Me hizo doler un poco, y después me hizo goce—. ¿Por eso me llevas hoy?

—Sí. Te harán los estudios finales para presentar tu caso en el simposio. Yo misma se lo pedí a la ministra. Si te eligen, viajarás a Velmar en un par de meses, después de nuestro viaje a Adaris.

—¿Y si todo sale bien… te volveré a ver? —pregunté con la voz rota, mientras su mano me seguía cogiendo despacio, sin piedad, con el semáforo cambiando de rojo a verde.

—No sabría decirte —respondió, mirando la calle—. Pero tenemos pendiente Adaris. Me gustaría llevarte y mostrarte un mercado con mucho potencial.

—Negocios, inversiones, ganancias —dije, y la voz se me quebró cuando su pulgar me encontró el clítoris.

—Así es, querido.

Me apretó ahí, en círculos chicos, y siguió metiéndome los dedos hasta el fondo mientras conducía con la otra mano. Sentí que me venía, que la corrida me subía por dentro como una ola caliente, y le clavé las uñas en la muñeca. Me acabé en su mano, ahí en el auto, mordiéndome los guantes blancos para no gritar. Ella no me miró ni una vez.

Sacó los dedos empapados, se los llevó a la nariz, los olió y me los metió en la boca. Me los chupé enteros, uno por uno, tragándome el sabor de mi propia corrida como me había enseñado.

Encendió otro cigarrillo. Le pedí permiso para una pregunta y me lo concedió.

—¿He sido el primero? ¿Tienes más hombres como yo?

Se rió.

—El permiso era para una pregunta, no para dos. Pero las dos tienen la misma respuesta. Si te va mal en los exámenes, serás desplazado. Si te va bien, ya sabes lo que te dije. No te irá mal. —Me alcanzó un refrescante bucal de la guantera—. Quítate el olor a tabaco antes de llegar. Queda mal en un hombre. Y límpiate la baba de los dedos, que se te ve.

***

Llegamos a un edificio imponente, antiguo pero impecable. Varias mujeres se acercaron a hablar con Helena mientras una abría el maletero y se llevaba mis cosas. Otra me abrió la puerta y me tendió la mano para ayudarme a bajar, dándome la bienvenida al centro de salud y procreación.

Adentro, algunas personas me saludaban como si me conocieran. Por primera vez vi hombres con mamelucos rosas, fregando suelos y cargando correspondencia, con la mirada apagada y vacía. Se me heló la sangre.

En el ascensor nos recibió otro hombre de cabeza rapada, con uniforme gris de falda plisada, tacones altos y medias de red. Operaba el ascensor con una sola mano enguantada y la cabeza gacha. Vi mi reflejo en el espejo —vestido, maquillado, impecable— y a su lado el suyo, casi invisible. Me observaba de reojo, y con un gesto discreto me quitó una pelusa de la solapa antes de que se abrieran las puertas.

Caminamos por un largo pasillo de mármol donde solo resonaban mis tacones. Tras el papeleo, me colocaron una pulsera con código de barras rosa chicle. Un lector confirmó mis datos y me guiaron a mi habitación, lujosa y cálida, con mis maletas junto a la cama.

Pronto entraron dos mujeres vestidas de médica y enfermera. Se presentaron como la doctora Belmonte, especialista en obstetricia masculina, y la enfermera Ferreyra. La enfermera pasó el lector por mi muñeca.

—A partir de ahora eres el paciente dieciocho mil seiscientos dos. Cada vez que te llamen, responderás con ese número.

—Yo soy su marido —protesté.

—Perdón, querido —me cortó la doctora—. Ese ya no es tu nombre. Lo tuviste mientras dependías de la señora Mendizábal, tu formadora. Su trabajo ha terminado. Ahora perteneces al Estado.

—Sí, doctora —murmuré.

La enfermera me ayudó a desvestirme y a ponerme una bata rosa. Me dejó desnudo delante de las dos un rato largo. La doctora me rodeó despacio, examinándome. Me tocó los pezones con el dorso de la mano, comprobó cómo se me endurecían al roce y anotó algo en su tablet. Me pesó las tetas en las manos, calibrándolas. Me abrió las nalgas y le pidió a la enfermera que le acercara un espéculo pequeño y frío. Me abrió el culo con dos dedos enguantados y me metió el espéculo hasta el fondo. Sentí el chirrido metálico expandiéndome por dentro y me mordí la mejilla para no llorar.

—Buena respuesta muscular —murmuró—. Elasticidad correcta. Ya está preparado.

Me sacó el espéculo y me giró para acostarme sobre una camilla portátil. Me abrió las piernas y me examinó el coño con la misma frialdad, abriéndome los labios, pasando un hisopo largo por dentro, tomando muestras del flujo. Yo estaba mojado. Estaba mojado de nervios, de miedo, de esa costumbre estúpida que Helena me había metido en el cuerpo de mojarme al ser tocado por manos de mujer.

—Muy lubricado —dijo la doctora a la enfermera, sin dirigirse a mí—. Reflejo entrenado. Excelente. Anote.

La enfermera anotó. Después me pusieron la bata rosa, me sentaron en una silla de ruedas y me llevaron a una sala enorme donde me tomaron muestras de sangre y orina, presión, peso, altura, hasta la medida de los lóbulos de las orejas. En un rincón, otras enfermeras me hicieron abrir las piernas otra vez, en unos estribos, y me pasaron un ecógrafo transvaginal —así lo llamaron, aunque yo no tenía vagina, no todavía— por el ano, buscando el canal que la ministra había mencionado. Sentí la sonda gruesa y fría entrar despacio, girando, y las mujeres miraban la pantalla y hablaban en susurros.

—Ya se ve el tejido incipiente —dijo una—. Muy avanzado para su edad.

—La formadora lo estimuló bien —dijo otra.

Cuando terminaron, me trasladaron a un bar lleno de mujeres donde mi desayuno ya esperaba servido. Todas eran amables, pero distantes. Solo una se mantuvo aparte; más tarde supe que era la ministra de salud.

***

De vuelta en la habitación, la ministra entró sin pedir permiso y tomó asiento con naturalidad.

—Dieciocho mil seiscientos dos. Quería conocerte antes de que empiece tu evaluación. La señora Mendizábal hizo un trabajo magnífico contigo.

Me quedé sin palabras.

—Tendrás muchas preguntas. Separarte de tu formadora genera un apego doloroso al principio; es normal, forma parte de la última etapa de tu evolución. Nuestro equipo de psicología llegará pronto. Pero quería explicarte algo yo misma.

—¿Qué pruebas me harán? —pregunté, temblando.

—Primero confirmaremos tu fertilidad. Después evaluaremos si tu cuerpo puede adaptarse a la gestación, tu resistencia a los embarazos y, finalmente, si tu alumbramiento cumple los estándares. De veinte casos, solo tres se presentarán en el simposio. Esperamos que el tuyo sea uno.

—¿Y qué cambiará en mi cuerpo? —El nudo en la garganta apenas me dejaba hablar.

Encendió un cigarrillo, pensativa.

—Tu sistema reproductivo ya ha sido preparado por dentro. Pronto desarrollarás un canal nuevo que solo se abrirá durante el embarazo. No sentirás dolor: tu cuerpo está listo. Generarás leche para tus hijas, y se conservará tu semilla para los bancos de fertilidad.

—¿Eso quiere decir que el deseo, el sexo… será historia para mí?

—Así es —respondió sin parpadear—. Te necesitamos para la procreación. Tu rol anterior ya no importa. Toda esa parte tuya, esa que la señora Mendizábal despertó para tenerte a su servicio, se irá apagando. El coño se te cerrará. Los pezones dejarán de responderte al tacto y solo se abrirán para la leche. No volverás a acabar. No volverás a tener ganas. Es más limpio así.

Sentí un frío en la nuca. Sentí, al mismo tiempo, entre las piernas, la humedad estúpida de mi cuerpo que no entendía nada de lo que ella acababa de decir y seguía respondiendo al sonido de una voz de mujer.

Apagó el cigarrillo y se levantó.

—Conocerás tu destino en nueve días. Si eres inteligente y superas las pruebas, serás presentado en el simposio.

Me quedé solo, mirando la colilla en el suelo. Abrí las ventanas y empecé a limpiar la habitación, recordando las palabras de Helena. Y recordando, sobre todo, el sabor de su coño en mi boca la noche anterior, la última vez que iba a tener eso. No sabía que cada uno de esos gestos —el modo en que doblaba la bata, el modo en que apretaba las piernas al agacharme, el modo en que me mordía el labio— estaba siendo observado y anotado.

***

Al mediodía vinieron a buscarme para la primera prueba de fertilidad. Me llevaron a otra sala, más pequeña, con una camilla ginecológica en el centro y una lámpara cenital que me apuntaba a la entrepierna. La doctora Belmonte ya me esperaba, con guantes puestos, y otras dos mujeres con tablets a los costados.

—Dieciocho mil seiscientos dos, súbete y abre las piernas.

Obedecí. Me acostaron, me colocaron los pies en los estribos, me abrieron las rodillas de par en par. La luz me quemaba en el coño depilado. La doctora se sentó entre mis piernas como quien se sienta a trabajar.

—Vamos a extraerte muestra seminal ahora, y después estimularemos el canal en formación. Todo va a estar filmado. Mira a la cámara y responde con claridad cuando te hablen.

Una de las mujeres puso una cámara sobre un trípode a los pies de la camilla. Otra abrió una caja con instrumentos: guantes, lubricante, un vibrador con forma de huevo, otro largo y curvo, una máquina con ventosa. Me sentí las tetas endurecerse solo de ver. Odié mi cuerpo por eso.

—Nombre y número —dijo la doctora, seca.

—Dieciocho mil seiscientos dos —murmuré.

—Más alto.

—Dieciocho mil seiscientos dos.

—Bien. Empezamos.

Me pusieron la ventosa sobre la polla. Una polla chica, entrenada, que llevaba meses sin usarse para nada más que orinar. La máquina zumbó y empezó a chuparme con un ritmo constante, arriba y abajo, con succión regulada. Yo intenté no sentir nada. Cerré los ojos.

—Mírame —ordenó la doctora—. No cierres los ojos. Es parte de la evaluación.

Abrí los ojos. La miré. Ella tenía la mano enguantada llena de lubricante y me la empujaba entre las piernas, buscándome el ano. Me metió dos dedos y me tocó un punto por dentro que me hizo dar un respingo.

—Ahí. Anote: reflejo prostático conservado.

Empezó a masajearme por dentro con los dedos mientras la máquina me chupaba por fuera. Yo intenté no gemir. No pude. Al primer gemido las mujeres anotaron. A los dos minutos me acabé en la ventosa, con un espasmo largo, y la máquina recogió cada gota en un tubo transparente que rotularon con mi número.

—Volumen normal —dijo una—. Densidad buena. Guarden.

—Ahora el canal —dijo la doctora.

No me dejaron descansar. Me sacaron la ventosa, me limpiaron el coño y las piernas con una toalla tibia, y me giraron en la camilla para dejarme a cuatro patas. Me abrieron el culo. Me metieron el vibrador largo y curvo, buscando ese tejido nuevo del que hablaban. Lo empujaron hasta el fondo y lo encendieron. Yo grité.

—Silencio —dijo la doctora, sin levantar la voz—. Silencio o te ponemos una mordaza. Estás siendo evaluado.

Me tapé la boca con el puño. El vibrador zumbaba adentro. La doctora lo giraba despacio, apuntándolo a distintos puntos, mientras las otras dos anotaban lo que veían en un monitor conectado a la sonda.

—Sensibilidad muy alta en el cuadrante anterior —dijo una—. El canal está abriendo camino. Va a estar operativo antes de lo previsto.

Me hicieron acabar otra vez, sin polla, solo con eso adentro. Sentí una corrida distinta, más honda, más rara, que me salió del vientre y no de la verga. Me convulsioné entera sobre la camilla y me mordí el puño hasta hacerme sangre. Escuché a la doctora sonreír.

—Perfecto. Este es de los buenos. Apunten.

Cuando terminaron me limpiaron con toallas, me bajaron de la camilla y me hicieron caminar hasta una silla. Me temblaban las piernas. Me pusieron la bata otra vez, me alisaron el pelo, me pasaron un pintalabios por la boca hinchada. La cámara seguía filmando.

—Muy bien, dieciocho mil seiscientos dos —dijo la doctora—. Superaste la primera. Ahora ve a arreglarte para el almuerzo. El comité no debe notar que acabas de estar aquí.

***

Por la tarde me prepararon para el almuerzo, que no era un almuerzo sino un examen de etiqueta y protocolo. Un comité de mujeres evaluaría cada postura, cada palabra, cada mirada. Yo tenía todavía el zumbido del vibrador metido entre las piernas, la humedad pegada al muslo, y tuve que sentarme derecho como si nada de eso hubiera pasado.

El salón tenía una mesa larga, cubiertos relucientes, copas alineadas, mantel de lino blanco. Me guiaron hasta mi sitio y cada paso resonaba en el mármol. A mi alrededor, otros hombres se sentaban tensos, algunos tambaleándose bajo la presión. Vi que a más de uno le costaba sentarse: a todos les habían hecho lo mismo esa mañana.

—Dieciocho mil seiscientos dos —dijo una de las evaluadoras—, durante esta comida valoraremos tu compostura y tu capacidad de seguir instrucciones. Cada gesto cuenta.

Coloqué las manos sobre el mantel como me habían enseñado. Repasé mentalmente la posición de cada cubierto: los tenedores a la izquierda, los cuchillos a la derecha, la copa de agua y la de vino alineadas. Las mujeres anotaban en sus tablets, hablando entre ellas en voz baja.

Un hombre se equivocó de copa y la evaluadora a su lado frunció el ceño. Otro tosió demasiado fuerte y rompió la armonía del salón. Yo me mantuve alerta, midiendo cada sonrisa, cada sorbo. Nos planteaban escenarios: cómo recibir a una invitada, cómo sortear un comentario incómodo, cómo conservar la calma ante lo inesperado.

—Recuerden —dijo una de ellas—: la perfección no es solo estética. Es comportamiento, elegancia y autocontrol.

El almuerzo duró más de dos horas. Y, aunque parezca imposible, fui sintiendo una extraña sensación de orgullo. Había algo casi liberador en obedecer al pie de la letra, en sentir que cada acto contaba. Al terminar, el comité nos felicitó, pero recordó que nada estaba decidido. Entre los hombres se cruzaban miradas cómplices, pequeños gestos de apoyo. Compartíamos el mismo miedo y el mismo deseo de aprobar.

***

Al caer la tarde, la cena exigió aún más. Elegí un vestido de corte clásico en azul pálido con encaje blanco, repasé el maquillaje y me recogí el pelo dejando el cuello descubierto. El salón estaba solemne, iluminado por candelabros que hacían brillar el cristal de las copas como pequeñas joyas.

—Tome asiento —indicó una evaluadora—. Esta cena es parte de la evaluación final. Cada gesto, cada palabra, cada mirada cuenta.

Me senté manteniendo la postura, los codos discretamente hacia dentro. Las mujeres nos lanzaban situaciones nuevas: recibir a una invitada importante, sostener un tema delicado con tacto, responder con equilibrio. Un error bajaba la nota; una reacción impecable sumaba. El simple acto de servir agua o sostener el cuchillo pesaba tanto como una conversación entera.

Al final, el comité se puso de pie.

—Han demostrado una notable capacidad de adaptación. Algunos destacaron por su elegancia; otros deberán esforzarse más. Mañana comienzan los exámenes individuales que definirán su lugar en el simposio.

Nos acompañaron a las habitaciones. La sensación era agridulce: orgullo por haber superado el día, ansiedad por lo que vendría. Me senté frente al tocador y repasé cada gesto, cada protocolo, asegurándome de no olvidar nada.

Antes de apagar la luz, la enfermera Ferreyra entró sin golpear. Traía una bandeja con un lubricante, un consolador delgado con base de silicona y una correa de tela.

—Dieciocho mil seiscientos dos, órdenes de la doctora. Dormirás con esto puesto todas las noches hasta el final de la evaluación. Ayuda a la formación del canal. Ponte de rodillas sobre la cama, la cara al colchón, el culo arriba.

Obedecí sin mirarla. Me arrodillé en el borde de la cama, apoyé la mejilla en el colchón blando y arqueé el culo hacia ella. Sentí sus manos enguantadas separarme las nalgas, el chorro de lubricante frío corriéndome por dentro, y después el consolador entrando despacio, milímetro a milímetro, hasta el fondo. Me lo aseguró con la correa alrededor de las caderas para que no se moviera.

—Aprieta —me dijo—. Que no se te caiga en la noche. Si mañana lo encuentro fuera, te lo pongo yo delante del comité.

—Sí, enfermera —susurré.

Salió. Me quedé un rato así, de rodillas, con el consolador metido, hasta que junté fuerzas para pararme. Caminé hasta el tocador con las piernas apretadas para sostenerlo por dentro. Sentí cómo me abría a cada paso, cómo me obligaba a apretar músculos que ni sabía que tenía.

Me permití un instante de introspección. Comprendí que cada acción, cada palabra, cada decisión era medida y registrada. Que mi futuro dependía por completo de cómo asumiera el papel que me habían asignado. Y, sin embargo, una parte de mí —pequeña, terca, todavía mía— se aferraba a la idea de no desaparecer del todo. Una parte de mí todavía se acordaba del sabor de Helena en la lengua, y sabía que quería sentirlo una vez más antes de que me lo apagaran para siempre.

Miré mi reflejo por última vez: el maquillaje intacto, la postura correcta, la imagen perfecta de lo que querían que fuera. El consolador metido bajo el camisón, invisible, obediente. Solo así sobreviviría a este mundo nuevo donde mi vida ya no me pertenecía.

Continuará…

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Comentarios(7)

CosasDeNoche_ok

buenisimo!!!

TomásInquieto

que historia tan intensa, me dejo con el corazon en la garganta. Excelente manera de construir tension desde el primer parrafo.

LauraPMC

Por favor seguila, me quede con ganas de saber que pasa despues. Segunda parte urgente!

Danilo_srl

Me engancho desde el principio. Se siente real, como si uno estuviera ahi viviendo esa tension de la noche larga. Sigue asi!

TraviAnon

Cuantas partes va a tener esto? quiero saber como termina, no me dejes con la intriga jeje

GabriellaR

Que manera de generar expectativa... esa descripcion de no poder dormir la senti en carne propia. Muy bien escrito.

Elena_mdq

relatos asi son los que uno guarda para releer. Me llego de verdad.

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