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Relatos Ardientes

Me sentí su mujer durante todo el fin de semana

El viernes habíamos cerrado la noche en un restaurante pequeño, de esos con manteles de tela y velas que se consumían lentas sobre la mesa. Damián pidió el vino sin preguntarme, porque ya sabía cuál me gustaba, y yo lo dejé hacer porque me encantaba esa seguridad suya. Hablamos durante horas de cosas que no recuerdo, mirándonos más de lo que conversábamos, con esa tensión deliciosa de quien sabe perfectamente cómo va a terminar la velada.

Volvimos al hotel cerca de la medianoche, todavía riéndonos por algo que él había dicho en el taxi. La habitación olía a limpio y la cama estaba abierta, esperándonos. No hizo falta decir nada. Nos buscamos despacio, sin prisa, y después de hacer el amor por primera vez esa noche nos quedamos abrazados, agotados y felices, hasta que el sueño nos venció a los dos.

Me despertó la luz tibia que se colaba por la cortina mal cerrada. Era muy temprano, esa hora en que el mundo todavía está en silencio y parece que el día es solo para uno. Damián seguía dormido detrás de mí, abrazándome de espaldas, con un brazo pesado sobre mi cintura y la respiración lenta en mi nuca.

Me quedé quieta un rato, disfrutando del calor de su pecho contra mi espalda. Así quiero despertar siempre, pensé. No había ansiedad, no había nada que demostrar. Solo él y yo, y esa cama enorme que se había vuelto nuestro refugio.

Sentí que se removía. Se acercó todavía más, si es que eso era posible, y me atrajo hacia su cuerpo. Entonces noté su dureza apretándose contra mí, despierta antes que él mismo, y no pude evitar sonreír en la penumbra.

—Buenos días —murmuró con la voz ronca, todavía medio dormido.

—Buenos días —respondí, y me apreté hacia atrás, buscándolo.

Se rio bajito, un sonido grave que sentí más que escuché. Empezó a besarme el cuello, lento, dejando que sus labios recorrieran la curva hasta el hombro. Cada beso me erizaba la piel y me sacaba un suspiro que no intentaba disimular.

—Te despertaste con ganas —le dije, girando apenas la cabeza para encontrarlo.

—Me despierto con ganas de vos todos los días.

Esa frase me derritió más que cualquier caricia. Me giré entre sus brazos hasta quedar frente a él y nos besamos, ahora sí despiertos los dos, con un beso largo y profundo que no tenía nada de inocente. Le pasé la mano por el pecho, sintiendo el vello bajo mis dedos, bajando despacio mientras él me sostenía la cara y me mordía el labio inferior.

Me encantaba su cuerpo. Me encantaba el peso de su mirada cuando me recorría entera, como si yo fuera lo único que valía la pena mirar en el mundo. Lo besé en la mandíbula, después en el cuello, fui bajando por su pecho dejando un rastro húmedo, sintiéndolo respirar cada vez más hondo bajo mis labios.

—Despacio —me pidió, pero no quería que parara, y los dos lo sabíamos.

Llegué hasta donde más me gustaba estar. Lo tomé con la mano, despacio, mirándolo a los ojos antes de inclinarme. Empecé suave, jugando con la punta de la lengua, demorándome a propósito para escucharlo. Damián echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido contenido.

—Así… —dijo, apenas un hilo de voz—. Nadie como vos.

Sus palabras me encendían tanto como sus manos. Alterné el ritmo, a veces lento y profundo, a veces más rápido, atenta a cada reacción suya, a cómo se le tensaban los músculos del abdomen y se le entrecortaba el aliento. Me hundí en eso con un deseo que me sorprendía a mí misma, disfrutándolo como si no existiera nada más urgente en el universo.

—Mi amor —jadeó, hundiendo los dedos en mi pelo sin obligarme a nada, solo sosteniéndome—. Vas a hacerme terminar.

Levanté la cabeza y lo miré, con la respiración agitada y los labios hinchados. Estaba tan excitada que apenas podía pensar.

—Ya —le dije—. Por favor, hacéme tuya. Ya no aguanto más.

No hizo falta repetirlo. Me incorporó con suavidad y me recostó de espaldas sobre el colchón, abriéndose paso entre mis piernas. Me las levantó y me las apoyó contra sus hombros, y se tomó su tiempo, mirándome a los ojos todo el rato, preparándome con paciencia hasta que mi cuerpo lo recibió por completo.

—¡Así! —exclamé sin poder contenerme—. Soy tuya, Damián. Tuya.

Empezó a moverse, primero despacio y después con toda la fuerza de su cuerpo, y yo sentía cada embestida como una descarga que me recorría entera. Me agarré de sus brazos, de las sábanas, de lo que encontrara, mientras él me llenaba de un modo que me hacía perder la cabeza. No era solo placer. Era la certeza de sentirme amada, deseada, completa, exactamente como siempre había querido sentirme.

—Sos mía —repetía él entre jadeos, sin dejar de mirarme—. Mía.

—Sí —respondía yo—. Más… quiero sentirte todo dentro de mí.

El placer fue subiendo como una marea que no podía detener. Sentía la presión acumulándose en algún punto profundo, una tensión que me dejaba sin aire, hasta que todo se desbordó de golpe. Me arqueé contra él, temblando, atravesada por un orgasmo tan intenso que se me escapó un grito ahogado contra su hombro.

Damián aguantó unos segundos más y después se hundió por completo, estremeciéndose, terminando dentro de mí con un gemido ronco que me hizo apretarlo todavía más fuerte con las piernas. Nos quedamos así, unidos, jadeando, con la frente apoyada uno en el otro.

—Te amo —me dijo, y me besó la sien.

—Y yo a vos —contesté, todavía sin recuperar el aliento.

***

Nos quedamos un rato largo enredados entre las sábanas, sin ganas de movernos, mientras la mañana terminaba de iluminar la habitación. Él me acariciaba la espalda con la yema de los dedos, trazando círculos perezosos, y yo dibujaba figuras invisibles sobre su pecho. Había un silencio cómodo, de esos que solo existen cuando una está en el lugar exacto donde quiere estar.

—Tengo hambre —confesó al fin, riéndose.

—Yo también. Y necesito una ducha.

—Podemos ahorrar agua —propuso con una sonrisa pícara.

Terminamos en la ducha, sí, aunque de ahorrar agua no tuvo nada. Nos enjabonamos despacio, robándonos besos bajo el chorro caliente, riéndonos como dos adolescentes. Había algo profundamente íntimo en ese gesto cotidiano, en lavarle la espalda y dejar que él me secara el pelo después con una toalla, con un cuidado que me hacía sentir frágil y protegida a la vez.

Me arreglé con calma frente al espejo. Elegí un vestido liviano que me quedaba bien, me pinté los labios de un rosa discreto y me solté el pelo sobre los hombros. Damián me observaba desde la cama, ya vestido, esperándome sin apuro.

—Estás preciosa —me dijo cuando me giré hacia él.

Me sonrojé como si fuera la primera vez que me lo decía. Y la verdad es que cada vez me sonaba a primera vez. Salí de esa habitación de su mano, vestida de mujer, con una confianza y una seguridad que no siempre tuve, pero que él me regalaba con cada mirada.

Pasamos el día afuera, sin planes. Caminamos por el centro de la ciudad, entramos en tiendas a probarnos ropa que no necesitábamos, nos sentamos en una terraza a comer algo y a mirar a la gente pasar. Damián me tomaba de la mano en la calle sin ningún reparo, me acomodaba un mechón detrás de la oreja, me besaba en plena vereda como si nadie más existiera.

—¿Te gusta este? —le pregunté, saliendo del probador con un vestido azul.

—Me gustás vos —respondió, y el vendedor que pasaba cerca disimuló una sonrisa.

Compramos un par de cosas, paseamos hasta que se nos cansaron los pies y nos tomamos un café cuando la tarde empezó a caer. Yo lo miraba a ratos, mientras él hablaba, y pensaba en lo afortunada que era. No por el hotel, ni por la ropa, ni por el sexo, aunque todo eso era maravilloso. Era por la manera en que me trataba: como una mujer, como su mujer, sin condiciones ni reservas.

—¿En qué pensás? —me preguntó, atrapándome en pleno ensueño.

—En que no quiero que este fin de semana termine.

Estiró el brazo sobre la mesa y me apretó la mano.

—No tiene por qué. Tenemos toda la noche todavía. Y muchos fines de semana más.

***

Volvimos al hotel cuando el cielo ya estaba teñido de naranja. La habitación nos recibió con esa intimidad cálida de un lugar que durante dos días había sido solo nuestro. Dejé las bolsas en una silla, me saqué los zapatos y me dejé caer de espaldas sobre la cama con un suspiro de cansancio feliz.

Damián se acostó a mi lado, apoyado en un codo, y se quedó mirándome con esa expresión que ya conocía bien.

—¿Otra vez? —le pregunté, fingiendo escándalo.

—Toda la vida —respondió, y me besó.

Esta vez fue distinto. Más lento, más profundo, sin el ímpetu urgente de la mañana. Nos desnudamos despacio, descubriéndonos como si no nos conociéramos de memoria, demorándonos en cada caricia. Recorrí su cuerpo con los labios y él recorrió el mío, y nos amamos sin prisa mientras la luz de afuera se iba apagando del todo.

Cuando volvimos a unirnos, lo hicimos mirándonos a los ojos, en silencio, hablándonos solo con el cuerpo. Yo me movía con él, sintiéndolo entero, entregándome sin reservas, y él me sostenía como si yo fuera lo más valioso que había tenido nunca entre las manos. No hubo gritos esta vez, solo suspiros, nombres susurrados y un placer que crecía despacio hasta volverse insoportable de tan bueno.

Terminamos casi a la vez, abrazados, temblando, riéndonos después de la risa floja que da el placer cuando viene acompañado de amor. Nos quedamos enredados en la penumbra, con el corazón todavía acelerado, sin ganas de soltarnos.

—Fue el mejor fin de semana de mi vida —le dije bajito, con la cabeza apoyada en su pecho.

—El primero de muchos —prometió, acariciándome el pelo.

Me dormí escuchando los latidos de su corazón, sintiéndome amada, deseada y soñada, completamente feliz. Afuera la ciudad seguía su curso, ajena a nosotros, pero dentro de esa habitación yo había encontrado exactamente lo que siempre busqué: alguien que me mirara y viera, sin dudar ni un segundo, a la mujer que soy.

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Comentarios(7)

Romi87

Hermoso, me llego al alma!!!

Marlena_sk

Necesito la segunda parte por favor!!! Me quede con ganas de saber como termino el domingo

PaulaBAires

Que bien escrito, se siente cada detalle sin que sea burdo. Muy pocas veces un relato me hace sentir tanto

Vale_Sj

Me encanto como transmitiste esa sensacion de pertenencia, es algo dificil de poner en palabras y lo lograste

JuanMario_R

excelente!!!

SusyRioN

Me recordo a algo que yo pase, esa sensacion de sentirse completamente en el lugar correcto... muy bien escrito

Dani_rosa

Que relato tan sensible y bien narrado. La escena del despertar al principio es perfecta, me atrapo desde el primer renglon. Ojala siga escribiendo con esta calidad

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