Aquel verano en el hotel terminó en una orgía
Todavía pienso en aquel verano cada vez que paso por delante de un hotel con piscina. Fue Marisa quien me arrastró, una vieja amiga a la que conozco desde hace años, aunque lo de vieja nunca tuvo que ver con la edad sino con la confianza. Acababa de divorciarse, andaba con el ánimo por el suelo y no soportaba la idea de irse sola de vacaciones.
Nos conocimos en la empresa, ella en administración y yo de ingeniero. Coincidíamos a la hora del desayuno y en el café de media tarde, y de tanto compartir mesa una cosa fue llevando a la otra. Ella vaciaba su corazón conmigo, yo la escuchaba, y en la cena de fin de año aquel desahogo terminó de la peor manera posible: follando contra el lavabo de los aseos del restaurante.
Desde entonces quedábamos cuando a ella le apetecía. Marisa estaba metida en carnes, una mujer curvy que en otra época vivía en el gimnasio y en la piscina, hasta que descubrió que su marido la engañaba y se dejó. Me buscaba por los regalos que yo le hacía y por el sexo, porque sabía que, aunque no tengo nada del otro mundo entre las piernas, aguanto como pocos.
Era también la única que conocía mi secreto. Que soy bisexual, que cuando no tengo a una mujer cerca no me importa buscarme a un hombre, y que eso, lejos de espantarla, la divertía.
—Qué zorro eres —me decía riéndose—. Tú sí que sabes vivir.
Por eso, cuando me propuso acompañarla, supe que aquellas vacaciones no iban a ser un descanso precisamente. Me lo dejó claro en el coche, antes incluso de llegar: tenía ganas de tirarse a todo lo que se le pusiera por delante, y contaba conmigo para no hacerlo sola.
El hotel estaba lleno de turistas extranjeros. Alemanes, ingleses y, sobre todo, un grupo grande de franceses en el que apenas había mujeres. Eran casi todos hombres, y Marisa los fichó nada más cruzar el vestíbulo, con esa sonrisa que yo le conocía demasiado bien.
***
La primera noche decidimos no privarnos de nada. La barra libre del hotel ayudó a soltarnos, y entre copa y copa fuimos perdiendo la vergüenza hasta dejarla olvidada en algún rincón del bar. Marisa reía demasiado fuerte, me apretaba el muslo por debajo de la mesa y miraba sin disimulo a cualquiera que pasara cerca.
Conocimos a una pareja que estaba tan animada como nosotros. Empezó con bromas, siguió con confidencias, y terminó con los cuatro en una habitación intercambiando lo que cada uno había traído. Yo con ella, Marisa con él, y luego todo mezclado, sin reglas, hasta que el cansancio pudo más que las ganas. Fue una noche salvaje, de esas que uno no cuenta cuando vuelve a casa.
Nos levantamos al día siguiente con una resaca de campeonato. Después del desayuno bajamos a la piscina; ella con un pareo sobre el bañador y yo con un tanga ajustado que me había comprado precisamente para aquel viaje, una de sus bromas privadas.
Creí que el segundo día sería más tranquilo.
Me equivoqué de medio a medio. Marisa amaneció más lanzada que la víspera y, en cuanto se tumbó al sol, empezó a calentar al grupo de franceses sin el menor pudor. Se desataba el pareo, se estiraba, se acariciaba los muslos brillantes de crema, y los miraba uno por uno como si los estuviera eligiendo.
No tardó en surtir efecto. Uno de ellos, un hombre alto y corpulento, peludo y de barriga prominente, se levantó de su hamaca y caminó hacia nosotros con una determinación que no dejaba lugar a dudas. A un par de metros se quitó el bañador sin más, se acercó a Marisa y, sin decir palabra, le ofreció lo que llevaba entre las manos.
Ella no lo pensó. Estiró el brazo, lo agarró y se lo llevó a la boca, y empezó a chupárselo como si llevara meses esperándolo. El tipo gimió, echó la cabeza atrás y, con un gesto de la mano, llamó a los demás.
No pasaron ni cinco minutos cuando noté una sombra plantada delante de mi tumbona. Otro de los franceses, de altura y cuerpo parecidos al primero, se había bajado el bañador y se tocaba mirándome fijamente.
—No —le dije, levantando una mano—. Yo soy un chico.
Él arqueó una ceja, con un acento marcado y una calma que me dejó sin argumentos.
—No veo cuál es el problema —respondió.
Marisa se sacó la polla de la boca el tiempo justo para meterme en el ajo.
—Venga, Andrés, no me seas estrecho ahora —dijo riéndose—. Aquí no nos conoce nadie, anímate. No me dejes ser la única que disfrute.
La miré, y luego lo miré a él. La excitación, el alcohol del día anterior todavía en la sangre y aquella mezcla de morbo y desvergüenza pudieron conmigo. Estiré la mano y empecé a masturbarlo despacio, tomándome mi tiempo, hasta que dejé la tumbona y me arrodillé sobre la cerámica caliente de la piscina. Cambié la mano por la boca y seguí.
Debió de gustarle, porque a los pocos minutos posó la mano en mi nuca, no para forzarme, sino para acariciarme el pelo mientras murmuraba algo en su idioma que no entendí. Yo iba a lo mío, recorriéndolo entero con la lengua, de la base al glande y de vuelta, sin prisa.
—Joder, encima que te animo y te toca el más grande —se quejó Marisa entre risas, sin soltar el suyo.
***
Lo que pasó después se me mezcla en la memoria como una sola escena interminable. Mientras yo seguía de rodillas, el francés deslizó las manos por mi espalda hasta las nalgas, aprovechando la postura, y empezó a magrearme y a colarme un dedo. De reojo veía a Marisa tumbada en la hamaca, con el bañador apartado, dejando que otro le comiera el coño mientras ella maldecía de gusto.
—Como me rompas el bañador te mato —jadeaba, sin intención ninguna de apartarlo.
Se nos sumaron dos más casi de golpe. Marisa pasó a tener una en la boca y otra en la mano, alternándolas, devorando una mientras masturbaba la otra, sin dejar de gemir por esa lengua que seguía trabajándola entre las piernas. Yo notaba manos por todas partes, dedos que entraban y salían, alguien que me apartaba el tanga de un tirón hasta dejarme desnudo sobre el borde de la piscina.
Nadie del hotel parecía inmutarse, o quizá ya no estábamos en condiciones de notarlo. Un par de camareros pasaron con sus bandejas haciendo como que no veían nada, y eso, en lugar de frenarnos, nos soltó del todo. Marisa se reía entre jadeos, yo apoyaba la frente en el muslo del francés para tomar aire, y el sol nos caía encima como si quisiera dejar constancia de todo.
Uno de ellos se arrodilló delante de mí y me devolvió la cortesía, tomándome en su boca con una avidez que no me esperaba. Otro me separó las piernas y, después de prepararme con paciencia, las apoyó sobre sus hombros y me penetró despacio, dejándome el tiempo justo para acostumbrarme antes de empezar a moverse en serio.
—Dime, ¿estás disfrutando o no? —me soltó Marisa desde su hamaca, con una sonrisa torcida.
No hizo falta que respondiera. Para entonces a ella la tenían en perrito, penetrándola por detrás mientras seguía con una verga en la boca, y la escena entera parecía más una película que algo que nos estuviera ocurriendo de verdad. En un momento dado quedó en plan sándwich: uno tumbado debajo, ella encima, otro empujando contra su trasero ya sonrojado y un tercero ofreciéndole la boca.
A mí me tocó algo parecido. Uno sentado en la tumbona conmigo encima, otro detrás alternando las embestidas, y un tercero esperando turno para que no parara la boca. Iban despacio al principio, con cautela, hasta que entraban en confianza y aceleraban, y cada arremetida me arrancaba un grito que se confundía con los de ella.
Fueron pasando, turnándose, descansando en las hamacas para reponer fuerzas y volviendo a la carga. Perdí la cuenta de cuántos fueron a lo largo de la tarde. Algunos se corrían dentro, otros encima, y todo aquello se prolongó hasta bien entrada la noche, cuando el último de ellos se vistió y se despidió como si nada, con un gesto educado, como quien se va de una sobremesa.
***
Lo que no me esperaba era que Marisa, después de un día así, todavía tuviera ganas de mí. Pero ninguna de las noches que quedaban me dejó descansar tranquilo. Se metía en mi cama de madrugada, buscaba mi polla a tientas y se saciaba a su antojo, como si lo del día no hubiera contado.
Y luego venía su pequeña venganza contra todo lo masculino. Sacaba de su maleta un arnés con un consolador, me ponía en la postura que le daba la gana y me lo metía despacio, disfrutando de mi cara más que de otra cosa, embistiéndome con una calma cruel.
—Disfruta, que es lo que querías —me susurraba al oído en cada empujón, mordiéndome el hombro.
Y lo cierto es que tenía razón. Cada vez que me lo decía yo cerraba los ojos y dejaba de fingir que aquello no me gustaba, porque a esas alturas ya no había nada que esconder entre nosotros. Ella lo sabía, lo usaba a su favor, y yo se lo agradecía en silencio mientras me mordía la almohada.
Volvimos de aquel viaje agotados, sin contarle a nadie lo que había pasado, con la sensación de habernos quitado de encima un montón de cosas que no sabíamos que cargábamos. Marisa recuperó la sonrisa, yo me reconcilié con lo que soy, y los dos aprendimos que a veces hace falta irse muy lejos, a un hotel lleno de desconocidos, para volver a sentirse uno mismo.
Todavía quedamos, de vez en cuando, cuando a ella le apetece. Nunca hemos repetido nada parecido a aquel verano, pero los dos sabemos que, si volviera a proponérmelo, no me haría falta que insistiera demasiado.