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Relatos Ardientes

El show de mi esposa terminó en una orgía sin control

Ilustración del relato erótico: El show de mi esposa terminó en una orgía sin control

La llamada de Viktor nos pilló por sorpresa. Habíamos coincidido con él meses atrás, la vez que Carla se encaprichó con conocer su club, y por lo visto no la había olvidado. Decía tener unos clientes especiales y, al saber que andábamos cerca, no tardó ni un minuto en invitarnos a cenar para explicárnoslo en persona.

—Si no os queda lejos, venid mañana a las siete —insistió—. Cenamos tranquilos y decidís.

Al día siguiente estábamos en la puerta de su local, todavía cerrado al público. Viktor nos recibió con un abrazo largo, demasiado largo en el caso de mi mujer, y nos llevó al despacho del primer piso. Desde allí, tras un cristal, se dominaba toda la sala sin que nadie pudiera vernos. Había encargado la cena en uno de los mejores restaurantes de la zona, según dijo, para poder controlar el negocio sin moverse.

***

Sigo yo, Carla. Mientras un camarero atento nos servía, Viktor fue al grano. Un grupo de empresarios le había pedido tres mujeres maduras, dispuestas a todo y sin remilgos, para una noche privada en un chalet aislado.

—Pensé en ti la primera —me dijo, mirándome por encima de la copa—. Las otras dos ya las tengo apalabradas. Son seis hombres, tres vendrán con sus parejas. Durante esa noche seríais suyas, podrían haceros lo que quisieran, ellos y ellas. Pagan muy bien.

Cuando soltó la cifra, Diego y yo nos quedamos helados. Nos miramos en silencio. Tardé unos minutos, pero acepté.

—Perfecto, brindemos —celebró Viktor.

Pidió una botella de champán y dos chicas por su nombre, y nos invitó a pasar a los sofás que daban al cristal. Me senté entre los dos hombres, hablando del verano mientras observábamos uno de los números que se desarrollaban abajo. Llamaron a la puerta y entraron dos mujeres preciosas con la botella: Lena, rubia y de Letonia, y Yasmina, morena y tunecina. Las dos llevaban conjuntos de lencería mínimos, de los que insinúan todo. Nos saludaron con un beso en la boca, sirvieron las copas y brindamos por el acuerdo.

Enseguida las dos rodearon a Diego y Viktor se acercó a mí.

—¿Te animarías a bajar y hacer un número de los tuyos para mis clientes?

—Si ni siquiera vengo preparada —contesté.

Pero él sabía leerme. Exhibirme me vuelve loca, y la sola propuesta hizo que algo entre mis piernas reaccionara al instante. Viktor lo notó.

—Te preparan abajo y tengo una sorpresa para ti. Te están esperando. Ve.

Me besó otra vez y deslizó la mano bajo mi falda antes de soltarme.

***

Soy Diego. Estaba tan entretenido con Lena y Yasmina que había dejado de prestar atención a mi mujer. Cuando volví a mirar, Viktor le comía la boca a Carla con la mano metida bajo la falda. Ella se levantó y salió del salón.

—¿Adónde va? —pregunté.

—Espera un poco y lo verás. Mientras, que la espera no se te haga larga.

Yasmina no tardó en sentarse en mis rodillas. Su boca buscó la mía mientras mis manos recorrían sus nalgas desnudas, con el hilo del tanga perdido entre ellas. Lena se ocupó de Viktor; en un momento estaban los dos sin ropa, ella acariciándolo, él mordiéndole los pezones. Nos bebimos la primera botella en un suspiro, y para cuando se abría la segunda, Yasmina ya me había bajado los pantalones y se aplicaba con la boca, ensalivándome y ayudándose con la mano en un ritmo que me nublaba.

De pronto las luces de la sala se apagaron.

—Empieza el espectáculo —anunció Viktor—. Y vaya espectáculo.

Del fondo del escenario salió mi esposa, caminando de forma insinuante, vestida —es un decir— con un conjunto rojo de tiras finas: dos lazos sobre los pezones y otra tira escasa que apenas tapaba el sexo. De una cadena tiraba de un hombre enorme, alto y musculoso, con un eslip rojo que no escondía gran cosa. Dieron una vuelta al escenario, donde solo había un sofá Chester negro.

Por los altavoces nos llegaban los comentarios del público, en varios idiomas, cada cual más subido de tono. Carla colocó al hombre de cara a la sala y empezó a contonearse contra él, dejando su culo a la vista. Se acercó despacio, se inclinó, restregó las caderas contra su entrepierna mientras sus manos subían a los pechos. Al hacerlo, los lazos se soltaron y sus senos quedaron completamente expuestos. Conozco a mi mujer: disfruta exhibiéndose, escuchar todo aquello la enciende. Estaba seguro de que ya estaba mojada.

***

Soy Carla otra vez. Al bajar a los vestuarios me encontré con la encargada, la misma de la vez anterior.

—Viktor me ha pedido algo fuera de lo normal. Hoy nos desmadramos gracias a ti. Ponte esto y te presento a tu compañero. Se llama Malik.

Vaya ejemplar. Malik era un monumento: corpulento, casi dos metros, una sonrisa tranquila.

—Encantado, Carla. Me han hablado de ti —dijo, y me dio dos besos que me dejaron atontada—. Tú llevas el ritmo. Hacemos lo que tú quieras.

Me cambié pensando en lo que íbamos a montar. Al salir lo tenía de frente, casi desnudo, con una correa al cuello que me tendió.

—No tires muy fuerte —pidió, sonriendo.

Salimos entre silbidos y aplausos. Lo coloqué en el centro y empecé a moverme con la música. Me acariciaba, me giraba hacia el público, me agachaba arrimando el trasero a su cuerpo. Los lazos saltaron y mis pezones quedaron libres ante toda la sala. No despegué las caderas de él; sentía su miembro rozarme. Entonces unas manos potentes me enderezaron y se apoderaron de mis pechos.

Se ha hecho un silencio.

Las manos de Malik recorrieron mi cuerpo, suaves, hasta rozar la tira diminuta del tanga. Me giré y quedé pegada a él; sus dedos bajaron a mi espalda, a mis nalgas, apartaron la tela y mi culo quedó a la vista. Los silbidos arreciaron. Esto se estaba desmadrando, y yo no pensaba quedarme atrás. Mi mano fue a su cintura, tiró de su tanga y descubrió algo descomunal. No me lo creía. Tiré para arrancárselo.

Me levantó como una pluma. Su boca devoró la mía mientras me sostenía en el aire con una sola mano; con la otra me arrancó el tanga, me giró hacia la sala y me abrió las piernas, despatarrada frente a todos. La gente aplaudía, silbaba, gritaba obscenidades. Y a mí esa exposición me hacía perder el último resto de pudor. Sin coraza, sin vergüenza, completamente abierta en brazos de un hombre irresistible.

***

Soy Diego. El número de mi mujer había revolucionado la sala. El público estaba fuera de sí y ella totalmente entregada, tumbada en el sofá con las piernas abiertas mientras Malik le acariciaba el sexo y le acercaba el miembro a la boca.

Aquello provocó un terremoto también en el despacho. Los cuatro mirábamos el cristal sin pestañear. Viktor follaba a Lena a cuatro patas, alternando entre sus dos agujeros, sin apartar los ojos de la escena. Yo, después de lamer a fondo a Yasmina, la había apoyado contra el cristal y la penetraba desde atrás, apretándole los pechos sin dejar de mirar el escenario.

Abajo, varios hombres se masturbaban contemplando a Carla, mirando cómo ella se apoderaba del miembro de Malik e intentaba metérselo en la boca, lamiéndolo de arriba abajo, la otra mano agarrándole el culo. Los comentarios subían de tono: «que se la meta hasta el fondo», «queremos verla bien follada». Aquello me encendió aún más.

Volví a mirar y vi que Malik se había sentado en el sofá, había colocado a Carla mirando a la sala, con las piernas abiertas sobre su miembro. En una pantalla había un primer plano: parecía imposible que aquello entrara. Pero, despacio, mi esposa se lo iba introduciendo.

***

Vuelvo a ser Carla. Si os soy sincera, desde que Malik me sentó sobre él perdí la noción de todo. Menos mal que pude ver el vídeo después, porque viví aquello en un éxtasis del que apenas guardo retazos. Sus dedos me habían abierto, me habían dilatado, y cuando por fin me dejé caer sobre su miembro lo sentí entrar en toda su longitud, un roce tremendo, mientras sus manos amasaban mis pechos y jugaban con mi clítoris.

El primer orgasmo me sacudió a la vista de todos, y la sala estalló. Antes de que me recuperara, Malik me alzó del culo y, sin salir de mí, caminó hasta el borde del escenario para que el público viera de cerca cómo me penetraba. Aquello ya era una orgía: unos miraban y se masturbaban, otros follaban con sus parejas o con las chicas del club. Encadené un orgasmo tras otro, nunca había sentido nada igual.

***

Soy Diego de nuevo. Lo que veíamos cuesta de explicar. Viktor salió de Lena, me apartó de Yasmina y se enchufó en ella sin avisar.

—Menuda mujer tienes —me soltó—. No para por mucho que le den.

Yo no podía despegar los ojos de Carla, ensartada en el borde del escenario, expuesta, con cara de pedir más. Varios hombres se habían acercado por debajo. Noté entonces que Lena me chupaba; la levanté, la apoyé contra el cristal y la penetré sin dejar de mirar abajo.

Malik se sentó en el borde y Carla saltaba sobre él, ahora de espaldas al público, inclinada para comerle la boca mientras él le abría las nalgas para que todos vieran. La gente estaba pegada a ella, empezaron a tocarla, a agarrarle los pechos, a meterle mano. Y ella, lejos de apartarse, se inclinaba más para facilitarlo. No aguanté y me corrí dentro de Lena, que se agachó a recoger hasta la última gota.

***

Vuelvo a ser Carla. Aunque no os lo creáis, me cuesta escribir esto: solo recordarlo me enciende, y como escribimos los dos juntos frente al ordenador, casi desnudos, mis dedos ya buscan refugio entre mis piernas. Menudo desmadre montamos.

Malik terminó sobre mi cara, empapándome, y me dejó tendida en el borde del escenario. A partir de ahí, varios hombres se apoderaron de mi cuerpo. Uno subió y me penetró sin esfuerzo; se corrió pronto, encima de mí. Otro se tumbó en el suelo y me colocó sobre él. El escenario se había convertido en una cama enorme: más mujeres habían subido, más hombres las follaban, todo sin control.

Sentí que me empujaban la espalda contra el que me tenía dentro y unas manos me abrían las nalgas. Empujaron, y noté el segundo miembro abrirse paso por detrás. Les costó acompasarse, pero lo lograron; aquel del culo llegaba más hondo.

—Toma, te voy a llenar entera —oí, sin ver quién.

Lo hacía bien. Me llevó a otro orgasmo y me concentré en él, deseando que fuera triple. Como si lo hubiéramos ensayado, sentí el calor llenarme por dentro, primero por detrás, luego por delante. Los tres quedamos quietos. Ya no podía más.

Busqué a Malik con la mirada y él me entendió. Vino, me alzó en brazos y me llevó hacia la parte trasera del escenario.

—Eres increíble —me susurró—. No había visto nada igual.

***

Subimos al despacho de Viktor. Allí estaban Diego, Viktor y las dos chicas, tumbados y agotados en los sofás. Al verme estallaron en aplausos. Mi marido vino hacia mí, me besó y me dijo al oído que me quería.

Me duché. Cuando salí, mi ropa estaba lista y solo quedaban Diego y Viktor, ya vestidos.

—Acordaos de la cita que tenemos pendiente —nos recordó Viktor—. Os confirmo el día, será un fin de semana. Si te portas la mitad de bien que hoy, será un éxito.

—No te preocupes —respondí—. No te voy a defraudar.

Nos despedimos y salimos hacia el coche, no sin echar un último vistazo al cristal: la fiesta seguía abajo. Pero nosotros necesitábamos descansar. El próximo relato será esa cita que acabábamos de cerrar.

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Comentarios (4)

SergioBA

increible, de los mejores que lei en este sitio!!!

Manu1987

Lo lei dos veces, en serio. El momento en que la correa cae al suelo es un antes y un despues jaja. Muy bien narrado.

NocheFelina

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como quedo la pareja despues de esa noche

PedroFromBA

Me recuerda a algo que vivi hace unos años, aunque sin tanto show de por medio jajaja. Me gusto mucho como esta contado desde el punto de vista del que mira.

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