Lo que pasó en la trastienda del sex-shop
La pareja caminaba sin prisa por el centro de Valencia. A esa hora de la tarde ya no quedaba el bullicio del mediodía, y las calles tenían esa calma tibia que invita a perderse. El móvil de Carla vibró en su bolso. Lo sacó, miró la pantalla y puso los ojos en blanco mientras le hacía gestos a Bruno de que era una tontería del trabajo.
—Que sí, que no te preocupes… abrí un pack y que el de almacén te acerque el resto con un carro. Pero luego lo devolvés, que se enfadan. —Escuchó un momento más—. Venga, hablamos el lunes.
Guardó el teléfono, se abrochó el abrigo fino y le dio la mano a su novio. Volvió a sonar, esta vez con la melodía de su madre.
—¿Todo bien, mamá?... Ayer cenó poco, pero podés darle algo de empanada, no se va a morir… ¿Y cómo está?... Me alegro. Si os molesta mucho, me avisás. Besitos.
Antes de meterlo de nuevo en el bolso, lo apagó.
—Tú llevas el tuyo, ¿no? —le dijo a Bruno—. Si pasa algo importante, ya nos llamarán.
No tardaron en llegar a una puerta negra y discreta, sin más cartel que un letrero pequeño y rojo. Bruno empujó, y tras unos segundos de cambio de aire que les hizo estornudar a los dos, llegaron a la recepción cruzando unos escaparates repletos de arneses, consoladores y otros objetos de formas imposibles.
Había sido idea de Bruno ir a comprar. De tanto usarlos, sus juguetes estaban ya algo descoloridos, y aunque a ella le seguían cumpliendo, cuando tenían visita y querían usarlos no daba buena impresión. Él se fue directo a la sección de películas. Carla se quedó frente a una vitrina, repasando modelos con el ceño fruncido, hasta que se le acercó la dependienta.
—Buenas, ¿te ayudo en algo? —Tendría unos cincuenta años, pero conservaba una belleza serena.
—Solo estoy mirando a ver si hay alguno que me convenza.
—Tenemos estos nuevos… —Le señaló la vitrina de al lado, pero Carla negó con la cabeza. Pasaba de los aparatos ultramodernos con formas raras, esos que parecía que te fuera a hacer un dedo un marciano.
—Me gustan de forma natural y… buenos, pero sin exagerar.
Se le escapó una risa floja, y la mujer la miró sin entender. Cosas mías, pensó Carla, recordando un chiste viejo que solo le hacía gracia a ella.
—Nada, ideas que me cruzan.
Acabó encontrando dos que le gustaron: uno fino, para juegos rápidos, y otro más rotundo, aunque nada monstruoso. La dependienta, que sabía vender, los acompañó con un consolador de doble punta, un bote grande de lubricante y un huevo vibrador que se activaba desde el móvil. No me gustan las cosas modernas, se dijo, sabiendo que tendría que rectificar si acababa gustándole.
Cruzaron la tienda, donde había cinco o seis hombres y otra pareja curioseando, hasta el mostrador. Allí, Bruno charlaba animado con el cajero, un chico que no pasaría de los treinta, atlético, bien afeitado, el pelo peinado con un descuido estudiado y la camiseta negra estampada del local.
—Te vas a dejar el sueldo —le dijo Bruno—. Yo solo llevo estas dos películas.
—Cada cual tiene sus necesidades —respondió ella, socarrona, dejando la cesta sobre el mostrador.
Pagaron. Carla estuvo tentada de mirar un disfraz de enfermera colgado junto a la caja, pero le dio pereza preguntar por tallas.
—¿Sabes? —soltó Bruno, como quien no quiere la cosa—. Aquí dentro tienen zona de ambiente.
Y ahí se descubrió la verdadera intención de la salida. Lo habían hablado días atrás. Habían probado el sexo al aire libre en un par de descampados, y a ella no le terminaba de gustar por el riesgo y por el perfil de algunos pretendientes. La otra cara de la moneda eran los clubes que frecuentaban: gente discreta, con dinero, en un sitio resguardado y seguro, pero donde había que invertir mucho tiempo en seducir y casi siempre tocaba lidiar con los dos miembros de cada pareja.
Seamos sinceros: a Carla le gustaba bajarse la ropa interior y que fueran entrando pollas, sin necesidad de conocer la vida de nadie, pero tampoco quería estar pendiente de si al que se la estaba comiendo le daba algún arrebato raro.
—¿Te apetece? —insistió Bruno, sacándola de sus pensamientos.
—En estos sitios solo hay tíos mayores —aseguró ella, que en su día había cotilleado lugares parecidos.
—Tíos cachondos, que es distinto. A los que les da igual el envoltorio con tal de pasarlo bien.
—No solo hay mayores —apuntó el cajero—. Hay de todo.
—¿A esta hora viene mucha gente? —preguntó Carla, intrigada y, como podréis imaginar, ya caliente.
El chico echó un vistazo a unos monitores bajo el mostrador.
—Cinco… no, seis. —Le hizo un gesto para que mirara. Carla pasó detrás de la caja y, en unas cámaras de seguridad que apenas distinguían las caras, contó seis bultos repartidos por distintas zonas: cabinas, una sala oscura, un cuartito con butacas.
—Además, esos de ahí están esperando a ver si entra alguien interesante —añadió, señalando a varios hombres que merodeaban cerca de una cuerda que protegía una puerta oscura.
Carla los observó. No eran tan mayores, entre cuarenta y cincuenta, y al más grueso le sobrarían algunos kilos, pero estaban dentro de su baremo. Aceptables. No amantes, pero una polla es una polla.
—¿Cuánto vale la entrada? —preguntó Bruno, al ver que su chica se había picado.
—Nada, os invita la casa —dijo el cajero, levantando las bolsas a rebosar—. Yo os las guardo aquí.
***
Los acompañó él mismo hasta la entrada. Todos los hombres los siguieron con la mirada, sobre todo cuando Carla le entregó también su chaqueta vaquera y se le marcaron los pechos bajo la camiseta. Cruzaron la cortina, dejaron unas taquillas y unos bancos a un lado, y subieron un piso casi a oscuras. Olía a incienso y a lubricante. Se oía el chillido lejano de mujeres en alguna película.
El pasillo desembocaba en tres cabinas separadas por mamparas, cada una con un ventanuco a los lados. La primera parecía ocupada; entraron en la segunda y echaron el pestillo de la puerta y de las dos aberturas laterales.
Bruno se sentó en la butaca y trasteó el mando de un pequeño televisor. Carla se plantó frente a él, con su camiseta clara y un pantalón corto deshilachado. Se arrodilló, le sacó la polla ya dura y empezó a chupársela con calma mientras él, mirando la pantalla, le acompañaba la cabeza con dulzura.
A su izquierda, la otra cabina se ocupó. Sin separarse del todo, Carla soltó el cerrojo del ventanuco, que se abrió al instante a la altura de su nuca. Notó una mano en la espalda y después en el culo. Al otro lado también hubo movimiento, y esta vez fue Bruno quien liberó el segundo pestillo. Una mano nueva le buscó los pechos.
Se incorporó un momento, observó los brazos que asomaban —blancos, uno bastante velludo—, se quitó la camiseta y el sujetador y siguió chupando. Ambos desconocidos aprovecharon la desnudez para sobarle los pechos colgando.
—Tsss… —susurró Bruno, señalando con el mentón hacia la derecha.
Por el ventanuco asomaba una polla pálida y rolliza. Carla la agarró sin dudar y la masturbó a la vez que seguía con la de su novio. Pasaron así varios minutos: una mano, otra mano, una boca, otra polla. Cuando notó que Bruno estaba cerca, se la metió entera, sellando los labios por todo el tronco, hasta que él le pidió parar.
Se levantó de la butaca y la hizo ponerse de pie. Carla se bajó el pantalón y la ropa interior a la vez, quedándose desnuda frente a él, que le tiró cariñoso de un pezón.
—Quédate así —le ordenó—. Voy a dejar la ropa en las taquillas.
Abrió la puerta, y dos de los tíos que esperaban turno en el pasillo la vieron tal como vino al mundo y se quedaron embobados. Bruno sonrió. Ella lo empujó fuera y echó el pestillo.
***
Por el ventanuco ya asomaba otra polla, esta menuda y gordita. La agitó, alternó una y otra, dedicó la boca a la primera y la mano a la segunda. En un momento, el de la derecha empezó a embestir contra su boca; ella intentó retirarse, pero le agarró las pelotas y siguió, primero quieta, luego siguiéndole el ritmo. Unos golpecitos en la mampara la avisaron justo antes de que un sabor salado le inundara la boca.
—Avisaba, qué considerado —murmuró para sí, escupiendo en un pañuelo del servilletero que había junto a la butaca.
Aquella polla desapareció y otra ocupó su lugar. Golpes en la puerta.
—Abre, soy yo —oyó decir a Bruno. Lo dejó pasar. Él observó los dos rabos asomando por las paredes.
—¿Lo estás pasando bien?
—Ya va uno —respondió ella, sonriendo.
Bruno alargó la mano hasta su sexo para comprobar lo empapada que estaba. Carla se sentó en la butaca, abrió las piernas y dejó que él jugara mientras seguía atendiendo a los desconocidos. Una de las manos del otro lado, ancha y firme, escaló desde sus pechos hasta rozar la polla de Bruno. Él se tensó.
—No me van los tíos —le dijo con la mirada, tentado de apartarse.
Carla le hizo un gesto para que se acercara, como si quisiera susurrarle algo.
—Hazlo por mí, me está poniendo muchísimo.
—No me gusta…
—Imagínate que es la mano de una chica. Pruébalo.
En ese momento, dos dedos se hundieron en ella y la penetraron rápido. Convencido a medias, Bruno se giró para que aquella mano lo siguiera tocando, pero quedaba justo en el hueco del ventanuco.
—Métela ahí y que te la toquen bien —sugirió Carla, divertida.
Y él, con paso indeciso, la acercó y la metió. Ella alcanzó a entrever cómo se la agarraban desde el otro lado. Por su parte, se levantó y se arrodilló frente al segundo ventanuco. Cuando se apartó un segundo, una mano le pellizcó los pezones y tiró de ellos. Metió un pecho por la abertura y sintió unos labios cálidos sorber, y luego la punta de una polla buscando el hueco. Se juntó los pechos, escupió entre ellos y dejó que la polla resbalara por el canalillo, asomando para que ella le besara el capullo en cada subida, hasta que se derramó caliente sobre su piel.
***
Empezaba a cansarse. Había ido también para disfrutar ella, y por lo visto allí solo se comían pollas.
—Me toca a mí —le dijo a Bruno, que tenía la mirada perdida.
—Ese lleva un rato vacío. Los habrás dejado secos a todos.
—¡Joder, que yo estoy a medias! —protestó, mirando cómo él perdía la erección con cara de bobo feliz—. Pues a mí me has vaciado tú bien…
—Dame unos minutos, que me has sorbido hasta el alma. ¿Salimos? Tal como vas, no te va a faltar fiesta.
—Mejor —respondió ella, sulfurada y todavía ardiendo.
Al abrir, una bocanada de aire fresco entró en la cabina. No quedaba nadie en el pasillo. Avanzaron hasta una salita con cortinas y una cama redonda. Carla se tumbó boca arriba, abrió bien las piernas y se separó el sexo con las dos manos.
—O me follas o me lo comes —ordenó.
Bruno se arrodilló al borde de la cama y acercó la boca al sexo empapado que se le ofrecía. Carla gimió fuerte al notar la lengua recorrerla hasta el clítoris.
—¡Ah, así! —le gritaba, agarrándose las rodillas para darle más acceso.
Él se centró en el clítoris con los labios mientras la penetraba con tres dedos, que entraban y salían chapoteando.
—¡No pares! ¡No pares! —Y se corrió como una loca, arqueando la espalda contra el colchón.
Ya más relajada, recuperó el aliento. Bruno se masturbaba, otra vez duro como una piedra.
—Métela —le pidió, pero él, travieso, sugirió jugar un poco más. Le dio la mano para que se levantara—. Vamos al cine —dijo, plantándole un beso que le supo a ella misma.
***
La sala anexa tenía un proyector y una pantalla grande al fondo, con tres niveles de butacas pequeñas y una última fila de sillones de piel sin reposabrazos. Había cinco hombres repartidos: tres juntos en la segunda fila, uno detrás y otro delante. En la pantalla, tres actrices preciosas eran folladas por otros tantos actores, pero nadie miraba el metraje. Carla y Bruno subieron hasta los sillones del centro sin que nadie reparara en ellos.
Bruno se sentó tras bajarse el pantalón.
—Siéntate aquí —le dijo, palmeándose los muslos.
Carla se dejó caer sobre su polla. Una vez dentro, movía las caderas despacio, adelante y atrás, mientras él le acariciaba los pechos. Por fin, pensó.
El primero en verla fue un cincuentón algo fofo, que no tardó en mudarse a la butaca de al lado y acariciarse el bulto. Carla estiró el brazo, le abrió la bragueta y le sacó una polla decente para masturbarla. Los demás, como moscas a la miel, se fueron sumando: dos al otro lado, uno más de pie justo enfrente, tapándole la pantalla. Este último, un tipo de unos cuarenta y cinco, resultón, apenas hacía nada salvo mirarla cabalgar con los pechos botando, la polla fuera y un buen tamaño que explicaba el interés de los demás.
Carla no estaba acostumbrada a llevar el ritmo, así que pronto se cansó. Bruno lo notó y la hizo levantarse, apartando al mirón de enfrente como a un espantapájaros. La empujó para que se arrodillara en la butaca, con los pechos sobre el cabecero y el culo en alto, dejando el sexo a una altura cómoda.
Los hombres la rodeaban, masturbándose, esperando su turno. Carla notó unas manos en el culo, una punta dura buscando la entrada empapada y, de golpe, una penetración profunda que la hizo chillar de placer. Era Bruno, follándola a buen ritmo, disfrutándola. Se oían los golpes de carne contra carne. Ella se incorporó un poco para sentirla mejor, y sus vecinos aprovecharon para manosearle los pechos.
—¡Cómo te gusta esto! —jadeaba él.
Lo notó aflojar el ritmo, un par de embestidas más, y quedarse hundido hasta vaciarse. Al salir, sintió el calor goteando.
—¿Puedo? —oyó preguntar a alguien a su espalda.
—Sí, pero con condón —respondió Bruno.
Mientras el desconocido se preparaba, Carla se entretuvo con las dos pollas más cercanas, que se habían subido a las butacas. Una de ellas le dejó los pechos llenos. Entonces una palmadita en la espalda.
—Prepárate, amor, que esta es buena —dijo Bruno.
La punta se paseó por su raja, arriba y abajo, y empezó a entrar solo el capullo. Aun con el condón, que ella detestaba, sentía un placer inmenso, el coño abriéndose de par en par. Era una de las más grandes que la habían penetrado.
—¡Ah! ¡Sí, joder, qué bueno! —gimió.
—¡Dale, no te cortes! —oyó decir a Bruno.
El tío se lo tomó al pie de la letra y empezó a embestir duro, hondo, rápido. Carla aguantaba como podía, frotando los pechos contra el cabecero.
—¡Más! —pedía, al borde del orgasmo.
Se corrió acompañando las penetraciones, y a él le gustó tanto que también estaba a punto. Se salió, dejándole un gran vacío, se quitó el condón y terminó sobre sus nalgas.
Otro hombre ocupó el sitio enseguida, con una polla de tamaño normal que entró sin esfuerzo. Carla ya no necesitaba más orgasmos, estaba a gusto, así que lo dejó hacer hasta que terminó pronto. Un tercero se disponía a cobrar su turno, pero ella, ágil, se dio la vuelta.
—A ver, que igual os creéis que soy el agujero de todo el mundo —soltó.
Bruno la miraba riendo, sabía perfectamente lo que estaba pensando. El cuarentón que se quedó enfrente, con la polla ya enfundada, puso cara de circunstancias. No era feo ni estaba mal dotado, pero a Carla se le había pasado el calentón, y se sentía algo incómoda con tanto desconocido alrededor.
Miró a Bruno e hizo el gesto de marcharse. A regañadientes, los hombres aceptaron. Él se levantó, le dio la mano y la sacó de la sala.
—Ha estado bien, ¿no? —preguntó, dejándola en la puerta del aseo.
—Ha sido… distinto —respondió ella, abriendo el grifo y sacando papel y más papel del dispensador para limpiarse, con una media sonrisa que él no supo descifrar del todo.