Desperté sin recordar la orgía de la cena de empresa
Tengo la boca pastosa y la lengua pegada al paladar. En la cabeza siento un peso enorme, como si un animal se hubiera echado a dormir sobre mis sienes. Abro los ojos despacio y lo primero que pienso es que esta no es mi cama. El techo está demasiado lejos, las sábanas huelen a un perfume que no conozco, y la luz que entra por la persiana cae de un lado equivocado.
Frente a mí, en una pared pintada de un rojo intenso, hay varias fotografías de tamaño casi natural. Mujeres en poses provocadoras, con la mirada directa, ocupando casi toda la superficie. No es mi habitación. No es la casa de nadie que yo conozca.
Giro la cabeza con cuidado y descubro cuerpos. Cuerpos desnudos, de hombres y mujeres, repartidos entre esta cama y otra que hay a mi izquierda. No tengo fuerzas para contarlos uno por uno, pero a ojo calculo que somos siete u ocho. Algunos respiran hondo, todavía dormidos. Una chica tiene el brazo cruzado sobre mi muslo y ni siquiera la había notado.
Intento no perder los nervios. Respiro tranquilo, cierro los ojos, y me ordeno reconstruir la noche pieza por pieza.
Anoche fue la cena de empresa. Eso lo tengo claro. Casi toda la plantilla nos reunimos para celebrar la llegada de las fiestas en un restaurante del centro. Estábamos prácticamente todos. Fue una cena larga, ruidosa, con demasiado vino y demasiadas copas después. Pero ¿qué pasó luego? ¿Cómo terminé aquí?
Poco a poco, las imágenes empiezan a aparecer, sueltas, como fotogramas sin orden.
Recuerdo a una rubia de pechos pequeños y un culo perfecto, deslizando la lengua a lo largo de mi verga, despacio, mirándome desde abajo, hasta dejarme al borde del estallido. Recuerdo mis dedos entrando en un sexo, saliendo, entrando en otro, todos calientes, todos mojados, uno tras otro como si fuera un juego sin reglas.
Un pinchazo agudo me atraviesa la frente y, de golpe, llega un recuerdo nítido: mi polla saliendo de un coño para hundirse en otro distinto. Mujeres cuyos rostros se me escapan, pero que estuvieron ahí, conmigo, esa misma noche, abiertas de piernas sobre las sábanas.
Sigo forzando la memoria. Lo siguiente me deja helado.
Veo la cara de Damián, el chico joven y siempre amable que lleva los sistemas de la empresa. Tiene la boca abierta, muy cerca de la de Marina, la secretaria de Recursos Humanos. Ella me había estado haciendo una felación lenta que terminó en una corrida tremenda, y los dos, Marina y Damián, recibieron el chorro como si lo hubieran estado esperando juntos. De fondo, otros gemidos. Parejas y grupos follando sin ningún pudor, en cada rincón del cuarto.
Vuelvo a cerrar los ojos. La cabeza me va a reventar, pero cada vez tengo más clara la película. Después de la cena y las copas, un grupo de varios de nosotros, hombres y mujeres por igual, nos las apañamos para llegar, calientes y sin freno, hasta un edificio discreto donde alquilan apartamentos por horas. Para «eventos», como dijo alguien entre risas dentro del taxi.
Apenas cruzamos la puerta empezó todo. Besos contra la pared, manos buscando cremalleras, ropa cayendo al suelo del pasillo. Ellas se arrodillaron y nos la chuparon a todos; nosotros no dejamos un sexo sin lamer. Damián, el más desinhibido del grupo, lo probó todo: mujeres y hombres, llenándose la cara de unos y de otros sin distinción. Yo follé a Marina y a Lorena. La rubia y la morena. Las dos delgadas, aunque Lorena tiene un par de tetas firmes que se sostienen solas, y Marina ese culo redondo en el que cualquiera querría perderse.
Lo hacíamos mientras los demás hacían lo mismo a un metro de distancia. Éramos nueve: cuatro mujeres y cinco hombres. El sonido que más se repetía era el jadeo ronco al sentir placer y el chapoteo de las pollas entrando en coños empapados. Pocas palabras. Casi ninguna frase entera. Todo se redujo a follar, a correrse y a frotar cuerpo contra cuerpo hasta perder la cuenta.
Recuerdo a Lorena de rodillas en el sofá, las manos aferradas al respaldo, mientras yo la embestía mirando cómo otro hombre le ofrecía su verga a la boca. Ella alternaba: una arremetida mía, una lamida suya, y los ojos en blanco cada vez que las dos cosas coincidían. Recuerdo a Marina tumbada en la alfombra, con las piernas sobre mis hombros, gritando algo que no llegué a entender porque otra chica le tapaba la boca con un beso.
Hay más. Conforme la cabeza se me despeja, los fragmentos se van encadenando. Recuerdo el momento en que cambiamos de pareja casi sin hablarlo, como si una corriente invisible nos moviera a todos a la vez. La rubia que primero me la chupó pasó a manos de otro, y yo terminé con Marina contra la ventana, viendo nuestro reflejo borroso en el cristal mientras la ciudad parpadeaba abajo, indiferente. Ella apoyaba la frente en el vidrio frío y empujaba hacia atrás, buscándome, marcando su propio ritmo.
Recuerdo también una pausa breve, de esas que en una noche así duran apenas un minuto. Alguien repartió tragos, hubo risas, alguien encendió un cigarro junto a la ventana. Por un instante volvimos a ser compañeros de trabajo, los mismos que comparten el ascensor cada mañana sin mirarse. Y entonces una mano buscó otra, un cuerpo se acercó a otro cuerpo, y la pausa se deshizo como si nunca hubiera existido.
Lo que vino después se mezcla en mi memoria como una sola escena interminable: pieles brillando de sudor, manos que ya no sabía de quién eran, bocas que se buscaban en la penumbra. Damián cruzaba de un lado a otro de la habitación, siempre en el centro de todo, ofreciéndose y tomando con la misma soltura. En algún momento de la madrugada nos quedamos sin fuerzas, uno tras otro, y el silencio fue cayendo sobre los cuerpos como una manta.
***
De pronto, algo me roza la pierna y me arranca del recuerdo. Abro los ojos.
Es Damián. No hay duda. Su mano se desliza por mi muslo, despacio, de abajo hacia arriba. Está igual que yo, desnudo, apoyado de costado, con una media sonrisa en la cara y los ojos todavía cargados de la noche anterior. Su polla, gruesa, más que la mía, descansa contra su vientre.
No me gustan los tíos. Nunca, jamás, imaginé dejar que un hombre me la chupara.
Pero no digo nada. No aparto la pierna. Damián se inclina sobre mí, sin pedir permiso, y se mete mi verga en la boca con una naturalidad que me desarma.
No me cuesta nada ponerme duro. Tengo que reconocerlo, aunque me arda la cara de admitirlo: usa la lengua de un modo que ninguna de las mujeres de anoche igualó. La pasea por el glande, traza círculos lentos, y la acompaña con los dedos, suaves y precisos, que me masajean los testículos al mismo ritmo. Sabe exactamente dónde apretar y cuándo aflojar.
Mi polla resucita por completo. De repente se me olvida el dolor de cabeza, se me olvida la resaca, se me olvida hasta dónde estoy. Solo existe esa boca tibia subiendo y bajando, y mi propio cuerpo que responde sin pedirme opinión.
Los huevos se me vuelven a tensar y a llenar. No sé cuántas veces se vaciaron durante la noche anterior, no puedo recordarlo, pero ahora vuelven a funcionar, vuelven a cargarse, pesados y duros entre las manos atentas de Damián.
Él nota que la tensión se apodera de mí. Siente cómo me endurezco más, cómo los testículos se me hinchan bajo sus dedos, y entonces aprieta el ritmo. Me traga entero, hasta el fondo, hasta que la punta le choca con la garganta y él ni se inmuta. Sube, baja, succiona con una avidez que no tiene nada de tímida.
No quiero despertar a nadie. Aprieto los dientes, contengo el aire, pero no logro reprimir un gemido grave cuando todo estalla. El semen sale en un chorro generoso y va a parar a su boca golosa, que lo recibe sin perder una gota. Y, mientras tanto, en mi mente se enciende otra vez la imagen de Marina, de Lorena y del resto del grupo. Veo cómo mi polla regó las tetas de Lorena. Veo cómo arranqué de Marina el orgasmo más salvaje de la noche. Veo cómo, después de entrar y salir de aquellos dos sexos jugosos, terminé reventando sobre sus espaldas arqueadas.
Abro los ojos sin dejar de suspirar, la boca todavía abierta. Damián me exprime hasta la última gota. Por la comisura de sus labios se escapa un hilo de mi corrida que él recoge con la lengua sin la menor prisa. Tiene los ojos encendidos. Yo tengo el cuerpo en llamas. Mi verga sigue tan dura y caliente como lo estuvo con cualquiera de las mujeres con las que me he acostado en mi vida.
Y eso es lo que más me perturba. No el qué, sino lo poco que me importa el qué en este momento.
Vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar por la sensación de su lengua limpiándome despacio, recorriendo cada centímetro, como si quisiera borrar la frontera que yo creía tener tan clara. Afuera, la ciudad sigue dormida bajo el frío de diciembre. Aquí dentro, entre estas paredes rojas y estos cuerpos que apenas conozco por su nombre de pila, no existe ni la mañana ni la oficina ni la vida que me espera el lunes.
Pienso que debería levantarme, vestirme, buscar mi teléfono y salir de aquí antes de que los demás despierten y tengamos que mirarnos a la cara. Pienso que debería sentir vergüenza. Pero el cansancio dulce que me recorre las piernas puede más que la culpa, y la mano de Damián vuelve a posarse sobre mi cadera con una promesa que no me apetece rechazar.
Así que no me muevo. Dejo que el silencio del cuarto me trague de nuevo, con el sabor de la noche todavía en la piel y la certeza incómoda de que, si alguien me ofreciera repetirlo, no sé si tendría la fuerza para decir que no.
Y vuelvo a dormir.