Mi marido me dejó con el vendedor del zoco
El catálogo sobre la mesa de la agencia mostraba fotos de la Koutoubia y de los jardines de la Menara, pero mientras la chica nos detallaba el paquete de siete noches, mi cabeza ya estaba lejos de cualquier ruta turística. Yo miraba a Andrés y pensaba que Marrakech no iba a ser solo un viaje cultural. Iba a ser otra cosa, algo que llevábamos meses rozando sin nombrar.
—Vuelos directos, un riad en plena medina, cena con espectáculo en la plaza —enumeraba la chica, ajena por completo a lo que cruzaba entre nosotros bajo el aire acondicionado.
Firmamos la reserva y volvimos a casa. Esa misma noche, mientras lo tenía dentro de mí, Andrés me habló al oído con esa voz baja que me desarma.
—Siete días en una ciudad donde nadie te conoce, Marina. Siete noches para que dejes salir a la mujer que escondes por vergüenza. Allí, si un hombre te mira y a mí me gusta cómo te mira, no te voy a frenar. Te voy a empujar.
Me puse roja. Una mezcla de pudor y de algo más caliente que no supe ni quise reprimir. Asentí casi sin mover la cabeza, y con eso bastó.
***
El vuelo se me hizo corto a pesar de las horas. Yo apoyaba la cabeza en su hombro sin dormir, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba cada vez que su mano «sin querer» me subía por el muslo o me susurraba alguna idea sobre lo que podría pasar en Marrakech.
Al aterrizar, el aire de la noche nos golpeó con humedad y olores raros: especias, polvo, carbón. Un taxi viejo nos llevó por avenidas casi vacías mientras la silueta de los minaretes se recortaba contra un cielo de un azul muy oscuro. En la penumbra del asiento trasero, Andrés puso la mano sobre mi rodilla y empezó a subir despacio por debajo de la falda.
—Mañana, cuando paseemos por el zoco, no quiero que lleves nada debajo del vestido —me dijo en voz muy baja—. Quiero que sientas el aire y las miradas de esos hombres sabiendo que vas desnuda bajo la tela. Quiero que te sientas como un regalo que estoy dispuesto a abrir delante de quien yo elija.
No lo aparté. Miré al frente, comprobando que el taxista no se giraba, y dejé que su mano llegara donde quería.
El riad estaba en un callejón empedrado y estrecho, cerca de la mezquita. Un hombre mayor nos abrió un portón de madera tallada y nos dio una llave de hierro. Subiendo las escaleras que crujían, me detuve en el rellano. Lo miré con una inseguridad que me ardía por dentro.
—Andrés... ¿de verdad serías capaz de verme con otro y no sentir celos? Me da miedo que, cuando llegue el momento, te arrepientas y yo ya no pueda parar.
Me apretó contra la pared del pasillo. Notó cómo temblaba.
—Eso sería justo lo que quiero, Marina. Que no quisieras parar. Y yo estar a tu lado disfrutando de cada segundo de tu entrega.
***
A la mañana siguiente, mientras yo me duchaba, él me preparó la ropa sobre la cama: un vestido de lino azul que se pegaba al cuerpo como una segunda piel, y unas sandalias. Nada más. Cuando salí envuelta en la toalla, con el pelo mojado, vi que no había ropa interior sobre la colcha. Me mordí el labio.
—Andrés... no puedo salir así. El zoco está lleno de gente, los hombres de aquí son muy directos... me voy a sentir desnuda.
—Ese es el plan, cariño —dijo mientras me soltaba la toalla—. Quiero que cada vez que un hombre te mire, sepas que entre su mirada y tu sexo no hay más que una fina capa de tela.
Salimos del riad y el bullicio nos tragó. El olor a cuero, a té de menta y a sudor era casi mareante. Yo caminaba rígida al principio, pero el roce del lino contra mis pezones y mi entrepierna me fue cambiando el paso, lo volvió más lento, más consciente. Notaba cómo los hombres se giraban. Mi piel clara destacaba entre la multitud, y yo, sabiendo lo que escondía bajo el vestido, debía proyectar algo que los volvía locos.
Nos perdimos por el laberinto del zoco hasta dar con una tienda pequeña, abarrotada de cazadoras y vaqueros colgados del techo. Apoyado en el mostrador estaba él. Un chico de unos veinticinco años, pelo negro azabache y unos brazos morenos y fuertes que asomaban por una camiseta blanca ajustada. Se llamaba Karim. Sus ojos se clavaron en mi pecho ignorando a Andrés durante unos segundos que se hicieron eternos.
—Bienvenidos a mi tienda, mi nombre Karim —dijo en un español torpe pero entendible—. ¿Buscan calidad, amigos? Tengo el mejor vaquero de Marrakech para mujer guapa como tú.
Miré a Andrés buscando su señal. Me devolvió una sonrisa cómplice.
—Mi mujer busca unos vaqueros —dijo él, dando un paso y apoyándome la mano en el hombro—. Pero no unos cualquiera. Algo que le siente como una segunda piel, que marque bien sus curvas. Bien ajustados, ¿entiendes?
Karim asintió despacio, ensanchando la sonrisa. Sus ojos bajaron sin disimulo por mis caderas, recorriendo la silueta que el lino dibujaba con la brisa del ventilador.
—Entiendo perfecto, amigo. Para mujer con este cuerpo tengo algo especial en el fondo. Primero, medir bien. Aquí talla es diferente.
Cogió una cinta métrica de sastre colgada de un gancho. Yo seguía a Andrés con la mirada en cada paso, buscando un gesto de arrepentimiento, pero solo encontraba aprobación y deseo.
—Ponte ahí, frente al espejo —me dijo con voz suave pero firme—. Deja que el chico haga su trabajo.
Obedecí. Karim se acercó. Olía a tabaco dulce y a algo especiado. No usó la cinta enseguida; primero, con descaro, me rodeó la cintura con sus manos grandes para «tantear» la medida.
—Fina cintura... pero buena cadera —murmuró, con la voz más ronca—. Señora, usted es mucho guapa.
Solté un suspiro cuando sus dedos rozaron la tela, justo a la altura donde yo sabía que no había nada más que mi piel. Andrés observaba apoyado en un pilar, disfrutando de cómo el chico se tomaba sus libertades. Karim se agachó para medir el contorno de mis muslos, y su cara quedó a la altura de mis nalgas. Entonces se detuvo, con la cinta tensa entre las manos, y levantó la vista hacia mi marido.
—Señor... su mujer es mucho guapa para tienda abierta —dijo, con un brillo de malicia—. Si quiere, bajo persiana un poco. Así prueba ropa tranquila. Mucho hombre pasa, ve mujer guapa, entra solo para mirar a ella.
Andrés me miró. Yo estaba encendida, con las mejillas ardiendo.
—Me parece una idea excelente, Karim. No queremos curiosos.
El cerrojo giró y la persiana metálica cayó hasta la mitad con un estruendo. Quedamos los tres en una penumbra cálida, iluminada solo por los focos amarillos, rodeados de vaqueros y de un acuerdo que iba mucho más allá de comprar un pantalón.
***
Karim sacó un vaquero de azul intenso, de tela casi elástica, y me lo puso directamente en las manos, rozando mis dedos con una lentitud deliberada.
—Este el primero. Muy ajustado. Suave como piel de señora —susurró sin apartar sus ojos oscuros de los míos.
No hice ademán de buscar ningún probador. Miré a Andrés, con una mezcla de desafío y de entrega. Aquel cerrojo echado era la señal que yo necesitaba para romper mi última barrera.
—Pruébatelos aquí mismo, Marina —dijo él en un tono que no admitía réplica—. No hay nadie más que nosotros.
Tragué saliva, asentí y llevé las manos al dobladillo del vestido. Karim dio un paso atrás y cruzó los brazos sobre el pecho, pero su mirada estaba fija en mi reflejo. Empecé a subir la tela despacio. Primero los muslos, tensos por la excitación. La respiración del chico se volvió sonora, un ritmo pesado que llenaba el silencio. Cuando el vestido llegó a la cadera, quedó al descubierto lo que Andrés ya sabía: la ausencia absoluta de ropa interior.
Karim se quedó petrificado. Terminé de sacarme el vestido por la cabeza y lo dejé caer, quedando solo con las sandalias y expuesta del todo ante aquel desconocido.
—Señor... —balbuceó él, mirando un segundo a mi marido—... yo no sabía que señora venía así... es más que guapa.
—¿Te gustaría tocarla, Karim? —respondió Andrés, disfrutando de su asombro—. ¿A qué esperas? Ayúdala a ponerse el pantalón. No querrás que pierda el equilibrio.
El chico se arrodilló a mis pies para sujetar las perneras, temblando, con la cara a escasos centímetros de mi sexo. Pero no movió el vaquero. Sus pulgares empezaron a subir despacio por mis pantorrillas.
—Piel de seda... —susurró, con la voz quebrada.
Yo, lejos de apartarme, separé un poco las piernas, ofreciéndole un ángulo mejor. Apoyé la mano en su hombro para no caerme.
—Es toda tuya un rato, Karim. Tiene mi permiso —soltó Andrés, cruzado de brazos—. ¿Quieres estar con ella?
—¿De verdad, señor? Yo no quiero problema.
—Si ella te deja, no hay problema. Ni por ella, ni por mí.
Karim no necesitó que se lo repitiera. Soltó el vaquero y subió las manos por mis muslos hasta rozar con el dorso mi vello. Solté un gemido ahogado y eché la cabeza atrás.
—Está muy caliente, señor... y muy mojada —dijo él, mirando a Andrés con adoración—. ¿De verdad me deja?
—Te he dicho que si no te aparta, puedes seguir.
Con suavidad, hundió dos dedos en mí mientras con la otra mano me apretaba una nalga. Di un respingo, agarrándome con fuerza a su pelo negro. Andrés se colocó detrás de mí, me cogió los pechos con las dos manos para dejarle vía libre, y yo sentí su cuerpo entero como un ancla.
Reaccioné con una intensidad que nunca había sentido en casa. Estar en un lugar extraño, a puerta cerrada, bajo la mirada de un chico que me deseaba con esa fuerza, rompió todas mis barreras. Mi cuerpo se arqueó solo.
—¡Andrés!... —gemí, buscando su mirada en el espejo.
—No necesita que yo le diga nada, Marina —me susurró al oído, dejando que sintiera su erección contra mi espalda—. Mira cómo te tiene. Te ha hecho suya en cinco minutos y todavía no ha empezado lo mejor.
Le saqué los dedos de dentro yo misma, me los llevé un instante a la boca sin dejar de mirar a Karim, y me deslicé hacia abajo hasta quedar de rodillas frente a él. Le abrí el pantalón y lo tomé con una mano, sintiendo el calor y el grosor, antes de cerrar los labios sobre él. Karim soltó un gruñido gutural y me agarró del pelo. Andrés no perdía detalle, de pie a un lado, gobernando la escena con cada palabra.
—Mírame mientras se lo haces —me ordenó, y yo levanté los ojos hacia él sin soltar al chico.
Cuando Karim terminó, lo hizo con un temblor que le recorrió las piernas, y Andrés me sujetó la cara entre las manos para que no me moviera, marcándome el ritmo hasta el final.
—No te limpies —me dijo después, jadeando casi tanto como yo—. Quiero que recuerdes esto en cada paso de vuelta.
***
Karim se incorporó con la respiración pesada y el pecho brillante de sudor. Sin decir palabra, recogió del suelo aquel vaquero de azul intenso, lo sacudió y me lo tendió.
—Un regalo —dijo con voz ronca—. Para que señora recuerde tienda de Karim.
Andrés aceptó el pantalón con un gesto de cabeza y le dio una palmada en el hombro.
—Gracias por todo, Karim. Por la ropa... y por lo demás.
Salimos deprisa. El aire caliente del zoco chocó contra mi piel, que aún conservaba la humedad de los dos. Caminamos por las callejuelas esquivando carretillas y turistas. Yo iba con el vestido azul pegado al cuerpo, sin nada debajo, sintiendo cómo cada paso me recordaba lo que acababa de pasar tras aquella persiana. Llevaba la vista al frente, pero las manos me temblaban, y cada vez que un hombre se quedaba mirándome, apretaba el paso, segura de que cualquiera podía adivinarlo.
Subimos las escaleras del riad casi al trote. La madera crujía como si gritara nuestra urgencia. Al llegar a la habitación, Andrés echó el cerrojo.
—Mírate, Marina —me dijo al oído, sujetándome por la cintura frente al espejo de madera tallada—. No vas a olvidar este día.
Me obligó a meter primero una pierna y luego la otra en el vaquero regalado. La tela dura, de ese denim que no perdona, me subió áspera por la piel todavía húmeda. Cuando cerró la cremallera, el pantalón extremadamente ajustado me comprimió entera, y solté un jadeo.
—Me roza... siento la tela pegada —balbuceé, con la cara encendida otra vez.
Me puso encima una blusa fina, sin nada debajo, que adivinaba mis pezones. Yo caminaba con normalidad, pero cada paso hacia la puerta era un recordatorio físico de la mañana. Andrés me observaba en el espejo con una sonrisa que lo decía todo.
—Vamos a cenar, cariño —dijo, abrazándome por detrás—. Y quiero que, mientras cenamos en la plaza, no olvides ni un segundo lo que ha pasado hoy. Y que sepas que aquí estoy, a tu lado, completamente loco por ti.
Salimos de nuevo a la calle. El aire de Marrakech volvió a golpearnos, cargado de especias y de noche, y yo caminé a su lado sabiendo que ya no era la misma mujer que había bajado del avión.