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Relatos Ardientes

Le confesé a mi novio mi fantasía de un trío

Me llamo Daniela y tengo veintinueve años. Soy alta, de cintura estrecha y caderas que se notan aunque trate de disimularlas. Tengo la piel clara, el pelo castaño oscuro y los ojos color café. Vivo con mi novio desde hace dos años y todavía me gusta mirarlo cuando no se da cuenta.

Marcos es de los hombres que llenan una habitación apenas entran. Es ancho de espalda, de piel morena, con unos ojos entre verdes y miel que cambian según la luz. El pelo lo lleva ondulado y siempre un poco revuelto, como si acabara de levantarse. Es divertido, atento, y tiene una manera de mirarme que me desarma. Después de todo este tiempo juntos, seguimos buscándonos con ganas.

Hace unos meses me apunté a un taller de cerámica los jueves por la tarde. Quería despejar la cabeza, hacer algo con las manos que no tuviera que ver con el trabajo. Fue ahí donde conocí a Carolina.

Carolina tiene treinta y un años y, lo curioso, se parece muchísimo a mí. La misma altura, el mismo tono de pelo, hasta gestos parecidos. La primera vez que nos vimos las dos nos reímos del parecido. A partir de esa tarde nos sentábamos siempre juntas, manchadas de barro hasta los codos, contándonos cosas que no le contaba a nadie más. Nos hicimos amigas rápido, de esas amistades que se sienten como si vinieran de lejos.

Una noche la invité a salir con nosotros. Quedamos varios en un bar del centro, pero poco a poco el grupo se fue deshaciendo y, al final, la mesa quedó reducida a tres: Marcos, Carolina y yo.

Entre rondas de tragos, risas y conversaciones que saltaban de un tema a otro, noté algo. Marcos hablaba mucho con ella. Le preguntaba cosas, la escuchaba con atención, se reía con sus comentarios. No me molestó. Al contrario, me pareció tierno verlos llevarse tan bien.

—Me cae genial tu amiga —me dijo después, mientras Carolina iba al baño—. Y es guapísima.

—Ya lo sé —respondí, divertida—. Dicen que nos parecemos.

Él me miró un segundo de más, con una sonrisa que no supe descifrar del todo.

—Mucho —dijo.

No le di más vueltas en ese momento. Carolina volvió del baño, pidió otra ronda y la conversación siguió por otros rumbos. Pero en algún rincón de mi cabeza se quedó esa mirada suya, esa pausa de más antes de decir «mucho». La guardé sin saber para qué.

Lo cierto es que durante el resto de la noche me sorprendí mirándolos a los dos de otra manera. Veía a Carolina reír con la cabeza echada hacia atrás, vergüenza ninguna, y veía a Marcos disfrutando de su compañía, y por un instante imaginé qué pasaría si esa mesa de tres se convirtiera en algo más. Lo descarté enseguida. O eso creí.

Esa noche bebimos más de la cuenta. Carolina se despidió con un abrazo largo y un beso en la mejilla, y Marcos y yo cogimos un taxi de vuelta a casa. Durante el trayecto fuimos en silencio, pero era un silencio cargado. En el bar habíamos tonteado con dobles sentidos, con esas frases que se dicen como en broma pero que dejan la piel encendida. Yo tenía el cuerpo inquieto y, por la forma en que su mano descansaba sobre mi muslo, supe que él también.

Apenas cerramos la puerta del piso, nos buscamos con urgencia. No hubo tiempo para palabras. Su boca encontró la mía y nos besamos como si lleváramos meses sin hacerlo, aunque hubiera sido esa misma mañana.

Los primeros besos fueron lentos, casi de reconocimiento. Después se volvieron más hondos, más impacientes. Sus manos recorrían mi espalda, bajaban por mi cintura, me apretaban contra él. Sentí cómo me iba quitando la ropa sin prisa pero sin pausa, mientras mi respiración se hacía cada vez más pesada.

Me llevó hasta el dormitorio sin dejar de besarme. Me tumbó sobre la cama y se quedó un momento mirándome, como si quisiera memorizar la escena. Luego bajó. Me mordió el labio con suavidad, después el cuello, los hombros, los pechos. Se detuvo en cada uno, tomándose su tiempo, hasta que sentí su lengua bajar por mi vientre.

Cuando llegó entre mis piernas, cerré los ojos. Me encanta cuando hace eso. Empezó despacio, jugando con la punta de la lengua sobre mi clítoris, en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Yo ya estaba mojada antes de que empezara; con cada movimiento lo estaba más.

Subía y bajaba, alternaba la presión, a veces me penetraba con la lengua y volvía a subir. Me agarré a las sábanas y dejé escapar un gemido largo. No pensaba en nada. Solo sentía su boca, su aliento, el calor que se acumulaba abajo y amenazaba con desbordarse.

—Te quiero dentro —le pedí con la voz quebrada—. Ya.

Él levantó la cabeza y me miró desde abajo, con los labios húmedos y una media sonrisa. Pero en lugar de subir enseguida, se acercó a mi oído. Su voz salió baja, ronca, con ese tono que reserva para los momentos en que quiere provocarme.

—¿Te imaginas un trío con Carolina?

La pregunta me atravesó como una corriente. Me estremecí entera. No me molestó, ni me dio celos. Al contrario: encendió algo que no sabía que estaba ahí, agazapado, esperando. Me pareció morboso, prohibido, y precisamente por eso me gustó. La idea dejó de ser una pregunta y se convirtió en parte del momento, parte del deseo, parte del juego que estábamos jugando.

Lo empujé con suavidad hasta tumbarlo de espaldas y me coloqué sobre él. Lo guie despacio dentro de mí y, cuando lo sentí entero, me quedé quieta un instante, disfrutando. Luego empecé a moverme, lenta, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Cuéntame —le dije—. Cuéntame qué te imaginas.

Y entonces lo entendí: no quería solo hacerlo realidad algún día. Quería jugarlo ahora, con la imaginación, los dos a la vez. Me lamí dos dedos y los bajé hasta mi sexo, los empapé con mis fluidos y se los acerqué a la boca.

—Imagina que mientras yo te cabalgo, tú le estás lamiendo el sexo a Carolina —susurré—. Que estos dedos son ella. Que este sabor es el suyo. Que lo que hueles es ella.

Marcos cerró los ojos y se llevó mis dedos a la boca. Los chupó con una intensidad que me sorprendió, despacio, saboreándolos, perdido en la imagen que yo le estaba dibujando. Sentí cómo se ponía aún más duro dentro de mí, cómo su respiración se aceleraba bajo mi peso.

Seguí moviéndome, cada vez más rápido. Le tomé la mano y la subí hasta mis pechos.

—Una tarde, cambiándonos de ropa en el taller, le vi los pechos —le dije al oído, sin dejar de cabalgarlo—. Son medianos, claros, con los pezones rosados. Imagina que son los suyos los que estás tocando. Imagina que ella gime mientras tú la lames, igual que gimo yo.

Lo noté enloquecer debajo de mí. Me apretó las caderas con fuerza, empujando hacia arriba para hundirse más profundo, mientras con la otra mano me acariciaba los pechos como si de verdad fueran los de ella. La fantasía nos había envuelto a los dos. Ya no sabía bien dónde terminaba lo que imaginábamos y dónde empezaba lo que estábamos haciendo.

Bajé una mano y me acaricié mientras seguía montándolo. El placer subía en oleadas, cada vez más cerca, cada vez más difícil de contener. Marcos me miraba con los ojos vidriosos, repitiendo mi nombre, pero yo sabía que en su cabeza había dos mujeres y eso, lejos de molestarme, me llevó al borde.

No aguanté más. Me corrí con él dentro, sintiendo cómo todo mi cuerpo se contraía a su alrededor. Apenas un par de embestidas después, lo sentí tensarse, agarrarme fuerte y acabar dentro de mí con un gemido ronco que se le escapó desde el fondo del pecho.

Nos quedamos quietos, todavía unidos, respirando agitados. El momento había sido una mezcla extraña y perfecta de placer, imaginación y complicidad. Nos habíamos dejado llevar hasta un punto en el que no existía nada más que el calor entre los dos y esa fantasía que aún flotaba en el aire de la habitación.

***

Después nos quedamos abrazados, con esa sonrisa boba y satisfecha que solo aparece tras un buen rato de sexo. Yo apoyé la cabeza en su pecho, escuchando cómo se le iba calmando el corazón.

—Eres una pervertida —me dijo al oído, riéndose.

—Y a ti te encanta —respondí, dándole un mordisco suave en el hombro.

No volvió a decir nada en un rato. Pero yo sabía que los dos estábamos pensando lo mismo. Lo que esa noche había sido un juego, una fantasía compartida entre susurros, tenía ahora un nombre y una cara. Y no estaba segura de querer que se quedara solo en la imaginación.

¿Y si algún día deja de ser un juego?, pensé, todavía con el cuerpo tibio.

Dentro de unos días tengo taller otra vez. Volveré a sentarme al lado de Carolina, con las manos llenas de barro, contándonos cosas. Y no sé si esta vez voy a ser capaz de mirarla igual que antes.

Ya os iré contando qué pasa. Gracias por leer.

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Comentarios (6)

Malu_cba

Buenisimo!!! quede con ganas de saber como termino todo jajaja

Rodrigo_Gba

Me encanto como describiste ese momento de la confesion, se siente muy real. Esperando la segunda parte!

Vale_cba

La parte del oido me mato jaja, que situacion. Tremendo relato

Flor_rdz

Muy bien narrado, se nota que fue algo vivido de verdad. Sigue escribiendo asi por favor

Carlos

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace un tiempo... despues no paso nada pero igual lo revivo leyendo esto jaja. Muy bueno

Trini_lectora

Hay segunda parte? porque quede a medias con tantas ganas jaja. Excelente

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