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Relatos Ardientes

El fin de semana sola con los cuatro del rancho

Tenía diecinueve años el verano en que descubrí lo que mi cuerpo podía hacer sentir a los demás, y lo que los demás podían hacer sentir a mi cuerpo. Soy delgada, morena, con el pelo rizado que me llega a media espalda, y desde chica me acostumbré a que los hombres me miraran un segundo de más. Esa atención, durante mucho tiempo, no supe para qué servía.

Vivía sola con mi madre. Ese año ella empezó a salir con un hombre y, casi sin darse cuenta, dejó de verme. Llegaba tarde, hablaba por teléfono en voz baja, se arreglaba para él como nunca se había arreglado para nada. Yo la entendía y al mismo tiempo me dolía. Me sentía un mueble en mi propia casa.

Lo único que me sacaba de esa tristeza era el rancho. Mi padre trabajaba en uno enorme, lleno de caballos, toros y ovejas, y los fines de semana yo me iba para allá a ayudar. Limpiaba los establos, cepillaba a los caballos, cargaba baldes de agua, y al final me daban unos pesos por la ayuda. Olía a tierra mojada y a heno, y ahí nadie me hacía sentir invisible.

En el rancho trabajaban varios hombres con mi padre, todos mayores, de cuarenta y tantos a cincuenta y pico. Yo era la única chica joven que pisaba ese lugar, y se notaba. A veces alguno me abrazaba un poco más de la cuenta, me decía que estaba hermosa, me regalaba una pulsera de cuero o un dulce comprado en el pueblo. Un par de veces, a escondidas en el establo, alguno me había robado un beso rápido, y una vez, contra un fardo de heno, la mano de Rubén se me había ido por debajo de la blusa y me había apretado una teta hasta arrancarme un gemido que yo misma no me esperaba. Nunca pasaba de ahí: mi padre me cuidaba como a una joya y todos lo sabían.

Me gustaba esa atención. Me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Aquel viernes mi madre estaba ansiosa por sacarme de casa. Quería el fin de semana entero para su novio, así que apenas terminó de almorzar me apuró para que armara la maleta. Como era temporada de calor metí faldas cortas, shorts, blusas ligeras, un par de trajes de baño. Me gustaba andar fresca, mostrar piel sin pensarlo demasiado.

Me dejaron en el portón del rancho y se fueron rápido. Recién cuando el auto desapareció en la polvareda me di cuenta de que mi celular se había quedado entre los asientos. Ahí casi no había señal de todos modos, así que no le di importancia. Toqué la gran puerta de madera.

—¿Quién? —contestó una voz por el portero.

—Soy Dafne —dije—. ¿Le pueden avisar a mi papá que ya llegué?

Hubo un silencio largo. Pensé que no me habían escuchado. Después escuché pasos y el chirrido del cerrojo.

El que abrió fue Genaro, el capataz. Lo conocía bien, era el de más confianza con mi padre. Pero esa tarde me abrazó distinto, más fuerte, más lento, y me llenó la mejilla de besos. Sentí su bulto contra mi cadera, duro, insistente, y me reí incómoda y miré por encima de su hombro buscando a mi papá.

—Tu papá se fue al rancho de la sierra por el fin de semana, mija —dijo Genaro sin soltarme del todo.

Sentí un frío bajarme por la espalda. Era verdad: días antes mi padre me había dicho que ese fin no fuera, que él no iba a estar. Se me había olvidado por completo, y mi madre, en su prisa, ni lo recordó. Estaba sin teléfono, sin auto, en mitad de la nada.

—Pero quédate con nosotros —siguió él, como leyéndome la cara—. No estamos todos. Solo somos cuatro este fin.

***

Me llevó hacia el patio interior. Ahí estaban los otros tres, sentados a la sombra con cervezas en la mano: Rubén, el más grandote; Tomás, callado y de manos enormes; y el que todos llamaban Lencho, el más viejo y el más bromista. Los cuatro me miraron al mismo tiempo, y hubo algo en esa mirada conjunta que me puso la piel de gallina.

—Quédate, mija —dijo Rubén—. Si quieres, ni le contamos a tu papá.

—Vamos a hacer fiesta —agregó Lencho—. Prendemos la alberca, ponemos música, traemos cervezas. ¿Qué dices?

No tenía muchas opciones. Acepté. Cuando fui a dejar mis cosas descubrí que mi habitación estaba cerrada con llave, igual que el cuarto de mi padre. Él las había trancado antes de irse. Me quedé parada en el pasillo, con la maleta colgando del hombro, sintiendo que algo en el aire había cambiado.

—Si quieres te duermes en mi cuarto —dijo Genaro detrás de mí.

—No, mejor en el mío —saltó Tomás.

—Para no pelearnos —rió el capataz—, te quedas una noche con cada uno. ¿Te late?

Lo dijo medio en broma, medio en serio, y los otros se rieron con un tono que no terminaba de gustarme. Pero también, no voy a mentir, algo dentro de mí se encendió, un calor que me bajó directo entre las piernas y me humedeció el calzón.

Entré al cuarto de Genaro a cambiarme. Al abrir la maleta entendí mi error: no había llevado una sola prenda recatada. Puro short diminuto, puro top. Lo más cubierto que encontré fue un traje de baño tipo tanga con la parte de arriba. Me lo puse, me miré en el espejo manchado de la pared y me solté el pelo. Los pezones se me marcaban duros a través de la tela mojada de sudor, y la tanga apenas me tapaba el coño. Que sea lo que tenga que ser, pensé.

***

Cuando salí, los cuatro se quedaron mudos. Esa clase de silencio que pesa. Genaro me puso una cerveza fría en la mano y, mientras tomaba, los demás se turnaban para acercarse: un brazo en la cintura, un beso en la mejilla, una palabra al oído diciéndome que era la mujer más bonita que habían visto en años. Lencho aprovechó para bajarme la mano por la espalda hasta apretarme una nalga por debajo de la tanga, y yo no me aparté. La cerveza, el calor, las manos tibias sobre mi piel: todo se mezclaba en una sensación nueva que no quería que parara.

La tarde se fue en eso. Nadamos, tomamos, nos reímos de las bromas viejas de Lencho. Dentro del agua era imposible mantener distancia; cualquier excusa servía para que una mano me rozara la cadera, se me colara entre los muslos o un cuerpo se pegara al mío por detrás para que sintiera la verga dura restregándose contra mi culo. Poco a poco, entre el alcohol y el sol bajo, dejé de contar las manos, y ya no me importaba cuál me tocaba dónde.

No supe en qué momento empecé a besarme con Genaro en medio de la alberca. Su boca buscó la mía, me besó despacio, con la lengua metida hasta el fondo, y yo me dejé llevar. Bajo el agua me subió la mano hasta agarrarme una teta por dentro del top, y con la otra me apretó el coño encima de la tanga, dos dedos frotándome ahí mismo hasta hacerme jadear en su boca. Los otros tres se habían quedado quietos en la orilla, mirando en silencio. No hacían nada, pero por cómo respiraban, y por los bultos que se les marcaban en los shorts mojados, supe lo que querían.

—Me toca —dijo Rubén de pronto, acercándose.

Genaro me soltó como quien presta algo suyo. Rubén me rodeó con sus brazos, yo le enredé las piernas en la cintura bajo el agua, y sentí de inmediato su polla dura empujándome entre las piernas por encima de la tela. La situación, en lugar de asustarme, me prendió todavía más. Lo besé hondo, sintiendo su barba raspándome el mentón, y le mordí el labio hasta arrancarle un gruñido.

Sentí dedos en mi espalda y, antes de darme cuenta, la parte de arriba del traje voló fuera de la alberca. Me cubrí los pechos con las manos, riéndome, medio mareada.

—Anda, no seas tímida —dijo Lencho—. Déjanos ver esas tetas.

Aparté las manos despacio, sintiéndome poderosa, sintiéndome deseada como nunca. Los cuatro hicieron el mismo gesto de hambre. Y yo, lejos de avergonzarme, me moví apenas para que el agua jugara con mis tetas duras y los pezones se me endurecieran todavía más. Seguí besándome con ellos, pasando de una boca a otra, mientras sentía bajo el agua sus vergas duras rozándome los muslos, el vientre, el culo. Tomás me agarró desde atrás, me chupó el cuello y me metió una mano por la tanga, encontrándome empapada. Me metió dos dedos gruesos y los movió despacio, y yo me abrí de piernas contra él, montándolos sin vergüenza. Cuando gemí, los cuatro se rieron bajito, como sabiendo que ya me tenían.

—Está mojadísima, cabrones —dijo Tomás, mostrándoles los dedos que había sacado del coño.

Hubo un punto en que ya no me importó nada. Estaba tan caliente que sabía perfectamente cómo iba a terminar esa noche, y lo quería. Quería sus vergas, todas.

***

Ya entrada la noche, Genaro me tomó de la mano.

—Ven, mija —dijo, y a los otros—: ahorita se las regreso.

Las risas de los tres me siguieron por el pasillo. Me llevó a su cuarto, cerró la puerta y me empujó contra ella para besarme como si lleváramos años conteniéndonos. Me arrancó la tanga de un tirón, la única prenda que me quedaba, y me recorrió entera con la boca: el cuello, las tetas, mordiéndome los pezones hasta hacerme arquear, el vientre, más abajo. Se hincó frente a mí, me abrió las piernas con los hombros y me pegó la lengua al coño, chupándome el clítoris hasta que se me aflojaron las rodillas. Metió la lengua entre los labios, la subió y la bajó, la enterró bien adentro, y yo me agarré de su pelo negro con las dos manos, moliéndole la cara contra mi coño sin ningún pudor.

—Chúpame, chúpame así —le pedía yo, y él me chupaba más fuerte, haciendo ruido.

Me corrí en su boca temblando, mordiéndome el brazo para no gritar. Todavía estaba respirando de aquello cuando se levantó, se bajó los pantalones y me mostró la polla: gruesa, oscura, curvada hacia arriba, brillando en la punta. Sin decirle nada me arrodillé y me la metí en la boca. La chupé despacio, saboreándola, dejando que se me llenara la boca de saliva y babeándole los huevos. Le mamé la punta con los labios apretados, luego lo tragué hasta el fondo y sentí cómo me golpeaba la garganta. Genaro me agarró de la nuca y empezó a moverme la cabeza a su ritmo, follándome la boca sin miramientos.

—Así, chiquita, así se mama una verga —jadeó.

Cuando ya no aguantó me puso de rodillas sobre la cama, la cara contra la almohada y el culo bien alto. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo se pasaba la punta de la polla por los labios del coño empapado, arriba y abajo, hasta que empujó y entró de un solo golpe firme que me sacó un gemido largo. Nunca había estado con un hombre tan mayor y la sensación me sorprendió: firme, paciente, sin prisa, pero con una polla más grande y dura que las de los chicos de mi edad. Me sostuvo de las caderas y empezó a metérmela hasta el fondo, cada embestida haciéndome dar un grito ahogado contra la almohada. Sentía sus huevos golpeándome el clítoris a cada empujón, y su vientre chocando contra mis nalgas con un sonido húmedo que llenaba el cuarto.

—Qué apretada estás, cabrona —gruñó—, qué rico coñito.

Me embistió más rápido, agarrándome del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás para poder morderme el hombro. Me hizo cambiar de posición, me acostó de lado, me subió una pierna sobre su hombro y me la volvió a meter así, entrando todavía más profundo. Me corrí una segunda vez apretándole la polla adentro, temblando entera. Cuando terminó, sacó la verga a último momento y me corrió toda la corrida caliente contra la espalda baja y el culo, un chorro largo y espeso que me resbaló hasta la raya de las nalgas. Se quedó un momento respirando pesado, embarrándome el semen con la punta de la polla sobre la piel.

—Espérame aquí, no me tardo —dijo, y me limpió apenas con una toalla antes de salir.

No entendí para qué tenía que esperar. Buscaba mi traje de baño por el suelo, todavía con las piernas temblorosas y el coño palpitando, cuando la puerta volvió a abrirse. Era Tomás, el callado, desabrochándose ya el cinturón, quitándose la ropa a toda prisa como si tuviera un turno reservado. Y entonces entendí el plan.

Una noche con cada uno, había dicho Genaro. Pero la noche apenas empezaba.

Tomás se acercó sin decir palabra. Ya venía con la polla afuera, gruesa y venosa, y se la agarraba con una de esas manos enormes de campo. Me acostó boca arriba en la cama, me abrió las piernas con las rodillas y se me tiró encima. Me besó el cuello, me chupó las tetas una por una, mordisqueándome los pezones hasta dejármelos rojos, y me bajó por el vientre a lamer donde Genaro había estado hacía nada. Me metió la lengua en el coño relleno todavía de saliva y sudor y gimió como si estuviera comiéndose algo delicioso. Con los dedos me abrió los labios y me chupó el clítoris hasta hacerme empujarle la cara con las caderas.

No había tenido nunca dos hombres en la misma noche, y sin embargo cuando se subió otra vez y me apoyó la punta de la polla en la entrada, abrí las piernas sin dudarlo y hasta le agarré la verga para guiarla adentro. Entró despacio, forzándose hueco porque la tenía todavía más gruesa que Genaro, y yo arqueé la espalda y le clavé las uñas en la espalda. Cuando terminó de metérmela toda me quedé sin aire un segundo.

—Dios, qué grande la tienes —le dije al oído.

Con él fue distinto, más bruto, más necesitado. Me empezó a coger duro desde el primer minuto, empujándome contra el colchón, haciendo crujir la cama. Me agarró las dos tetas y las apretó mientras me embestía, mordiéndose el labio, callado hasta cuando follaba. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me la metió por detrás con las dos manos apretándome las nalgas, separándomelas para verse la polla entrar y salir de mi coño. Me dio una nalgada fuerte, luego otra, y otra, hasta dejarme la piel ardiendo.

—Mueve ese culo para mí, mueve —me ordenó, con la voz ronca.

Yo se lo movía, echándomele encima, empalándome yo misma en su verga. Me hizo correrme otra vez, y a los pocos segundos él sacó y me lo terminó todo encima del vientre, chorros gruesos de semen caliente que me salpicaron el ombligo y las tetas. Se quedó respirando encima de mí, callado hasta el final, y se fue dándome un beso en la frente y limpiándose la polla con mi tanga.

Me recosté en la cama, todavía agitada, con el coño ardiendo y el cuerpo pegajoso de dos corridas distintas, esperando. Faltaban dos. Y la idea, en lugar de cansarme, me mantenía despierta, con las piernas todavía abiertas.

El tercero en entrar fue Lencho. Al verme ahí, desnuda, marcada por los otros, con el semen todavía brillándome en la piel, soltó una carcajada baja y se persignó en broma.

—Ay Dios, esta muchachita nos va a matar a todos —dijo, y se empezó a desnudar.

Era el más viejo pero también el más juguetón. Se acostó al lado mío, me puso a chuparle la polla mientras me metía tres dedos en el coño empapado. Me la mamé despacio, mirándolo, dejando que se me escurriera la saliva por el mentón. Él me pellizcaba los pezones y me hablaba al oído cosas que me hacían reír y excitarme al mismo tiempo.

—Mira nomás qué putita nos salió la hija del compadre —me susurraba—. Cuatro vergas y todavía nos pides más, chiquita.

—Más —le dije yo, con la boca llena—, quiero más.

Me puso de nuevo de rodillas al borde de la cama y me tomó por detrás con ganas. Su polla era más delgada pero larguísima, y me tocaba adentro un punto que las otras no habían alcanzado. Me hizo gritar. Me agarró de la cintura, de las tetas colgantes, del pelo, y me la metió sin parar, hablándome sucio todo el tiempo.

—Aprieta ese coño, apriétamelo, chiquita, así, así.

Me acordó los primeros besos robados en el establo hacía años, cuando yo todavía era una niña estúpida creyendo que era travesura, y ahora estaba montada en su verga como una perra en celo. Cuando acabó, lo hizo sobre mis nalgas y mi espalda, y me dio una palmada suave en el culo, como sellando el trato.

—Ya estás lista para Rubén, chiquita —se rió—. Ese sí te va a partir.

El último fue Rubén. Para entonces yo estaba agotada, con el cuerpo entero mojado y ardiendo, pero cuando entró y se sacó la polla entendí lo que había dicho Lencho: la tenía enorme, la más gruesa de las cuatro, con la cabeza roja e inflamada. Me miró desde arriba con una sonrisa lenta.

—Toda la tarde con esto duro por ti, chiquita —me dijo—. Ahora sí, arrodíllate.

Me arrodillé al pie de la cama y él se paró delante de mí. Le agarré la verga con las dos manos, apenas la abarcaba, y empecé a chupársela despacio, mirándolo desde abajo. Le mamé la punta ancha, le lamí los huevos gordos, me la metí hasta el fondo hasta atragantarme y babearme entera. Rubén me agarró de las mejillas, me apretó y siguió empujándomela en la boca hasta que las lágrimas se me salieron. Me la chupé hasta que ya no aguantó y me tomó como había querido toda la tarde: me levantó del suelo como si no pesara nada, me tiró boca arriba en la cama con las piernas abiertas y se me clavó de una sola estocada larga que me hizo gritar.

—Aguanta, chiquita, aguanta —me dijo, y empezó a moverse.

Me cogió durísimo, poniéndome las piernas sobre los hombros, doblándome en dos hasta que sentí que su polla me llegaba al fondo del vientre. Me dio vuelta, me montó desde atrás, me acostó de lado, me sentó encima suyo obligándome a saltarle en la verga con las tetas rebotándome en la cara. Yo ya no gemía, gritaba directamente, y él se reía y me apretaba las nalgas con esas manos grandotas. Me hizo correrme una vez más, y cuando terminó por fin me sacó y me pidió que abriera la boca. Me arrodillé de nuevo y me apuntó a la cara. Se corrió a chorros, embarrándome los labios, la lengua, las mejillas, las tetas, y yo tragué lo que pude y me lamí lo demás mientras él miraba, satisfecho.

—Buena chica —murmuró.

Terminé esa primera noche rendida, deshecha sobre las sábanas, con el coño abierto y hormigueando, el culo rojo de nalgadas, la piel embarrada de cuatro corridas distintas. Me dormí antes de poder pensar en nada. No supe si fue el alcohol o el cansancio del cuerpo. Solo me apagué.

***

Desperté al día siguiente con el sol pegando en la ventana. No había nadie en el cuarto y, peor, no estaba mi ropa por ningún lado. Salí envuelta en una sábana, molesta, y los encontré desayunando en la mesa larga del comedor.

—Ven, mija, a desayunar —me dijo Genaro como si nada.

—¿Y mi ropa? —pregunté.

—Se mojó ayer, la pusimos a secar —contestó Rubén, señalando los tendederos del patio.

Miré hacia afuera: ahí estaba, colgada al sol. No terminaba de creerles, pero tampoco insistí. Se me cayó la sábana antes de sentarme, medio adrede, y me senté desnuda a desayunar después de darle a cada uno un beso corto en la boca, como si fuéramos cinco viejos conocidos compartiendo el pan. Lencho aprovechó para meterme una mano entre los muslos por debajo de la mesa y jugarme un rato con dos dedos en el coño, mientras yo mordía el pan y me hacía la que no pasaba nada. Hacía un calor pegajoso, así que después me metí a bañar largo, me lavé bien, me sentía marcada por todos lados, con el olor de ellos todavía pegado a la piel.

Salí con la toalla y los hombres ya estaban en sus labores. Le pregunté a Lencho en qué iba a trabajar yo ese día.

—En nada, mija —dijo guiñándome un ojo—. Tú solo relájate y abre las piernitas cuando toque. Ahora eres nuestra consentida.

Y así fue todo el fin de semana. Uno me tomaba de la mano y me llevaba a su cuarto, después otro, después otro. A veces me llevaban al establo, me acostaban sobre los fardos de heno y me cogían ahí mismo, con el olor a tierra mojada mezclándose con el sudor. Sábado y domingo se me fueron entre sábanas, cervezas frías, corridas y comida que ellos mismos cocinaban para mí. Aprendí a mamar cuatro pollas distintas y a diferenciarlas con los ojos cerrados. Aprendí a que dos me cogieran a la vez: una noche Rubén me lo metió por atrás mientras Genaro me daba de mamar la suya, y sentí que me iba a partir en dos, pero me corrí como nunca. Me trataban como a una reina y a la vez como a algo suyo, algo que se pasaban de mano en mano, y debo confesar que esa mezcla me encantaba. No tenía que limpiar establos ni cargar baldes: solo dejarme querer, dejarme abrir, dejarme llenar por cuatro hombres que parecían no cansarse nunca.

Para el domingo en la tarde yo estaba rendida, con el coño hinchado y sensible de tanta verga, el culo dolorido, pero satisfecha como nunca lo había estado. Llegó la hora de la despedida. Me puse ropa por primera vez en tres días y me sentí casi rara cubierta de tela, apretándome contra la piel todavía marcada. Los besé a cada uno, despacio, agradecida, dejando que Genaro me metiera la lengua una última vez, dejando que Rubén me apretara el culo por encima del short.

Genaro se acercó el último. Me puso en la mano un fajo de billetes: ocho mil pesos.

—Te los ganaste, mija —dijo.

Nunca había tenido tanto dinero junto. Y antes de que reaccionara me entregó una caja: un teléfono nuevo, mucho mejor que el que había perdido. Me brillaron los ojos.

—Si quieres —agregó—, yo mando a tu papá más seguido al rancho de la sierra, los fines de semana, y tú te vienes con nosotros. Nos hace falta una mujercita como tú por aquí.

—Sí —le dije sin dudarlo—. Está bien.

Afuera ya esperaban mi madre y su novio. Me subí al auto, sintiendo todavía el escurrimiento tibio entre las piernas, miré por la ventanilla cómo el portón de madera se hacía pequeño en la distancia, y no pude dejar de sonreír. Pensaba en el dinero, en el teléfono, en todo lo que me compraría. Pero, sobre todo, pensaba en el próximo fin de semana, en esas cuatro vergas y en lo que el rancho me había enseñado que yo era capaz de querer.

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Comentarios(8)

Juanma_noc

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Marce_PBA

Por favor que haya segunda parte, no puede quedar asi

tren_loco88

me recordo a un verano que pase en el interior, aunque no tan intenso jajaja. muy bueno

LunaRda22

increible como enganchas desde el principio sin dar tanta vuelta. me encanto

VecinosCurioso27

el comienzo con el capataz abriendole la puerta me parecio un detalle muy bien puesto, ahi ya sabes que la cosa viene caliente. bien logrado

cordobes_noc

buenisimo, me quede con ganas de saber si el padre llego a enterarse algo jaja

FedePampa

Muy bien escrito, tiene el morbo justo sin pasarse. Me engancho al toque y lo lei de una sola. Espero que sigas subiendo relatos de este estilo porque son los que mas me gustan de la pagina

Renzo_Lec

!!!!! que relato!!!! sigan asi

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