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Relatos Ardientes

Mi marido me entregó a otro hombre ese fin de semana

Romina durmió de un tirón. La tarde anterior había sido un vértigo de orgasmos y la noche, una explosión que la dejó vencida sobre las sábanas. Desnuda, sintiendo el calor del cuerpo de Lorenzo pegado a su espalda, despertó con ganas y empezó a acariciarlo, buscando un polvo de buenos días.

Pero él la detuvo. La besó despacio en la boca y le susurró al oído.

—Dejate hacer.

La recorrió con dedos pacientes, con labios que parecían conocerla de toda la vida, con una lengua que no tenía ninguna prisa. Romina se vino dos veces antes de que el sol terminara de entrar por la ventana.

—Y ahora, a desayunar —dijo él, separándose de golpe.

—¿No querés cogerme primero? —preguntó ella, extrañada.

—A la vuelta. Con la panza llena y calorías para quemar. Ponete mi camisa, una bombacha y… ya sabés, metete el huevo.

Lorenzo se levantó y se enfundó un pantalón corto color arena y una remera azul oscuro. Romina obedeció. Cuando se vio en el espejo, se dio cuenta de que estaba terriblemente atractiva: tenía la imagen de una mujer recién levantada y satisfecha, esa clase de belleza despeinada que ningún maquillaje consigue. Antes de bajar, deslizó el pequeño huevo vibrador dentro de ella y guardó el control en el puño de él, como quien entrega una correa.

Pensó en Daniel, su marido, que tal vez estaría desayunando en otra mesa con Brigitte, la esposa de Lorenzo. La idea le provocó una mezcla rara de morbo, celos y unas ganas enormes de provocarlo. Así que, contoneándose, bajó del brazo del hombre hasta el comedor del hotel. Pero su marido no estaba.

***

Imitó a Lorenzo en el desayuno: melón, jugo de naranja, huevos revueltos, panceta, jamón, un poco de queso, café con leche y, para cerrar, unas medialunas. Era casi un almuerzo. Podría aguantar muchas horas sin comer. Lo que no podía aguantar era el calentón de la vibración entre las piernas.

Tenía los pezones erectos, marcados bajo el algodón blanco de la camisa, y se dio cuenta de que la moza la miraba con una sonrisa cómplice. Era una mujer en manos de un hombre que llamaba la atención, y le gustaba sentirse así. Le encantaba ser deseada, que la vieran al lado de él.

—¿Te molesta si cambio el café por chocolate para las medialunas? —preguntó, mimosa.

Quería exhibirse, que él comprobara que estaba con una mujer a la que deseaban hombres y mujeres por igual. Cuando volvió con la taza humeante en la mano, sintiendo cómo la vibración se hacía más intensa, supo que tenía la batalla ganada. A Lorenzo se le notaban las ganas de cogerla con solo mirarlo. Romina entendió el juego y, mientras mordía una medialuna, le dijo en voz baja que necesitaba venirse, que ya no aguantaba más. Él subió la intensidad del aparato.

Ella se mordió los labios manchados de chocolate para contener los gemidos y, mirándolo fijo a los ojos, se corrió en un orgasmo silencioso que excitó todavía más al hombre.

***

Subieron rápido a la habitación. Apenas entraron, Lorenzo la tumbó sobre la cama y le bajó la bombacha de un tirón. Mientras ella se sacaba el huevo, él se quitó el pantalón. La tomó de los tobillos, tanteó la entrada con la punta y Romina lo guió hasta su sexo. Entró de un solo golpe, hasta el fondo, y empezó a moverse como un poseído.

Ella creyó que se vendría enseguida, pero no fue así. Lorenzo era capaz de sostener aquel ritmo el tiempo suficiente para que ella llegara primero. Sabe lo que hace, pensó Romina, cuando lo sintió frenar para dejarla disfrutar las oleadas de su orgasmo. Él le abrió la camisa del todo y le acarició los pechos con cara de dueño, como si el placer de aquella mujer le perteneciera.

Dejó pasar apenas un minuto. Le pellizcó los pezones, retorciéndolos despacio, y esa fue la señal de la segunda carrera. Romina lo rodeó con las piernas y él volvió al mete y saca, esta vez más profundo. Ella intentó usar lo que sabía de sus propios músculos, apretándolo cada vez que él llegaba al fondo. Siguieron así hasta que ella estuvo a punto otra vez y, sumisa, le rogó que se viniera dentro. Lorenzo aceleró, clavó la verga hasta el final y se quedó quieto para vaciarse. Solo entonces Romina se dejó ir con un grito.

***

Se levantaron para ducharse el uno al otro. Bajo el chorro de agua caliente, mientras se enjabonaban entre risas y mordiscos, Romina recordó a Daniel. Su marido estaba con otra mujer, y para poder estar con ella había cedido a Romina a otro hombre. De pronto sonrió, casi se rió: se dio cuenta de que la estaba pasando increíble, que aquello era una liberación, la oportunidad de ser una mujer nueva durante un fin de semana.

Soy un poco zorra, pensó, y la idea, lejos de avergonzarla, la calentó. Besó a Lorenzo bajo el agua y le preguntó:

—¿Qué querés que te haga?

—Vamos al dormitorio y te digo… cariño.

La dejó de pie en medio de la habitación, ubicada de modo que pudiera verse en el espejo. La besó con autoridad y le ordenó al oído.

—Vas a ponerte el antifaz que compraste ayer. Te voy a grabar mientras bailás, jugás, te tocás. Quiero tenerte en video para acordarme de vos cuando no estés. Estás demasiado buena y me volvés loco… nena.

A Romina le encantó la propuesta. Le despertó una vena de hembra juguetona que venía sintiendo desde la ducha: además de coger, quería divertirse. Se puso el antifaz negro, se paró frente a él y esperó. Lorenzo eligió una canción lenta y empezó a filmar con el teléfono.

Ella se movió despacio, se acarició, se tocó. Había bailado muchas veces para excitar a su marido, y le gustaba el poder que sentía al hacerlo, ese mismo poder que ahora ejercía sobre aquel hombre que se acariciaba lentamente mientras la devoraba con los ojos. Se miró en el espejo y le dieron ganas de ser un poco actriz, de meter teatro en su show. Exageró los movimientos, gimió, se contorsionó, hasta que llegó al orgasmo de verdad.

—Hacete una paja en la cama —le ordenó él.

Romina abrió la cama, se tumbó sobre la sábana blanca y se exhibió buscando las mejores posturas, ofreciéndose a la cámara, queriendo el placer pero también quedar bien en la imagen. Le gustaba calentar a Lorenzo, que la filmaba en silencio sin dejar de tocarse. El río de su placer terminó en un mar tranquilo de pequeñas olas. Miró al hombre, que sonreía satisfecho, sabiendo que la estaba haciendo suya con cada toma.

—Sacate el antifaz, ponete la bikini. Vamos a la pileta.

***

Había varias parejas alrededor del agua, alguna con chicos. Se sentaron a una mesa con sombrilla, junto a una reposera. Romina se había recogido el pelo en una cola de caballo y se sabía hermosa en su bikini diminuto, esa tela mínima que apenas le tapaba lo justo y dejaba los glúteos al aire. Lorenzo, con un bañador largo, bronceado y relajado, parecía un galán maduro de revista.

Se metieron al agua. A ella le encantaba nadar, y se dio cuenta de que él se excitaba al verla, sobre todo cuando salía y el agua le resbalaba por el cuerpo. Se manosearon con la excusa del protector solar. A pocos metros, una mujer se sacó la parte de arriba, y enseguida la imitaron otras dos.

—¿Querés que yo también haga topless? —preguntó Romina.

Cuando él dijo que sí, ella se soltó el top y quedó con los pechos al aire. Se untó crema en la zona que había estado tapada, y los pezones erectos delataron su excitación. Se ponía el top para zambullirse y se lo quitaba apenas estaba de nuevo junto al hombre, como si su cuerpo solo le perteneciera a él en esa pausa.

Fueron picando queso, unos boquerones, un poco de fiambre, y bebieron un rosado bien frío. Como no tenía que manejar, Lorenzo bebió tranquilo, y ella lo acompañó: quería estar animada para la vuelta a la habitación. Cuando dejaron la pileta, ya había caído más de una botella.

***

Subieron sin tocarse hasta cerrar la puerta del cuarto. Entonces se besaron, lento, saboreándose, acariciando las pieles desnudas cuando se sacaron las camisas y quedaron solo con los trajes de baño. Romina sintió la dureza del hombre contra su vientre y se restregó contra él.

—Cogeme —dijo, y se dio cuenta de que le había salido bien argentino, acentuando la palabra, y se acurrucó en un abrazo, contenta de saber lo que venía.

Se separaron. Ella se soltó el top, que cayó al suelo, y se bajó la bombacha mientras él se quitaba el bañador. La tomó de la mano y la llevó a la cama. Romina se tumbó abierta de piernas y Lorenzo acomodó dos almohadas bajo sus caderas. Tenía ganas, pero sabía que ella lo deseaba más, así que se hizo esperar. Le metió dos dedos para comprobar lo mojada que estaba, y recién entonces la penetró despacio.

Ella gimió al sentir el deslizar lento por su interior. La cogió sin apuro, como si tuvieran toda la vida por delante. Romina levantó las piernas y le clavó los talones en las nalgas, como una jinete que espolea para que vaya más rápido, hasta que estalló bajo la mirada hambrienta del hombre.

—Besame —pidió, mimosa.

Lorenzo lo hizo. Fue un beso largo, de los que parecen unir algo más que las bocas. Los cuerpos quedaron pegados, ella sentía la piel sudada de él, y estaba feliz. Pero quería seguir, y esta vez quería llevar ella el ritmo.

—Quiero montarte —susurró.

Él fue saliendo de a poco, se acostó boca arriba y la verga quedó parada como una estaca en la maraña del vello. A Romina le encantó lo que vio. Sonrió, se subió a la cama, un pie a cada lado del hombre, y bajó despacio. Pensó, mientras lo hacía, que la gimnasia de tantas mañanas servía para algo. Se arrodilló cuando lo sintió en la entrada y se quedó quieta un segundo, dejándolo llamar a su puerta.

Se irguió para que él la mirara: piel morena, ojos oscuros, el pelo apenas por debajo de los hombros, la cintura estrecha, los pechos firmes, los pezones largos y duros. Pensó en Daniel, que en algún cuarto del mismo hotel estaría cogiendo con Brigitte, la esposa del hombre con el que ella disfrutaba como hacía años no disfrutaba. Sonrió, agradecida por la perversidad de su marido, y bajó del todo, empalándose en aquella verga larga.

Llevó el ritmo a su gusto, gozando del roce hasta el fondo. Se echó hacia atrás para que la punta tocara ese punto que la enloquecía, se acarició el clítoris y se vino, frenando un instante para que él entendiera que lo había llevado al límite, que era toda suya.

—Mi vida… me estás volviendo loca… quiero tu leche… ya no aguanto más.

Lorenzo le sujetó las caderas, la dejó quieta y empezó a moverse él desde abajo, clavándola con golpes profundos y precisos. No gritaron. Se encontraron en la catarata del sexo, llegando juntos, mirándose a los ojos, sabiendo los dos que en ese fin de semana ella era de él. Después se abrazaron largo rato, y a Romina le encantaron esos mimos del final, las caricias que le dejaban la piel caliente.

***

—Quiero regalarte algo especial —dijo él de pronto.

—Lo que vos quieras —contestó ella, mientras lo veía levantarse y caminar hacia su valija.

Le gustaba mirarlo desnudo, esa cara hermosa sobre un cuerpo trabajado. Lorenzo volvió con una cajita y se sentó en el borde de la cama. Cuando la abrió, Romina sonrió, entregada.

—¿Sabés lo que significa llevar esta cadena en el tobillo y esta otra en el cuello? —preguntó él.

—Sí. Cuando te conocí ya las llevaba, pero eran de otro hombre, de Daniel, mi marido. Vine a vos libre, sin ataduras, dispuesta a vivir algo que nunca había experimentado: ser de otro. Y me hiciste tuya, dándome placer, haciéndome gozar. Ponémelas.

—¿Entonces querés…?

Romina no lo dejó terminar la pregunta.

—Sí. Quiero ser tu mujer, tu hembra, tuya por este fin de semana entero. Y que mañana, cuando le devuelvas las llaves a Daniel, sepa todo lo que pasó en este cuarto.

Lorenzo le cerró la cadena en el tobillo, después la del cuello, y la besó en la nuca como quien firma una posesión. Afuera empezaba a caer la tarde sobre la pileta vacía. Adentro, Romina se descubrió pensando que tal vez aquel juego que su marido había inventado para los dos terminaría enseñándole algo que ninguno de los tres había previsto.

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Comentarios (4)

Roby_norte

increible!! de las mejores que lei aca en mucho tiempo

ViajeroCordoba

Por favor tiene que haber segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo ese finde

SilviaCba33

Se hizo corto, necesito mas. Que forma de escribir, se siente tan real sin ser burdo

DarioPlata

Me recordo a algo que pase hace tiempo, esa sensacion de sentirte deseada de otra manera... bien escrito, sin vulgaridades innecesarias. Gracias por compartirlo

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