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Relatos Ardientes

Lorena me pidió que consolara a su mejor amiga

Hacía tiempo que no me sentaba a contar nada, pero hay noches que se quedan grabadas y piden ser escritas. Esta es una de ellas, y la voy a contar tal cual la viví, sin adornarla más de lo que ya fue. Tiene todo el morbo que tuvo aquella madrugada, y la verdad de lo que pasó entre tres personas que no buscaban nada salvo dejar de pensar un rato.

Lorena era una mujer especial. Lo sigue siendo, aunque cuando la recuerdo en este relato la llevo a aquel momento concreto. Lo nuestro era simple: sexo y nada más. Ninguno de los dos quería compromisos ni ataduras. Nos llamábamos, nos buscábamos, y cada quien volvía después a su vida sin reproches. Casi siempre era en su casa, porque estaba divorciada y los fines de semana en que su hija se quedaba con el padre teníamos la casa entera para nosotros.

Cuando la conocí venía saliendo de un matrimonio largo y de un par de relaciones que no la habían tocado de verdad. Era cauta al principio, casi novata, como si recién descubriera lo que su cuerpo podía darle. Con el tiempo se soltó del todo. Una vez me dijo, mirándome con una sonrisa torcida, «soy lo que vos hiciste de mí», y en parte tenía razón.

Tenía poco más de cuarenta años, pechos grandes y firmes para su edad, caderas anchas y unas piernas que cuidaba en el gimnasio con disciplina. Cara redonda, ojos marrones, pelo castaño siempre suelto. Una de esas mujeres maduras que saben exactamente lo que quieren y no pierden el tiempo en rodeos. Esa seguridad era lo que más me gustaba de ella.

Pero esta historia no es sobre Lorena. Es sobre otra mujer, y ella fue solo quien abrió la puerta.

***

Una tarde, después de habernos revolcado hasta dejar las sábanas hechas un desastre, Lorena se levantó para ir al baño. Yo la miraba caminar desnuda por el cuarto cuando se giró desde la puerta.

—¿Me harías un favor? —preguntó.

—Claro —respondí enseguida, pensando que quería otra vuelta—. Pero dame un minuto para recuperarme.

—No es eso —dijo, y algo en su tono me hizo prestar atención—. Es otro favor. Raro, pero real.

Me quedé callado. No contesté, solo dejé que siguiera, porque la curiosidad ya me había ganado.

—Mi amiga Patricia, la que conociste el mes pasado, se separó hace poco. Está mal de verdad. No sale, no come, no vive. No hay forma de sacarla de ese pozo en el que se metió.

Hasta ahí yo no entendía qué tenía que ver yo con eso. La dejé continuar.

—Pensé que, si vos quisieras, podría invitarla a casa. Charlamos, la animamos un poco, y si se da... me gustaría que te acuestes con ella.

Me incorporé de golpe en la cama.

—¿Acostarme con ella? ¿Estás segura de lo que decís?

—Muy segura —dijo sin titubear—. Es mi amiga, la quiero, y a vos te conozco. Lo nuestro es esto, no me molesta para nada. Al contrario, me haría feliz. Ella necesita sentirse deseada otra vez. El otro día me dijo que yo tenía suerte con vos, y ahí se me prendió la idea.

—¿Y cómo lo harías? —pregunté, porque ya estaba entregado, aunque no supiera bien cómo seguía esto.

—Mirá —dijo con decisión, y agarró el teléfono—. La llamo ahora por videollamada.

***

Se puso una bata, me tiró otra a mí, y nos sentamos en el sillón del living. Tengo ese momento clavado en la memoria. Patricia atendió, nos vio juntos en la pantalla y se sorprendió, aunque no tanto como yo esperaba.

—Amiga —arrancó Lorena—, te llamo porque estuvimos hablando de vos y queremos invitarte a comer mañana, con Marcos.

—Encantada —respondió Patricia desde el otro lado—. ¿Y a qué se debe tanto cariño?

—Queremos charlar con vos. Tengo cosas para decirte que te van a hacer bien, y él me acompaña. Así que mañana sábado te esperamos acá.

—Listo, mañana caigo.

Lorena cortó. Yo había sido apenas un espectador, pero me alcanzó para entender que aquello ya estaba en marcha. Después me confesó que la idea le había nacido en ese mismo instante, sin planearla. Pura impulsividad suya, esa que a mí me volvía loco.

***

Llegó el sábado y fui antes, como me pidió Lorena, una hora antes que Patricia. Me contó que ya le había hablado con franqueza. Que su amiga al principio creyó que era una broma, después se avergonzó, y al final aceptó que la propuesta era seria. El terreno estaba preparado. Patricia había dicho que no sabía hasta dónde podría llegar, que nada de juegos entre mujeres. Ahí me enteré de que Lorena pensaba quedarse en la habitación, mirando. Una locura, pero la idea me gustaba más a cada minuto.

—Eso siempre lo dicen al principio —comentó Lorena riéndose—. Después, en el calor del momento, todo cambia.

Me mostró una foto de Patricia en la playa, de un par de veranos atrás. Mujer madura, como nosotros, con esas piernas firmes y la barriga suave de quien ya vivió. La imperfección de lo perfecto, pensé. Una mujer real, con todo lo que los años le habían dado. Para mí, las maduras son lo mejor que hay.

Sonó el timbre. Patricia entró con cara de susto, o de sorpresa, no sabría decir. Se la veía tensa, y era lógico.

—Qué gusto conocerte de nuevo —le dije, y le di un beso en la mejilla. La tenía helada del frío de afuera y le temblaba un poco, por el clima y por todo lo demás.

Venía con un jean, botas de taco y un suéter beige tejido que al sacárselo dejó ver una remera ajustada. Pelo castaño con reflejos rojizos, ojos color café, piel muy blanca. Las caderas anchas marcaban el pantalón flojo. Una mujer de las que no se gritan, pero se quedan.

***

Nos sentamos en el living. Lorena y yo en el sillón grande, Patricia en uno individual, frente a nosotros.

—Amiga —dijo Lorena—, qué lindo verte acá. Te aviso que estamos tan nerviosos como vos, pero lo que hablamos por teléfono se mantiene.

Cenamos. Hablamos de relaciones rotas, de exparejas, de sexo y de cómo cada uno había llegado hasta esa mesa. Todo giraba alrededor de lo mismo, sin nombrarlo del todo. Con el vino y la charla, Patricia se fue aflojando. Yo me había tomado una pastilla antes para estar a la altura, y empezaba a sentir el calor en las mejillas y la tensión bajo la ropa.

Fue Lorena la que tiró el primer dardo. Apareció con un dado, de esos comunes de seis caras, y lo dejó sobre la mesita.

—Vamos a tirar cada uno —explicó—. El que saca el número más alto les da una orden a los otros dos. El segundo le da una orden al que sacó el más bajo.

Tiramos. Patricia sacó el número mayor, Lorena el del medio, y yo el más bajo. La cara de Patricia era un poema cuando entendió que mandaba ella.

—Tenés que darnos órdenes —le recordó Lorena, divertida.

Me pidió que fuera al baño y volviera saltando en una pierna. Lo hice, y la situación arrancó con risas. A Lorena le tocó cantar el estribillo de una canción que detestaba, y lo hizo fatal, entre carcajadas de las tres.

Cuando le tocó a Lorena ordenarme algo a mí, no dudó.

—Besame.

La cara de Patricia se transformó. La besé, y Lorena me abrió la boca con la lengua. No fue un beso corto.

—Amiga, esto va en serio —le dijo Lorena al separarse—. Nada de pavadas. Tiremos de nuevo.

***

El segundo tiro me dejó a mí ganando. Le pedí a Lorena que se sacara la blusa y, sin excusas, quedó en sostén negro. A Patricia le dije que se quitara lo que quisiera, y eligió la remera, dejando ver una camiseta blanca debajo que apenas disimulaba unos pechos que prometían. Miraba todo y no decía nada, pero las mejillas la delataban.

Le tocaba a Lorena ordenarle algo a su amiga. Me pidió que le quitara a Patricia el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Cuando lo hice, mis dedos le rozaron la piel y ella se estremeció entera. Ahí supe que ya había algo despierto.

Tiramos otra vez. Lorena, decidida, le dijo a Patricia que se sacara el pantalón. Apareció una tanga blanca y unas caderas que me hicieron tragar saliva. Patricia me miró y me pidió que besara a Lorena, pero no en la boca. Sin dudarlo, le besé los pechos, le lamí un pezón, y Lorena soltó un gemido mientras se arrancaba el sostén y se quedaba al aire, con los pezones duros. Patricia no quitaba los ojos.

—Te toca —le recordó Lorena con voz ronca.

Patricia, todavía tímida, me pidió que volviera a besar a su amiga. Lo hice, y esta vez le amasé los pechos mientras Lorena se retorcía contra mí. Cuando paramos y tiramos otra vez, Lorena volvió a ganar.

—Patricia, sacate la camiseta —ordenó.

La camiseta cayó y aparecieron unos pechos blancos en un sostén del mismo color, con los pezones tan marcados que inflaban la tela. Estaba caliente, y mucho. La siguiente orden de Lorena fue para mí: besar a su amiga. Fui hasta ella y, cuando ofreció los labios, le besé el cuello. Lo recorrí despacio con la boca y Patricia cerró los ojos y gimió sin poder evitarlo.

***

El juego ya no era juego. Le pedí a Patricia que se quitara una prenda más, y eligió el sostén. Sus pechos quedaron al aire, los pezones erguidos, duros, mirándome. Lorena tiró rápido y esta vez gané yo. Le dije que se sacara lo que le quedaba, y al bajarse la tanga se llevó todo de un tirón, quedando completamente desnuda.

—Perdón —dijo con una sonrisa traviesa—, se salió solo.

Le pedí entonces a Patricia que hiciera lo mismo. Sin mediar palabra, se bajó la tanga. Una mujer madura, entera, ofrecida frente a nosotros. La miramos sin disimulo. Faltaba su orden, y le pidió a Lorena que me hiciera lo que quisiera. Lorena se me vino encima, me bajó el pantalón y, sin detenerse, también el resto. Me tomó con las manos, se acercó y, delante de su amiga, empezó a recorrerme con la boca. Patricia no apartaba la mirada.

—Tenías razón —murmuró—. Es como me lo contaste.

Después todo se desató. Tiré a Lorena en el sillón y bajé entre sus piernas. La lamí despacio, le saqué cada gota, la hice gritar pidiendo más, hasta que se vino con un temblor largo, apretándome contra ella. Subí y la besé en la boca mientras ella se relamía. Patricia, sentada, ya tenía las manos sobre sus propios pechos.

Lorena se incorporó, agarró el dado y, sin tirarlo siquiera, dijo:

—Seis. El más alto. Mi orden es que se la pongas a mi amiga, y vos chupásela.

Fui hasta Patricia. Apenas dos pasos. Me acerqué y ella, con manos torpes, empezó a tocarme. Le marqué el ritmo. Me incliné y la besé, y ella respondió con una intensidad que no esperaba: me pasó un brazo por el cuello y me apretó contra su boca mientras con la otra mano no dejaba de buscarme. Algo se había roto en su timidez.

—Vayan al dormitorio —dijo Lorena desde el sillón.

***

La llevé de la mano y, apenas cruzamos la puerta, Patricia se me colgó del cuello, me besó la cara, se tiró en la cama y abrió las piernas.

—Lameme como a ella, por favor —casi me suplicó.

Me arrodillé en el borde de la cama y le besé los muslos, le recorrí el vientre, subí a los pechos y bajé de nuevo hasta hundir la lengua entre sus piernas. Gimió con el primer contacto, arqueando la espalda, aferrada a las sábanas. La trabajé despacio, leyendo cada reacción, hasta que empezó a repetir que se venía, y se vino con fuerza, sacudida de arriba abajo.

Subí a besarla. Por un segundo no supo qué hacer, pero después se relamió igual que su amiga, descontrolada. La rocé sin entrar, solo dejándola sentir lo que venía.

—Metémela, por favor —imploró.

Me incorporé para buscar un preservativo, pero Patricia me agarró y me detuvo.

—Así, sin nada —dijo mirándome a los ojos.

Entré de una sola vez, hasta el fondo. El grito que pegó debió oírse en todo el edificio. La cama golpeaba contra la pared, ella jadeaba y suplicaba.

—Esto vine a buscar —decía entre gemidos—. Hacé conmigo lo que le hacés a ella.

La puse en cuatro, le tomé el pelo y empecé fuerte. El olor a deseo llenaba el cuarto. Le di una palmada en las nalgas y se encendió todavía más, pidiéndome que no parara. Cuando sentí que no aguantaba, la di vuelta, la dejé frente a mí y me terminé sobre su cara y su boca abierta. Tragó sin dramas, se incorporó y me limpió despacio, como si fuera ella la que daba las gracias.

***

La tiré de nuevo en la cama y volví a bajar entre sus piernas. Quería que terminara una vez más, y lo hizo, retorciéndose y golpeando los costados del colchón hasta quedar sin fuerzas. Después se recostó sobre mi pecho, todavía temblando.

Cuando recobré el aliento, busqué a Lorena con la mirada. Estaba sentada en un puf del rincón, había seguido todo desde ahí, dándose placer sola, y acababa de venirse también. Se levantó, vino hacia nosotros y se tiró en la cama, de nuestro lado.

—Qué acabada, amiga, ¿eh? —dijo, orgullosa de su idea.

—Estoy deshecha —respondió Patricia con una sonrisa cansada—. Pero feliz. Gracias.

—Nada de gracias —dijo Lorena, y se acomodó entre los dos—. Para eso están las amigas.

Nos quedamos los tres en silencio, enredados, escuchando la respiración del otro. Patricia ya no tenía la cara de susto con la que había llegado. Tenía la de alguien que, después de mucho tiempo, había vuelto a sentirse viva. Y Lorena, mirando el techo con una sonrisa, sabía perfectamente que lo había logrado.

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Comentarios (4)

SantiG92

no lo puede creer cuando lo terminé jajaja que historia mas loca. Bravo!!

LectoraMx

Me quede con ganas de saber mas, por favor una segunda parte. Estuvo buenisimo

ValeriaB_92

eso de que la amiga estaba "rota" y él la tenía que consolar... que situacion mas complicada jajaja. Muy buen relato!

Rodrigo_Cba

El titulo ya me engancho al instante y no me decepciono para nada. Muy bien contado, se siente creíble

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