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Relatos Ardientes

Mi estreno en el club de intercambio de parejas

Era sábado por la noche y el taxi nos dejó frente a una puerta sin cartel, en una calle que no conocía. Adrián me apretó la mano antes de tocar el timbre. Yo llevaba semanas diciéndole que sí, que quería probarlo, pero ahora que estaba ahí parada sobre los tacones, con el corazón golpeándome el pecho, no sabía si era nervios o ganas.

—Si en cualquier momento querés irte, nos vamos —me dijo al oído—. No tenés que hacer nada que no quieras.

Asentí. Él ya había estado en sitios así antes de conocerme; yo era la novata absoluta. Esa diferencia me ponía, aunque no se lo confesara.

Adentro, una chica nos pidió los abrigos y los guardó detrás de un mostrador con una sonrisa de quien ya lo ha visto todo. Yo no tenía gran cosa que entregar: solo un vestido corto y ajustado, negro, y debajo nada. Lo había decidido frente al espejo de casa, y al sentir el aire fresco del local rozándome los muslos volví a sentir esa corriente entre las piernas.

—¿Estás bien? —preguntó Adrián.

—Mejor que bien —mentí solo a medias.

El lugar era más íntimo de lo que había imaginado. Luces bajas, música suave de fondo, sillones de cuero repartidos en penumbra. Nos sentamos en la barra y pedimos dos copas para tomar distancia y mirar el ambiente.

Todavía no había mucha gente. Dos hombres bebían cerveza apoyados en una columna, hablando bajo mientras seguían con la mirada a cada mujer que pasaba. En un sofá, una pareja se besaba y se tocaba sin disimulo. Y a un costado, sola, una chica de pelo oscuro tenía una mano metida entre las piernas mientras observaba a esa pareja. Desde alguna de las habitaciones del fondo llegaba un gemido largo, apagado.

Me sorprendió lo natural que se sentía todo. Nadie miraba a nadie con vergüenza. Era como si las reglas de afuera no existieran del otro lado de aquella puerta.

—Vamos a un sofá —propuse, y Adrián sonrió.

Elegimos uno libre, en una esquina con buena vista. Nos acomodamos, seguimos hablando y, casi sin darnos cuenta, empezamos a besarnos. Sus manos subían por mi muslo y se detenían justo en el borde del vestido. Yo le mordía el labio, lo provocaba, dejaba que su mano avanzara un centímetro más antes de cerrar las piernas. Jugábamos.

Cuando se nos terminaron las copas, me levanté.

—Voy al baño y pido otras dos —le dije, tirando del vestido hacia abajo, porque al pararme se me veía medio culo.

—Dale, acá te espero —respondió él, recostándose contra el respaldo.

Camino al baño pasé junto a la chica del pelo oscuro. Seguía con la mano entre las piernas, pero ya no miraba a la pareja del sofá. Me miraba a mí, y después miraba hacia donde estaba Adrián. Sentí un cosquilleo raro, mezcla de incomodidad y curiosidad, y aceleré el paso.

No tardé nada. Me retoqué el pelo frente al espejo, me dije a mí misma que estaba lista para lo que viniera, y volví a la barra.

—Dos gin tonics, por favor —pedí.

Mientras el barman preparaba las copas, busqué a Adrián con la mirada. Ahí seguía, en el sofá, pero ya no estaba solo. La chica del pelo oscuro se había sentado a su lado y hablaban muy cerca, demasiado cerca. Vi cómo la distancia entre ellos se achicaba copa a copa, palabra a palabra.

Pagué. Tomé una copa en cada mano y me di vuelta. Y me quedé clavada en el lugar.

Ella tenía la verga de Adrián en la boca.

Mi primer impulso fue algo parecido a los celos, un golpe seco en el estómago. Pero duró apenas un instante. Lo que vino después fue otra cosa, una mezcla de calor y vértigo que no supe nombrar. ¿Cómo había pasado todo tan rápido?

Tardé unos segundos en reaccionar. Después caminé despacio, con las dos copas, y en lugar de armar una escena me senté en la butaca de enfrente, justo del otro lado de la mesita baja. Tenía la mejor ubicación de la sala.

Adrián abrió los ojos y me vio. Por su cara entendí que esperaba un reproche. Le acerqué su copa sin decir nada, me recliné en la butaca y crucé las piernas.

—Seguí —fue todo lo que dije.

Y vaya si siguió ella. Esa desconocida le comía la verga a mi novio como si en eso se le fuera la vida. Se la tragaba entera, hasta el fondo, y volvía a subir relamiéndola con la punta de la lengua. Le bajaba a los huevos, los chupaba uno por uno, y volvía a engullirlo con un ruido húmedo que se oía por encima de la música.

La cara de Adrián era de puro placer. Y yo, en la butaca de enfrente, me estaba calentando como nunca. Con una mano sostenía mi copa y daba pequeños sorbos; con la otra empecé a acariciarme los pezones por encima de la tela. Los tenía duros, marcándose bajo el vestido. Cada vez que ella aceleraba, yo apretaba un poco más.

La chica subió el ritmo y Adrián cerró los ojos, tensando la mandíbula. Estaba poniendo todo su esfuerzo en aguantar, en no correrse todavía. Yo ya tenía la mano entre las piernas, los dedos resbalando sobre el clítoris. Estaba empapada. Me había olvidado por completo de que estábamos rodeados de gente.

***

De pronto sentí dos presencias, una a cada lado de mi butaca. Eran los dos hombres que antes bebían cerveza apoyados en la columna. No dijeron nada. Se quedaron de pie, mirando la escena del sofá, y cada tanto se tocaban el bulto por encima del pantalón.

Uno de ellos, el más alto, posó su mano sobre la mía y la guió hacia mi propio pecho, como invitándome a seguir. Como no lo aparté, deslizó los dedos dentro de mi escote, buscó el pezón y empezó a amasarme la teta izquierda con una firmeza que me hizo soltar el aire. El otro, sin quedarse atrás, hizo lo mismo del lado derecho.

Estaba entregada. Dos extraños me manoseaban los pechos, que ya habían salido del vestido, mientras yo me metía y sacaba un dedo del coño y no perdía detalle de cómo la verga de Adrián desaparecía en la boca de aquella chica.

Cuando él abrió los ojos y giró la cabeza para mirarme, se encontró con todo eso de golpe: yo desbordada en la butaca, las tetas al aire, dos desconocidos pellizcándome los pezones y mi mano trabajando entre mis piernas. Supongo que fue demasiado para él.

Soltó un gemido ahogado y se vino en la boca de ella. La chica no se la sacó ni un segundo. Recibió todo en la garganta y no dejó escapar ni una gota. Siguió chupándola hasta el fondo, asegurándose de dejarla limpia, y recién entonces se levantó, se relamió los labios y se alejó sin decir una palabra, como si nada hubiera pasado.

Adrián quedó tirado en el sofá, sin aliento, con el pecho subiendo y bajando.

Yo ya había terminado mi copa. Ahora, con la otra mano libre, me dediqué a masturbar a uno de los desconocidos, el alto, que tenía un miembro descomunal. Lo agarraba con las dos manos y apenas lo abarcaba.

Por fin Adrián se incorporó y me miró, todavía agitado, esperando a ver hasta dónde quería llegar.

—Ahora me toca a mí —le dije.

Me levanté de la butaca, me saqué el vestido de un tirón y lo dejé caer al piso. Me tumbé en el sofá, en el mismo lugar tibio donde había estado él, y abrí las piernas.

—Chupame el coño como sabés —le pedí.

No hizo falta decir nada más. Se arrodilló entre mis piernas y me dedicó uno de sus mejores trabajos. Su lengua jugueteaba con mi clítoris, de arriba abajo, en círculos; después bajaba y se hundía lo más profundo que podía, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo arqueaba la espalda y le clavaba los dedos en el pelo.

Los dos hombres se sumaron a la fiesta. Se ubicaron uno a cada lado de mi cara y me acercaron las vergas para que siguiera con el trabajo manual. Tenía una en cada mano y la lengua de Adrián en lo más hondo de mí. Estaba tan caliente que no podía contener los gemidos, y cada gemido se mezclaba con la música y con los ruidos del resto de la sala.

Adrián movía la lengua en círculos sobre mi clítoris, después de lado a lado, después de arriba abajo, sin parar. Empezó a penetrarme con un dedo mientras seguía jugando con la lengua, y al rato sumó el segundo. Con lo mojada que estaba, los dedos entraban y salían sin el menor esfuerzo.

Estaba cerca. Acompañaba mis gemidos con movimientos de cadera, levantándome contra su boca, y de vez en cuando giraba la cabeza para darle un lengüetazo a alguna de las vergas que tenía a mi disposición. Era demasiado para procesarlo: el calor, las manos, las bocas, la sensación de estar siendo mirada por toda la sala.

Cuando Adrián me metió el tercer dedo, no aguanté más. Me corrí en su boca gritando, sin importarme quién me oía. Sentí cómo el coño se me contraía y apretaba sus dedos en oleadas, una detrás de otra, hasta dejarme temblando.

***

Todavía estaba bajando de la nube cuando uno de los hombres se apartó un poco. Se masturbó con fuerza, de pie junto al sofá, y terminó descargando sobre mis tetas con un gruñido ronco. El otro me acercó la verga a la cara mientras también se la trabajaba, y yo le metí los huevos en la boca y se los succioné. Le bastó eso. Se vino con un quejido, y sentí su corrida caer tibia sobre mi pelo mientras yo seguía chupándole las pelotas.

Y tal como habían aparecido, los dos desconocidos se acomodaron la ropa y se fueron sin decir nada, perdiéndose en la penumbra del local.

Adrián se acostó a mi lado en el sofá, los dos sudados y sin aire. Me pasó un brazo por encima y me besó la sien.

—¿Y? —preguntó—. ¿Demasiado para una primera vez?

Me reí, todavía con el corazón a mil. Miré alrededor: la sala había empezado a llenarse, las luces seguían bajas, otra pareja se acomodaba en el sofá de enfrente. Pensé en la chica del pelo oscuro, en los dos extraños, en lo lejos que estaba esa puerta sin cartel de la mujer que había entrado un rato antes.

—No —le dije, buscándole la boca—. Para nada demasiado. Apenas el principio.

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Comentarios (4)

FanDelGenero

Que relato!! me tuvo pegado hasta el final sin poder parar. Muy bueno.

NochesMdq

jajaja la escena del baño me mato, no me la esperaba para nada

RoxanaNoche

excelente!!!

Malena_BA

Cortisimo!!! necesito la segunda parte ya, por favor

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