Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tarde de trío que empezó con una película

Me llamo Marcos, y lo que pasó aquella tarde de verano fue mi primera vez en más de un sentido. No solo porque nunca había estado con una mujer de esa forma, sino porque tampoco había cruzado ciertos límites con un amigo delante. Si lo cuento ahora es porque todavía recuerdo cada segundo con una claridad obscena, como si el calor de ese día se hubiera quedado pegado a mi piel.

Fue en agosto, en una ciudad abrasada por el sol y por el aburrimiento. Casi toda la gente que conocíamos se había ido de viaje, y yo llevaba dos días encerrado en casa, dando vueltas entre la nevera, el sofá y el ventilador, sin ganas ni de masturbarme. A media tarde me llamó Iván, uno de mis mejores amigos, para proponerme que fuera a su casa a ver una maratón de aventuras con su novia, Lara.

—¿Qué haces? —me preguntó nada más descolgar.

—Morirme del asco. Sudar y perder el tiempo.

—Pues vente a casa. Lara y yo vamos a ver pelis y pedir algo de cenar.

—No pienso ir a hacer de estorbo.

—No seas idiota. Si te llamo es porque quiero que vengas.

Yo dudé un poco. No por él, sino por ella. Lara siempre me había parecido una barbaridad de mujer. Morena, de ojos claros, un cuerpo trabajado y una forma de mirar que parecía una provocación incluso cuando hablaba de cualquier tontería. Nunca había intentado nada porque era la novia de mi amigo, y además hacían muy buena pareja, pero fantasear sí había fantaseado más de una vez.

Al rato, como para rematar la invitación, me llegó un mensaje suyo.

—Ven de una vez y trae palomitas. No seas pesado.

Eso me hizo reír y terminó de convencerme. Me duché, me puse un pantalón corto fino y una camiseta ligera, agarré unas bolsas para picar y salí de casa todavía con el pelo medio húmedo.

Cuando llegué, quien me abrió fue Lara. Venía recién duchada, con el pelo mojado y una bata grande atada a la cintura. El escote se le abría lo justo para enseñarme el inicio de sus tetas, y el olor a jabón limpio me golpeó en plena cara.

—Hola, Marcos —dijo, plantándome un beso en la mejilla con una naturalidad que me dejó tieso.

—Hola.

—Pasa. Iván se está cambiando. Hemos entrenado un rato para fingir que luego no vamos a comer como cerdos.

Entré intentando no mirar demasiado, pero era imposible. La bata se le pegaba a las caderas y al culo con la humedad. Ella se dio la vuelta y caminó hacia el pasillo como si supiera perfectamente lo que estaba provocando.

Iván apareció enseguida, con ropa deportiva y cara de no haber notado nada raro.

—Ya era hora —me dijo—. Vamos a preparar todo.

En la cocina nos pusimos a hablar de tonterías, de amigos comunes, de vacaciones ajenas y de calor. Entonces Lara reapareció cambiada, y ahí sí me dejó sin respiración. Llevaba una camiseta amplia de él, de tirantes, y un short negro tan corto y ajustado que parecía dibujado sobre el culo. Cada vez que se inclinaba o levantaba un brazo, por un costado se intuía el sujetador oscuro que llevaba debajo.

—¿Qué? ¿Empezamos ya o pensáis filosofar toda la noche? —dijo sonriendo.

Nos instalamos en el salón. Yo me senté en un sofá amplio y ellos en el más grande, aunque al cabo de un rato, entre las bebidas, los cuencos y las bromas, acabamos bastante desperdigados. La película iba de fondo y la conversación fluía sola. El ambiente era cómodo, demasiado cómodo.

Hasta que sonó el teléfono de Iván.

Paró la película para atender a sus padres. La conversación se alargó más de la cuenta, entre preguntas absurdas y recordatorios sobre el perro de la casa, un animal pequeño y nervioso que no paraba de dar vueltas por el pasillo. Cuando colgó, soltó un bufido.

—Tengo que bajarlo un momento. Vuelvo enseguida. Seguid viendo la peli.

—No tardes —dijo Lara.

La puerta se cerró y nos quedamos solos. Al principio seguimos mirando la pantalla y comentando una escena. Nada raro. Nada que no pudieran escuchar otras cien personas. Pero de pronto ella giró la cabeza hacia mí y preguntó:

—¿Te gustan las mujeres así?

—¿Así cómo?

—Ya sabes. Guapas, descaradas, con cara de meterse en problemas.

Me reí, incómodo.

—Supongo.

—¿Y yo te gusto?

La pregunta me cayó encima como un cubo de agua hirviendo. La miré, buscando una sonrisa de broma. No la había.

—Eres muy guapa, sí.

—Eso no es contestar.

—Sí, me gustas.

Lara se incorporó despacio. Se puso de pie delante de mí, mirándome como si ya supiera la respuesta a todo. Luego se agarró el bajo de la camiseta y se la quitó por la cabeza. Debajo llevaba un sujetador negro sencillo, pero en ese momento me pareció la cosa más obscena del mundo.

—¿Ahora mejor?

Sentí cómo se me endurecía la polla al instante, tan fuerte que me dolió dentro del pantalón. Tragué saliva.

—Será mejor que te tapes —murmuré.

—Lo dices por mí o por eso que se te ha puesto ahí.

Me señaló la entrepierna y bajé la vista. La marca era imposible de disimular. Encima no llevaba ropa interior, así que el bulto era descarado.

Ella soltó una risa baja y volvió a ponerse la camiseta justo antes de que se escuchara la puerta. Iván regresó y la escena se deshizo como si no hubiera pasado nada, aunque a mí me costó varios minutos volver a respirar con normalidad.

Lara se sentó más cerca de mí cuando reanudamos la película. Su muslo rozó el mío una, dos, tres veces. No sabía si era casualidad o crueldad. Yo ya no me enteraba de casi nada de lo que salía en la pantalla.

Cuando terminó la primera película, dije que tal vez debía irme. Ambos protestaron. Ella más que él.

—Ni hablar. Pedimos cena y vemos la segunda —dijo Lara—. Mañana no madrugas.

Iván se levantó enseguida.

—Paso por el bar de la esquina y traigo bocadillos y raciones. Quedaos poniendo la mesa y dadle de comer al perro, que se me olvida todo.

—Ve tranquilo —respondió ella.

En cuanto salió, sentí un nudo en el estómago. Sabía que iba a pasar algo. Lo supe antes incluso de que ella abriera la boca.

—Te gustó lo que viste antes —dijo sin rodeos.

—No empieces.

—Claro que voy a empezar. Llevo toda la tarde notando cómo me miras.

Mentí por reflejo, pero se notaba en mi cara que me estaba desarmando. Ella se acercó hasta quedar pegada a mí. Puso la mano en mi abdomen y la dejó bajar muy despacio, por encima del pantalón, hasta agarrarme la polla con toda la palma.

—Joder —susurró—. Qué dura estás.

El simple contacto me hizo soltar aire por la nariz como un animal. Apretó un poco más, tanteando el grosor, deslizándome la mano de arriba abajo por encima de la tela. Mi polla respondió dando un latido torpe y pesado bajo sus dedos.

—Lara... —dije, sin saber si estaba pidiéndole que parara o que siguiera.

—No vas a impedirlo.

Su voz era tranquila, casi tierna, pero la mano no tenía nada de inocente. Me pajearía allí mismo si yo la dejaba. Y la dejé. Joder si la dejé.

Con la otra mano me cogió la muñeca y se la metió por dentro del short. Llevaba una braguita fina, empapada en el centro. Noté el calor húmedo en cuanto mis dedos rozaron la tela.

—¿Lo notas? —murmuró—. Me has puesto así.

Subió un poco las caderas buscando más presión contra mi mano y aceleró los movimientos sobre mi polla. Yo la miraba sin terminar de creerlo. La novia de mi mejor amigo, restregándose contra mis dedos en el comedor mientras él estaba fuera comprando la cena.

—Méteme la mano bien —ordenó.

Lo hice. Deslicé los dedos por dentro de la braguita y encontré el coño caliente, abierto y resbaladizo. Estaba tan mojada que mis dedos entraron entre sus labios sin esfuerzo. Lara cerró los ojos y apoyó la frente en mi hombro mientras me seguía masturbando.

—Así... joder, así.

Le acaricié el clítoris con el pulgar y ella dio un respingo. Luego le metí un dedo, despacio al principio, sintiendo cómo me apretaba. Su coño estaba vivo, contrayéndose alrededor de mí, chupándome el dedo con una humedad espesa que me puso a mil.

—Otro —me dijo al oído.

Le metí dos. Gimió con la boca abierta, sin ningún pudor. Su mano siguió trabajando mi polla por encima del pantalón, pero ya no le bastó. Me bajó la cintura de un tirón, me la sacó y se quedó mirándola con los labios entreabiertos.

—Ahora entiendo por qué tu amigo habla tanto.

Me la agarró directamente. El contacto de su mano desnuda me recorrió entero. Empezó a pajearme despacio, muy despacio, como si quisiera saborear la reacción de mi cuerpo. Yo seguía metiéndole los dedos y cada embestida de mi mano le arrancaba un sonido más roto.

—Siéntate bien —dijo.

Me obedecí casi sin pensar. Ella se arrodilló entre mis piernas, apartó un poco el short y la braguita hacia un lado y empezó a lamerme la punta. Fue una primera pasada húmeda, larga, calculada. Luego me metió media polla en la boca y chupó cerrando los labios con fuerza.

Se me doblaron los hombros hacia delante de puro placer. Nunca me habían hecho una mamada. Nunca había sentido una boca trabajándome así, una lengua rodeando el glande, una mano apretando la base mientras ella marcaba el ritmo. Tuve que apoyarme en el sofá para no agarrarle la cabeza de golpe.

—Joder, Lara...

Ella levantó la vista sin soltarme. Sus ojos estaban encendidos. Volvió a tragarme más profundo, hasta que noté la humedad caliente rodeándome entero. Me mamaba con ganas, alternando chupadas largas y rápidas con pequeños jadeos que vibraban en mi polla. Cada vez que sacaba la boca, quedaba un hilo brillante entre sus labios y mi verga, y volvía a envolverme con esa boca como si estuviera hambrienta.

Yo bajé una mano a su nuca y la otra a una de sus tetas por encima de la camiseta. La apreté fuerte. Ella gimió sin dejar de chupar. Entonces se apartó un momento, jadeando.

—Quiero que me folles —dijo—. Pero antes quiero enseñarte algo.

Se levantó, fue hasta la entrada y echó el pestillo de la puerta principal. Mi pulso se disparó. Cuando volvió, llevaba el móvil en la mano. Marcó algo y sonrió.

—No te asustes.

La puerta del salón se abrió casi al momento. Iván estaba allí, con una bolsa en cada mano y una expresión que no era precisamente de sorpresa. Me quedé helado, con la polla fuera, el pantalón bajado y la respiración hecha mierda.

—Por fin —dijo él, dejando las bolsas sobre la mesa—. Pensé que ibais a tardar menos.

No entendí nada durante dos segundos enteros.

—¿Qué coño...?

Lara se rió y se sentó en mi regazo, de cara a él, todavía con mi polla dura contra el muslo.

—Se lo propuse hace tiempo —me explicó Iván mientras se acercaba—. Siempre le has gustado. Y yo tenía curiosidad por verte perder el control.

—¿Me habéis tendido una trampa?

—Una invitación —corrigió Lara, mordiéndose el labio—. Y todavía puedes decir que no.

Los miré a los dos. No había burla en sus caras. Solo deseo. Deseo real, adulto, descarado. Mi mejor amigo estaba empalmado dentro del pantalón y su novia se movía sobre mi muslo con el coño empapándome la piel. Decir que no era imposible.

—No voy a decir que no —admití.

Iván sonrió de una forma que nunca olvidaré. Se acercó y me besó. Fue un beso seco al principio, breve, casi una pregunta. Yo me quedé quieto una fracción de segundo y luego le devolví la presión. Sabía a cerveza y a calor. Lara soltó un gemido al vernos y empezó a frotarse más fuerte sobre mi polla.

—Eso es —dijo ella—. Quiero veros juntos.

Iván me agarró la mandíbula y volvió a besarme, esta vez más hondo. Su lengua rozó la mía y sentí una descarga rara, nueva, brutal. No era solo la novedad. Era el morbo de todo aquello. Su mano bajó a mi pecho, luego a mi abdomen y terminó rodeándome la polla junto con la de Lara. Entre los dos empezaron a pajearme.

—Siempre supe que la tenías buena —murmuró él contra mi boca.

—Y yo siempre quise comprobarlo —añadió ella.

Me estaban desarmando entre ambos. Lara se quitó por fin la camiseta y dejó las tetas fuera, apretadas en ese sujetador negro que me había estado provocando desde que llegué. Iván se lo bajó con impaciencia y ella quedó con los pechos al aire. Eran redondos, firmes, con los pezones ya duros. Me incliné enseguida y le chupé uno mientras ella gemía y seguía tocándome.

Iván se bajó el pantalón y la sacó también. Entendí en ese instante la broma repetida entre nosotros en los vestuarios: sí, iba bien servido. Lara miró ambas pollas juntas y casi se relamió.

—Joder, qué vista.

Se arrodilló en la alfombra y nos hizo un gesto para acercarnos. Primero me agarró a mí y me lamió desde los huevos hasta la punta. Después hizo lo mismo con él. Nos alternaba con una naturalidad obscena, chupando una mientras masturbaba la otra, cambiando de ritmo, de ángulo, de profundidad. Ver la boca de la novia de mi amigo pasando de mi polla a la suya era tan excitante que me costaba mantenerme de pie.

Iván me miró mientras ella nos mamaba.

—Tócame.

Le obedecí. Le agarré la polla y empecé a pajearlo al mismo compás con el que Lara me chupaba. Él soltó un jadeo grave. Sentir otra verga dura en la mano fue raro durante medio segundo; al siguiente ya estaba completamente metido en el juego. Él me la sostuvo también a mí, y durante unos momentos fuimos dos tíos masturbándonos el uno al otro mientras su novia nos tragaba por turnos. Todo sudaba, brillaba, latía.

Lara se levantó y se quitó el short y la braguita de una vez. Quedó desnuda de cintura para abajo, con el coño abierto y mojado, los muslos tensos, la piel erizada.

—Basta de jugar. Quiero polla dentro.

La sentamos en el borde del sofá. Iván la besó con hambre mientras yo le abría las piernas. Le pasé la punta de dos dedos por la entrada y ella me empujó la mano hacia dentro. Seguía igual de húmeda, incluso más. Le chupé el coño sin pensarlo más. Metí la lengua entre sus labios, subí al clítoris y empecé a comerla de verdad.

Lara gritó mi nombre y me agarró del pelo.

—Sí, así, no pares, no pares.

Le mamé el coño con toda la ansiedad acumulada de la tarde. Sentía su sabor, el calor de sus jugos, cómo me aplastaba la cara con la pelvis cada vez que le rozaba el punto que más le gustaba. Iván se puso detrás de ella y le metió dos dedos en la boca para que los chupara. Luego le acarició el cuello, las tetas, el vientre, mientras yo seguía devorándola abajo.

Cuando noté que empezaba a temblar, me apartó a medias.

—Fóllame ya.

Iván me miró.

—Te toca primero.

Me coloqué entre sus piernas. Lara me guió con la mano, agarrándome la polla y frotándose con la punta. El contacto del glande contra su entrada me hizo gruñir. Estaba tan caliente y tan mojada que casi me metí solo, pero ella quiso marcar el momento. Me miró a los ojos y se empaló despacio.

Entré centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño se abría para tragármela. Cuando quedé dentro del todo, ella soltó un gemido ronco y yo tuve que apretar los dientes para no correrme en ese mismo instante.

—Joder... qué apretada —dije.

—Muévete.

No me lo repitió. Empecé con embestidas cortas, profundas, agarrándola por las caderas. Cada golpe hacía chocar su culo contra mis muslos y le sacaba un sonido distinto. Iván estaba a su lado, besándola, metiéndole la lengua en la boca mientras la veía recibir mi polla. La imagen era una locura: su novia abierta para mí, su cara girada hacia él, los tres respirando el mismo aire.

Fui aumentando el ritmo. Lara ya no gemía; jadeaba y decía tacos entrecortados. Me clavó las uñas en los antebrazos y empezó a mover las caderas para recibirme mejor.

—Más fuerte, Marcos. Fóllame fuerte.

Se la di como me la pidió. Embestidas secas, completas, entrando hasta el fondo. Su coño sonaba húmedo en cada golpe. Iván bajó una mano entre nosotros y le frotó el clítoris mientras yo la penetraba. Ese extra la destrozó. Se arqueó, apretándome de golpe, y se corrió temblando sobre mi polla con un grito ahogado contra el cuello de él.

Sentí sus contracciones y tuve que salir para no correrme. Lara respiró hondo, todavía sacudida, y luego se giró hacia Iván con una sonrisa de pura lujuria.

—Ahora tú.

Él ocupó mi sitio y la penetró sin ceremonia, de un empujón firme que hizo que ella se mordiera el labio. Yo me coloqué a su lado y ella buscó mi boca con desesperación. Mientras Iván la follaba, yo la besaba y le chupaba los pezones. Luego me llevó la mano hasta mi polla.

—No te quedes quieto.

Empecé a pajearme viendo cómo mi amigo se la metía. El morbo me desbordó por completo. Él la embestía desde delante, agarrándola del muslo, y Lara lo miraba con esa cara de vicio que me habría hecho correrme solo con verla. Bajé la mano y le acaricié el culo. Iván entendió enseguida.

—Ponte detrás.

Lo hice. Lara se apoyó hacia delante, quedando casi a cuatro patas sobre el sofá. Iván siguió dentro de su coño y yo me arrodillé detrás de ella para comerle el culo y besarle la espalda. Le separé un poco las nalgas y le pasé la lengua por el centro. Ella soltó un gemido sucio, temblando de gusto.

—Joder... sí... así también.

Mientras él la follaba, yo le lamía el culo y le masturbaba el clítoris con dos dedos. Era demasiado. Demasiado húmedo, demasiado obsceno, demasiado perfecto para ser verdad. Iván se estaba poniendo al límite; se le notaba en la respiración.

—Quiero verte dentro otra vez —me dijo—. Turno.

Salió y me dejó el sitio. Esta vez Lara se puso a cuatro patas de verdad. Le agarré las caderas y se la metí desde atrás. Entró mejor que antes, todavía más resbaladiza por todo lo que habíamos hecho. Empecé a follarla con hambre, sin tanto cuidado, oyendo el sonido de mi polla golpeando su coño mientras ella hundía la cara en el respaldo y gemía como una guarra sin intentar callarse.

Iván se puso delante de ella. Lara le agarró la polla y empezó a mamársela mientras yo se la metía por detrás. Ver su boca trabajando la verga de mi amigo al mismo tiempo que yo la follaba fue lo que terminó de romperme la cabeza. Apreté más fuerte sus caderas y la embestí sin compasión.

—Así, cabrona, así —se me escapó.

Ella respondió tragando más de la polla de Iván y echando el culo hacia mí con más ansia. Él le sujetó el pelo y la dejó mamársela a su ritmo, sin dejar de mirarme. Había complicidad, exhibición y una tensión casi animal entre nosotros.

—Te la estás follando de lujo —me dijo.

Eso me puso todavía peor. Noté el orgasmo subiendo con violencia. Lara también estaba cerca otra vez, porque el coño le apretaba a tirones y sus piernas empezaban a fallar. Metí una mano por debajo de su vientre y le froté el clítoris mientras seguía clavándosela hasta el fondo.

Se corrió con la polla de Iván en la boca y la mía dentro. Le tembló todo el cuerpo. Se apartó de él justo a tiempo para gemir a gritos, apretándome tan fuerte que yo ya no aguanté más.

Salí de su coño y me corrí sobre su culo y su espalda baja, con sacudidas brutales que me dejaron medio ciego. Mi corrida le resbaló por la piel y ella pasó los dedos por encima, gimiendo todavía.

Iván no tardó nada en terminar. Se la sacó de la boca, la agarró por la nuca y se corrió sobre sus labios y su barbilla. Lara abrió la boca para recoger parte y luego sonrió, agotada y satisfecha, con una mezcla de semen en la piel y los ojos brillantes.

Nos quedamos unos segundos sin movernos, solo respirando. El perro apareció en el pasillo, ajeno a todo, y soltó un ladrido corto. Los tres nos echamos a reír de golpe, todavía desnudos, sudados y manchados.

—Bueno —dijo Lara al fin—, creo que la película puede esperar.

Iván se dejó caer en el sofá y me tendió una mano. Yo la miré un segundo antes de estrechársela. Aquel gesto, simple y directo, me relajó más que cualquier palabra.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Estoy de puta madre —respondí.

Lara se acurrucó entre los dos, desnuda, con una sonrisa cansada.

—Me alegra. Porque esto no pienso dejarlo en una sola tarde.

Y lo dijo tan tranquila, como quien propone repetir una cena o retomar una saga de películas. Solo que aquella noche ya habíamos empezado otra cosa. Algo mucho más sucio, mucho más intenso y bastante más difícil de olvidar.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios(4)

AlbaLectora

excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

Rafa_Sur

tremendo, no me lo esperaba para nada. porfavor continuacion!!

TomasRiv88

me recuerda a una situacion con amigos hace unos años jaja, la tension antes de que pase algo es lo mejor de estos encuentros

CuriosoChile

como quedo la relacion con tu amigo despues? eso me genera mas intriga que el relato mismo jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.