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Relatos Ardientes

El fin de semana en que vimos a nuestras esposas

Mi esposa Elvira y yo llevábamos años fantaseando con lo mismo sin atrevernos a decirlo en voz alta delante de nadie: que otro hombre la desnudara, la tocara y se la follara mientras yo miraba. No era una ocurrencia pasajera ni un juego de una sola noche; era una imagen que se me repetía cada vez que leía historias de voyerismo o de tríos maduros, y que a ella, aunque al principio le daba pudor admitirlo, también le iba encendiendo algo por dentro.

Nosotros ya habíamos pasado de sobra la edad de las improvisaciones adolescentes. Éramos adultos, casados desde hacía mucho, con la confianza de quien ya se ha visto de todo y aun así sigue teniendo hambre. Precisamente por eso aquella fantasía se fue volviendo más fuerte: no nacía de la falta, sino del exceso de intimidad y de la necesidad de romperla un poco sin destruirla.

Todo empezó a tomar forma cuando conocimos por mensajes a otra pareja. Él se llamaba Tomás y ella, Lorena. Vivían a unas horas de nuestra ciudad y tenían el mismo deseo, casi calcado: él quería ver a su esposa con otro hombre y yo quería ver a la mía abierta para otro. Durante semanas hablamos de límites, de miedos, de lo que nos excitaba de verdad y de lo que no. No hubo engaños ni bravuconadas. Solo cuatro personas adultas diciéndose con crudeza qué querían hacer con sus cuerpos.

Las fotos ayudaron a convertir la fantasía en algo concreto. Lorena me gustó desde el primer momento. Era una mujer madura, con curvas bien puestas, mirada segura y una boca que ya en la imagen parecía prometer indecencias. A Elvira también le gustó Tomás: un hombre atractivo, canoso, con cuerpo de alguien que no necesitaba fingir juventud para resultar deseable. Los cuatro nos gustamos, y eso hizo que la propuesta dejara de parecer una locura.

Quedamos un sábado por la tarde en un bar discreto, cerca de nuestra casa. El primer choque fue extraño solo durante unos minutos; después, la conversación fluyó como si nos conociéramos desde hacía años. Hablamos de viajes, de películas, de manías, y por debajo de todo eso estaba la tensión clara de saber que, si nada se torcía, unas horas después nos veríamos desnudos.

Cuando volvimos a casa, Elvira había dejado preparada una cena sencilla. Comimos despacio, bebimos vino y seguimos tanteándonos con miradas. Tomás no apartaba demasiado los ojos del escote de mi mujer. Lorena se acomodaba las piernas de un modo que me obligaba a imaginar lo que no estaba viendo. Yo intentaba comportarme con normalidad, pero notaba la polla dura solo con pensar en lo que podía pasar en nuestro sofá esa misma noche.

—Si alguien quiere echarse atrás, este es el momento —dijo Lorena, serena, mientras dejaba la copa sobre la mesa.

Elvira la miró y negó con la cabeza.

—No quiero echarme atrás —respondió—. Estoy nerviosa, pero quiero hacerlo.

Tomás sonrió sin disimular su excitación.

—Entonces hagámoslo bien. Sin correr, pero sin seguir dándole vueltas.

Pasamos al salón. Habíamos dejado las luces tenues, no para ocultarnos, sino para volverlo todo más denso, más íntimo. Nos sentamos en dos sofás enfrentados. En uno quedaron Tomás y Elvira. En el otro, Lorena y yo. Al principio nadie se lanzó de golpe. Hubo manos sobre rodillas, respiraciones más profundas, una risa nerviosa. Yo tenía la vista clavada en mi mujer, esperando el instante exacto en que aquello dejara de ser conversación y se convirtiera en sexo.

Tomás fue el primero en romper la distancia. Le puso una mano en el cuello a Elvira y la besó despacio. Mi esposa le respondió con una timidez que le duró muy poco. En menos de un minuto ya lo estaba agarrando de la nuca con hambre, abriendo la boca, dejándose meter la lengua. Ver eso me golpeó directo en el pecho y en la polla. No era una fantasía abstracta. Era mi mujer besándose con otro hombre delante de mí, y yo estaba duro como un animal.

Lorena me tomó la mano y la llevó a su muslo.

—No me mires a mí como si necesitaras permiso —me susurró—. Tócame mientras miras.

Le subí la falda hasta mitad del muslo y encontré la carne caliente, firme. Ella se abrió apenas, lo justo para que mi mano avanzara más. Pero mis ojos seguían en el otro sofá. Tomás ya le había bajado el vestido a Elvira hasta la cintura, dejando sus tetas al aire. Las acariciaba con las dos manos y después bajó la cabeza para chuparle un pezón, morderlo suave, lamerlo con calma. Elvira soltó un gemido ronco, de esos que yo conocía bien, solo que esta vez no lo estaba provocando yo.

—Mírame —le dijo él.

Ella lo hizo. Yo vi en su cara el cambio exacto. El miedo había desaparecido. Ahora había deseo, puro y descarado.

Tomás se arrodilló frente a ella y le apartó las piernas. Elvira llevaba unas bragas oscuras, ya marcadas por la humedad. Él no las retiró con delicadeza; las bajó de un tirón hasta los tobillos y las dejó allí, atrapándola un segundo antes de ayudarla a quitárselas. Mi esposa quedó abierta ante nosotros. Ver su coño expuesto para otro hombre me hizo apretar los dientes.

Tomás metió la cara entre sus piernas sin ceremonia. Le abrió los labios con los dedos y empezó a lamerla de abajo arriba, lento primero, luego con más insistencia. Elvira echó la cabeza hacia atrás y se agarró al respaldo del sofá. Yo la conocía lo suficiente para saber que no fingía nada. Cada movimiento de cadera, cada espasmo en los muslos, cada gemido corto significaba que la lengua de ese hombre estaba encontrando exactamente dónde hacer daño.

Mientras tanto, Lorena ya me había desabrochado el pantalón. Sacó mi polla y la acarició despacio, con una naturalidad que me calentó todavía más. Se arrodilló entre mis piernas, me miró un segundo y se la llevó a la boca. Su lengua pasó por la punta, la humedeció bien, y después me tragó casi entero. Me sujeté del borde del sofá para no apartar la mirada del otro lado del salón.

La imagen era obscena y perfecta: mi esposa abierta, gimiendo por la boca de otro; la mujer de ese hombre mamándome con ganas; y nosotros dos, los maridos, cumpliendo exactamente la fantasía que habíamos confesado meses atrás.

Elvira se corrió la primera vez con la boca de Tomás entre las piernas. Lo supe por cómo le tembló el abdomen y por el jadeo ahogado con el que dijo:

—No pares... no pares, joder...

Él no paró. Siguió lamiéndola hasta sacarle otro gemido más largo, más roto, y solo entonces se levantó para desnudarse del todo. Tenía una polla gruesa, bien dura, pesada. Mi esposa la miró sin fingir indiferencia. Al contrario: le clavó los ojos con una mezcla de morbo y hambre que me puso todavía más cachondo.

—Ven aquí —le dijo ella.

Tomás obedeció. Se colocó delante del sofá y Elvira le agarró la polla con la mano. La acarició, la pesó, le pasó el pulgar por la punta mojada y después se inclinó para metérsela en la boca. Lo hizo despacio al principio, como probándolo, pero en un par de movimientos ya estaba mamándosela de verdad, metiéndosela más hondo, sujetándole los muslos. Él respiraba fuerte, mirándome por encima de la cabeza de mi mujer, como si quisiera asegurarse de que yo estaba viendo todo.

Lo estaba viendo. Y no solo eso: lo estaba disfrutando con una intensidad que jamás había sentido. Lorena se levantó del suelo, se quitó la blusa y dejó sus pechos llenos al aire. Se sentó a horcajadas sobre mí, desnuda de cintura para abajo, y empezó a frotarse contra mi polla. Su coño estaba muy mojado. Lo sentí en la piel, caliente, resbaladizo.

—Métemela —me pidió—. Quiero que me folles mientras tu mujer se traga la de mi marido.

No necesité que me lo repitiera. La guié con las manos en las caderas y ella bajó despacio, sintiéndome entrar centímetro a centímetro. Apretó los labios, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo cuando me tuvo dentro hasta el fondo.

—Así... joder, así...

Empezó a moverse encima de mí con un ritmo firme, sin prisas. Su coño me apretaba de una forma distinta al de Elvira, más estrecho, más tenso. Yo la sujetaba de la cintura mientras miraba a mi esposa arrodillada frente a Tomás, chupándole la polla con las mejillas hundidas. Aquello era demasiado. Cada embestida de Lorena, cada sonido húmedo de la boca de Elvira, cada gemido cruzado en el salón hacía que el aire pareciera espeso.

Tomás apartó a mi mujer de su polla y la besó. Después la giró sobre el sofá, le hizo apoyar las manos en el respaldo y le abrió las piernas por detrás. Elvira volvió la cara hacia mí. No tenía vergüenza en los ojos. Tenía deseo.

—Mírame —me dijo ella—. Quiero que me mires cuando entre.

Tomás se colocó detrás, se agarró la polla y la frotó un segundo por su entrada, empapándola más. Después empujó. La punta desapareció y Elvira soltó un gemido áspero, tenso, casi una queja de puro placer. Él no se detuvo ahí; siguió avanzando hasta metérsela entera. Mi esposa abrió la boca y dejó caer la frente contra el respaldo del sofá.

—Joder... sí... —susurró.

Yo sentí un latigazo de excitación tan fuerte que tuve que apretar las caderas de Lorena para no correrme ahí mismo. Tomás empezó a follarse a mi mujer con embestidas cortas al principio, dejando que su cuerpo se acostumbrara a la polla nueva. Después fue cogiendo ritmo. Se la sacaba casi entera y volvía a metérsela de un golpe seco. El sonido del choque de pelvis contra culo se mezcló con los gemidos de los cuatro.

Lorena, montada sobre mí, siguió subiendo y bajando mientras se apretaba una teta con la mano. Sus pezones estaban duros. Yo se los chupé uno tras otro sin dejar de penetrarla. Ella me sujetó del pelo, me obligó a mirarla y dijo:

—No te corras todavía. Quiero que me folles bien delante de ellos.

Le obedecí. Empecé a mover las caderas desde abajo, clavándome más hondo en su coño cada vez que ella bajaba. Lorena gimió con descaro y se inclinó para besarme. Su lengua sabía a vino y a sexo. Mientras la penetraba, vi que Tomás sacaba la polla de Elvira y la hacía arrodillarse en la alfombra.

Mi mujer abrió la boca sin que se lo pidiera. Él se la metió hasta el fondo, sujetándole la cabeza. No la trató con violencia gratuita, pero tampoco con dulzura fingida. La folló con la boca unas cuantas veces, entrando y saliendo con firmeza, y Elvira aceptó el ritmo, babeando, agarrada a sus muslos. Aquella visión me dejó temblando.

Entonces pasó algo que no esperábamos pero que encajó de manera natural. Tomás se acercó a nosotros mientras Lorena seguía cabalgándome. Puso una mano sobre mi polla, justo donde desaparecía dentro de su esposa, y acompañó un par de movimientos, observando con morbo la penetración.

—Así quería verlo —dijo, ronco—. Mi mujer tragándose una polla ajena y después abriéndose para ella.

Lorena soltó una risa entrecortada por el placer.

—Pues míralo bien —contestó—. Me está follando delicioso.

Tomás la besó y después la apartó de mí solo lo suficiente para ponerse detrás de Elvira otra vez. Esta vez hizo que mi esposa se tumbara boca arriba en el sofá, con las piernas bien abiertas. Se arrodilló entre ellas y volvió a penetrarla de frente, hondo, pesado. Elvira se agarró sus propias tetas y empezó a gemir sin contención, diciendo obscenidades que rara vez usaba conmigo.

—Más fuerte... fóllame más fuerte... no pares, cabrón...

Yo ya no reconocía solo a la esposa tierna de cada noche; estaba viendo a una mujer madura, cachonda, completamente entregada a su fantasía. Y eso me volvía loco.

Lorena se bajó de mi polla y se puso a cuatro patas sobre la alfombra, delante de mí. Volvió la cabeza y me lanzó una mirada directa.

—Ahora tú —ordenó—. Quiero sentirte desde atrás.

La agarré de las caderas y se la metí de una sola embestida. Ella soltó un gemido grave, apoyó los antebrazos en el suelo y empezó a mover el culo hacia mí, pidiendo más. La follé con fuerza, marcando el ritmo con las manos en su carne. Su coño estaba muy mojado y hacía ese sonido espeso que solo aparece cuando el cuerpo ya se ha rendido por completo.

Tomás y Elvira nos miraban. Nosotros los mirábamos a ellos. A ratos parecía que el salón entero latía al mismo ritmo. Mi mujer se estaba corriendo otra vez; lo noté por sus piernas temblando alrededor de la cintura de ese hombre. Lorena también estaba cerca. Me lo dijo con voz rota:

—No aflojes... me voy a correr... sigue, sigue...

Le di más fuerte. Sus nalgas chocaban contra mi pelvis y mi polla resbalaba dentro de ella una y otra vez, hasta que se arqueó entera y se corrió con un gemido largo, apretándome tanto que casi me arrancó la corrida. Aguanté por puro esfuerzo.

Del otro lado, Tomás sacó la polla de Elvira en el último momento y se la puso sobre el vientre. Pero ella negó con la cabeza, incorporándose a medias.

—No. Quiero en la boca.

Él se la ofreció y mi esposa lo recibió de inmediato. Le bombeó con la mano un par de veces mientras lo chupaba y Tomás terminó corriéndose entre sus labios, gimiendo con la cabeza echada atrás. Elvira no apartó la boca hasta sacarle la última sacudida. Después tragó y se limpió la comisura con dos dedos, mirándome sin bajar la vista.

Aquella imagen se me quedó grabada para siempre.

Yo ya estaba al borde. Hice que Lorena se girara de nuevo y la senté sobre mis piernas para penetrarla cara a cara. Nos besamos mientras la embestía con lo que me quedaba. Ella me apretó la nuca.

—Córrete dentro —me susurró—. Estoy protegida. Quiero sentir tu corrida.

No me lo pensé. Le agarré las caderas, la hundí hasta el fondo y me corrí dentro de ella con una fuerza casi dolorosa. Sentí cómo me vaciaba a pulsos, y Lorena siguió moviéndose un poco más, exprimiéndome, gimiendo suave contra mi cuello.

Nos quedamos un rato los cuatro respirando en el salón, desnudos, sudados, satisfechos. El vino seguía sobre la mesa. La ropa estaba tirada por todas partes. Nadie tenía ganas de fingir normalidad. Elvira se acercó a mí y me besó. Sabía a sexo, a vino y a una intimidad nueva.

—Ahora entiendo por qué te excitaba tanto —me dijo al oído.

—Y yo entiendo por qué aceptaste.

Lorena se rio desde el sofá.

—No hemos venido hasta aquí para dormir enseguida, ¿no?

Nos servimos otra copa. La conversación posterior fue incluso más íntima que el sexo. Hablamos de lo que más nos había excitado, de los momentos exactos en que cada uno había perdido el control, de si aquello se quedaría ahí o si la noche todavía podía dar más de sí. Fue entonces cuando Elvira soltó la pregunta que cambió el cierre de la velada.

—¿Y cómo vamos a dormir?

Hubo un silencio breve. Yo pensé, ingenuamente, que cada pareja volvería a su cuarto. Pero la pregunta quedó suspendida en el aire con demasiado morbo como para ignorarla. Tomás alzó una ceja. Lorena se mordió el labio. Elvira me miró con esa sonrisa que usa cuando sabe perfectamente la clase de incendio que acaba de provocar.

Al final lo decidimos como adultos que ya habían cruzado de sobra la línea: sin dramas, sin poses. Las nuevas parejas para dormir serían las mismas de la fantasía cumplida. Tomás con Elvira en la habitación de invitados. Lorena conmigo en la nuestra.

***

Cuando cerré la puerta del dormitorio con Lorena detrás de mí, ya no había nervios, solo hambre. Ella se quitó lo poco que se había vuelto a poner y se recostó sobre la cama, completamente desnuda, con las piernas abiertas como una invitación descarada.

—No me hagas dormir enseguida —dijo—. Después de ver a tu esposa tragarse a mi marido, me he quedado con ganas de más.

No me hizo falta contestar. Me arrodillé entre sus piernas y le metí la cara en el coño otra vez. A esa altura de la noche seguía húmeda, sensible, caliente. Le lamí despacio, saboreándola bien, hasta que empezó a retorcerse sobre las sábanas. Me sujetó del pelo igual que antes y se abrió más para mí.

—Así, sí... méteme la lengua... joder...

La comí sin prisa y sin compasión, alternando lengua y dedos, hasta que la sentí temblar. Se corrió apretándome la cara con los muslos, y cuando terminó me hizo subir para besarme. Después me tumbó boca arriba y volvió a chuparme la polla con una avidez todavía más sucia que en el salón, como si ahora quisiera gozarla sin espectadores.

Me la mamó hasta ponerla otra vez dura del todo. Luego se giró y se sentó encima de mi cara, ofreciéndome el culo y el coño a la vez mientras me guiaba la polla hacia su entrada con la mano. La penetré desde abajo, en esa postura incómoda y obscena, y a la vez seguí lamiéndola. El resultado fue inmediato: Lorena no tardó ni un minuto en empezar a gemir como una loca.

—No puedo... no puedo con esto... sigue...

Seguimos. Cambiamos de postura, la puse a cuatro patas en la cama y la follé agarrándola fuerte de la cintura. Después la tumbé de lado y le entré más despacio, sintiendo cada apretón de su coño cuando el placer le subía otra vez. La noche estaba en silencio excepto por nuestras respiraciones, el golpe de los colchones y, a ratos, algún gemido lejano que venía de la otra habitación y me recordaba exactamente qué estaba haciendo mi esposa al otro lado de la pared.

Esa idea me terminó de volver loco. Apreté más el ritmo, enterrándome una y otra vez en Lorena hasta que los dos nos corrimos casi al mismo tiempo. Ella primero, encogiéndose sobre sí misma con un espasmo largo. Yo después, con la cara hundida en su hombro para no gritar.

Caímos rendidos, sudados y satisfechos. Antes de dormirnos, Lorena me acarició el pecho y dijo:

—Tu mujer y tú hacéis una pareja peligrosa.

—Vosotros tampoco os quedáis cortos.

Sonrió y cerró los ojos.

A la mañana siguiente nos encontramos los cuatro en la cocina con cara de haber dormido poco y disfrutado mucho. Elvira me lanzó una mirada que decía más que cualquier detalle, aunque luego, cuando estuvimos a solas, sí me lo contó todo: que Tomás se la había follado otra vez casi hasta el amanecer, que se había corrido un par de veces más y que hacía tiempo no terminaba con las piernas temblando de esa manera.

Yo le conté lo mío con Lorena sin ahorrarme nada. Lejos de molestarnos, compartirlo terminó de cerrar el círculo de la fantasía. No había celos destructivos ni arrepentimiento. Había excitación, complicidad y la sensación de haber abierto una puerta que quizá ya no querríamos volver a cerrar.

Aquel fin de semana no fue un simple intercambio ni una anécdota de madurez tardía. Fue la confirmación de que el deseo todavía puede sorprenderte cuando crees conocerlo todo. Y, sobre todo, fue la noche en que miré a mi esposa follando con otro hombre y descubrí que verla disfrutar así, abierta, húmeda, jadeando por una polla ajena, no me alejaba de ella. Me unía todavía más.

Desde entonces seguimos hablando con Tomás y Lorena. A veces recordamos aquel salón, aquel sofá, aquella primera penetración que convirtió una fantasía confesada en una realidad sudada y obscena. Y cada vez que lo hacemos, a Elvira se le dibuja la misma sonrisa. La de una mujer madura que ya no tiene miedo de admitir lo mucho que le gustó que la vieran follar.

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Comentarios(6)

MatiasRos

excelente!! uno de los mejores del genero que lei en mucho tiempo

SerenaK

Por favor que haya continuacion, quede con tantisimas ganas de saber que paso despues. Se hizo muy corto

EnriqueRdz

Me gusto mucho como lo contaste, se siente real y no forzado. Eso es lo mas dificil de lograr en este tipo de relatos

NocheVieja77

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años... nunca es exactamente como uno lo imagina. Muy bien narrado, transmite esa mezcla de excitacion y ansiedad a la perfeccion.

Roxana_77

Y despues de ese fin de semana todo siguio igual entre ustedes? me quede con esa duda, espero que cuentes mas

FanRelatos_99

genial!! hace tiempo no leia algo tan bien escrito en esta categoria

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