La fiesta de Camila terminó en un trío al amanecer
Había vuelto de Zúrich el día anterior y llamé a mi amiga de siempre para felicitarla por su cumpleaños. Camila es una chica de familia con pasta, divorciada y sin obligación económica que la ate a nada. Se dedica a organizar bodas para gente rica, casi siempre para los hijos de los amigos de sus padres, y les cobra un porcentaje jugoso que le permite vivir como quiere: viajando, follando y bebiendo champán a cualquier hora del día.
Nada más descolgar me preguntó si ya estaba en Madrid. Le dije que sí y me ordenó que pasara por casa, me duchara, me pusiera ropa limpia y volara a su finca a las afueras, un caserón con doce habitaciones que era propiedad de sus padres. Según ella, había montado una fiesta solo para íntimos y yo no podía faltar. Cuando Camila habla de íntimos, se refiere a treinta o cuarenta personas mínimo. Y como todos eran íntimos, corría de todo por las mesas: alcohol, coca, hachís. Ella siempre decía que la coca ayudaba a soltar la lengua y volvía a la gente más sociable, como si necesitara justificar el vicio.
Nada más llegar me plantó un beso en la boca, como siempre. No es que hubiera nada sexual entre nosotros, aunque habíamos follado unas cuantas veces en el pasado. Era nuestra forma de demostrarnos cariño. Lo primero que me dijo fue que, si quería quedarme a dormir, la habitación de siempre estaba libre.
La fiesta se desmadró rápido. Hacia la una de la madrugada ya había parejas magreándose en los sofás, un tipo esnifando raya en la cocina y dos tías bailando muy pegadas en la terraza. A las dos decidí subir a dormir. Antes pasé por el baño de arriba a mear.
Al entrar me di cuenta de que había alguien en la ducha. Pedí perdón e iba a salir cuando una voz de mujer me dijo que podía quedarme si quería. Aparté un poco la cortina y me quedé perplejo. Una rubia sentada en un taburete, con las piernas abiertas y el chorro de agua caliente apuntando directamente al coño. Se estaba masturbando con la presión del agua mientras se retorcía los pezones con la otra mano.
—¿Vas a mear? —me preguntó sin dejar de tocarse.
Asentí sin retirar la mirada de su coño depilado.
—Métete igual, entonces. Que no te dé corte.
No me lo pensé. Me quité el bóxer y la camisa —era lo único que llevaba puesto— y me metí en la ducha con ella. Dejó la alcachofa colgada, se levantó del taburete y me estampó contra los azulejos calientes. Me mordió el cuello y me agarró la polla con la mano libre.
—Estaba a punto de correrme cuando entraste —me susurró al oído—. Termíname tú.
La cogí de la cintura y le di la vuelta para pegarla al mismo azulejo. Le abrí las piernas con la rodilla y le metí dos dedos de golpe. Estaba tan mojada que se los tragó sin resistencia. Empecé a moverlos rápido, curvándolos hacia dentro, mientras con la otra mano le apretaba una teta hasta hacerla gemir contra el cristal.
—Más fuerte —jadeó—. Fóllame los dedos, joder.
La follé con la mano hasta que se corrió apretándome los dedos con el coño y clavándome las uñas en el antebrazo. Antes de que le terminara de temblar el cuerpo la giré otra vez, la senté en el taburete y me arrodillé entre sus piernas. Le comí el coño despacio, saboreándola entera, chupándole el clítoris hinchado hasta que se corrió por segunda vez tirándome del pelo.
—Ahora tú —dijo, y me obligó a levantarme.
Me subí a la banqueta apoyando la espalda en la mampara y ella se quedó de rodillas, con la polla a la altura de la cara. Se mojó los labios y me la tragó hasta la garganta a la primera. Notaba su lengua acariciando la parte inferior mientras subía y bajaba, apretándome las pelotas con la otra mano.
—Voy a correrme —le avisé.
Asintió con la boca llena y aceleró. Le inundé la garganta a chorros y se tragó todo sin soltar ni una gota. Después me dio un beso corto en los labios, me dijo «gracias por el postre» y salió de la ducha para secarse. Ni siquiera le pregunté cómo se llamaba.
Me duché rápido, me puse el bóxer y me fui a la habitación de siempre.
***
Al entrar vi que una de las camas estaba ocupada por dos mujeres durmiendo. Tenían solo las bragas puestas y estaban abrazadas: una rubia y una morena. Intenté ver si conocía a alguna, pero no reconocí a ninguna. La verdad es que tampoco se les veía bien la cara: a una se la tapaba el pelo, a la otra una mano. Me quité la camisa, me quedé en slip y me tumbé en la otra cama boca arriba.
Ya había clareado el día cuando sentí algo húmedo en el pezón. Pensé que estaba soñando, pero era demasiado real. Sobre todo cuando me empezaron a dar mordisquitos y una mano se me deslizó por el estómago hacia abajo. Abrí los ojos y me encontré dos marañas de pelo, una rubia y una morena, pegadas a mi torso. Miré a la cama de al lado. Estaba vacía. Eran las dos de las bragas.
—Buenos días —me susurró la rubia sin levantar la boca de mi pecho.
—Sigue durmiendo —murmuró la morena—. Solo queremos jugar un rato.
La rubia me subió por el pecho a lametazos hasta el cuello y luego se puso a horcajadas sobre mí. Se sacó las bragas de un tirón y me plantó una teta en la boca. Se la mordí con ganas y ella soltó un jadeo ronco. Mientras tanto la morena descendía por mi estómago, me arrancaba el slip de un manotazo y me metía la polla en la boca de golpe. Se la tragó hasta el fondo. Se la sacó, la lamió de arriba abajo y volvió a metérsela mientras me buscaba el ojete con un dedo mojado en saliva.
—Joder —solté.
La rubia se rió y me presentó la otra teta. Se la chupé hasta dejársela roja mientras la morena me chupaba la polla con hambre, presionándome las pelotas y jugueteándome el culo con el dedo.
—Cambio —dijo la rubia.
La morena la miró un momento y luego se apartó. La rubia se dio la vuelta encima de mí, me plantó el coño encima de la cara y bajó a comerme la polla. La agarré de las caderas y le comí el clítoris con la punta de la lengua mientras la morena me chupaba las pelotas y me trabajaba el culo con dos dedos. Notaba las dos bocas y las cuatro manos a la vez y me estaba costando un mundo aguantar.
Cuando la rubia empezó a temblar y a apretar los muslos contra mis orejas, la aparté con suavidad. Todavía no quería que se corriera.
—Poneos en sesenta y nueve —les dije—. Rubia arriba.
Obedecieron sin protestar. La rubia se puso a horcajadas sobre la cara de la morena y bajó la boca al coño de la otra. Empezaron a comerse la una a la otra con ganas, gimiendo contra los coños mojados. Yo me arrodillé detrás de la rubia y le metí la polla de una embestida. Estaba tan empapada como la del baño horas antes. Empecé a follármela con fuerza, presionando hacia arriba para no aplastarle la cara a la morena y para que ella no perdiera el clítoris de la rubia entre los labios.
—Fóllame más fuerte —gimió la rubia contra el coño de la otra—. No pares.
La follé más fuerte hasta que noté que iba a correrme. Se la saqué a tiempo y me moví a un lado para buscar la boca de la morena. La abrió sin dudarlo y se tragó mi polla mojada del coño de su amiga sin arrugar la cara. Le encantó, se veía. La morena me mamaba con los ojos cerrados y la rubia le comía el coño con dos dedos dentro.
Cambio otra vez. Me senté en el borde de la cama y llamé a la morena. Se levantó, me miró desde arriba y sonrió. Se dio la vuelta y se sentó despacio sobre mi polla buscando el culo, no el coño. Se ensartó de un solo movimiento, hasta el fondo. Notaba cómo se le tensaban las paredes del ano alrededor de la polla y cómo tomaba aire para acostumbrarse.
—Joder, qué bien la metes —dijo apretando los dientes.
La rubia se acercó, se arrodilló delante de la morena y le empezó a chupar el clítoris mientras yo la subía y bajaba por las caderas. Le levantaba el culo hasta que casi se me salía y la volvía a ensartar de golpe. La morena gemía sin control, con la rubia comiéndole el coño desde abajo y mi polla entrándole por detrás. En pocos minutos se dejó caer del todo sobre mí y empezó a moverse ella sola, arriba y abajo, buscando su propio ritmo. Yo le agarré las tetas por detrás y se las estrujé mientras le mordía la nuca.
—Me corro —gritó la morena—. Me corro, joder, me corro.
Se corrió apretándome la polla con el culo tan fuerte que casi me arrastra con ella. La rubia le lamió el clítoris hasta el último temblor.
Consciente de que no iba a aguantar mucho más, las senté a las dos de rodillas frente a mí y les dije que se pelearan por comerme la polla. No lo dudaron ni un segundo. Empezaron a lamerla las dos a la vez, una a cada lado, cruzándose las lenguas por la punta y mirándose entre sí con esa complicidad que solo hay entre dos que ya saben que se van a follar cuando yo me vaya. Se turnaban para tragársela hasta la garganta mientras la otra me mamaba las pelotas.
—Me voy —dije.
Me corrí en la boca de la rubia. Ella se giró de inmediato hacia la morena y la besó pasándole el semen de una boca a la otra. Se relamieron los labios sonriendo y siguieron besándose como si me hubiera esfumado. Vi la señal.
—Seguid vosotras —murmuré—. Yo voy a dormir un rato más.
No me hicieron ni caso. Volvieron a su cama en sesenta y nueve y se pusieron a comerse la una a la otra otra vez. Me acurruqué de lado, escuchando los gemidos ahogados contra los coños, y me quedé dormido.
***
Por la mañana me encontré a Camila en la cocina. Nada más verme sonrió como una cabrona.
—¿Qué tal la noche? —preguntó.
La miré con cara de circunstancias.
—¿Para qué preguntas si ya te lo han contado?
Se rió. Para algunas mujeres, lo mejor del sexo no es el sexo, sino contárselo a las amigas al día siguiente. Camila era de esas. Se acercó, me acarició la polla por encima del pantalón y me preguntó si me apetecía que me hiciera una mamada allí mismo. Le dije que podía entrar cualquiera y me contestó que precisamente eso lo hacía más morboso. Me disculpé alegando demasiado desgaste nocturno, le di un beso en los morros y me largué.
Ya en el coche, camino a Madrid, sonreí solo pensando que ni siquiera había llegado a preguntarles el nombre.
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