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Relatos Ardientes

La escort madura que estrenó nuestro primer trío

Matías llegaba esa tarde en el micro de las cuatro, con la mochila cargada y la plata de una herencia chica que le había caído del abuelo el mes anterior. Habíamos hablado mil veces del asunto por videollamada, siempre después de corrernos cada uno delante de la cámara del otro, siempre con la promesa de que la próxima vez lo íbamos a hacer en serio. Yo tenía veintiséis, él veintisiete, éramos estudiantes universitarios en un país donde la distancia entre Córdoba y su facultad del sur convertía cada fin de semana juntos en un maratón de sexo encerrados en mi cuarto.

Esa mañana me había despertado empapada, con el recuerdo de un video que había visto hasta la madrugada. Dos mujeres y un tipo, la escena que llevábamos meses discutiendo como si fuera una tesis. Otra mujer. Alguien que se metiera con nosotros por una hora y después desapareciera. Sin drama, sin conocidas, sin el terror de que después una amiga terminara borracha llorando en un baño ajeno. Habíamos concluido en el bar del centro, unas semanas antes, que la única manera limpia era pagando.

Matías bajó del micro y ni siquiera fuimos a mi casa. Me llevó a una plaza, sacó el celular y me dijo que había estado leyendo anuncios durante todo el viaje. Nos sentamos en un banco a filtrar. Ninguna muy joven, ninguna con cara de recién llegada, todas con reseñas y edad declarada arriba de los cuarenta. Terminamos eligiendo un aviso de una tal Renata, cuarenta y tres años, departamento propio en Nueva Córdoba, ochenta mil pesos la hora para pareja, el doble por trío.

—¿La llamás vos? —me preguntó, con esa sonrisa que le agarra cuando se pone nervioso y no quiere admitirlo.

La llamé yo. Renata tenía voz grave, calma, de mujer que había hecho eso mil veces. Le expliqué la fantasía en dos oraciones, sin adornar. Ella no se rio, no hizo preguntas raras, solo pidió mi nombre y el de Matías, la hora a la que queríamos ir, y me avisó que el conserje nos iba a pedir el documento antes de subir. Cuestión de seguridad, dijo.

***

El edificio era nuevo, con hall de mármol y un conserje de traje azul que apenas nos miró cuando le mostramos los documentos. Subimos en un ascensor de espejos, y ahí, con la luz blanca cayéndonos encima, nos vi la cara de nervios a los dos. Matías me apretó la mano. Yo tenía la bombacha mojada desde antes de llegar al edificio.

Renata abrió con un short de algodón y una camisola blanca, descalza, sin maquillaje. Tenía el pelo largo teñido de castaño, tetas grandes y firmes bajo la tela, y una cintura que se marcaba a pesar de los años. La cara sí acusaba la edad: líneas alrededor de los ojos, un cansancio suave en la boca. Nos hizo pasar como quien recibe a viejos amigos, nos ofreció agua fría y nos sentó en un sillón antes de decir nada del asunto.

—Voy a pedirles que no tomen esto como una carrera contra el reloj —dijo, cruzando las piernas en el sillón de enfrente—. La hora empieza cuando estemos los tres en la cama, no antes.

Habló poco. Que había hecho parejas alguna vez, no muchas. Que le llamaba la atención que fuéramos tan calladitos. Que si me sentía incómoda en cualquier momento parábamos, y que si él quería probar algo que no habíamos hablado, lo hablaba conmigo primero. Matías se quedó mirándola como un pibe en su primer día de clase. Yo le sostuve la mirada a Renata y le dije que estábamos bien.

Nos hizo pasar al dormitorio. Cama de dos plazas, luz baja, una mesa de luz con preservativos y toallitas. Sin música, sin velas, sin puesta en escena barata. Renata se sacó la camisola sin ceremonia, dejó ver dos tetas grandes con aureolas oscuras, y le dijo a Matías que se sentara al costado de la cama. Que empezáramos nosotras.

Me sacó la remera despacio. Me besó el cuello con los labios apenas abiertos, más como una prueba que como un ataque. Cuando le devolví el beso en la boca me tomó de la nuca y me apretó contra ella, y sentí el gusto a menta y algo de café, y las tetas grandes chocando contra las mías. Yo no había besado a otra mujer nunca. Me temblaban un poco las manos cuando le levanté las tetas y le pasé la lengua por un pezón. Estaba duro antes de que llegara.

—Chupámela bien —me dijo bajito, y me agarró la cabeza con las dos manos.

Matías, sentado al borde, ya se había sacado el pantalón y tenía la pija afuera. Se la agarraba entera con la mano derecha y se la corría despacio, mirándonos con la boca entreabierta. Lo miré una vez, lo justo para verle la cara de idiota calentísimo, y después no lo miré más por un buen rato.

Renata me acostó de espaldas y me sacó el jean, la bombacha verde con puntilla que había elegido a último momento pensando que iba a ser una noche cualquiera. Me abrió las piernas con las dos manos y se me tiró encima de la concha como si tuviera hambre. La lengua le sabía a saliva propia, ancha, plana, subiendo y bajando desde la entrada hasta el clítoris sin apuro. Me lamió con paciencia. Me lamió como si le pagaran por eso, que era literal, pero al segundo minuto ya no parecía un trabajo. Me clavó dos dedos y los curvó, y yo agarré las sábanas con las dos manos y pegué un gemido tan largo que me sorprendió a mí misma.

Escuché a Matías gemir del otro lado, más bajo, como si no quisiera cortarme el momento. Levanté la cabeza y lo vi con la pija en la mano, roja, la punta brillante. Renata giró para mirarlo sin sacarme los dedos, y le hizo un gesto con la cabeza para que se acercara.

—Tomá —le dijo, alcanzándole un forro de la mesa de luz—. Ponete esto y clavámela por atrás.

Se puso en cuatro entre mis piernas, sin dejar de comerme. Matías se acomodó atrás, le pasó una mano por el culo redondo y le metió la pija de un envión. Renata gimió con la boca pegada a mi vulva y yo sentí la vibración subirme hasta el estómago. Cada vez que él le daba, ella me clavaba la lengua un poco más adentro, me apretaba el clítoris entre los labios, me chupaba con los cachetes hundidos. Miré a Matías por encima de la cabeza de Renata: la mandíbula apretada, los ojos entrecerrados, la mano fija en la cintura de ella. Le sonreí.

Me vine así, con la lengua de una mujer que no conocía adentro de la concha y con la mirada clavada en la cara de mi novio garchándosela. Se me escapó un grito que hacía tiempo no me salía, y Renata no aflojó. Me chupó hasta que le empujé la cabeza para que parara, con los muslos temblando.

***

—Ahora vos —dijo Matías, sacándosela despacio.

Se cambió el forro sin que ella se lo tuviera que recordar. Renata se recostó boca arriba, me hizo un gesto y yo entendí sola. Me subí a la cama en cuatro, con la cara sobre la pija de Matías, y empecé a chupársela mientras Renata me pasaba las manos por el culo y me abría con dos dedos. Sentí la lengua de ella entrar en mí desde atrás, corta, rápida, precisa. Matías me agarró del pelo y me metió la pija hasta atrás, gimiendo con los ojos cerrados.

Chupaba, me lamían por atrás, Matías se corría solo con sostenerme la nuca. Levanté la cara para respirar y bajé la mano entre las piernas de Renata. Estaba mojada, con los labios largos y colgantes como no había visto nunca en otra mujer. Le metí dos dedos y ella arqueó la espalda. Me pidió que la chupara.

Nos armamos el sesenta y nueve con ella arriba. Tenía el culo grande, firme para su edad, y me lo bajó despacio hasta que le tuve los labios de la concha sobre la boca. La lamí como pude, aprendiendo, imitando lo que ella me había hecho. Matías se subió a la cama detrás de ella y le clavó la pija de nuevo, y esta vez me quedó la cara a diez centímetros de la escena. Le veía los huevos moverse con cada embestida, le veía la pija saliendo y volviendo a entrar entera. Saqué la lengua y le pasé los huevos a Matías mientras la seguía cogiendo.

Escuché el grito. No un gemido. Un grito de pija que casi nunca le sacaba. Le pasé la lengua por el tronco, por lo que quedaba afuera cada vez que Renata subía, y él me buscó la cara con la mano y me apretó el pómulo.

—Amor —dijo, con la voz rota—, no aguanto más.

Renata se bajó despacio, giró y quedó al costado mío. Se pasó el dorso de la mano por la boca y se sonrió con la sonrisa cansada que tenía en la puerta. Matías se sacó el forro sin que nadie le dijera nada y se me tiró encima con la pija todavía dura. Yo le abrí las piernas y le pedí que me la clavara. Se lo habíamos prometido a la escena, pero él sabía que la última corrida era mía. Lo había dejado claro en el bar, con la cerveza en la mano, dos semanas antes.

Me penetró en misionero, hasta el fondo. Renata se quedó al costado, apoyada en un codo, mirándonos con una atención rara, casi tierna. Matías me embistió despacio primero, después más rápido, después con la fuerza de siempre. Le sentí temblar los brazos. Le sentí clavarme la pija hasta la última embestida y descargarse adentro con un gemido que me llenó la boca porque me estaba besando. Sentí el chorro caliente inundándome, la pija todavía adentro, empujando lo último.

Nos quedamos así un minuto largo, respirando encima del otro, con Renata al lado en silencio. Cuando abrí los ojos ella me estaba mirando con los suyos entrecerrados, y me pasó una mano por el pelo como si fuera una amiga vieja. No dijo nada. No hacía falta.

***

Nos duchamos los dos juntos en el baño del dormitorio, sin apuro. Nos pasamos el jabón por la espalda, nos reímos bajito, me apretó el culo contra el azulejo y me besó como cuando teníamos diecinueve. Renata nos esperó vestida en el living, tomando un mate solo, ya con los pies en el sillón. Nos abrazó a los dos en la puerta y le dio un beso rápido a cada uno. Me dijo que había disfrutado. Le creí.

En la calle todavía había luz. Fuimos caminando hasta el bar universitario donde solíamos ir a tomar, y pedimos dos cervezas en la barra. Matías me contó lo que le había gustado y lo que no, yo le conté lo mío. Le dije que la próxima quería probar chupársela las dos al mismo tiempo, que se nos había pasado por completo. Él me dijo que la próxima iba a elegirla él.

—Va a haber próxima —le confirmé, y le mordí el labio arriba de la barra.

La billetera nos quedó ochenta mil pesos más liviana. La cabeza, no sabría decir si más liviana o más pesada. Adentro, en el fondo, había una puerta que se había abierto y no se iba a cerrar del todo. Como bien nos había advertido Renata en el sillón, antes de empezar: uno siempre iba a querer más.

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Comentarios(5)

NachoDRiver

increible!!! uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo

Pauli_corrientes

Me quede con ganas de saber como siguio todo, espero que haya segunda parte

SaritaCordoba

Se siente que lo viviste de verdad. Ese detalle del inicio cuando abre la puerta y los mira... me imaginé la escena completa. Muy bien narrado

CristianHK

Muy morboso y bien escrito, me gusto mucho

LectorNocturno42

Llevaba tiempo buscando un relato de tríos con desarrollo, no solo acción. La tensión previa le da todo el valor. Felicitaciones, de verdad

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