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Relatos Ardientes

El camarero que subimos a nuestra habitación en Agadir

Nuestro primer viaje a Marruecos estaba siendo una revelación. Lejos de la rutina de Albacete, el aire del norte de África parecía habernos contagiado un deseo más salvaje, mucho más desinhibido del que traíamos puesto cada día. El resort de cinco estrellas a las afueras de Agadir donde nos alojábamos era un oasis de mármol blanco, palmeras y silencio caro, el escenario perfecto para llevar nuestra complicidad a un terreno que nunca habíamos pisado.

Aquella noche, después de una cena tranquila en el restaurante del hotel, decidimos no encerrarnos pronto. El vino blanco y la luz de las velas ya nos habían dejado en ese estado de alerta que tan bien conocemos, y el calor de la noche, cargado de salitre y de jazmín, nos pedía algo más que volver a la habitación a dormir.

Caminamos un buen rato por el paseo hasta dar con un local con encanto, un rincón donde el humo de las pipas de agua flotaba bajo unas lámparas de bronce. Nos sentamos en unos sofás bajos, rodeados de alfombras, dispuestos a tomar un té verde a la menta y compartir una cachimba. Fue entonces cuando apareció él.

El camarero, un joven marroquí llamado Karim, se acercó a nuestra mesa con una bandeja plateada. Era el prototipo de belleza del norte de África: moreno, de hombros anchos, con una mirada oscura y profunda que, por mucho que él intentara mantener la distancia profesional, se le iba sola hacia las curvas de Marisa, marcadas bajo su vestido ligero de seda. Cada vez que se inclinaba para servir o cambiar el carbón, sus ojos recorrían a mi mujer con un deseo contenido que yo capté al instante.

—¿Te has dado cuenta de cómo te mira el camarero, Marisa? —le susurré al oído mientras exhalaba el humo dulce de la pipa—. Le has gustado de verdad. Te apuesto lo que quieras a que ese chico daría cualquier cosa por estar contigo si pudiera.

Marisa soltó una risita y se acomodó en el sofá, dejando que el tirante del vestido le resbalara un poco, sabiéndose el centro de atención.

—Andrés, ¿ya estás otra vez con tus fantasías? —me respondió con ese tono juguetón que usa cuando empieza a entrar en el juego—. Siempre estás con lo mismo, no paras.

—Fíjate en la ocasión que se nos presenta, no me lo puedes negar —insistí, disfrutando de la tensión que crecía entre los dos—. Aquí no nos conoce nadie. Estoy convencido de que, si le proponemos que suba a la habitación cuando termine su turno, no va a decir que no.

A través del humo de la cachimba, nuestras miradas se cruzaron. Ya no era solo una charla de cama trasladada a un bar: era el principio de algo.

***

El juego pasó de los susurros a la acción. Cada vez que Karim se acercaba a reponer el carbón, Marisa le dedicaba una sonrisa más larga y dejaba que sus ojos bajaran de la cara a los hombros, midiéndolo sin disimulo. Yo, lejos de mostrarme celoso, asumí mi papel de marido cómplice y rompí la formalidad con bromas sobre lo mucho que nos estaba gustando el país y, sobre todo, su gente.

—Marruecos es un lugar muy agradable, Karim —le dije, mientras Marisa le rozaba el brazo al recoger su vaso—. Pero mi mujer dice que lo mejor de aquí es la hospitalidad de sus hombres. Que tenéis algo especial. ¿Es verdad?

Karim, que hasta entonces había mantenido una compostura impecable, se tensó. Las mejillas se le oscurecieron bajo el bronceado y una sonrisa nerviosa, cargada de intención, le asomó a los labios. Miró a Marisa, que lo observaba con un hambre que no dejaba lugar a dudas, y después me miró a mí, buscando el permiso que mi actitud relajada le estaba concediendo.

—Las mujeres españolas también son muy especiales —respondió, con una voz que había perdido toda la profesionalidad—. Y muy guapas.

—Tan guapas que a veces nos aburrimos de estar solos los dos en la habitación —remató Marisa, inclinándose hacia delante para que el escote del vestido le ofreciera una vista privilegiada—. A veces buscamos amigos que quieran enseñarnos los secretos de la ciudad. Secretos que no salen en las guías.

El mensaje fue un impacto directo. Karim tragó saliva mirando alternativamente nuestras sonrisas. El morbo de saberse deseado por una pareja de turistas en su propia tierra lo tenía hipnotizado.

—¿A qué hora terminas? —pregunté con total naturalidad, como quien pregunta por el camino de vuelta.

—A las doce cerramos —balbuceó, sin poder apartar los ojos de los labios de mi mujer.

—Pues si te apetece, cuando salgas. Estamos en la habitación trescientos dieciocho del resort de ahí enfrente —sentencié, dejando una propina generosa sobre la mesa—. Si quieres tomar un té con nosotros y contarnos qué merece la pena ver por aquí, sube a buscarnos. No hará falta que llames muy fuerte. Te esperamos, si te decides.

Nos levantamos con calma. Marisa pasó a su lado rozándole la cadera con la suya, dejándole el rastro de su perfume y una promesa que lo tendría contando los minutos hasta la medianoche. De camino al hotel, sentí cómo los nervios y la excitación nos invadían a los dos por igual.

***

Llegamos a la habitación temblando de pura anticipación. Encendimos unas lámparas tenues que bañaron el mármol con una luz cálida y ambarina, y abrimos el ventanal de la terraza para que la brisa del Atlántico moviera las cortinas y dibujara sombras en las paredes. Marisa se quitó las sandalias y se sirvió una copa de vino mientras yo me desabrochaba la camisa.

—Va a venir, Andrés —me susurró, acercándose para darme un beso que sabía a té de menta—. He visto cómo le temblaban las manos cuando le has dicho el número.

A las doce y media, un golpeteo suave rompió el silencio. Nos miramos con una sonrisa nerviosa. Fui yo quien abrió. Allí estaba Karim, todavía con parte del uniforme del bar, pero con la mirada transformada: ya no era el camarero servicial, sino un chico que venía a reclamar la invitación de dos extraños que lo habían vuelto loco.

—Pasa, Karim. Me alegra ver que eres un hombre de palabra —le dije, invitándolo a entrar con un gesto.

Entró con cautela, deslumbrado por la habitación y, sobre todo, por Marisa, que lo esperaba recostada en el borde de la cama con el vestido ligeramente subido. Karim se quedó de pie en mitad del cuarto, su piel oscura en contraste con la blancura de las sábanas. Estaba tan nervioso como nosotros, pero el bulto de su pantalón dejaba claro que no había subido a hablar de turismo.

—Vaya, Karim, parece que tenías muchas ganas de enseñarnos esos secretos —dijo Marisa con voz aterciopelada, levantándose y caminando hacia él.

Se detuvo a un palmo de su pecho y empezó a desabotonarle la camisa con una lentitud deliberada. Yo me coloqué detrás de ella, con las manos en sus caderas, observando por encima de su hombro cómo el pecho del chico subía y bajaba con la respiración agitada.

—Tranquilo —le susurré al oído mientras Marisa liberaba el primer botón—. Aquí todo queda entre nosotros. Quiero ver de qué eres capaz, y quiero estar cerca para no perderme un solo detalle.

Karim pareció relajarse al entender que mi presencia no era un obstáculo. Sus manos, grandes y de dedos largos, por fin se atrevieron a tocar la cintura de Marisa con una firmeza que nos arrancó un gemido a los dos.

***

Marisa no perdió el tiempo. Terminó de abrirle la camisa, dejó al descubierto un pecho firme y bronceado, casi sin vello, y recorrió sus músculos con las uñas mientras yo me quedaba a su lado, disfrutando de verla saborear el momento.

—Mira qué piel tiene, Andrés —murmuró sin apartar los ojos del chico—. Es como la seda, pero dura. Y este color me vuelve loca.

Karim respiraba con dificultad, la cabeza echada hacia atrás, dejándola hacer. Cuando ella le bajó las manos hasta el cinturón, el silencio se volvió denso, roto solo por el sonido de la cremallera. En cuanto el pantalón cayó al suelo, la sorpresa nos golpeó a los dos.

—Joder, Andrés —exclamó Marisa, paralizada un segundo—. Mira lo que tiene este chaval. Es enorme, y además perfecta, bien proporcionada.

Se arrodilló frente a él y me miró con un brillo en los ojos que nunca le había visto con tanta intensidad.

—Me encanta saber que esto va a entrar en mí, Andrés —me dijo con una voz que me hizo vibrar.

Puse una mano en su nuca y la empujé suavemente hacia delante mientras con la otra sujetaba el hombro de Karim. El contraste de la piel blanca de mi mujer con la oscuridad del chico era una imagen que se me quedó grabada a fuego.

—No esperes más, cariño —le dije, sintiendo cómo mi propia excitación llegaba al límite—. Pruébalo, mientras yo te preparo a ti.

Karim soltó un gruñido grave cuando Marisa lo rodeó con los labios y empezó a lamerlo con ganas. Lo empujó despacio hacia atrás hasta tumbarlo sobre las sábanas, se colocó entre sus piernas y se empleó a fondo, usando las manos para acompañar lo que la boca no abarcaba. El chico, que seguramente jamás había imaginado una escena así, empezó a perder el control; sus dedos se hundían en la cama y las caderas le daban pequeños saltos involuntarios.

—Mira cómo se le pone, Andrés —jadeaba ella entre succión y succión, con los ojos encendidos al sentir que tenía el control total—. Le va a explotar.

Yo le acariciaba el pelo y le hablaba a Karim en voz baja, espoleándolo. El chico no aguantó más: soltó un grito ronco, una frase en árabe que no entendimos pero que sonó a pura gloria, y su cuerpo se tensó como un arco. Marisa no se apartó. Lo agarró de los muslos para recibir cada chorro y no perderse el final de la descarga.

—Cuánta sale, Andrés —balbuceó, intentando tragar y saborear a la vez.

Cuando Karim acabó, vacío y temblando, ella se incorporó y me miró con la cara iluminada por el deseo, pasándose la lengua por los labios.

***

—Tienes que probar esto, Andrés —me susurró con la voz melosa, todavía de rodillas—. Tienes que notar lo caliente que sale, y lo mucho que es.

Sin esperar respuesta, se abalanzó sobre mí. Me rodeó el cuello con los brazos y me plantó un beso profundo, largo, de esos que dejan sin aire. Sentí de inmediato el sabor cálido del otro pasando de su boca a la mía. Era una transgresión absoluta: estábamos fundiendo nuestra intimidad con la de un extraño en mitad de Marruecos, y ese sabor era el sello de nuestra libertad.

Mientras nos besábamos, sus manos bajaron hasta mi pantalón. Me liberó con urgencia y, sin perder un segundo, agachó la cabeza para envolverme.

—Ahora te toca a ti —jadeó antes de empezar con una entrega salvaje.

La sensación era indescriptible. Karim, desde el fondo de la cama, se incorporó sobre los codos, hipnotizado al ver cómo mi mujer me devoraba. Sus ojos oscuros estaban muy abiertos; nunca habría imaginado que su parte de la noche serviría para encendernos todavía más a nosotros.

—Fíjate cómo nos mira —susurró Marisa, deteniéndose un instante—. Está flipando. No sabe que esto es lo que más nos une. Venga, ponte duro, que quiero lo tuyo ahora.

***

Con un movimiento firme, la coloqué en el centro del colchón, a cuatro patas, en esa postura que tanto nos gusta. Karim, sentado a un lado, no podía apartar la vista, fascinado por la naturalidad con la que actuábamos.

—Mira cómo me tienes por vuestra culpa —gemía ella, hundiendo la cara en la almohada y manteniendo el culo en alto.

Me apoyé en sus caderas y me hundí en ella de un solo empujón. Marisa soltó un grito de puro gozo. Cada embestida era un acto de posesión y, al mismo tiempo, de celebración compartida. Yo miraba a Karim, que seguía observando cómo el marido de la mujer a la que acababa de conocer la reclamaba ahora con todo el cuerpo.

—Dile, Andrés, dile a este chaval lo que se siente —jadeaba Marisa, moviendo las caderas al ritmo de mis estocadas, dueña del centro de aquel universo que habíamos creado en la trescientos dieciocho.

Karim no pudo contenerse más ante la visión. Su respiración era un silbido ronco.

—¿Puedo? ¿Puedo yo también? —balbuceó con una urgencia que me hizo sonreír.

Me detuve un segundo. Miré a Marisa; ella giró la cara hacia atrás, con el pelo revuelto, y asintió frenéticamente.

—Sí, Andrés, deja que él también —pidió.

Me retiré y me tumbé sobre la cama, justo bajo la curvatura de sus muslos, para tener un primer plano absoluto de lo que iba a pasar. Desde mi posición la vista era espectacular. Karim se colocó tras ella, le agarró las caderas y, guiado por puro instinto, entró de un solo golpe.

—¡Dios! —bramó Marisa, arqueando la espalda.

A pocos centímetros, yo veía cómo la piel oscura del chico desaparecía y volvía a aparecer dentro de mi mujer. El contraste era brutal, una imagen que superaba cualquier fantasía que hubiéramos compartido en voz alta. Karim impuso enseguida un ritmo que hacía crujir la cama contra la pared, y yo, desde abajo, no podía dejar de mirar, celebrando para mis adentros que aquella mujer tan deseada, montada por un extraño en Marruecos, era y sería siempre mía.

***

En un alarde de control, Marisa decidió cambiar de postura. Se separó de él y se giró hacia mí; en un segundo la tuve a horcajadas, dejándose caer con fuerza sobre mi sexo. Su interior ardía por la fricción que el chico acababa de provocar.

—Qué cachondo estás —jadeó, arqueándose mientras yo le agarraba los pechos.

Pero no tenía suficiente. Con la respiración entrecortada, estiró una mano hacia atrás y buscó a Karim, que seguía de pie al borde de la cama, al límite y sin saber qué hacer.

—Karim, ven aquí, no te quedes ahí parado —le ordenó con una voz que no admitía réplica—. Ponte detrás de mí.

El chico se acercó, hipnotizado. Marisa, sin dejar de moverse sobre mí, se inclinó hacia delante y le ofreció el trasero de nuevo, esta vez sin sacarme a mí.

—Inténtalo tú también —le pidió, mirándome con una expresión de locura erótica—. Estoy tan abierta que seguro que cabéis los dos. Quiero sentiros a la vez.

La sujeté por la cintura para darle estabilidad mientras Karim, con las manos temblando, apoyaba la punta justo en la entrada, donde mi propio cuerpo ya ocupaba sitio. El contraste de colores, los dos unidos a un palmo de mi cara, superaba cualquier cosa que hubiéramos imaginado.

—Empuja despacio —le pedí.

Marisa, con la cara hundida en mi pecho y las uñas clavadas en mis hombros, gritaba mientras lo sentía forzar la entrada poco a poco, compartiendo el espacio conmigo.

—Me corro, Andrés, no puedo más —chilló, y su cuerpo entró en una convulsión salvaje.

El orgasmo la sacudió con una fuerza increíble. Sus músculos se relajaron de golpe, empapando todo, y Karim aprovechó ese instante para empujar con decisión. Sentí una presión brutal, un llenado que parecía irreal. Estábamos los dos dentro de ella, apretados el uno contra el otro, mientras ella encadenaba un orgasmo tras otro, completamente ida.

—Las dos a la vez —gritaba con una voz que ya no era del todo suya—. ¿Lo notas, Andrés?

Karim empezó a entrar y salir con un ritmo corto pero potente, cada movimiento una fricción doble que la hacía retorcerse sobre mí. Yo la sujetaba con fuerza, notando cómo nos apresaba a los dos. En el cuarto solo se oían los gruñidos del chico y los gritos apagados de mi mujer en mitad de la noche.

***

La tensión acumulada nos llevó a un punto de no retorno. Karim fue el primero en rendirse: su cuerpo se puso rígido y soltó un rugido que pareció retumbar en todo el pasillo. Noté perfectamente cómo se vaciaba.

—Siente cómo me llena —gritó Marisa, con los ojos encendidos.

El calor ajeno, mezclado con el morbo de ver a mi mujer entregada a un extraño, fue el detonante final.

—Yo también, Marisa —dije, casi perdiendo el conocimiento de puro gusto.

Me hundí hasta el fondo y solté toda mi carga con una fuerza que me dejó sin aire. Karim, todavía espasmódico, no se retiró; se quedó allí, junto a mí, permitiéndome disfrutar de esa sensación de plenitud compartida. Marisa se desplomó sobre mi pecho, agotada, temblando por la descarga doble. El silencio que siguió solo lo rompían nuestras respiraciones y el rumor del mar que entraba por la terraza.

Poco a poco, Karim recuperó el aliento. Se retiró con una lentitud casi reverencial, todavía asombrado por lo que acababa de vivir, y se vistió en silencio. Antes de marcharse intercambiamos una mirada de gratitud y respeto que iba mucho más allá de lo que cualquier guía turística podría explicar. Tras un breve adiós, salió de la habitación y se perdió en el pasillo.

Marisa seguía sobre mí, con la mirada perdida en el techo y una sonrisa de satisfacción que iluminaba la penumbra. Aquella noche, en la trescientos dieciocho, no habíamos tenido solo sexo: habíamos llevado nuestra complicidad a una dimensión que únicamente nosotros dos podíamos comprender.

***

La luz del Atlántico se filtró por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre la cama. El primero en despertar fui yo. El silencio de la mañana solo se rompía con el rumor lejano de las olas y el canto de algún pájaro en los jardines del hotel. Al girarme, vi a Marisa todavía dormida, con el rostro relajado y una media sonrisa que delataba la noche anterior.

Abrió los ojos despacio y tardó solo un segundo en recordar dónde estábamos.

—Buenos días, churri —murmuró con la voz ronca de tanto gritar—. Me duele todo el cuerpo, pero es un dolor que me encanta. Es como si todavía lo notara dentro.

Me reí y la besé. Bajamos a desayunar a la terraza, frente al mar, rodeados de turistas que tomaban su café con total normalidad mientras nosotros compartíamos un secreto que nos hacía sentir cómplices. Cada vez que un camarero se acercaba con la fruta o el zumo, Marisa me miraba de reojo, con esa chispa en los ojos, preguntándome sin palabras si aquel también tendría algo que enseñarnos.

Mientras dábamos el último sorbo al café, me cogió la mano por debajo de la mesa.

—Andrés, ¿a dónde vamos a ir el año que viene? Porque, después de esto, ya no quiero viajes aburridos.

—Podríamos volver a Marruecos —le dije—, pero alojarnos en Esauira o en Marrakech.

—Ya lo pensaremos —respondió, esbozando una sonrisa pícara—. Aunque tampoco me importaría repetir aquí.

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Comentarios (4)

JorgeCordobes

Que relato mas morbosooo!!! me encanto de principio a fin

ViajeroCba

jajajaja uff, que viaje ese. Y el tipo acepto asi de facil?? la suerte que tienen algunos

BellaLectora

Me recordo a un viaje con mi pareja donde tambien pasaron cosas... no tan extremas pero parecidas jeje. Muy bien contado

PatricioNight

Bien escrito, se siente el morbo de la situacion sin ser ordinario. Sigan subiendo relatos asi

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