El camarero que subimos a nuestra habitación en Agadir
Nuestro primer viaje a Marruecos estaba siendo una revelación. Lejos de la rutina de Albacete, el aire del norte de África parecía habernos contagiado un deseo más salvaje, mucho más desinhibido del que traíamos puesto cada día. El resort de cinco estrellas a las afueras de Agadir donde nos alojábamos era un oasis de mármol blanco, palmeras y silencio caro, el escenario perfecto para llevar nuestra complicidad a un terreno que nunca habíamos pisado.
Aquella noche, después de una cena tranquila en el restaurante del hotel, decidimos no encerrarnos pronto. El vino blanco y la luz de las velas ya nos habían dejado en ese estado de alerta que tan bien conocemos, y el calor de la noche, cargado de salitre y de jazmín, nos pedía algo más que volver a la habitación a dormir.
Caminamos un buen rato por el paseo hasta dar con un local con encanto, un rincón donde el humo de las pipas de agua flotaba bajo unas lámparas de bronce. Nos sentamos en unos sofás bajos, rodeados de alfombras, dispuestos a tomar un té verde a la menta y compartir una cachimba. Fue entonces cuando apareció él.
El camarero, un joven marroquí llamado Karim, se acercó a nuestra mesa con una bandeja plateada. Era el prototipo de belleza del norte de África: moreno, de hombros anchos, con una mirada oscura y profunda que, por mucho que él intentara mantener la distancia profesional, se le iba sola hacia las curvas de Marisa, marcadas bajo su vestido ligero de seda. Cada vez que se inclinaba para servir o cambiar el carbón, sus ojos recorrían las tetas de mi mujer con un deseo contenido que yo capté al instante, y adivinaba en su pantalón el bulto de una polla que se le empezaba a marcar.
—¿Te has dado cuenta de cómo te mira el camarero, Marisa? —le susurré al oído mientras exhalaba el humo dulce de la pipa—. Le has puesto la polla dura, se le nota debajo del pantalón. Te apuesto lo que quieras a que ese chaval daría cualquier cosa por follarte esta noche si le dejáramos.
Marisa soltó una risita y se acomodó en el sofá, dejando que el tirante del vestido le resbalara un poco, sabiéndose el centro de atención.
—Andrés, ¿ya estás otra vez con tus fantasías? —me respondió con ese tono juguetón que usa cuando empieza a entrar en el juego—. Siempre estás con lo mismo, no paras.
—Fíjate en la ocasión que se nos presenta, no me lo puedes negar —insistí, disfrutando de la tensión que crecía entre los dos—. Aquí no nos conoce nadie. Estoy convencido de que, si le proponemos que suba a la habitación cuando termine su turno, sube corriendo a metértela.
A través del humo de la cachimba, nuestras miradas se cruzaron. Ya no era solo una charla de cama trasladada a un bar: era el principio de algo.
***
El juego pasó de los susurros a la acción. Cada vez que Karim se acercaba a reponer el carbón, Marisa le dedicaba una sonrisa más larga y dejaba que sus ojos bajaran de la cara a los hombros, y de ahí a la entrepierna, midiéndolo sin disimulo. Yo, lejos de mostrarme celoso, asumí mi papel de marido cómplice y rompí la formalidad con bromas sobre lo mucho que nos estaba gustando el país y, sobre todo, su gente.
—Marruecos es un lugar muy agradable, Karim —le dije, mientras Marisa le rozaba el brazo al recoger su vaso—. Pero mi mujer dice que lo mejor de aquí es la hospitalidad de sus hombres. Que tenéis algo especial. ¿Es verdad?
Karim, que hasta entonces había mantenido una compostura impecable, se tensó. Las mejillas se le oscurecieron bajo el bronceado y una sonrisa nerviosa, cargada de intención, le asomó a los labios. Miró a Marisa, que lo observaba con un hambre que no dejaba lugar a dudas, y después me miró a mí, buscando el permiso que mi actitud relajada le estaba concediendo.
—Las mujeres españolas también son muy especiales —respondió, con una voz que había perdido toda la profesionalidad—. Y muy guapas.
—Tan guapas que a veces nos aburrimos de estar solos los dos en la habitación —remató Marisa, inclinándose hacia delante para que el escote del vestido le ofreciera una vista privilegiada de las tetas, sin sujetador, con los pezones marcándose bajo la seda—. A veces buscamos amigos que quieran enseñarnos los secretos de la ciudad. Secretos que no salen en las guías.
El mensaje fue un impacto directo. Karim tragó saliva mirando alternativamente nuestras sonrisas y el escote. El morbo de saberse deseado por una pareja de turistas en su propia tierra lo tenía hipnotizado, y el bulto entre sus piernas ya no había manera de disimularlo.
—¿A qué hora terminas? —pregunté con total naturalidad, como quien pregunta por el camino de vuelta.
—A las doce cerramos —balbuceó, sin poder apartar los ojos de los labios de mi mujer.
—Pues si te apetece, cuando salgas. Estamos en la habitación trescientos dieciocho del resort de ahí enfrente —sentencié, dejando una propina generosa sobre la mesa—. Si quieres tomar un té con nosotros y contarnos qué merece la pena ver por aquí, sube a buscarnos. No hará falta que llames muy fuerte. Te esperamos, si te decides.
Nos levantamos con calma. Marisa pasó a su lado rozándole la cadera con la suya y, con un descaro que me puso a mil, deslizó los dedos por el bulto de su pantalón, apretándoselo un segundo antes de seguir caminando. Le dejó el rastro de su perfume y una promesa que lo tendría contando los minutos hasta la medianoche. De camino al hotel, sentí cómo los nervios y la excitación nos invadían a los dos por igual, y mi propia polla iba tan tiesa que me costaba disimular al caminar.
***
Llegamos a la habitación temblando de pura anticipación. Encendimos unas lámparas tenues que bañaron el mármol con una luz cálida y ambarina, y abrimos el ventanal de la terraza para que la brisa del Atlántico moviera las cortinas y dibujara sombras en las paredes. Marisa se quitó las sandalias y se sirvió una copa de vino mientras yo me desabrochaba la camisa.
—Va a venir, Andrés —me susurró, acercándose para darme un beso que sabía a té de menta—. He visto cómo le temblaban las manos cuando le has dicho el número. Y la polla se la vi tan dura que me la comería ahora mismo.
Me metió la mano en el pantalón, sacó mi verga ya empalmada y me la trabajó despacio, sin dejar de besarme.
—Está mojándome ya solo de pensarlo —jadeó contra mi boca—. Tócame el coño, verás cómo lo tengo.
Le subí el vestido y le metí dos dedos entre los labios. Estaba empapada, resbaladiza, chorreando por la anticipación. Los saqué brillantes y se los pasé por la boca. Ella me chupó los dedos como si fueran una polla en miniatura, gimiendo.
A las doce y media, un golpeteo suave rompió el silencio. Nos miramos con una sonrisa nerviosa. Fui yo quien abrió. Allí estaba Karim, todavía con parte del uniforme del bar, pero con la mirada transformada: ya no era el camarero servicial, sino un chico que venía a reclamar la invitación de dos extraños que lo habían vuelto loco.
—Pasa, Karim. Me alegra ver que eres un hombre de palabra —le dije, invitándolo a entrar con un gesto.
Entró con cautela, deslumbrado por la habitación y, sobre todo, por Marisa, que lo esperaba recostada en el borde de la cama con el vestido ligeramente subido, mostrando el interior de los muslos y una sombra oscura que dejaba ver que se había quitado las bragas. Karim se quedó de pie en mitad del cuarto, su piel oscura en contraste con la blancura de las sábanas. Estaba tan nervioso como nosotros, pero el bulto de su pantalón, tenso, empujando la tela, dejaba claro que no había subido a hablar de turismo.
—Vaya, Karim, parece que tenías muchas ganas de enseñarnos esos secretos —dijo Marisa con voz aterciopelada, levantándose y caminando hacia él—. Y por lo que veo, traes uno bien gordo entre las piernas.
Se detuvo a un palmo de su pecho y empezó a desabotonarle la camisa con una lentitud deliberada. Yo me coloqué detrás de ella, con las manos en sus caderas, subiéndole el vestido por detrás para dejarle el culo al aire y observando por encima de su hombro cómo el pecho del chico subía y bajaba con la respiración agitada.
—Tranquilo —le susurré al oído mientras Marisa liberaba el primer botón—. Aquí todo queda entre nosotros. Follátela como quieras, que a mi mujer le encanta la polla, y yo quiero verlo todo bien de cerca.
Karim pareció relajarse al entender que mi presencia no era un obstáculo. Sus manos, grandes y de dedos largos, por fin se atrevieron a tocar la cintura de Marisa con una firmeza que nos arrancó un gemido a los dos, y enseguida subieron a agarrarle las tetas por encima del vestido, apretándoselas con hambre.
***
Marisa no perdió el tiempo. Terminó de abrirle la camisa, dejó al descubierto un pecho firme y bronceado, casi sin vello, y recorrió sus músculos con las uñas mientras yo me quedaba a su lado, disfrutando de verla saborear el momento. Le bajé los tirantes del vestido y la seda cayó al suelo, dejándola desnuda de golpe. Karim soltó un jadeo al verle las tetas duras, con los pezones tiesos apuntándole, y el coño depilado brillando de lo mojado que estaba.
—Mira qué piel tiene, Andrés —murmuró sin apartar los ojos del chico—. Es como la seda, pero dura. Y este color me vuelve loca.
Karim le agarró una teta y agachó la cabeza para mamársela. Se metió el pezón en la boca y lo chupó con avidez, mordisqueándolo, mientras Marisa echaba la cabeza atrás y me miraba con los ojos vidriosos. Le tiraba del pelo para que le siguiera comiendo las tetas mientras con la otra mano le buscaba la entrepierna y le apretaba el bulto por encima del pantalón.
—Qué dura la tienes, cabrón —le susurró—. Enséñamela ya.
Cuando ella le bajó las manos hasta el cinturón, el silencio se volvió denso, roto solo por el sonido de la cremallera. En cuanto el pantalón cayó al suelo, la sorpresa nos golpeó a los dos. La polla del chico saltó tiesa hacia arriba, brutal, gruesa, coronada por un glande morado y goteando líquido preseminal por la punta.
—Joder, Andrés —exclamó Marisa, paralizada un segundo—. Mira qué polla tiene este chaval. Es enorme, y además perfecta, bien gorda por la base y con unos huevos que le cuelgan que no puedo con ellos.
Se arrodilló frente a él, la agarró con las dos manos y me miró con un brillo en los ojos que nunca le había visto con tanta intensidad. La levantó para verle los huevos y le pasó la lengua por debajo, desde el saco hasta el glande, en una lamida larga y babosa que hizo temblar al chico.
—Me encanta saber que esta polla va a entrar en mi coño, Andrés —me dijo con una voz que me hizo vibrar—. Y creo que también me la voy a meter por el culo. Quiero probarla entera.
Puse una mano en su nuca y la empujé suavemente hacia delante mientras con la otra sujetaba el hombro de Karim. El contraste de la piel blanca de mi mujer con la oscuridad del chico era una imagen que se me quedó grabada a fuego, y el nudo de su nuca cediendo bajo mi mano me la puso todavía más dura.
—No esperes más, cariño —le dije, sintiendo cómo mi propia excitación llegaba al límite—. Cómete esa polla entera, mientras yo te preparo el coño por detrás.
Karim soltó un gruñido grave cuando Marisa lo rodeó con los labios y se la tragó entera de una sola vez, hasta el fondo, hasta hacerse arcadas contra la base. Sacó la lengua y le lamió los huevos mientras tenía el glande hundido en la garganta, y luego empezó a mamársela con un ritmo salvaje, embistiéndole la boca de arriba abajo, dejando hilos de saliva que le caían por la barbilla hasta las tetas. Con las manos le acompañaba lo que la boca no abarcaba, retorciéndosela con las dos manos como quien ordeña, y de vez en cuando se sacaba la polla de la boca para escupirle encima y volver a tragársela más resbaladiza aún.
Yo me arrodillé detrás de ella, le abrí las nalgas y le hundí la lengua en el coño empapado. Marisa gimió con la polla del chico dentro de la boca, un sonido gutural que hizo temblar a Karim. La chupé de arriba abajo, de coño a ojete, mordisqueándole los labios, metiéndole la lengua hasta el fondo. Estaba tan mojada que le corría por el interior de los muslos.
—Está chorreando —le dije a Karim, subiendo la mirada—. Mira cómo se le pone el coño de tenerte la polla en la boca. Está deseando que se la metas.
Lo empujó despacio hacia atrás hasta tumbarlo sobre las sábanas, se colocó entre sus piernas y se empleó a fondo. El chico, que seguramente jamás había imaginado una escena así, empezó a perder el control; sus dedos se hundían en la cama y las caderas le daban pequeños saltos involuntarios, follándole la boca. Ella lo dejaba, se relajaba, y el glande le desaparecía dentro de la garganta una y otra vez.
—Mira cómo se le pone, Andrés —jadeaba ella entre succión y succión, con los ojos encendidos al sentir que tenía el control total—. Le va a explotar la polla en la boca.
Yo le acariciaba el pelo y le hablaba a Karim en voz baja, espoleándolo, diciéndole que se corriera en la boca de mi mujer, que le llenara la garganta, que no se cortara. El chico no aguantó más: soltó un grito ronco, una frase en árabe que no entendimos pero que sonó a pura gloria, y su cuerpo se tensó como un arco. Marisa no se apartó. Lo agarró de los muslos, le hundió la nariz contra el pubis y recibió el primer chorro en el fondo de la garganta. Luego sacó la polla un poco para que los siguientes latigazos de semen le llenaran la boca y le cayeran sobre la lengua, sobre los labios, sobre la barbilla.
—Cuánta sale, Andrés —balbuceó, con los mofletes hinchados de leche, intentando tragar y saborear a la vez—. No paro de tragar y no para de correrse.
Cuando Karim acabó, vacío y temblando, ella se incorporó y me miró con la cara iluminada por el deseo, con hilos de semen colgándole de la barbilla, pasándose la lengua por los labios y recogiendo lo que se le escapaba.
***
—Tienes que probar esto, Andrés —me susurró con la voz melosa, todavía de rodillas—. Tienes que notar lo caliente que sale, y lo mucho que es. Todavía tengo la boca llena.
Sin esperar respuesta, se abalanzó sobre mí. Me rodeó el cuello con los brazos y me plantó un beso profundo, largo, de esos que dejan sin aire. Sentí de inmediato el sabor cálido y salado del semen del otro pasando de su boca a la mía. Espesa, densa, todavía tibia. Nos la fuimos pasando de lengua a lengua, tragando cada uno una parte, mezclándola con nuestra saliva. Era una transgresión absoluta: estábamos fundiendo nuestra intimidad con la corrida de un extraño en mitad de Marruecos, y ese sabor era el sello de nuestra libertad.
Mientras nos besábamos, sus manos bajaron hasta mi pantalón. Me liberó con urgencia, sacó mi polla ya empalmada al máximo, y sin perder un segundo, agachó la cabeza para envolvérmela con la boca. Todavía tenía restos del semen del chico dentro, y me la untó bien mientras me la mamaba.
—Ahora te toca a ti —jadeó antes de empezar con una entrega salvaje.
Me chupaba la polla con la misma hambre con la que se había comido la de Karim, tragándomela hasta la base, ahogándose contra mis huevos, y cada vez que la sacaba, la punta le brillaba con una mezcla de saliva y semen ajeno. Me hundía la lengua bajo el glande, me lamía los huevos, me metía la polla por el carrillo y me miraba desde abajo con los ojos en blanco.
La sensación era indescriptible. Karim, desde el fondo de la cama, se incorporó sobre los codos, hipnotizado al ver cómo mi mujer me devoraba con la boca todavía manchada de su propia leche. Sus ojos oscuros estaban muy abiertos; nunca habría imaginado que su parte de la noche serviría para encendernos todavía más a nosotros, y su polla, que apenas se había desinflado, empezó otra vez a empinarse.
—Fíjate cómo nos mira —susurró Marisa, deteniéndose un instante y masturbándome con la mano—. Está flipando. No sabe que esto es lo que más nos une. Y mira, ya se le está volviendo a poner dura. Venga, ponte bien empalmado, que quiero que me folles ahora tú, y luego que me folle otra vez él.
***
Con un movimiento firme, la coloqué en el centro del colchón, a cuatro patas, en esa postura que tanto nos gusta. Le abrí las nalgas con las dos manos y le mostré el coño abierto y goteando a Karim, que sentado a un lado no podía apartar la vista, fascinado por la naturalidad con la que actuábamos.
—Mira qué coño tiene mi mujer —le dije—. Míralo bien, porque en un rato te lo vas a follar tú también.
—Mira cómo me tienes por vuestra culpa —gemía ella, hundiendo la cara en la almohada y manteniendo el culo en alto—. Métemela ya, Andrés, no puedo más.
Me apoyé en sus caderas, dirigí la punta a su entrada y me hundí en ella de un solo empujón, hasta los huevos. Marisa soltó un grito de puro gozo que se ahogó en la almohada. Estaba tan mojada, tan abierta y caliente por lo que habíamos hecho, que se la metí de golpe sin ningún esfuerzo. Empecé a follármela con embestidas fuertes, agarrándola de las caderas, tirando de ella hacia mí en cada arremetida. El culo le rebotaba contra mi pubis con un sonido húmedo que llenaba la habitación.
Cada embestida era un acto de posesión y, al mismo tiempo, de celebración compartida. Yo miraba a Karim, que se había puesto a masturbarse despacio mientras veía cómo el marido de la mujer a la que acababa de correrse en la boca la reclamaba ahora con todo el cuerpo. Le di un cachete en el culo a Marisa, luego otro, hasta dejarle la nalga marcada de rojo, y ella empujaba hacia atrás pidiendo más.
—Dile, Andrés, dile a este chaval lo que se siente al follarme —jadeaba Marisa, moviendo las caderas al ritmo de mis estocadas, dueña del centro de aquel universo que habíamos creado en la trescientos dieciocho—. Cuéntale lo apretado que tengo el coño.
—Tiene el coño ardiendo, Karim —le dije, sin dejar de embestirla—. Cierra como un puño. Vas a flipar cuando te la folles tú.
Karim no pudo contenerse más ante la visión. Su respiración era un silbido ronco, y su polla estaba otra vez tiesa, brillando en su mano.
—¿Puedo? ¿Puedo yo también? —balbuceó con una urgencia que me hizo sonreír.
Me detuve un segundo, con la polla todavía enterrada hasta el fondo. Miré a Marisa; ella giró la cara hacia atrás, con el pelo revuelto, la boca abierta, y asintió frenéticamente.
—Sí, Andrés, deja que él también me la meta. Quiero esa polla gorda dentro.
Me retiré, la polla saliéndome brillante de sus jugos, y me tumbé sobre la cama, justo bajo la curvatura de sus muslos, para tener un primer plano absoluto de lo que iba a pasar. Desde mi posición la vista era espectacular: el coño abierto y palpitante de mi mujer a un palmo de mi cara, todavía dilatado por mi polla, esperando la del extraño. Karim se colocó tras ella, se agarró la verga con la mano, se la restregó por los labios del coño, arriba y abajo, empapándola, y guiado por puro instinto, entró de un solo golpe.
—¡Dios! —bramó Marisa, arqueando la espalda—. Qué gorda la tiene, qué gorda, cabrón.
A pocos centímetros, yo veía cómo la piel oscura del chico desaparecía y volvía a aparecer dentro de mi mujer. El glande morado se metía entero, luego la mitad del tronco, luego hasta la base, hasta que sus huevos oscuros le golpeaban el clítoris con cada arremetida. El contraste era brutal, una imagen que superaba cualquier fantasía que hubiéramos compartido en voz alta. Los labios del coño se le agarraban a la polla y salían con ella hacia fuera, luego se hundían con ella hacia dentro. Karim impuso enseguida un ritmo que hacía crujir la cama contra la pared, y yo, desde abajo, no podía dejar de mirar, celebrando para mis adentros que aquella mujer tan deseada, montada por un extraño en Marruecos con una polla que la doblaba en grosor, era y sería siempre mía.
Le saqué la lengua y se la pasé por el clítoris mientras el chico entraba y salía, lamiendo también la polla que la penetraba. Karim gimió al notar mi lengua rozándole el tronco, y Marisa se puso a chillar cuando le empecé a chupar el capullo con el chico dentro.
—Me vais a matar, joder, me vais a matar —gritaba.
***
En un alarde de control, Marisa decidió cambiar de postura. Se separó de él, con la polla del chico saliéndole con un sonido húmedo, y se giró hacia mí; en un segundo la tuve a horcajadas, dejándose caer con fuerza sobre mi verga. Se empaló entera de golpe, con un gemido ronco, y empezó a cabalgarme con las manos apoyadas en mi pecho. Su interior ardía por la fricción que el chico acababa de provocar, y estaba tan resbaladizo por su preseminal y por sus propios jugos que le entraba y salía con una facilidad obscena.
—Qué cachondo estás —jadeó, arqueándose mientras yo le agarraba las tetas y le pellizcaba los pezones.
Le puse un dedo en la boca, ella me lo chupó bien mojado, y se lo bajé hasta el ojete. Se lo hundí despacio, hasta el nudillo. Marisa soltó un aullido y empezó a moverse todavía más rápido, follándose mi polla y mi dedo a la vez.
Pero no tenía suficiente. Con la respiración entrecortada, estiró una mano hacia atrás y buscó a Karim, que seguía de pie al borde de la cama, con la polla en la mano, al límite y sin saber qué hacer.
—Karim, ven aquí, no te quedes ahí parado —le ordenó con una voz que no admitía réplica—. Ponte detrás de mí y métemela por el culo.
El chico se acercó, hipnotizado. Marisa, sin dejar de moverse sobre mí, se inclinó hacia delante y le ofreció el trasero de nuevo, esta vez sin sacarme a mí, con mi dedo todavía dentro del ojete abriéndoselo.
—Inténtalo tú también —le pidió, mirándome con una expresión de locura erótica—. Métemela por el culo, o si prefieres, mételo en el coño conmigo. Estoy tan abierta que seguro que cabéis los dos. Quiero sentiros a la vez.
La sujeté por la cintura para darle estabilidad mientras Karim, con las manos temblando, escupió sobre la polla y la restregó primero contra su ojete, tanteando. Empujó despacio, y el músculo del culo se le abrió resistiéndose. Marisa apretó los dientes.
—No, así no todavía, es demasiado gorda para el culo de golpe —jadeó—. Métela en el coño conmigo, junto con la de Andrés. Quiero notaros a los dos ahí dentro.
Karim bajó la polla y apoyó la punta justo en la entrada, donde mi propio cuerpo ya ocupaba sitio. El contraste de colores, los dos glandes juntos empujando a la vez la entrada del mismo coño a un palmo de mi cara, superaba cualquier cosa que hubiéramos imaginado.
—Empuja despacio —le pedí.
Marisa, con la cara hundida en mi pecho y las uñas clavadas en mis hombros, gritaba mientras lo sentía forzar la entrada poco a poco, compartiendo el espacio conmigo. El glande del chico se metió primero, luego un dedo de tronco, y sentí mi polla aplastada contra la suya dentro del coño de mi mujer, apretados el uno contra el otro, separados solo por la pared de carne caliente que nos abrazaba a los dos.
—Me corro, Andrés, no puedo más —chilló, y su cuerpo entró en una convulsión salvaje.
El orgasmo la sacudió con una fuerza increíble. Los músculos del coño se le contrajeron alrededor de las dos pollas apresándonos hasta hacernos daño, luego se relajaron de golpe, empapándonos con un chorro de flujo caliente que nos mojó los huevos y las ingles. Karim aprovechó ese instante para empujar con decisión y terminó de meterse hasta el fondo. Sentí una presión brutal, un llenado que parecía irreal. Estábamos los dos dentro de ella, apretados el uno contra el otro, notando cada uno el tronco del otro palpitar a un centímetro, mientras ella encadenaba un orgasmo tras otro, completamente ida.
—Las dos pollas a la vez —gritaba con una voz que ya no era del todo suya—. ¿Lo notas, Andrés? ¿Notas su polla contra la tuya, cabrón? Me la estáis destrozando entre los dos.
Karim empezó a entrar y salir con un ritmo corto pero potente, cada movimiento una fricción doble que le raspaba a mi polla el tronco entero y la hacía retorcerse sobre mí. Yo también empujaba desde abajo, y las dos pollas se rozaban dentro con cada embestida, cabalgándose la una a la otra bajo la piel de mi mujer. Yo la sujetaba con fuerza, notando cómo nos apresaba a los dos. En el cuarto solo se oían los gruñidos del chico, los chapoteos de sus flujos escurriéndose entre las tres pieles, y los gritos apagados de mi mujer en mitad de la noche.
—Sí, sí, así, más fuerte —aullaba—. Reventadme el coño entre los dos, hijos de puta, más fuerte.
***
La tensión acumulada nos llevó a un punto de no retorno. Karim fue el primero en rendirse: su cuerpo se puso rígido, agarró con fuerza las caderas de Marisa y soltó un rugido que pareció retumbar en todo el pasillo. Noté perfectamente cómo se vaciaba dentro, cómo su polla latía contra la mía descargando chorro tras chorro de semen caliente, inundando el coño de mi mujer, mojándome también a mí por dentro.
—Siente cómo me llena, Andrés —gritó Marisa, con los ojos encendidos—. Se está corriendo dentro de mí, joder, cuánta leche está echando.
El calor ajeno bañándome la polla, mezclado con el morbo de ver a mi mujer entregada a un extraño y de notar el semen del otro empapando mi propia verga dentro de su coño, fue el detonante final.
—Yo también, Marisa —dije, casi perdiendo el conocimiento de puro gusto.
Me hundí hasta el fondo, aplastando mis huevos contra los suyos, y solté toda mi carga con una fuerza que me dejó sin aire. Sentía mi propia leche mezclándose con la de Karim ahí dentro, formando una mezcla espesa y caliente que empezó a rebosar por los bordes del coño, escurriéndosele por los labios y goteándonos entre los muslos. Karim, todavía espasmódico, no se retiró; se quedó allí, junto a mí, permitiéndome disfrutar de esa sensación de plenitud compartida, con nuestras dos pollas todavía chorreando dentro del mismo agujero.
Marisa se desplomó sobre mi pecho, agotada, temblando por la descarga doble. Cuando Karim por fin sacó la polla, un chorro espeso de semen mezclado, blanco y abundante, salió disparado detrás y le corrió por el interior de los muslos hasta empapar las sábanas. Yo salí despacio y otro pequeño río de leche se derramó sobre mis huevos. Ella se giró un poco, metió la mano entre sus piernas, recogió un buen pegote de la mezcla con dos dedos y se lo llevó a la boca, chupándoselos con los ojos cerrados.
—Está buenísimo —murmuró—. Sabéis los dos igual de bien.
El silencio que siguió solo lo rompían nuestras respiraciones y el rumor del mar que entraba por la terraza.
Poco a poco, Karim recuperó el aliento. Se retiró con una lentitud casi reverencial, todavía asombrado por lo que acababa de vivir, y se vistió en silencio. Antes de marcharse intercambiamos una mirada de gratitud y respeto que iba mucho más allá de lo que cualquier guía turística podría explicar. Tras un breve adiós, salió de la habitación y se perdió en el pasillo.
Marisa seguía sobre mí, con la mirada perdida en el techo y una sonrisa de satisfacción que iluminaba la penumbra, el coño todavía chorreando la mezcla de los dos sobre mi muslo. Aquella noche, en la trescientos dieciocho, no habíamos tenido solo sexo: habíamos llevado nuestra complicidad a una dimensión que únicamente nosotros dos podíamos comprender.
***
La luz del Atlántico se filtró por las rendijas de la persiana, dibujando líneas doradas sobre la cama. El primero en despertar fui yo. El silencio de la mañana solo se rompía con el rumor lejano de las olas y el canto de algún pájaro en los jardines del hotel. Al girarme, vi a Marisa todavía dormida, con el rostro relajado y una media sonrisa que delataba la noche anterior, y una mancha seca de semen en el interior del muslo que ninguno de los dos habíamos limpiado antes de caer rendidos.
Abrió los ojos despacio y tardó solo un segundo en recordar dónde estábamos.
—Buenos días, churri —murmuró con la voz ronca de tanto gritar—. Me duele todo el cuerpo, tengo el coño destrozado, pero es un dolor que me encanta. Es como si todavía los notara a los dos dentro.
Me reí y la besé. Bajamos a desayunar a la terraza, frente al mar, rodeados de turistas que tomaban su café con total normalidad mientras nosotros compartíamos un secreto que nos hacía sentir cómplices. Cada vez que un camarero se acercaba con la fruta o el zumo, Marisa me miraba de reojo, con esa chispa en los ojos, preguntándome sin palabras si aquel también tendría una buena polla que enseñarnos.
Mientras dábamos el último sorbo al café, me cogió la mano por debajo de la mesa y me la llevó entre sus muslos, bajo el vestido, para que le notara el coño todavía hinchado y húmedo.
—Andrés, ¿a dónde vamos a ir el año que viene? Porque, después de esto, ya no quiero viajes aburridos.
—Podríamos volver a Marruecos —le dije—, pero alojarnos en Esauira o en Marrakech.
—Ya lo pensaremos —respondió, esbozando una sonrisa pícara—. Aunque tampoco me importaría repetir aquí. Y esta vez, buscamos a dos.





