Mi mujer me confesó la fantasía que escondía hace años
Mi mujer se llama Marisa y acaba de cumplir cincuenta y uno. Yo soy Gabriel, tengo cincuenta y cuatro, y llevamos casi media vida juntos en una casa pequeña frente al mar, en la costa de Cullera, a un paso del centro pero con el rumor de las olas siempre de fondo. Cuento esto porque todavía me cuesta creer hasta dónde llegamos partiendo de una simple cena de verano.
Todo empezó la noche de la cena de la peña, esa que organizamos cada julio cuando arrancan las fiestas del pueblo. Comimos demasiado, bebimos un poco más de la cuenta y, a los postres, me quedé enganchado en una conversación con Rubén, uno de los más jóvenes del grupo. Tiene veintiocho años, trabaja de informático y sale con una chica encantadora que se llama Noelia.
Yo soy un negado para todo lo que tenga teclas, así que aproveché para preguntarle un par de dudas sobre el ordenador. De ahí, como pasa siempre cuando corre el vino, derivamos al sexo. Entre risas, Rubén me comentó que había descubierto una página en internet con cientos de relatos eróticos. Me la apuntó en una servilleta, me la guardé en el bolsillo y la cosa quedó ahí, o eso creí yo.
Cuando volví a casa, Marisa ya dormía. En lugar de acostarme, encendí el ordenador y entré en aquella página. Fui directo al apartado de intercambios de pareja, sin saber muy bien por qué.
Nada más terminar el primer relato, noté cómo se me endurecía. Nunca había leído algo parecido, tan directo, tan sin vergüenza. Estaba tan excitado que terminé desahogándome solo, en silencio, con la pantalla iluminándome la cara en la oscuridad del salón.
Me limpié, apagué todo y me deslicé bajo las sábanas con cuidado de no despertarla. A la mañana siguiente, Marisa me preguntó qué tal la cena. Le dije que muy bien, que había estado casi toda la noche con Rubén preguntándole cosas del ordenador. No mentí del todo. Lo que callé fue lo otro.
Tengo que aclarar una cosa: a Marisa, Rubén no le caía especialmente bien. Cada vez que salía su nombre torcía el gesto, decía que era un creído, y cambiaba de tema. Por eso lo que pasó después me dejó sin palabras.
***
El día transcurrió como cualquier otro, entre recados y tareas de casa. Por la noche cenamos tranquilos, hablamos de tonterías y, cuando se hizo tarde, ella se levantó.
—Me voy a la cama. ¿Vienes? —me dijo desde el pasillo.
—Ve tú, que ahora subo —le contesté.
En cuanto se cerró la puerta del dormitorio, saqué el móvil y volví a la dichosa página. Leí otro relato de intercambios, y subí a la habitación más caliente de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.
Marisa leía con la lámpara encendida. Me conocía demasiado bien. Bastó que me metiera en la cama para que dejara el libro en la mesilla, deslizara la mano por debajo de mi pantalón y me agarrara sin preámbulos.
—¿Se puede saber por qué la tienes así? —murmuró, medio sorprendida, medio divertida.
—Por culpa de Rubén —confesé—. Me pasó una página de relatos eróticos y he leído un par. Son brutales.
—¿Quieres que te cuente uno que acabo de leer? —insistí—. Va de intercambios.
—No —dijo ella, tirando de la sábana—. Prefiero que me toques.
No llevaba nada de cintura para abajo, solo una camiseta vieja de tirantes. Pasé la mano por debajo de la tela hasta encontrarla, ya tibia y entreabierta. Le besé el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja, bajé hasta los pechos y le atrapé un pezón entre los labios mientras la acariciaba despacio.
La notaba reaccionar, humedecerse contra mis dedos. Y entonces, sin pensarlo demasiado, empecé a decirle en voz baja lo mismo que había leído.
—Marisa, ¿te gustaría que otro hombre te lamiera y te follara mientras yo miro?
—Pero qué dices, estás loco —protestó.
Yo seguí a lo mío. Le metí dos dedos y empecé a moverlos con calma, sacándolos y volviéndolos a hundir. Su respiración se quebró en jadeos.
—Cierra los ojos —le susurré al oído—. Imagina que estos dedos no son los míos. Que es otro el que te los está metiendo, y que te vas a correr con él. ¿Te gustaría?
Entre suspiros, ella me devolvió la pregunta, y ahí supe que había mordido el anzuelo.
—¿Y quién querrías tú que me follara? —dijo con la voz tomada—. ¿Joven, o de nuestra edad?
Los dos estábamos al límite. De pronto se aferró a mi brazo.
—Métemela ya, que me corro —pidió.
***
Me coloqué sobre ella y entré despacio. Marisa arqueó la espalda y empezó a moverse a mi ritmo, clavándome las uñas. Sin dejar de empujar, volví a hablarle al oído.
—¿Quieres que te diga con qué hombre te estás corriendo? ¿De quién es la polla que tienes dentro?
—Sí —gimió—, dímelo, dímelo que me corro.
—Te lo voy a decir —le prometí—, pero cuando llegues quiero que digas su nombre.
—Dímelo ya, Gabriel, ¿con quién quieres que me corra?
—Quiero que te corras con el que peor te cae —le dije.
Marisa abrió mucho los ojos un instante, y luego los cerró rendida.
—Sí, vale, vale… me corro, me corro, ya…
—Dilo —insistí—. ¿Con quién te estás corriendo?
—Con Rubén —soltó, casi gritando—, con ese, con el más joven… joder, me estoy corriendo con Rubén, qué bien folla el cabrón.
No me lo podía creer. Mi mujer acababa de correrse imaginando a Rubén, precisamente al que decía no soportar. Yo me había concentrado tanto en su placer que ni siquiera había terminado. Ella se quedó tendida, agotada, con las piernas abiertas y la frente perlada de sudor.
La dejé descansar mientras le acariciaba el vientre y le pasaba los dedos húmedos por los labios.
—Seguro que Rubén la tiene rica, ¿eh? —le dije bajito.
Ella se rió sin abrir los ojos.
***
Pasaron unos diez minutos. Marisa, sabiendo que yo no había acabado, se incorporó, se puso de rodillas y se metió mi polla en la boca. La sentí caliente, decidida. Pero quería más.
—Espera —le dije—. Hazme correr con el otro juguete, ese que compramos en aquella tienda de Gandía. Y dime que se la estás haciendo a él.
Le brillaban los ojos. Abrió el cajón de la mesilla, sacó la funda de silicona y el lubricante con efecto calor, y me lo extendió por todas partes con una lentitud que me volvió loco. Después encajó mi polla en aquel molde y empezó a moverlo, suave y rítmico, arriba y abajo.
—Qué polla tienes, Rubén —dijo, siguiéndome el juego—. Me la voy a comer entera, te voy a sacar hasta la última gota. Aprovecho que has venido a ver a Gabriel y que no está. No le digas nada, este será nuestro secreto.
Confieso una cosa que hasta esa noche no me había atrevido a admitir: siempre tuve la fantasía de ver a Marisa con otro, más joven, y disfrutar viéndola correrse una y otra vez. Y Rubén, sin saberlo, se había convertido en el protagonista.
Estaba a punto de estallar.
—Dime que te ha gustado imaginar que era él quien te follaba —le pedí.
Marisa detuvo la mano un segundo y me miró.
***
—Gabriel, te voy a confesar una cosa —dijo, seria de repente—. Sí me ha gustado. Y la manía que le tengo a Rubén no es por lo que tú crees.
—¿Entonces? —pregunté, sin dejar de respirar agitado.
—Un día vino a casa cuando tú no estabas. Se puso a hablarme de Noelia, de sus problemas en la cama, y empezó a preguntarme qué hacíamos nosotros, si yo me corría siempre, qué le gustaba a una mujer. Quería aprender para ella. Y mientras se lo contaba, noté cómo se le marcaba el bulto del pantalón.
—¿Y qué hiciste? —apenas me salió la voz.
—Le dije que se estaba empalmando, que me estaba poniendo cachonda. Quise liarme con él allí mismo. Pero me rechazó, por miedo a ti. Desde entonces no lo soporto, porque me dejó con las ganas.
Aquella confesión me puso aún más al límite. Seguí masturbándome con el juguete mientras ella hablaba.
—Dime que un día de estos te lo vas a follar —le supliqué—. Ya… me corro, me corro…
—Sí, córrete —me dijo, acelerando el ritmo—, que si tú quieres y estamos de acuerdo, me lo follo. Igual que esta noche, cuando me imaginé que era su polla la que tenía dentro.
Terminé con una intensidad que hacía años no sentía.
***
Después nos quedamos sentados en la cama, desnudos, hablando como no lo hacíamos desde hacía mucho.
—¿De verdad no te importaría que pasara? —le pregunté.
—Gabriel, qué bien que haya salido este tema a nuestra edad —respondió—. Siempre había contemplado esa posibilidad. No quiero que nos aten los estereotipos que nos meten en la cabeza desde pequeños. Pero me daba vergüenza decírtelo, no sabía cómo ibas a reaccionar. Yo te quiero, y quiero que seas feliz. Si hay un momento de placer con otra persona, ¿por qué privarse? Eso sí, con un acuerdo claro entre los dos. Contándonoslo todo, sin secretos, solo cuando se dé la ocasión y estemos los dos de acuerdo.
—¿Y con Rubén? —insistí.
—Con Rubén sí —dijo sonriendo—. Si lo pactamos y lo metemos dentro de lo nuestro, me gustaría. Habla con él, tantéalo. Y si la cosa funciona, podríamos hacer un trío. Incluso, si a Noelia le apetece sumarse… mejor todavía.
Me quedé mirándola en la penumbra, descubriendo a la mujer con la que llevaba media vida y a la que, sin embargo, acababa de conocer un poco más. Esa noche no cerramos nada, pero abrimos una puerta que ninguno de los dos pensaba volver a cerrar.