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Relatos Ardientes

Mi vuelo de regreso y los dos hombres de esa noche

Dejamos Vancouver con un nudo en la garganta. Carla y yo veníamos calladas, mirando por la ventanilla cómo la ciudad se hacía pequeña, pensando en todo lo que dejábamos atrás. Nuestro vuelo iba de Vancouver a Houston, donde nos separaríamos: ella se quedaba unos días con sus tíos y yo seguía al día siguiente hacia Guadalajara.

Después de las bebidas de cortesía, la pasajera de la ventanilla se presentó. Astrid, alemana, periodista de una revista de viajes. Carla, que siempre fue la conversadora, enseguida le sacó plática. Yo iba medio amodorrada, con un vestido de tela gruesa para el frío del avión, y de tanto encogerme en el asiento la falda se me había subido más de la cuenta.

—Estás enseñando hasta el alma —me susurró Carla, jalándome la tela hacia abajo sin mucho éxito.

Me enderecé y corregí el descuido, pero Astrid ya lo había registrado con una media sonrisa.

—¿Son hermanas? —preguntó.

—No, solo muy buenas amigas —contestó Carla.

—¿Íntimas? —insistió la alemana, arqueando una ceja.

—Íntimas —dije yo, y las tres reímos.

Astrid venía de cubrir un festival y seguía a Houston por trabajo. Tenía esa curiosidad profesional de quien vive de hacer preguntas, y no tardó en clavarla en nosotras. Carla, con dos copas encima, empezó a soltar detalles de nuestro viaje que yo habría preferido callar.

—Estas dos volvieron muy contentas —le dijo a Astrid, señalándome con la barbilla—. Conocimos a unos chicos allá. Mariana los conquistó a los dos en una misma noche.

Carla, por favor, pensé, pero ya era tarde.

—¿A los dos? —Astrid se acomodó en el asiento, casi montada sobre Carla para no perderse una palabra—. Cuéntenme. ¿Cómo fue eso de los dos a la vez?

—Eso pregúntaselo a ella —rió Carla—. Yo solo miraba y aprendía.

Sentí el calor subirme por el cuello. No por vergüenza, sino por el recuerdo. Le di a Astrid una versión recortada, lo suficiente para alimentar su curiosidad sin entregar lo mejor. Le conté del club, de cómo había bastado un cruce de miradas y una conversación para que la noche terminara como terminó. Ella escuchaba con los labios entreabiertos, anotando mentalmente cada frase.

—¿Y se siente distinto? —preguntó casi en un murmullo—. Dos hombres al mismo tiempo.

—Se siente —le dije, y no agregué más.

***

Aterrizamos en Houston al caer la tarde. Astrid intentó hospedarse cerca de nuestro hotel, pero quedó en otra ala. Cenamos las tres algo ligero, salimos a un bar de jóvenes donde nos dejamos manosear de lo lindo en la pista, y volvimos pasada la medianoche con el ánimo flojo y las risas fáciles. Nos despedimos de Astrid con los teléfonos intercambiados y la promesa, que las tres sabíamos vacía, de volver a vernos.

Al día siguiente Carla me acompañó al aeropuerto antes de irse con sus tíos. En Guadalajara me recogió Diego, con quien me veía desde hacía meses, y venía con un amigo suyo, Andrés. Diego conocía mi cuerpo de memoria, sabía exactamente dónde tocarme y cómo hacerme rogar. Andrés era nuevo: un muchacho de unos veinte años, de cuerpo común pero con una cara y una desfachatez que me llamaron la atención desde que bajó del auto a ayudarme con la maleta.

De camino a mi casa, Diego me pidió que me pasara al asiento del medio, entre los dos de adelante. Andrés iba de copiloto, y desde ahí tenía una vista privilegiada de mis piernas. Con el vestido y la falda subida por la postura, las llevaba abiertas más de lo prudente.

El chico hacía un esfuerzo torpe por mirar sin que yo lo notara, pero el deseo lo traicionaba: la vista se le iba una y otra vez al mismo punto. Yo, de juguetona, a ratos separaba más las rodillas y le dejaba ver lo que buscaba, y a ratos se las cerraba justo cuando creía que ya lo tenía. Diego me acariciaba el muslo que le quedaba cerca, y en un semáforo me llevó la mano hasta entre mis piernas, sobre la tela ya húmeda.

—¿Te molesta si lo dejamos en su casa y de ahí sigo contigo? —me preguntó al oído.

Yo iba empapada, pero algo en Andrés me detuvo. Era demasiado bueno para soltarlo tan pronto.

—Mejor vengan los dos —dije, fingiendo que era idea del momento—. Es tarde, comemos algo en mi casa y después se van.

—Y de paso nos cuentas cómo te fue en el viaje —propuso Andrés, con esa sonrisa suya.

—Eso sí no se los cuento todo —le respondí, y los dos rieron sin saber cuánto callaba.

***

En la sala me dejé caer en el sillón frente a ellos. El vestido se me subió de nuevo, y esta vez no hice nada por bajarlo. Diego lo notó y soltó lo que llevaba aguantándose todo el camino.

—Buenísima la vista que nos diste en el coche —dijo—. Ahora vas a tener que enseñarnos esos calzones que tanto presumiste.

—¿Cuáles calzones? —pregunté, haciéndome la inocente.

—Los verdes —contestó Andrés, ya sin rodeos—. Los vi clarito.

Me levanté la falda despacio. Eran verde azulado, casi transparentes, y ya estaban empapados de tanto jugar en el camino. Diego se acercó primero y me los besó por encima de la tela. Andrés llegó por detrás, me abrazó y me apretó las nalgas con una fuerza que me arrancó un suspiro.

—Ya —dije, conteniéndolos con la voz pero no con las ganas—. Yo me los quito.

Y lo hice. Los dos se abalanzaron como chiquillos, peleándose por la prenda, hasta que la dejaron caer y se concentraron en mí. Diego me besó el pubis y empezó a lamerme despacio, abriéndome con la lengua, mientras Andrés se quedaba de pie, mirando, con la respiración pesada.

—Ven —lo llamé.

Le desabroché el cinturón y le bajé los pantalones. Tenía un pene hermoso, más pálido que el resto de su piel, de un tamaño que prometía. Lo sentí ya húmedo en la punta y supe que estaba demasiado cerca, así que me lo metí a la boca despacio, apretándolo con los labios, calmándolo, cuidando que no se me terminara antes de tiempo. Quería ese muchacho entero, no en un descuido.

Diego, mientras tanto, me había dado vuelta para besarme la espalda y las nalgas, que siempre fueron su debilidad. Me pasó la lengua por donde nadie más se atrevía, y me metió los dedos hasta hacerme arquear la espalda y soltar el pene de Andrés de la boca.

Me dejé caer boca abajo en la alfombra. Andrés, envalentonado, se acomodó detrás de mí y me penetró por atrás. Entró fácil, resbalando sin resistencia hasta el fondo, salvo un instante en que mi cuerpo se tensó y enseguida cedió. Sin dejarlo salir, me giré boca arriba, abriendo las piernas todo lo que pude para tenerlo dentro y, al mismo tiempo, ofrecerle a Diego el resto de mí.

Diego encontró mi clítoris y no lo soltó. Me lamía y me mordisqueaba los labios con una paciencia cruel, mientras Andrés se mantenía quieto dentro, los dos esperándome. Cuando estuve segura de tenerlo bien adentro, dejé que empezaran. Y se sincronizaron tan bien, uno con la lengua y el otro con las embestidas, que el primer orgasmo me llegó casi enseguida, y otro lo siguió a los pocos segundos. Fue la mejor de mi vida: dos hombres trabajando para mí al mismo tiempo, turnándose, leyéndome.

Quedamos los tres resbalados en el suelo, recuperando el aliento. Andrés volvió a buscar mis pechos, los apretaba y los succionaba, a ratos fuerte, a ratos con una ternura que no esperaba de él.

—Si te molesta, paro —me dijo bajito.

—Sigue —le pedí—. Así, con cariño. Sigue.

Bajó por mi vientre y se quedó entre mis piernas, descubriéndome con la boca como si fuera la primera vez que probaba a una mujer. Diego, que se había conformado con mirarnos y acariciarme la cara, sintió la sangre volver. Me puso de nuevo sobre él, sentada, y me penetró otra vez por detrás, sin moverse apenas, dejando que fuera mi cuerpo el que hiciera el trabajo. Yo lo besaba y le acariciaba mientras Andrés seguía abajo. Casi sin avisar, Diego se sacudió.

—Me vengo —dijo contra mi cuello, y se vació dentro de mí.

Andrés no esperó. En cuanto Diego se apartó, me levantó del vientre y me acomodó sobre el descansabrazos del sillón, con las caderas a su alcance. Me embistió frenético, mucho más tiempo del que su cara nerviosa prometía, hasta que las piernas le temblaron y se vino con un gemido largo, repitiendo que no quería parar.

Descansamos los tres apilados, sudados, riendo de a poco.

—¿Te gustó? —preguntó Andrés, todavía sin aire.

—Son ustedes dos maravillosos —les dije—. Me cogieron en equipo, turnándose. Eso no pasa todos los días.

—¿Repetirías?

—De a poco, variadito —contesté, y los dos sonrieron.

Andrés se vistió despacio, como quien no quiere irse. Antes de salir me apretó en un abrazo y me dio una última caricia en las nalgas.

—Eres preciosa, Mariana —me dijo—. No me cansaría de esto.

Lo vi cruzar la puerta y pensé que, si la oportunidad volvía, no la dejaría pasar. De todo el viaje, esa última noche en casa era la única historia que no iba a contarle a nadie. Y por eso mismo, la que más me gustaba.

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Comentarios (4)

rodrigo_mdp

Tremendo relato!!! no se hizo corto para nada, al contrario se paso volando jaja

Valentina_RC

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber que paso al dia siguiente entre los tres...

MartinBaires

Me engancho desde el primer parrafo. Se siente real y eso le da otro nivel, muy bien narrado todo. Saludos

LucaViajero

Ahora entiendo por que dicen que el viaje de regreso siempre se hace corto jajaja

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