Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Esa noche en el jacuzzi cambiamos de pareja

La casa de la playa olía a sal y a vino tinto. Habíamos pasado el día tumbados al sol, picando entre risas, rozándonos con esa familiaridad que va creciendo cuando dos parejas se conocen demasiado bien. Para cuando cayó la noche, la conversación ya había dejado de tener filtros, y nadie hacía el menor esfuerzo por disimular hacia dónde iba todo.

Marina, mi mujer, me besó despacio, mordiéndome el labio antes de soltarme.

—Esta noche elegís vos —me dijo al oído—. Quiero verte disfrutar.

—Es una decisión difícil —contesté, y no mentía.

Éramos tres mujeres y tres hombres en aquella terraza, y cada una de ellas tenía algo que me desordenaba la cabeza. A Marina la tenía todas las noches. A Lucía ya la había probado en otra ocasión que ninguno olvidaba. Así que la elegida, esa vez, sería Elena.

—Vendame los ojos vos, Marina —pedí—. Quiero que seas parte del juego.

Ella sonrió con una mezcla de timidez y descaro que conocía bien. Me ató un pañuelo de seda sobre los ojos y noté cómo el mundo se reducía al tacto, al sonido de la respiración ajena y al chapoteo lejano del agua en el jacuzzi.

—Sergio, ponete con Elena —dijo Marina, repartiendo el reparto como una directora—. Y que nadie se quede mirando de brazos cruzados.

Que nadie se quede solo. Esa era la única regla esa noche.

***

Escuché a Lucía y a Marina acomodarse en el sillón de mimbre, una a cada lado de Rubén, el marido de Lucía. Empezaron con caricias suaves, besos pequeños en el cuello, en la clavícula, en esa zona detrás de la oreja que vuelve loco a cualquiera. Rubén soltó un gemido grave que delataba lo rápido que estaba perdiendo la compostura.

—Marina, te cedo el honor —dijo Lucía con voz ronca.

—¿Querés que empiece yo? —titubeó mi mujer.

—Claro, preciosa. Mirá cómo te mira. Bueno, cómo te miramos todos. Yo te ayudo.

No podía verlas, pero la escena se me dibujaba sola en la cabeza con cada sonido. El roce de la tela al deslizarse, la respiración entrecortada de Rubén, el murmullo de aprobación de Lucía mientras guiaba la mano de Marina. Mi mujer empezó despacio, con una caricia lenta, y luego un beso suave que arrancó un estremecimiento de todo el cuerpo de Rubén.

Mientras tanto, yo tenía mi propio juego pendiente.

Busqué a Elena en la oscuridad con las manos. La encontré por el calor de su piel antes que por nada más. La besé con toda la humedad que pude, dejando la lengua en su boca, acariciando la suya, sintiendo cómo respondía con un hambre que no esperaba. Sergio se había sentado en el suelo, entre sus piernas, y empezó a besarle las rodillas, ascendiendo por la cara interna de los muslos sin prisa, hasta el punto exacto donde la piel se vuelve más fina y la espera se vuelve insoportable.

Elena dio un respingo y gimió bajito. Dos caricias, dos bocas distintas sobre ella a la vez. Sentí cómo el cuerpo se le tensaba de anticipación.

***

Me quedé pensando cómo darle el máximo placer, y en esa duda estaba cuando noté que Lucía se había acercado a mí. Me reconoció el silencio, supongo. Le dijo algo a Marina —«ocupate de Rubén, que te desea desde que te vio»— y sus manos me encontraron a mí.

Me bajó el pantalón con una destreza tranquila, sin nervios, y me dio un par de lengüetazos que me arrancaron el aire. Después escuché el clic de una tapa y un olor dulce que no supe identificar de inmediato.

—Lucía, eso es el postre —protesté en voz baja, adivinando la nata.

—Cariño, esta noche ustedes son el plato principal y el postre —murmuró, divertida—. Da igual el orden.

Sentí el frío de la crema sobre la piel, y enseguida su boca cálida envolviéndolo todo. El contraste me hizo apretar los dientes. Estaba ciego, entregado, sin saber qué venía después, y esa incertidumbre lo multiplicaba todo por mil.

—Ahora dejame con Elena —le pedí cuando sentí que no aguantaría—. Pero no te vayas lejos.

***

Volví a Elena. Sergio ya la tenía al borde, besándola sin tocarle todavía el centro, prolongando la tortura. Acerqué la mano a su cara y empecé a acariciarla con suma delicadeza, notando cómo la piel se le erizaba bajo mis dedos. Dos hombres, uno en su entrepierna y otro en su rostro, y ella en ese instante entendió del todo la situación.

Alargó la mano hacia la cabeza que le repartía besos en las ingles, le reconoció el pelo a Sergio, y lo atrajo hasta poner su boca en contacto con ella. El gemido que soltó entonces fue otra cosa, más profundo, menos contenido.

Le acaricié los labios y dejé que me chupara los dedos. Su lengua estaba ávida de más. Metí uno, dejé que lo succionara y jugara con él, seguí con dos, y al final con un tercero. Los gemidos eran constantes, alimentados por la dedicación de Sergio y por las ganas de que aquello no terminara nunca.

Me incliné y acerqué mi boca a la suya. Retiré los dedos —hizo una mueca de protesta que se borró al instante— y la besé hondo. Una de sus manos voló a mi nuca, la otra bajó por mi pecho, buscando, reclamando. Esa mujer sabía exactamente lo que quería.

Cuando levanté la cara de la venda lo justo para espiar por debajo, encontré a Marina entregada a Rubén con una velocidad tremenda, y a Lucía detrás de ella, abrazándola, susurrándole cosas que la hacían temblar.

—Esto no lo aguanto mucho más —dije—. ¿Vamos al jacuzzi?

—Uf, sí —respondió Marina, con la voz quebrada—. Esta noche está siendo de campeonato.

***

Elena se quitó el pañuelo que me había robado en algún momento del juego y me miró a los ojos por primera vez en un rato.

—Metémela ya —me pidió—. No puedo más.

Busqué un preservativo a tientas en la mesa.

—¿Qué buscás? —preguntó.

—Un condón.

—Dejalo. Te quiero así, si a vos no te molesta.

—Para nada —contesté, y la voz me salió más ronca de lo que pretendía.

Me acerqué a ella y la acaricié con la punta, dando varias pasadas lentas hasta que noté el desasosiego con que movía las caderas, buscándome. Entré despacio, sintiendo cómo se abría, cómo me iba tragando centímetro a centímetro hasta el fondo. Empecé un vaivén continuo, y con la mano libre le acaricié el clítoris, percibiendo las palpitaciones que la recorrían.

Elena empezó a temblar. Las piernas se le agitaban con un ritmo que ya no controlaba.

—Me corro —anunció, y la palabra se le rompió a la mitad.

Redoblé la velocidad para hacerlo más intenso. Ella me clavó las uñas en las caderas, entre el «pará» y el «no pares», ese límite donde el placer ya no se distingue del vértigo. Sergio, a un lado, terminó con un gemido largo, y por un segundo todos quedamos suspendidos en el mismo instante de descarga.

—Vení a la ducha —le dije, sin querer que aquello acabara—. Y después, el jacuzzi.

—Dejame recuperar el aliento. Y te juro que te hago terminar.

***

Fuimos a la ducha exterior de la piscina, agarrados de la mano como dos enamorados, quitándonos el uno al otro la poca ropa que quedaba. Al pasar junto al jacuzzi vi a Lucía cabalgando a Rubén, y a Marina ofreciéndole el pecho para que le besara los pezones. Al vernos pasar cambiaron de posición, riéndose, repartiéndose de nuevo como cartas de una misma baraja.

Bajo el chorro de agua tibia, Elena y yo nos besamos sin urgencia. Le recorrí la espalda, las caderas, le aparté el pelo mojado de la cara. Por un momento, en medio de toda aquella locura compartida, hubo algo casi íntimo, dos cuerpos reconociéndose en silencio.

—Te voy a hacer acabar ahora mismo —murmuró contra mi cuello.

—Quiero hacerlo en el jacuzzi —respondí—. Con los demás cerca. Quiero verlos mientras te tengo a vos.

Nos metimos en el agua caliente. Me senté en el borde sumergido y Elena se acomodó a horcajadas sobre mí, dejándose caer despacio hasta clavarme entero. El agua nos rodeaba, las burbujas estallaban contra la piel, y la sensación de calor por dentro y por fuera era casi demasiado.

Marina, a un lado, dejó de mirar lo suyo para alargarse y besarme.

—Disfrutala —me dijo—. Te lo merecés.

Sergio entró también al jacuzzi, recuperado, y Lucía lo recibió con la misma posición que teníamos nosotros, cabalgándolo como una verdadera amazona. Ahí estábamos las tres parejas, enredadas, sin orden, moviéndonos al mismo compás del agua como si el mundo se acabara al amanecer.

—No pares ahora —jadeó Elena, apretándose contra mí—. Que me corro. Y vos también, conmigo.

—Sí —fue lo único que alcancé a decir, porque su boca volvió a la mía y me dejó sin palabras.

Marina empezó a temblar a nuestro lado, alargó la mano y me agarró la mía con fuerza. Se corrió de una forma escandalosa, contagiando a Rubén, que la siguió un segundo después. Quedaban Lucía y Sergio, ella aferrada a su pelo, cabalgándolo sin freno hasta que ambos se descargaron a la vez con un grito ahogado.

Y entonces fue mi turno. Elena se movió más rápido, las dos manos en mis hombros, los ojos clavados en los míos, y el orgasmo nos atravesó al mismo tiempo, largo y profundo, hasta dejarnos vacíos y temblando en el agua.

***

Cuando recuperamos el aliento, me separé de Elena con cuidado y atraje hacia mí a Marina. Nos quedamos un largo rato acurrucados, las seis pieles entibiadas por el agua y el vapor flotando sobre la terraza.

—Damián, ha sido increíble —me dijo Marina, con la cabeza apoyada en mi pecho—. ¿Lo pasaste bien?

—Claro que sí, amor. ¿Y vos?

—Me encantó. Pero lo que más me gustó fue verte la cara de felicidad. Disfrutando, y viéndome disfrutar a mí.

La besé en la frente y miré la noche estrellada sobre la playa.

—No va a ser la última vez —prometí.

Y por la forma en que las tres parejas se rieron a la vez en el agua, supe que ninguno tenía la menor intención de que lo fuera.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (5)

Gaston_Vte

increible!! de los mejores que lei en mucho tiempo, gracias por compartirlo

Lorena_gba

por favor una segunda parte!! no puede quedar asi, quiero saber que paso despues

RosaEsquina

Me encanto como plantearon la situacion, muy natural todo sin caer en lo forzado. Felicitaciones y espero que continues escribiendo!

mauro_bsas

Que tension la de los primeros parrafos, me mantuviste en vilo hasta el final. Muy bien narrado, se nota que sabes tomarte el tiempo sin apurarte.

TomasLP

eso de la venda al principio estuvo genial, le dio mucho misterio al arranque. es basado en algo real?

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.