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Relatos Ardientes

La cena de los vecinos terminó como jamás imaginé

Lucía se había marchado de nuestro apartamento dejándonos intrigados con aquello de las máscaras. Si antes teníamos los nervios a flor de piel, después de su visita ya era otra cosa. Daniela no sabía qué ponerse para la cena, daba vueltas frente al armario como si la ropa fuera a resolverle el problema.

—Da igual lo que te pongas —le dije, apoyado en el marco de la puerta—. Te va a durar puesto muy poco.

Me lanzó una mirada que, de haber tenido filo, me habría partido en dos. Solo entonces caí en la cuenta de que toda la charla con la chica del piso de enfrente había transcurrido con nosotros completamente desnudos, y casi ni lo habíamos notado.

Eran ya las ocho. Daniela necesitaba al menos hora y media para arreglarse, y esa noche no la tenía.

—Con todo el lío, mírame todavía así —protestó.

—Estás de escándalo. Desnuda es como mejor estás.

Una de sus chanclas voló directa hacia mi cabeza y tuve que salir corriendo del baño entre risas.

—Ponte lo que me dijiste —insistí desde el pasillo—. Vas a dejar a todos sin habla. No le des más vueltas.

—Y tú esa camisa blanca y los vaqueros que te marcan tanto —contraatacó ella, asomando la cabeza.

—Ah, ¿que me quieres exhibir como al ganado?

Me acerqué por detrás, le di una palmada en el trasero y la abracé, buscándole los pechos con las manos.

—¡Eres un animal! —chilló, riéndose—. Me has dado un susto de muerte.

—Y eso que no has visto lo de aquí abajo —dije, mostrándole la erección que ya no disimulaba nada.

—Qué fantasma eres. A ver, ¿qué es lo que tienes ahí?

Se giró, se arrodilló y se lo llevó a la boca un instante.

—Solo una probadita —murmuró—. Que luego tienes que rendir.

Después de aquello me iba a costar guardar el asunto dentro del pantalón, así que me metí bajo una ducha fría. Cuando salí, veinte minutos más tarde, Daniela ya estaba lista, y estaba preciosa. Falda vaquera corta y ceñida que le realzaba las caderas, un top azul turquesa de licra con un solo tirante que dejaba un hombro al aire y la espalda casi descubierta. Sandalias de tacón alto, el pelo liso cayéndole sobre los hombros y los labios pintados de granate brillante.

—Uf, nena. ¿Y si la fiesta nos la montamos ahora mismo tú y yo?

—Anda, vístete rápido.

—¿Al final no te pones sujetador? Me parece perfecto. Los pezones van a romper ese top.

—¿No será demasiado?

—¿Y tanga tampoco?

Metí la mano bajo su falda y palpé una prenda minúscula y transparente, del mismo azul que el top, comprada en nuestro último viaje a la costa.

—Ah, mira que llevas. Y ya estás muy animada, ¿eh?

—Vamos ya, que todavía me arrepiento.

***

Terminé de vestirme, cogimos las dos botellas de champán y salimos al rellano. Llamamos a la puerta de enfrente y nos abrió la madre de Lucía.

—Hola, soy Marta. Vosotros sois Daniela y Marcos, ¿verdad?

A los padres los conocíamos de vista. Nos habíamos fijado en ellos porque eran una pareja más o menos de nuestra edad y de muy buen ver. Marta era delgada, alta, con un atractivo natural que no necesitaba esforzarse. Nos dio un beso fugaz en los labios a cada uno que nos descolocó un poco. No sabíamos exactamente a qué íbamos, pero ella se mostraba tan desinhibida que era imposible no ponerse nervioso.

Llevaba unos vaqueros muy ceñidos, una camiseta corta que le dejaba el ombligo al aire y los pies descalzos. Esa última cosa, no sé por qué, le daba un aire de sensualidad especial.

—¡Hola, chicos! —Lucía salió corriendo del baño, solo con el tanga puesto y los pechos al aire. Me echó los brazos al cuello y me besó con lengua—. Tomad algo, que en un momento estoy lista.

Cogió a Daniela de la mano y le dio una vuelta, como en un paso de baile.

—Uf, nena, no sé si vestirme o empezar contigo ya mismo —dijo, pasándole la otra mano por el pecho y rozándole el pezón sin ningún disimulo. Luego la besó en los labios, despacio—. Tú también te alegras de verme, ¿eh?

—Nena, ¿quieres arreglarte? —la regañó Marta sin enfadarse—. En nada llegan tu padre y Bruno, y mírate.

—Me dejo caer el vestido encima y lista.

Se metió en el baño dando saltos como una cría y salió en un segundo con un vestidito atado al cuello, la espalda entera al aire, que apenas tapaba el tanga semitransparente. Descalza también. El vaivén de sus pechos, los pezones marcados y el pelo a medio secar le daban un aspecto salvaje que terminó de provocarme una erección de campeonato, la misma que se había despertado con el beso de su madre.

La puerta de la calle se abrió y entraron dos hombres. Sergio, el padre, bastante más alto que yo, muy moreno, con pantalones de lino y una camiseta gastada. Detrás, Bruno, algo más bajo pero con pinta de surfista de manual: camiseta, bañador, chanclas, el pelo largo recogido en una coleta y un bronceado de envidia.

Daniela se relamía mirando a aquellos dos y se quedó sin saber qué hacer con las manos.

—Mira, Daniela, estos son los dos sinvergüenzas que se mueren por conocerte —dijo Marta, acariciándole el pecho a Bruno y besándolo en la boca—. Servidles algo de beber a Daniela y a Marcos, que con las presentaciones aún no han probado nada.

A los dos se les iluminó la cara al ver a las tres mujeres. Sergio y Bruno se acercaron a Daniela y la saludaron con dos besos en la mejilla, casi protocolarios.

—Mamá, ¿has visto qué educaditos se ponen nuestros chicos? —se rio Lucía—. Con la de cosas que decían de lo guapa que era Daniela.

—Y guapa que es —respondió Marta—. Pero no vamos a lanzarnos a lo bestia.

—Marcos, ven conmigo y con Lucía a preparar los canapés y me cuentas a qué te dedicas. Dejemos a Daniela charlando con estos dos, que seguro la tratan de maravilla.

***

Así arrancó la velada: tres en la cocina y tres en el salón. Desde donde estábamos se oía la conversación distendida del otro lado de la pared.

—Conociendo a mi padre, estará comiéndose a Daniela con los ojos —comentó Lucía.

—Y con lo que no son los ojos —añadió Marta, soltando una carcajada—. Y Bruno ni te cuento. Se puso burrísimo cuando le enseñé las fotos de otros amigos.

—Marcos, no te molesta que seamos tan directos, ¿verdad? —preguntó Marta, sirviéndome una copa—. Somos una familia muy unida y nos gusta disfrutar del sexo todos juntos.

—Para nada —dije, y era verdad—. Hemos fantaseado con vosotros desde el primer día que os vimos en la piscina. Lo que nunca imaginé es que lo vivierais así, con Lucía incluida.

Lucía me acariciaba la espalda mientras hablábamos, y yo no me quedaba atrás: tenía el brazo alrededor de su cintura y la mano colándose por el escote de la espalda.

—Eh, que yo también quiero probar —protestó Marta.

Se acercó por el otro lado, me giró la cara y me besó con un beso húmedo y largo mientras me pasaba la mano por el bulto del pantalón.

—Mmm, qué bien besas.

—Te lo dije, mamá —intervino Lucía—. Este hombre me pone a mil. Cuando se lo contaba a Bruno, se me empapaban las bragas enteras.

—Qué bruta eres —rio Marta.

—No te hagas la remilgada, que con las dos fotos que te enseñé tú y papá pasasteis una tarde de las que hacen historia.

Yo alucinaba con la frescura de la conversación y, por qué no decirlo, con las atenciones que me dedicaban aquellas dos mujeres, madre e hija, sin el menor reparo.

—Oye, mamá, ¿no están muy callados en el salón? —Lucía bajó la voz—. Vamos a ver qué se cuece. Shhh, sin hacer ruido, no quiero interrumpirles.

Nos asomamos. Lo que vimos no me lo esperaba, y menos de Daniela. Sergio estaba sentado en un taburete alto, sujetándola por la cintura desde atrás y besándole el cuello, mientras Bruno la besaba en la boca. Ella le había sacado el miembro al chico y se lo acariciaba con una lentitud deliberada.

—Joder, qué preciosa es tu mujer, Marcos —susurró Marta—. Me encanta verla disfrutar con estos dos. Pero ven, que tú y yo tenemos algo a medias.

***

Empecé a acariciar los pechos de las dos mujeres, una a cada lado. No sabría decir cuál me ponía más, si la madre o la hija. Lucía se arrodilló y se lo llevó a la boca, que yo lo tenía a punto de reventar, mientras Marta seguía besándome y jugando con mis testículos.

Nunca había imaginado una escena tan tórrida. Mi mujer entregada a dos hombres a cual más atractivo, y yo a un lado con las dos mujeres más calientes que me había cruzado en la vida.

—Nena, déjame un poco a mí —pidió Marta—, que tú lo vas a llevar al punto de no retorno.

—Claro, mamá. Es que sabe muy bien.

Cambiaron de posición. Marta era más sutil: chupadas largas, húmedas, intensas, lo contrario de las de Lucía, alocadas y rápidas. Tuve que apretar los dientes para no acabar ahí mismo.

En un momento volví a mirar hacia el salón. Llevaba rato con los ojos cerrados, imaginando lo que ocurría solo por los sonidos. Habían recostado a Daniela sobre el torso de Sergio, que le manoseaba los pechos, mientras Bruno le había bajado los vaqueros y le besaba el pubis sobre el tanga, que para entonces estaba empapado.

—Marcos, tienes una polla deliciosa, pero la noche es larga —dijo Marta, deteniéndose—. Quiero que acumules tensión. Vamos a guardar esto un rato y a ver qué hacen aquellos en el salón.

—Estoy en la gloria —reconocí—, pero tienes razón.

—¿Has visto, mamá? —se quejó Lucía—. Qué cabrones, se la están comiendo sin nosotros.

—Me lo imaginaba. Tu padre llevaba todo el día emocionado con esta cena.

—Sí, y yo también tengo unas ganas locas —dijo Marta—, pero tenemos cena y luego el jacuzzi. Si os parece, entramos como si nada.

Abrimos del todo la puerta y entramos los tres con las bandejas de la cena, como si llegáramos de un mundo distinto. Daniela se puso nerviosa al vernos. Lucía corrió hacia ellos, apartó a Bruno con un empujón juguetón y le pasó la lengua a Daniela entre las piernas.

—Está riquísima, ¿a que sí, Bruno?

—Uf, está deliciosa.

—Yo la probaré luego con tu madre —dije, y la habitación entera entendió que la noche no había hecho más que empezar.

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Comentarios (4)

Martincho87

Tremendo relato!!! No me lo esperaba asi de intenso

Ceci_Rosario

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio la relacion con los vecinos jaja

LucasM_Cba

muy bien escrito, se siente autentico. Sigue asi!

Moni_BA

Me gusto mucho como describiste la tension antes de que todo pasara. Bien narrado

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